Aquellos libros del corazón /por Rubis Camacho

 

 

 

 

 

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Tenía nueve años, cuando la enorme guagua pintada de amarillo repechó la cuesta del Picacho. Aún no se habían tintado de brea los caminos de mi barrio Sonadora. La senda desde la tienda de Luis Viña hasta la escuela, era un ancho pasillo de majaguas y tulipanes africanos. Con gran esfuerzo, el conductor logró estacionarla debajo del palo de mangó que protegía la tienda de Fico. La polvareda se levantó sobre los flamboyanes y  guayabales. Las gallinas de Gilo cacarearon asustadas y un ramo de palomas turcas se protegió en el jobillo.

La maestra nos puso en fila, como si fuéramos a pararnos frente a la puerta del salón comedor, donde una amargada doña Eriberta, con delantal y redecilla, batía la leche con maní. Con una alegría especial, indicó que entraríamos de tres en tres a la Biblioteca Rodante. Me pareció un nombre tan largo, impronunciable y misterioso.

El conductor abrió las puertas traseras del vehículo, para dejar a mi deleite un inmenso recinto de libros. Una mujer, de falda negra y blusa blanca, se movía con cierta naturalidad dentro del espacio acuciado por los volúmenes. El aire perfumado de los ilán- ilán entraba juguetón, pero me costaba respirar. Libros de todos los tamaños y colores parecían gritar en los estantes.

-Les prestaremos uno cada lunes. Escojan el de hoy. Tienen poco tiempo. Los otros niños también quieren entrar –dijo, autoritaria, la mujer .

Joseíto se limpió los mocos con el dorso de la mano, y pidió un libro grande y flaco que sobresalía en el anaquel superior. A Magdalena no le interesó, y preguntó si se podía bajar de la guagua.

-Nena, y tú, ¿cuál quieres? –Me preguntó la mujer.

Tardé en contestar. Luego emití  un tímido e inexplicable balbuceo.

-¡Habla alto y avanza, que ya traen a los otros grupos!

-Todos, todos – dije bajito mirando al suelo.

-!Avanza! -insistió.

Miré el lomo que me quedaba de frente en el segundo anaquel, justo a la altura de mi nariz.

-El verde chiquito –dije, señalando con dedo tembloroso.

Flor de leyendas! ! Uju! Espero que lo entiendas.

A las doce del mediodía no fui al comedor. Con un júbilo extraño subí la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mi abuela Nesta.. Mientras apretaba el librito verde contra el pecho, me repetía: Flor de leyendas… ¿Se habrán equivocado? Debe ser Flor de majagua, como las flores amarillas junto al corral de los puercos de abuelo Dole, o Flor de amapola, como las rojas y blancas que adornan el caminito a la iglesia, o Flor de gardenias, como las que corta Cristina cuando baja al pozo de Juana María.

Detrás de la cocina de mi abuela, donde aún estaban calientes las brazas del fogón, me senté a leer. “Hay en la India, al pie del monte Himavat, un bosque sagrado donde viven los ascetas consagrados a la meditación y a la sabiduría. Sus lagos son de agua azul, siempre inmóvil; el arroz silvestre crece junto al césped de los sacrificios, y los animales del bosque son sagrados para el cazador… En este bosque habita la doncella Sakuntala, hija adoptiva del asceta Kanva. Ella, hermosa y delicada como un jazmín recién abierto…”

No sé cuántas veces leí la primera página de El anillo de Sakuntala. Cuando escuché la voz asustada de mi madre, ya el sol rompía en fuga, dejando atrás un delicado cafetal rosado. Algo distinto me vio , porque no dijo una palabra de regaño. Agradecí que caminara detrás de mí. Quise ocultarle lo excesivo de mis ojos, el rubor del pecho y el silbido nuevo que me surcaba los labios; también el lago inmóvil que llevaba mi voz, como los lagos al pie del monte Himavat.

*********

 

Tenía once años, cuando el reverendo Mario Rodríguez dejó olvidado el ejemplar sobre la silla vieja del balcón. El ministro conversaba con mi madre sobre esos asuntos de adultos que, generalmente, terminan en lágrimas. Mi madre tenía afición por el llanto, también por la poesía, aunque lo ocultaba.  Desde la incomodidad de mi clandestinaje, un pequeño agujero en la pared de madera, los escuchaba hablar de las bondades de la fe. –Dios nunca nos abandona –aseguraba el hombre.

Mientras el ministro oraba para sellar la consejería pastoral, mis ojos recorrían la superficie roja del abultado volumen, donde sobresalían unas letras doradas: Ana Karenina.  Al finalizar la oración, dijo tres veces amén, como era su costumbre. Le dio la mano a mi madre y se marchó.

Esperé a que mis hermanos se distrajeran, y oculté el libro bajo la falda. Un poco después, a la luz de una mezquina lamparilla que mi madre había rescatado de la basura de titi Loló, me enfrenté a una de las novelas más importantes de la literatura. Tolstoi pintaba el retrato de la  sociedad rusa, la banalidad de sus fiestas, la rigurosidad de sus hipócritas códigos morales, la construcción de la indolencia, en fin, el mundo que dio vida y muerte a la desolada Ana Karenina. Por días, leí a escondidas cientos de páginas deslumbrantes. Me dolía Ana Karenina, me destrozaba aquello que aún no lograba definir como su máscara. Su adusto marido estaba allí, presente y ausente como mi padre, fundamental e innecesario como mi padre. El domingo siguiente, devolví el libro al ministro. Nunca entenderé por qué no lo usó como texto de referencia  en sus sermones.

A los doce años entré por primera vez a la biblioteca de la Escuela Intermedia Mariano Abril. La madera de sus estantes olía a pintura fresca…

(continuará)

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Safo: Ritual de la Tristeza / de Rubis Camacho / Indeleble editores

“Volveremos a la caverna del miedo”

representación teatral de Safo en Guatemala      representación teatral de Safo en Guatemala 3            EIEH

 

Será el tiempo del caos
el que pare a la noche
y al Erebo
el espacio terrible
el tenebroso
inerte
y confuso…
Cuando en la oscurana
ya no vibres
-!Amor!
!Temblor!
!Delirio!-
¿Dónde andará Gea
la del amplio pecho?
Al menos
la cueva tiene tu piel
y las tiras
de nuestros vestidos.
Sobre el suelo húmedo
yace
todavía
el tapiz de tu espalda
donde bordé
por consejo de Aracne
la historia del fluir
de tu sangre en la mía.
Donde llené de colores
la otra historia
la que hubiésemos vivido
en la isla de Creta
mil años antes
bajo el manto

 

de la Gran Diosa
antes de Asterión.
Nos hubiésemos atado
los cabellos
con su vincha…
y hubiésemos amado
con la fuerza de sus toros
y bajo su poder
hubiésemos ordenado
el curso de las estaciones…
!Amor!
Hay tanta muerte
en nacer
en el sitio equivocado…

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PRESENTACIÓN DE “SAFO: RITUAL DE LA TRISTEZA” EN EL COLEGIO UNIVERSITARIO DE SAN JUAN

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PRESENTACIÓN DE “SAFO: RITUAL DE LA TRISTEZA”EN EL CANDIL, PONCE

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PRESENTACIÓN DE LA NOVELA “EL LUNAR EN EL HOMBRO DERECHO” DE LINDA PAGÁN

 

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Presentación de Safo: Ritual de la tristeza / Guatemala

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Dios estallará en carcajadas

noche estrellada

Te detienes frente a la mesa del altar. Estás solo. En media hora llegará la feligresía. Los actos de inauguración del templo comienzan a los 8:00 p. m. Te envuelve el olor a plástico de las flores  que compraron las damas del ministerio de ornato.Las bancas relucientes, acojinadas, exhiben un tinte rojizo, como las del templo que admiraste en Orlando. Los miembros del coro lucirán las togas nuevas; las verdes con bordes rojos, para estar a tono con las bancas.

Lograste ensayarlo todo: el desfile de los ministros asociados, la marcha del coro, las alabanzas especiales, las oraciones escritas, la lágrima después del primer silencio en el sermón, el llamado a la conversión con un fondo de piano…

Respiras profundo. Te emociona pensar en los comentarios que provocará la novedad del inmenso trono que ordenaste empotrar en el centro del altar. A la derecha colocaste tu silla. A ningún otro pastor se le ha ocurrido, estás seguro. Fuiste meticuloso en la construcción. Todo es poco para Dios: espaldar en caoba con placa de oro, patas en cedro pulido, la cruz de plata y esmeraldas tallada en el asiento, dos cruces pequeñas de rubíes en los brazos, pedazos de seda y brocado recaman los bordes del espaldar, siete manos de barniz sobre la madera…

Pero, todavía falta media hora. Hay tiempo. Lo harás. No has confesado este deseo a nadie. Más que un anhelo, es una travesura. Dios estallará en carcajadas. Dirá, -las cosas que se le ocurren a este muchacho.

Corres a apagar las luces. Recorres despacio el largo pasillo hacia el altar, como si dudaras. Subes los tres escalones y te sientas en el trono. Sonríes. Redimes la oscuridad con el relámpago de los dientes. A través de las ventanas, el cielo límpido te devuelve una grey de estrellas. Cierras los ojos y les ordenas que se te postren.

 

Cuentos Traidores (de Rubis Camacho)

Mariana Editores 2010

Puedes adquirir el libro en rubis.camacho@gmail.com

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Poema para conjugar al padre que me abandonó

voyageur

¿Qué nací de ti?

¿Residuo de tus lomos?

Se engañó.

Te engañó.

Me engañó.

Nos engañamos.

¿Cuándo en tu pecho se multiplicaron flores

y en tus ojos montó el brillo de una estrella?

¿Cuándo te alborotó la fugaz explosión de una palabra

o el mortal golpetazo de un soneto?

¿Cuándo vibraste con la lluvia en la cara

o gemiste de amor sorprendido de ocaso?

¿Cuándo el roce de un niño te humedeció los ojos

y latió en tu carne un corazón de barco?

¿Cuándo atrapaste la rosa adolescente en las tapas de un libro

o mordiste el tronco del almendro en el patio?

¿Cuándo te enamoraste de Yourcenar y Saramago

o te estremeció el Aleluya de Handel?

Descansa en paz, querido.

Te exonero.

Se engañó.

Te engañó.

Me engañó.

Nos engañamos.

(Rubis Camacho)

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Desde la 292 / Prisión de Máxima Seguridad / Bayamón

Cartas de la prisión

 

Primera Entrega

** por Rubis Camacho

 

Cada jueves, a las nueve de la mañana, espero el sonido amargo que produce la puerta de hierro . Me esperan veintidós hombres vestidos de añil. Ya las esposas descansan como serpientes en un barril de aluminio al lado de la puerta. Tienen los pies encadenados, como el fray Servando Teresa de Mier de El Mundo Alucinante (Reinaldo Arenas).

Levantan los papeles estrujados en los que han escrito la tarea asignada. –Maestra, le estamos cumpliendo– dice uno, satisfecho. ¿Verdad que vamos bien?

Asiento con la cabeza y les devuelvo la sonrisa, aunque las Autoridades me advirtieron que la relación debe ser sobria.

El primer día prueban mi empeño:

Nada de mucho maquillaje, descotes, ropa apretada.

 Hace años que cumplo con las reglas. Ya voy con ventaja, pienso.

Nada de armas

Por supuesto. –Bajo los ojos de inmediato y me pregunto ¿qué haré con las palabras?

Algunos casi no saben leer. A otros no les interesará la literatura. No le queremos quitar el entusiasmo, pero así es. Son peligrosos. Debe tener cuidado…

 En vista del silencio tormentoso, indicador  de que no me facilitarán el acceso a pesar del acuerdo, respondo:

-¿Qué tal si me permite entrevistarlos? No será mucho tiempo. Así sabremos con certeza a cuántos les interesa el taller.

Respira profundo. Intercambian miradas incrédulas.

Que un guardia penal la acompañe –ordena.

*******************************

Un oficial joven, de aspecto bonachón, camina a mi lado. Indica al guardia encargado de abrir la puerta que estamos autorizados. La reja abre lenta, como si le ofendiera mi voluntad o mi esperanza. Una sucesión de pasillos, puertas y celdas se triplican ante mis ojos en efecto fílmico. Satura el gris y el blanco, las líneas rectas, el piso límpido, el olor a desinfectante…

Ya entrevistamos a los confinados de este edificio –le digo convencida al oficial.

No –responde sonreído- es que todas las estructuras son iguales. A mí me pasó durante semanas cuando comencé a trabajar aquí.

Observo. No hay una flor, un arbusto, una piedra, una mano, un beso,  una pintura, una estatua barata, una teja, una gorra olvidada, un aroma… nada que los personalice; ni siquiera las moscas golosas de un viejo zafacón. Recuerdo a Benedetti: “Pobrecitos, creían que libertad era tan solo una palabra aguda, que muerte era tan solo grave o llana, y cárceles por suerte una palabra esdrújula…”

-A mí me gusta Oscar Wilde – añade por lo bajo mi acompañante. Cómplices comentamos La Casa Usher  bajo un calor de infierno.

**************************************

 

Todos saben leer. Son veintidós los interesados. En la lista hay maestros, contables, jóvenes universitarios, médicos, etc. El jueves comenzamos a las nueve, como establecido– le indico sin dar tiempo a que riposte.

La reja abre cansada. No miro atrás. Pienso en Benedetti y en su poema Hombre Preso que mira a su hijo.

Tenías razón. Olvidaron poner el acento en el hombre.

 

 

** La autora es escritora y ofrece talleres de creación literaria en una prisión de máxima seguridad en Bayamón, Puerto Rico; con el auspicio del Instituto de Formación Literaria que dirige la escritora Mara Daisy Cruz. 

 

Espere la segunda entrega

 

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El grupo de Los Fieles comparte con el escritor Armando Rivera (de Guatemala) en Manatí.

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