Volver al nido

Tenía once años, cuando el reverendo Moisés Rosa Ramos invitó a la congregación (Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo de Sonadora) a la presentación de la novela Sonadora Alta o hacia sus aguas, escrita por Pablo Maysonet Marrero, uno de los primeros pastores de nuestra comunidad de fe. Acudimos a la cita, intrigados por el título de la novela (por primera vez se mencionaba a nuestro barrio en un texto literario), y deseando saber qué cosa era eso de presentar una novela. Llegamos con el Himnario de vida cristiana y Biblia en mano, por si acaso.
Nos reunió en el balcón de la casa de sus suegros ( tití Julia y tío Elías), un espacio amplio y abierto, desde donde se apreciaba la cara del gigante dormido; esas impresionantes montañas entre Bayamón y Aguas Buenas. Propuso sentarnos en círculo. Después, sacó de una caja unos libritos de tamaño mediano, la novela. La portada era una foto en blanco y negro de uno de los chorros de la quebrada La Sonadora. Bastó una mirada rápida al interior del texto, para descubrir las fotos de Dole y Nesta; mis abuelos. El reverendo Moisés Rosa Ramos habló de la novela desde su alto y habitual ingenio. Quedamos ebrios de esperanza. !Le habían escrito una novela a ese terrón de jaldas llamado Sonadora!
Ese año, leí varias veces la novela, pero confieso no haber entendido mucho, sobre todo, el segmento en el que Unamuno se filtraba hasta quedarse lisonjero con el discurso. Guardé el libro con fervorosa gratitud; mis abuelos estaban allí, y en gran medida, la historia de mi barrio. En las múltiples mudanzas, se extravió la novela. !Cómo me gustaría volver a frotar su lomo contra mi frente!
                                                                                                                                                                            ********************
En los pasados años, he presentado libros y revistas en diversos escenarios: universidades, librerías, carpas, escuelas, salones; ferias de libros… El sábado, 11 de marzo, por encomienda de Calíope Editoras, presenté el poemario Del barro a la luz, de la puertorriqueña Candelaria Oriente. La presentación ocurrió en la terraza de la casa de su hijo Luis Saúl Jiménez, en Toa Baja. La residencia es hermosa, salpicada de detalles que hablan de sus moradores. En la entrada nos recibió el piano, y en la pared de enfrente un sol, que como el rayo de Miguel Hernández, no cesaba. Todo estaba inmaculado, reluciente. Niurka, la esposa de Luis, se movía de prisa para resolver asuntos de última hora, una mesa aquí, otra silla allá. La terraza se llenó de familiares y amigos. Entraban con flores y abrazos para Candelaria.
Recordé aquellos tiempos, cuando todos los ritos de transición de nuestra cultura se celebraban en los hogares puertorriqueños: los bautizos, los cumpleaños (el famoso quinceañero), la fiesta de compromiso, las bodas, el baby shower, los velorios, el novenario, la dedicación del hogar … Eran los tiempos de los bailes en las ágiles marquesinas, momentos para decorar con flores de papel sanitario la cortina blanca con la que se cubría la pared de madera vieja del comedor, época de arrinconar los muebles en una habitación para colocar el ataúd del abuelo en la sala, y crecer recordando la luz amarillenta de los velones que iluminaban la cabeza de nuestro viejo, horas para asociar la muerte con el olor del alcoholado; instancias para asombrarnos ante una piña cubierta de quesos y casquitos de guayaba ensartados en un palillo de dientes cerca de la mesa del bizcocho de bodas.
Sí, con sus ventajas y desventajas todo ocurría bajo el techo de nuestros hogares.
Por eso, la presentación del sábado olía a cariño, a casa, a nido. Desde un rincón de la terraza, volé hacia mi Sonadora Alta o hacia sus aguas.

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La Naturaleza del Silencio ( por Salvemos a las Evas Fotografía)

 

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Salvemos a las Evas Fotografía“, me invita a participar de su nuevo proyecto : ” La Naturaleza del Silencio“. Sigo instrucciones: siéntate allí, detente,  mira a la cámara,  ahora no mires a la cámara… Todo resulta en un juego delicioso, porque no se busca otra estética que la que produce el contacto silente con la naturaleza.

Comparto algunas  fotos, las otras ( las mejores, dicen ellas),  las publicarán más adelante.

Mi gratitud por ese rato tan armonioso y cálido.

Las abrazo, fotógrafas !!!

Sí, “Salvemos a las Evas”!!!

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MI HIJA ERA UNA ESTATUA DE DICHA* (por Rubis Camacho)

 

 

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Julio del 2011

Era desesperante el calor en Madrid. El sol de las doce rajaba el techo del Santiago de Bernabeu, cuando descendimos del taxi. No pude menos que sonreír al observarla de pie; diecinueve años, melenita negra y comba sobre la espalda, pantalones cortos, y sobre el muslo derecho el controversial tatuaje que me ocultó por meses (una sirena cínica de ojos brillantes, algo lúdica, que sostiene un girasol). Llevaba los Nike rosados de Cristiano Ronaldo; sobre el torso una camiseta sin mangas de rayas amarillas. Cargaba en el bolso una camiseta blanca con rayas azules en el cuello y los hombros:

–El uniforme del Real Madrid cuando están en casa –me explicó. No entendí ni pregunté. Pensaba en los muchos euros que tenía que pagar para que le mostraran el estadio vacío.

–Podrías fotografiarlo desde afuera –me atreví a sugerir.

El tamaño de sus ojos me dio la respuesta. Por si no me quedó claro, añadió a punto de llorar:

–Hemos ido tres días al Prado, dos al Reina Sofía, ¿y quieres que fotografíe el estadio desde afuera?

Puse en su mano los euros requeridos y me dispuse a esperarla en una cafetería cercana. Pasados treinta minutos, regresó con cara feliz a indicarme que ya podíamos pasar a la tienda del estadio a comprar algunos recordatorios. Descubrí que en la maravillosa tienda de dos pisos no había un objeto que quisiera traer a Puerto Rico.

-¿Quieres una foto con Cristiano Ronaldo? – le preguntó un empleado.

-¿Está aquí? –dijo menguada, con vocecita frágil y palidez súbita.

–No, pero en la foto parecerá que sí –contestó el hombre.

De inmediato, traté de calcular cuánto me costaría en dólares una foto de mi hija con el Cristiano. Sin darme tiempo a responder, el empleado la colocó frente a una computadora. Le indicó que extendiera la mano como si estuviera abrazando al fulano.

-Solo piensa que está a tu lado –le repetía.

El brazo morenito se extendió a la nada. Miró aquel fragmento de aire con un rubor desconocido. Una sonrisa nerviosa le revoloteó en la boca. Me asusté. Los ojos se le hicieron farolas acuosas y un color a enamorada le subió a las mejillas. Emanaba esencia de flores y en la boca salivaba algodón dulce. Volví mis ojos al hueco de aire. Regresé a su cara de ensueño. Mi hija era una estatua de dicha.

El hombre oprimió una tecla. Al instante, una impresora vomitó la foto en la que mi hija abrazaba en mágico embeleso a un dios desconocido. Aturdida, pagué la foto sin reparar en el costo.

Mientras ella acariciaba la foto, caminamos silenciosas hasta abordar el taxi. Ya muy cerca del hotel, traté de romper el hechizo. Intenté colocar  la mano en su muslo derecho, para recordarle que debía empacar esa noche, pues al día siguiente, muy temprano, tomaríamos el tren a París. No pude; tropecé con los dientes de la sirena, que ampulosa y burlona se reía.

 

*Este relato aparece publicado en la antología “Meter un goooooool”de Letra Negra Editores, Guatemala.

 

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Sobre “Ojales”de Irma Rivera Colón * ( por Rubis Camacho)

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“Llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

Después de leer Ojales de Irma Rivera Colón, el verso de Miguel Hernández asumió nuevas claridades y referentes. El amor, la  muerte y  la vida ( temas fundamentales de las grandes literaturas) vibran en las letras de esta autora puertorriqueña. No es necesario leer las notas de la escritora sobre el texto, para descubrir cómo se desnuda, cómo arroja el manto y se coloca al centro del escenario. Basta leer su poema Ojal triste para encontrar una nostalgia ,casi lamento, que nos habla de su transitar: “!Oh pálida azucena sin estambre! ¡Oh triste ojal donde habitó mi rosa.” O su poema Ojal en hilachas donde apunta: “Una flor se ha apostado en el camino, seca de ese sol con que te canto, una flor que ya muerta se levanta con la brisa pálida que se eleva de tu mano, y tu voz tan vacía me provoca un cansancio; es un mandato atroz que me obliga a esconderte en los colores de mi canto.”

La hipótesis se confirma cuando la autora dice en sus notas: “Con este libro abro el corazón, los brazos y los ojos para ofrecer lo que poseo. Aspiro a la mirada crítica.” Esta escritora  no busca diluirse en eso que llamamos la voz poética o la voz lírica, y cuya abstracción es tal; que a veces nos hace pensar que una es la mano que escribe, otra es la mano que siente; esa especie de dicotomía a la que se alude en tantas ocasiones para disfrutar de la libertad de la que goza la voz poética para decir lo que desea, en antagonismo con los miedos de la mano que escribe. Esta autora parece decirnos, soy yo, presa en el proceso de pensar, del ir y volver por el camino del recuerdo. Por eso este libro es un conjunto de miradas maravillosamente articuladas. No tengo duda de que estamos ante una gran escritora.

El hecho de encontrarme con un texto tan iluminado, convirtió estas palabras de presentación en un reto. Este libro requiere un tiempo generoso para bebernos las imágenes, para gozarnos las historias, las microficciones, para discutir la simbología de los textos, para identificar la riqueza de los recursos literarios, para saborear el exquisito dominio del lenguaje. Observen como ejemplo este relato:

“Desde el flamboyán al pie de una casa, un ruiseñor vaciaba todos los colores del arcoíris en un canto delicioso. A excepción del pequeño cantor, el resto del mundo dormía. Hasta los perros de la vecindad participaban de una reticencia o un miedo que trancaba sus mandíbulas. Entonces la asustadiza ave bajó hasta el balcón de la casa y picoteó el pantalón ensangrentado de un hombre que yacía en el suelo. Una cáscara de sangre seca se le atoró en la garganta, voló hacia el árbol, trató de cantar de nuevo, pero no pudo.”         

Esto se llama precisión, unidad, brevedad, intensidad y efecto, tal como lo establecieron los grandes maestros del cuento: Chéjov, Tolstoi, Gogol, Poe, Maupassant, Quiroga. Esos son los elementos fundamentales de un cuento, y esta autora lo consigue en un relato de cinco líneas. Entonces, ¿cómo hablar de este libro en 15 minutos?  Recurro al viejo adagio: La organización es la clave del éxito.

Comienzo, pues, por definir la palabra ojales. Dice el Diccionario de la Lengua Española, que ojales es “Una hendidura reforzada en los bordes para abrochar un botón.” La autora nos aclara en sus notas que tiene obsesión con los ojos, con las miradas, y con todo lo que se escurre “y se va por los botones”. De modo, que Irma Rivera crea un microcosmos íntimo en esa hendidura pequeña en la que insertamos el botón. El botón cierra o priva un espacio, o abre y descubre el espacio.

El libro se divide en tres segmentos o unidades. El primero: Ojales (di)versificados. Este segmento alberga 31 ojales, es decir, 31 poemas en los que la poeta abre la puerta al recuerdo del dolor. Imágenes cadenciosas hilan momentos de vacío, de desconcierto, de añoranza, de cansancio, de no entender, de esconderse y abrirse para volver al  escondite. Esto es así, porque el poema le sirve a la autora de baúl para guardar preguntas cuyas respuestas den sentido a la existencia. Dentro del poema, Rivera Colón busca entre los resquicios más íntimos eso que llama “espada de luz que me obliga a volar por la ventana”. “¿Qué pasará cuando ya no viaje mi mirada, cuando mis ojos se desborden de regreso y este espacio vencido ya no me mire? ¿Qué pasará cuando los pájaros no se enreden en la brisa/ ¿Qué miraré cuando ya no tenga esa pantalla de silencio, esa inmensidad que se vacía de luna, de noches, de mañanas, y de lluvia?” “¿Llorar? ¿Con qué ojos, si el horizonte se comió mis pupilas?” “¿Cuándo en la cláusula del amor se convocaron las estrellas? ¿Por qué el perdón requiere del día y el dolor de la noche? ¿Dónde dejaré caer la lluvia de mis manos cuando ya no estés conmigo?” Todo este dolor se concretiza en las imágenes recurrentes de la luna, el mar, la rosa, la noche.

Piezas cumbres de esta unidad: Ojal triste, Ojal en hilachas,  Ojal del sueño, Ojal en cuatro cantos, Ojal en secreto, Ojal de humo, Ojal iluminado. Termina la sección con un poema dedicado a Julia de Burgos, en el que recrea la muerte de la   poeta como un imperativo al que acudió con un ramo de palabras y una nube de dolor.

La segunda unidad se titula Ojales (di)minutos. Comprende cuatro microrelatos y once haikus. El cuento Violencia pertenece a este segmento y guarda unidad temática con los otros relatos, si observamos que en cada uno persiste la mirada de lo absurdo: un ruiseñor que no puede cantar porque tiene una cáscara de sangre humana en la garganta, una ventana que desaparece (metáfora ingeniosa para quien encuentras al fin algo preciado, y luego no tiene la ventana para volar a tierras lejanas con el tesoro), un hombre vestido para ir a su oficina queda espantado por el reflejo que le devuelve el espejo (este cuento dialoga con el relato de Giovanny Papinni, El hombre prisionero de sí mismo).

El tercer segmento se titula Ojales en cuatro tiempos: pasado, presente, futuro y fantasía. Consta de quince cuentos. Rivera Colón nos entrega historias más largas, pero igualmente ingeniosas.

Especial atención merece la pieza El viaje de Atina. De forma extraordinaria, la autora entera al lector del contexto (tiempo-espacio) de los conflictos de cada personaje, y de cómo esos conflictos convergen para crear esta diégesis, la caracterización de los personajes, las descripciones precisas y hermosas del entorno, la irrupción de la naturaleza casi como un juez aleccionador y compasivo, el logro del tono y la atmósfera, la capacidad de mostrar en lugar de decir, hacen de este un cuento antológico.

Otra pieza estupenda en esta sección es El perdón de la reina; cuento de una página  de extensión que desarrolla y recrea instantes en la vida de María Antonieta y su carcelero.

En Soldados nos topamos con un cuento duro por humano, y porque nos enfrenta a la amarga realidad de la guerra. El último día de Vicky es un cuento de altas simbologías, que discurre alrededor del cuerpo femenino, ese espacio carnal como universo. Pretendo discutirlo con algunas adolescentes que viven inconformes con sus cuerpos, y con mujeres adultas que no se reconocen más allá de un absurdo discurso de belleza.

En fin, Ojales es un libro escrito desde el corazón para el corazón, de alta factura literaria, de auténtico compromiso con el oficio de escribir, y de una honradez a toda prueba. No es un libro para una lectura liviana. Ojales no se agota. Resistirá el tiempo y múltiples lecturas, porque sus tesoros y misterios quedan ahí, esperando a ser descubiertos.

 

irma-rivera-colon     * Irma Rivera Colón posee un doctorado en Literatura  de Puerto Rico y del Caribe del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Posee una maestría en Creación Literaria y otra en Ciencia . Es química licenciada, poeta , ensayista y narradora.  Es autora del poemario Sonetos y otros vuelos, el libro de cuentos Canasta de ojos  y del ensayo La huella de Palés: Su presencia en las voces de Luis Rafael Sánchez, Yván Silén, Mayra Santos Febres y Ana Lydia Vega.

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BALADA DE OFICINA por Rubis Camacho

 

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-Tómalo de prisa, que se pone como lengua de muerto- siempre te dice Norita, mapo en mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y necesaria como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Te retiras para acomodar algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento en una esquina del cubículo. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Acomodas la foto descolorida, y colocas el lapicero detrás de la computadora; ese lapicero que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba. En su lugar, colocas la caja de calendarios que les regaló la empresa, y que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con cara sonrosada y sonrisa Pepsodent.

Ya escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, “Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera…” las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida, “Puedes tener paz en la tormenta“, la discusión telefónica de  Loreta con la maestra de su hijo,  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto… Intentas girar la silla hacia la izquierda para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado -sólo será por unos días, Elvirita.

Un empolvado florerito plástico,  con tres claveles de papel,  descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma la cara blanca. Intentas alcanzarla. Viras el vaso de café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Miras las llagas inescrupulosas del techo y reprimes el grito.

A tu espalda, una ventana de cristal, por supuesto, cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la garúa y la ventana gime  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira,  cierra los ojos, se sacude y se desentiende. Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegaste  o si nunca te has ido. En algún lugar  Serrat canta, “Se equivocó la paloma, se equivocaba…”

 

 

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Esperando por mis hombres de añil

 

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-Ya sabe, no puede pasar el teléfono celular. -Indica el guardia penal.

-Sí, lo sé.  -Asiento con la cabeza, como si mis palabras no bastaran.

-Espere en la salita.

********

Cada jueves espero más de treinta minutos después de la hora acordada. La sala es rectangular. En el centro hay una mesa plástica sobre la que descansa un florero con flores plásticas. Las ocho sillas de la mesa también son plásticas. Extraño lo cálido de la madera entre tanto cemento , hierro y plástico. En el tablón de edicto, un gran afiche azul, verde y blanco afirma: “EL EMPLEADO, NUESTRO MAYOR RECURSO.  A su lado, el espacio para la foto del empleado del mes está vacío. Todo luce viejo, excesivamente sobrio y amargo. Busco otra pared. Una antorcha enorme  aparece en el centro de otro gran círculo rojo, blanco y azul. De la punta de la antorcha brota un fuego tímido. En la esquina de la pared, sobre una tablilla de  hierro descansan siete trofeos enmohecidos. Representan siete victorias del equipo de pelota de los guardias penales; recuerdos de camaradería y esperanzas.

¿Por qué la palabra esperanza se me ha vuelto tan urgente  ?

Sobre el dintel de la gran reja que me dará paso al salón de los hombres de añil, cuelga la foto del gobernador de Puerto Rico. Sonríe plácidamente. Detrás, las banderas como dos guardias penales en los que sobresalen absurdamente las estrellas.

Vuelvo a la pared de inicio. El espacio del empleado del mes sigue vacío.

A través de la reja veo cómo dirigen a un grupo de mis muchachos. Esta manía de acercarlos con la palabra. Sí,  muchachos es la palabra que usaría mi abuela, la negra Nesta. A todos los ministros de la iglesia los llamaba muchachos; y cuando me hablaba de cómo ahorcaron a Arocho y Clemente, me hablaba de los muchachos negros.

El gobernador,  recostado en su mesa con tope de mármol, me mira . !Qué duras pueden ser las cosas bellas!

El guardia abre la reja y me indica el paso.  Por la ventana asoma la hermosa sonrisa de Jay, un joven de 21 años que deberá cumplir dos cadenas perpetuas,  y quien me contó la semana anterior, que sueña con volver a Naranjito, al barrio donde se crió, para sembrar recao y plátanos con su abuelo.

Sí, lo confirmo. !Qué duras pueden ser las cosas bellas!.

 

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De eso que llaman la pureza /por Rubis Camacho

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12: 30 P. M.

Suena el timbre. Hay un incendio en sus ojos. Me mira fijo, como nunca. De su boca entreabierta escapa un aire tibio, mínimo, delicioso. La boca se le convierte en una jugosa semilla de cundeamor. Pesa poco su brazo en mi hombro. Me adhiere a su costado. Tiene la camisa húmeda; una sensual mezcla de perfume y sudor que termina en algo de sándalo. Acaba de  jugar el partido de baloncesto contra el octavo grado. El noveno grado salió victorioso.

El timbre insiste; sus ojos voraces también. De pronto, descubro que sabe a cigarrillo y a menta, a  adolescente con ganas de ser hombre. Algo muy primitivo me despierta ese sabor, un nuevo sofoco debajo del chaleco vino. Su boca es un espacio suave donde mueren los miedos y las dudas.

Cesa el timbre. De prisa, subo al salón de español.  Tiemblo yo  o tiemblan los pupitres. ¿ Cómo evitar que descubran en mis labios el rojo rastro de la semilla ? Una mano extraña escribe en la pizarra  “primera vez, primera vez, primera vez…”

Me cubro la cara con “El niño que enloqueció de amor”.

 

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Consideraciones sobre la antología “Tengo que decirte algo” (Autores- Cómplices en la Palabra) / por Rubis Camacho

 

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“Es una arquitectura concisa, hecha con fragmentos de lo separado, revisado y escogido. Es un ejercicio de diferentes afinidades reunidas en divergencias. Es la ineludible foto literaria de un grupo que tiene la responsabilidad de ofrecernos su mejor vendimia.” Así define, en un principio, lo que es una antología, el guatemalteco Javier Payeras en un artículo publicado en el 2013 en  Cuadrivium, revista del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

Más adelante, Payeras presenta la creación de  un cuerpo humano como la perfecta metáfora de una antología. Tal referente no solo es ingenioso, también es atinado y sustentable por su precisión. De igual forma, la creación de una antología implica la reunión de textos diversos hasta formar un cuerpo robusto y articulado, incluir y excluir, páginas que se borran, páginas que se agregan, hojas que sustituyen a las otras, repetitivo ejercicio del hacer, maqueta que parece interminable, continuo análisis de los criterios de selección, nostalgia literaria por aquellos escritos que no caben dentro de este nuevo canon, grata maravilla al ver que la criatura cobra vida y se extiende más allá de los horizontes imaginados. Sí, creo que cabe perfectamente la metáfora de Javier Payeras.

Este año, el colectivo literario Cómplices en la Palabra, retoma  el proceso antológico. Después de escribir los relatos, montar el andamiaje, editar, estructurar los relatos y comprobar la rigurosidad necesaria en algunos textos; viven un sentimiento profundo de hermandad en la tarea que los salva de aquello que llamó Richard Bach, en Juan Salvador Gaviota, la vulgaridad de la costumbre. En esta ocasión, han creado un corpus de gran belleza literaria. Descubrirá el lector que cada escritor afirma un estilo, una obsesión o atención temática, así como un goce particular en el acto de escribir o contar.

Máximo A. Campos del Rosario abre la antología con seis relatos en los que prima cierto deleite por el elemento sorpresa. Son historias cuyas diégesis no se dilatan un instante. Por el contrario, mediante oraciones cortas logra establecer el ritmo adecuado para mantener cautivo a su lector. Busca en el monólogo interior o desvarío, el espacio humano donde desarrollar y revelar el conflicto, como ocurre en Tengo que decirte algo. En este cuento, el lector entra en la mente del personaje, y desde ese abismo se reconoce. El mundo íntimo de las familias, especialmente el de las parejas, es un tema constante en estas historias, sobre todo, la violencia que desalienta y destruye las relaciones humanas: “No espera la respuesta. La abofetea: una vez, dos veces, tres veces…” (Semáforo), “Me golpeaste. Mira la cicatriz…” (Mascota),  “Con cada golpe venía un insulto. Ya no podía cubrirme…” (Te dije que era la última vez). El mundo es insoportablemente violento, grita la literatura de este escritor.

Samar de Ruis nos ofrece cinco relatos que gozan de gran musicalidad por el nivel poético de su lenguaje. La materia narrativa se desarrolla siempre en búsqueda y reconocimiento de la otredad. Sus personajes no existen sin la presencia del otro, sin esa mirada urgente y necesaria hacia el desvalido y menesteroso; una dimensión de conciencia y solidaridad que puede balancear el mundo en que vivimos. Esta escritora procura entenderse dentro de su universo, y desgrana sus cavilaciones en historias que avivan la esperanza. No niega el ojo de la tormenta en el que nos sacudimos diariamente, pero sugiere a sus lectores caminos fértiles para el  encuentro: “Por estar arraigado al mundo de silencios aturdidos, los confundes con el viraje del huracán.” (El cuarto oscuro de ventanas luminosas). En el relato Me resistí a tus manos, la escritora dialoga con la antigua metáfora bíblica  del barro y el alfarero. Así, sugiere la visión de la vida como un proceso en el que los golpes y las caídas, tanto como los logros y triunfos, desamores y querencias, nos conducen a la plenitud de la luz: “Se descompuso. Intuía que le habían roto todas sus partes, dejándola sin forma…Elohim confeccionó nuevas curvas. La estaba haciendo conforme a su plan, con el diseño que había determinado para ella cuando la concibió desde el barro.” También es importante señalar  el manejo que hace la escritora del tema erótico en La pulpa de la fresa; narración breve que rebosa de imágenes sensoriales, acercándonos al lenguaje y microcosmos del Cantar de los Cantares. Lo erótico y lo espiritual son afluentes del mismo río en la literatura de Samar de Ruis. Eso podría explicar el que sus relatos se deslicen con tanta suavidad por la piel de sus lectores.

Gladys María Pérez Huertas nos dirige a tres de las dimensiones en las que se mueven las grandes literaturas: el dolor, el misterio y la pasión. Con relatos como Olor a gardenias, Incertidumbre y Mensajes, nos ubica en el terreno de lo incógnito, de lo inexplicable, y por lo mismo, de lo maravilloso. Sus personajes accionan en esa arena movediza, y no esconden su asombro o pavor ante las situaciones que enfrentan: “Con la garganta seca y un temblor que me sacudió el cuerpo, aparté la imagen. Era la anciana del cementerio.” (Incertidumbre)  Este hecho se sostiene por la adecuada creación de la atmósfera, gran logro de la escritora. De forma interesante, algunos conflictos en los relatos solo se plantean, no se resuelven, como en la vida misma. Un constante olor a gardenias que acompaña los encuentros de unos amantes, una anciana extraña que en el cementerio informa sobre un asesinato, un personaje a quien las nubes le sirven de mapa u oráculo, son hechos que permanecen en la mente del lector para su propia indagación o interpretación. La autora provoca estas reflexiones por medio de finales abiertos. Un rasgo distintivo de Gladys María Pérez Huertas es el lenguaje limpio, fresco, natural, que permite que la historia se desplace con agilidad dentro de mundos esotéricos y misteriosos.

Los cuentos de María del Carmen Pérez Huertas están amarrados a la tierra, a la época de la cosecha, a la finca donde no hay alumbrados, en fin, al mundo rural, casi un réquiem por el mundo en fuga del campesinado. A través de sus historias conecta la felicidad con la vida familiar, como lo muestra en El forastero; relato de alegre final.  No obstante, otros de sus personajes manifiestan una ingenuidad y buena fe que los convierte en víctimas. Este es el caso de Amor execrable, desgarradora historia de una niña campesina a quien el padre encierra en un sótano para abusar de ella: “Desde entonces dio comienzo a jugueteos conmigo y a acercarse más. Continuó haciéndome lo que él llamaba cosquillas.” En Silbido de viento,  la escritora nos muestra a dos niñas, que mientras cruzan entre dos fincas, tienen un encuentro cercano con un OVNI. Este relato, en particular, destaca por su estructura, calidad descriptiva, y final deslumbrante. En las historias de María del Carmen Pérez Huertas encontramos reminiscencias de los cuentos que nos hacían los abuelos, y que nos provocaban aquella mezcla de miedo y estupor. Son contados con tal verosimilitud, que parecen historias reales. Acaso lo son, y la escritora es la cronista de una época.

Arlene Irizarry se inserta en esta antología con tres relatos: El último suspiro, Rompecabezas y El correo electrónico. En dos de estas historias, contadas en primera persona desde la voz fragmentada de la mujer, predomina el tema de la infelicidad conyugal; pero en los tres relatos los personajes femeninos sobreviven al infortunio, y buscan nuevas rutas para la vida. Esto, porque hay una historia que no está en la historia, y que solo se puede rescatar aguzando el oído,  escuchando las palabras, y descifrando los actos de las mujeres. Muy acertado el  rompecabezas que se corona como símbolo en la escritura de Irizarry,  en una relación de hechos donde el personaje femenino narra eventos de la  disciplina familiar que recibió, y en el que las preguntas hicieron las veces de piezas de un rompecabezas: “Su abuelo Agustín me azotó diez veces con la correa… ¿Por qué me aborrece tanto? Y mamá, ¿por qué no me defiende?”(Rompecabezas).  La realidad, para Irizarry, carece de sentido, y esto no lo dice, lo muestra como buena cuentista.

Isabel Pérez Otero presenta gran variedad de temas y recursos estilísticos en sus seis relatos. Con el cuento 180 grados hurga en el referente bíblico, específicamente en la Parábola del hijo pródigo. En El reflejo de Atabey funde su relato con la leyenda. En Encubrimiento echa mano al humor, y para ello da nombres emblemáticos a los animales: Caifás y Lázaro. En Soy nada y Plenilunio, cuentos narrados en primera persona, despliega su dominio del lenguaje, creando líneas de sin igual belleza: “Paso bajo un árbol donde hay una niña desnuda secándose al sol, recitando versos y trenzando flores silvestres en su pelo…Sigo una ruta inexorable hacia la disolución final” (Soy nada), “El suave resplandor del plenilunio inundó la recámara. Y me envolvió delicadamente en un sudario.” (Plenilunio). En La heredera pone de relieve la vieja disputa por la herencia familiar logrando un final que sorprende al lector. Cada relato tiene ritmo, cadencias deliciosas, diversos niveles de intertextualidad, y conflictos muy cercanos al corazón de todos los lectores. Pérez Otero crea mundos en conjunto, por eso su literatura es ancha y no se agota con una lectura.

Ángel Marcial Agosto narra desde una escritura madura, bien hilada, sin distracciones, enriqueciendo el cuento al concentrarse en el discurso narrativo funcional, liberando así el relato de divagaciones ensayísticas. Su cuento No fue un accidente, trae  a la literatura puertorriqueña el viacrucis de Vieques mediante un lenguaje sofisticado, científico en ocasiones, logrando dar con lo que llamamos fondo y forma, sin sacrificar lo emotivo y reflexivo del hecho histórico.  En los relatos Suceso y Linda, historias contadas por la voz de un niño, alcanza  gran coherencia y unidad narrativa. En el primero, la tensión crece con la lectura hasta develarnos el gran suceso. La voz del niño es una cámara que nos retrata con candor el país de mediados del siglo veinte, la espiritualidad del puertorriqueño, los postulados que movían las vidas de muchas familias, y la posibilidad de que lo incierto o lo increíble deje de serlo. En el segundo, la ternura se desborda en el papel mediante el recuerdo de un niño con olor a tierra húmeda. Linda es más que un animal, es el vínculo con sus pastizales, es decir, con su infancia preñada de paisajes campesinos. Esta historia dialoga en alguna medida con el cuento El  josco de Abelardo Díaz Alfaro, y con el poema Mi árbol y yo del argentino Alberto Cortés. La participación de Agosto termina con el cuento Retrato, breve, preciso, genialmente ambientado. Estamos ante un gran narrador.

Francisco José González Arana nos ofrece la visión espectacular del que mira la tierra desde arriba. Esta capacidad se la da su oficio de piloto. Sus descripciones son deslumbrantes memorias de lo vivido entre las nubes, fulgurantes vitrales de azules, verdes y marrones, paisajes muy quietos desde arriba, pero dinámicos en la intencionalidad de sus relatos: “Hubo noches cuando, igual que algún antiguo  marinero bajo ese mismo cielo, alcé la vista y fijé mi rumbo por las estrellas de la Cruz del Sur… quedamos como suspendidos en tiempo y espacio, solos en el infinito: el universo, mi nave y yo.” (El Illimani, los zapatos del piloto y la Cruz del Sur). En la bella historia Mi despedida, el sepulturero y el canto de las piedras, trabaja el tema de la nostalgia, del que vuelve buscando, del que discierne nuevamente la muerte. Un tono romántico se divisa en este relato: la muerte de una amada, la tumba, la estatua de una bella mujer, los recuerdos, son todos elementos o rasgos que se asocian al romanticismo. En Sangre aguada revive la angustia y tragedia del puertorriqueño que pide trabajo al americano Míster Good. Los elementos de identidad y poder del extranjero se muestran en este cuento con maestría, dada la brevedad del mismo. La gota de sangre aguada queda en la memoria de Olga, es decir en la memoria colectiva del puertorriqueño. Míster Good es el símbolo de una industrialización que deshumaniza, que aborta y envilece. En el cuento El empate, todo un mundo de tragedia y remordimientos queda intacto en el personaje. La muerte del amigo es el golpe vencedor. Ingenioso cuento, denso. El autor maneja hábilmente el elemento de la precisión y la brevedad.

Luis Ángel Alicea se une a este trabajo colectivo con el relato Buque a la deriva. Mediante un diálogo intenso entre el capitán de la nave y un marinero, nos enteramos del peligro que asecha. Alicea recrea con destreza el mundo de agua, la tormenta, la cercanía de la muerte, el riesgo, pero también el deber y el honor de los que se avienen a estos oficios. Al final, el efecto del cuento es la gran sorpresa. Todo esto logrado en un cuento de apenas una página. Diríamos que este cuento es una oda a la imaginación, no solo del autor, también de uno de sus personajes. Descubra el lector el elemento inesperado.

Esta antología, ensamblaje perfecto, reúne a escritores que insisten en el proyecto literario de recoger las circunstancias vitales de hombres y mujeres, pero aportan un nuevo acento. La diferencia está en la actitud de estos narradores. Escriben sin miedo, no temen a las solemnidades impuestas, buscan sus propios caminos para decir, proclamar y fundamentar, exploran texturas y posibilidades, y logran asimilar su herencia literaria. ¿Cuál es el resultado? Una literatura viva.

 

 

 

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“Sonetos” de Eduardo Bobrén Bisbal /por Rubis Camacho

 

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Los sonetos de Eduardo Bobrén Bisbal  son monedas que nos arden en las manos, manojos de fuegos y aromas, aves livianas que se sacuden con gracia en el vuelo. Sí, sonetos de fuego.

Estamos ante un hombre subyugado por las palabras, por sus sonoridades, por los significados y contextos que convocan, y también, por las rutas laberínticas que sugieren. La palabra instiga al amor y a la armonía, nos asegura en “Al soneto”. El uso exquisito del lenguaje en estas piezas poéticas complementa la integridad de la voz que las anuncia o devela. ¿Para qué nos sirve una poesía sin honradez? Bobrén Bisbal hurga en el alma como un acto de paz.

Dentro del apretado esquema de una composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos (hablamos del soneto, por supuesto),  este autor nos entrega su recorrido por las emociones humanas en un libro en el que “borda sentires”, desgrana amores, anuncia la esperanza, y cavila sobre lo que se ama y se pierde. Parece un niño juntando canicas. Así de raudo mana el verso entre sus manos.

En los inicios, canta a la belleza, de seguro, porque la belleza nos consuela, como afirma Mercedes López Baralt. El poeta observa, la nostalgia es el lente secreto. Vive el encuentro con la belleza como una especie de liturgia o baile sacro, y en este deslumbramiento estético rompe con la imagen visual como criterio de afirmación o negación de lo bello.  Nos asegura que lo bello es el sonido, la huella, el olor, lo palpable: “Se mezclan con tus pasos infinitos sonidos, dejándonos tu aroma en la estela que queda” (Soneto II).

De inmediato, presenta una de las tesis de su propuesta poética: el viaje. La vida es un peregrinar dolido (Soneto IV) donde incide la tormenta. La pasión transitoria se diluye, calla la carne. La voz lírica nos devuelve al transitar de Ulises, al Éxodo bíblico, a El peregrinar de Bayoán, a las rutas argonautas, a los viajes de Marco Polo, en fin, a todos los referentes literarios que marcan el quehacer humano desde la experiencia del viaje. Somos seres en movimiento inevitable. Por eso superamos a los árboles, por eso “somos tierra que anda”, en el decir de Atahualpa Yupanqui.

La voz poética lo sabe, lo escudriña,  teme y anhela. Recrea el viaje amoroso en sus versos. El amor es el ideal supremo: “Luz ideal, anhelo que mi vida calma”. El ser amado es representado en flor eterna, en ninfa del mar: “ser singular de la mirada pura”. Esto, en total congruencia con los movimientos clásicos de la poesía.

No obstante, todo viaje implica despedida. Es esa etapa del transitar la que pone en sus versos la enunciación de lo venturoso de ir a bordo. La poesía de Bobrén Bisbal reconoce los elementos de la muerte y el dolor, pero no se anquilosa en ellos. Hay tanto de esperanza en la literatura de este autor. Parece haber descubierto grandes secretos de la vida. Por eso recrea serenamente la extinción de cualquier fuego o pasión: “sin prisa contenida ni angustias ni cansancios, en pos de un sol vibrante que germine mi vida.”

 

Encontraremos en los sonetos de Bobrén Bisbal un interesante diálogo con otros textos (intertextualidad), así como con el mundo mitológico. Estas alusiones sostienen con gran fuerza algunas de sus imágenes (ninfas del mar, nereida del primor, Baco, Caronte, Quijote, etc.). Este dato revela un proceso arduo de investigación, muchos años de lectura, elementos de revisión y una mente prodigiosa, capaz de juntar perfiles e  historias hasta lograr una poesía lúcida.

Un grupo de sonetos dedicados a Safo, la antigua poeta griega, reclama su espacio literario; versos maravillosos de suave cadencia, de intenso mostrar y sugerir. Estas piezas han requerido que su autor retroceda en el tiempo para lograr una caracterización verosímil en el ensamblaje poético. Logra el tono, entusiasma, provoca a la lectura e investigación sobre la vida de la poeta, sugiere otros mundos para el amor posible, y otorga a la poeta de Lesbos un profundo carácter. Estos sonetos caminan en el ruedo de la túnica de la mujer griega, y enfrentan valientemente los vientos del Mediterráneo.

A medida que avanza la lectura, y la palabra poética se asienta, descubrimos otros temas de gran importancia en el trabajo literario de este autor. La patria es uno de ellos. Un grito de liberación se cierne en sus versos. También canta a la belleza femenina de ciertas figuras que movieron su tinta. Es una especie de regodeo por lo diáfano de la memoria, una alabanza, una prez, un loor.

¿Qué nos sorprende gratamente de la obra de este autor? La musicalidad de su poesía, la sucesión de imágenes novedosas, la intención de hacer del soneto un vehículo de verdades, sueños, quimeras, posibilidades, espacio para el tributo, rincón para la nostalgia, plataforma para la exaltación, altar para la patria.

Leer estos sonetos es caminar hacia la luz de la palabra: “Tú eres el relámpago”. Es descubrir nuevas posibilidades en el lenguaje y reconocer que la palabra es camino, destino y regreso. Sospecho el caudal de emociones que discurrieron por el espíritu del poeta al escribirlos. Están frente a nosotros como una ofrenda suave. Bebe cada soneto como agua pura y disfruta el universo, que a golpe de palabra,  construye Eduardo Bobrén Bisbal.

 

 

 

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Aquellos libros del corazón /por Rubis Camacho

 

 

 

 

 

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Tenía nueve años, cuando la enorme guagua pintada de amarillo repechó la cuesta del Picacho. Aún no se habían tintado de brea los caminos de mi barrio Sonadora. La senda desde la tienda de Luis Viña hasta la escuela, era un ancho pasillo de majaguas y tulipanes africanos. Con gran esfuerzo, el conductor logró estacionarla debajo del palo de mangó que protegía la tienda de Fico. La polvareda se levantó sobre los flamboyanes y  guayabales. Las gallinas de Gilo cacarearon asustadas y un ramo de palomas turcas se protegió en el jobillo.

La maestra nos puso en fila, como si fuéramos a pararnos frente a la puerta del salón comedor, donde una amargada doña Eriberta, con delantal y redecilla, batía la leche con maní. Con una alegría especial, indicó que entraríamos de tres en tres a la Biblioteca Rodante. Me pareció un nombre tan largo, impronunciable y misterioso.

El conductor abrió las puertas traseras del vehículo, para dejar a mi deleite un inmenso recinto de libros. Una mujer, de falda negra y blusa blanca, se movía con cierta naturalidad dentro del espacio acuciado por los volúmenes. El aire perfumado de los ilán- ilán entraba juguetón, pero me costaba respirar. Libros de todos los tamaños y colores parecían gritar en los estantes.

-Les prestaremos uno cada lunes. Escojan el de hoy. Tienen poco tiempo. Los otros niños también quieren entrar –dijo, autoritaria, la mujer .

Joseíto se limpió los mocos con el dorso de la mano, y pidió un libro grande y flaco que sobresalía en el anaquel superior. A Magdalena no le interesó, y preguntó si se podía bajar de la guagua.

-Nena, y tú, ¿cuál quieres? –Me preguntó la mujer.

Tardé en contestar. Luego emití  un tímido e inexplicable balbuceo.

-¡Habla alto y avanza, que ya traen a los otros grupos!

-Todos, todos – dije bajito mirando al suelo.

-!Avanza! -insistió.

Miré el lomo que me quedaba de frente en el segundo anaquel, justo a la altura de mi nariz.

-El verde chiquito –dije, señalando con dedo tembloroso.

Flor de leyendas! ! Uju! Espero que lo entiendas.

A las doce del mediodía no fui al comedor. Con un júbilo extraño subí la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mi abuela Nesta.. Mientras apretaba el librito verde contra el pecho, me repetía: Flor de leyendas… ¿Se habrán equivocado? Debe ser Flor de majagua, como las flores amarillas junto al corral de los puercos de abuelo Dole, o Flor de amapola, como las rojas y blancas que adornan el caminito a la iglesia, o Flor de gardenias, como las que corta Cristina cuando baja al pozo de Juana María.

Detrás de la cocina de mi abuela, donde aún estaban calientes las brazas del fogón, me senté a leer. “Hay en la India, al pie del monte Himavat, un bosque sagrado donde viven los ascetas consagrados a la meditación y a la sabiduría. Sus lagos son de agua azul, siempre inmóvil; el arroz silvestre crece junto al césped de los sacrificios, y los animales del bosque son sagrados para el cazador… En este bosque habita la doncella Sakuntala, hija adoptiva del asceta Kanva. Ella, hermosa y delicada como un jazmín recién abierto…”

No sé cuántas veces leí la primera página de El anillo de Sakuntala. Cuando escuché la voz asustada de mi madre, ya el sol rompía en fuga, dejando atrás un delicado cafetal rosado. Algo distinto me vio , porque no dijo una palabra de regaño. Agradecí que caminara detrás de mí. Quise ocultarle lo excesivo de mis ojos, el rubor del pecho y el silbido nuevo que me surcaba los labios; también el lago inmóvil que llevaba mi voz, como los lagos al pie del monte Himavat.

*********

 

Tenía once años, cuando el reverendo Mario Rodríguez dejó olvidado el ejemplar sobre la silla vieja del balcón. El ministro conversaba con mi madre sobre esos asuntos de adultos que, generalmente, terminan en lágrimas. Mi madre tenía afición por el llanto, también por la poesía, aunque lo ocultaba.  Desde la incomodidad de mi clandestinaje, un pequeño agujero en la pared de madera, los escuchaba hablar de las bondades de la fe. –Dios nunca nos abandona –aseguraba el hombre.

Mientras el ministro oraba para sellar la consejería pastoral, mis ojos recorrían la superficie roja del abultado volumen, donde sobresalían unas letras doradas: Ana Karenina.  Al finalizar la oración, dijo tres veces amén, como era su costumbre. Le dio la mano a mi madre y se marchó.

Esperé a que mis hermanos se distrajeran, y oculté el libro bajo la falda. Un poco después, a la luz de una mezquina lamparilla que mi madre había rescatado de la basura de titi Loló, me enfrenté a una de las novelas más importantes de la literatura. Tolstoi pintaba el retrato de la  sociedad rusa, la banalidad de sus fiestas, la rigurosidad de sus hipócritas códigos morales, la construcción de la indolencia, en fin, el mundo que dio vida y muerte a la desolada Ana Karenina. Por días, leí a escondidas cientos de páginas deslumbrantes. Me dolía Ana Karenina, me destrozaba aquello que aún no lograba definir como su máscara. Su adusto marido estaba allí, presente y ausente como mi padre, fundamental e innecesario como mi padre. El domingo siguiente, devolví el libro al ministro. Nunca entenderé por qué no lo usó como texto de referencia  en sus sermones.

A los doce años entré por primera vez a la biblioteca de la Escuela Intermedia Mariano Abril. La madera de sus estantes olía a pintura fresca…

(continuará)

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