Venir de la oscuridad (1965)

por Rubis Camacho

“Los años de la infancia pasaron, pasaron,

la reja está dormida de tanto silencio,

y en aquel pedacito de cielo…”

Tenía seis años, cuando el hocico del auto destartalado devoró la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mis abuelos maternos. Amenazaba la madrugada.

Veníamos del cañaveral, apiñados entre líos de ropa, agobiados por la tristeza de mi madre.

Durante la travesía, mis tres hermanos mayores sucumbieron al sueño. Yo no pude. Me tocó, en suerte, ir montada sobre el bulto colocado justo debajo del gran hueco en la capota, y confieso, siempre me ha desvelado el llanto de mi madre.

Por el hoyo aéreo asomé la cabeza, desatendiendo las amorosas instrucciones del reverendo José Vázquez, el hombre bueno que fue a rescatarnos del agobio en el que nos abandonó mi padre. Al instante, las luces fueron chispazos desafiantes, destellos acelerados en un cielo violeta. Mi universo se movió de prisa. El retazo de noche entró en mí su cúpula de miedos.

Atrás quedó la casucha de piso remendado,  las hojas filosas del cañaveral, mi muñequita barata, a la que siempre se le caía la cabeza, y el mundo de juegos que logré construir más allá de la miseria.

El Picacho era una pintura realizada por manos inexpertas, sobre todo, visto desde la altura, a esa velocidad y confrontando la penumbra violácea: manchas negruzcas veteadas de verdes, un pájaro brumoso, un tajo de luz sobre el mangó del viejo Colo, los techos de zinc corroído, una tala de yautías reventando en la ladera, las palmas dobladas sobre el senderito del pozo, la voz acuciante de los gallos, el aroma a café colado en fogón, las toronjas amarilleando las paredes de la letrina, la leña cortada sobre el piso de la cocina, el hacha recostada en la puerta de entrada, el semblante de mi abuelo Dole, su boca sin dientes y aquellos ojitos grises que redondearon mi asombro. Me extendió los brazos como si pudiese atajar la orfandad. Luego, sonrió para ahuecar la infancia y dar sentido a la nada…

Unas horas más tarde, mi nuevo mundo era un terrón de claridad. Apestaba a comida de cerdos en el traspatio, pero adentro perfumaban las panas recién mondadas, el bacalao hirviendo, la leche de cabras, los gandules, el dulce de lechosa, la mortadela. Escuché las coplas de mi abuela mientras tiraba maíz a las gallinas. Las vacas de don Félix Díaz  contoneaban las ubres espumosas en el camino de la quebrada. Las pomarrosas emergían rosadas, perfectas y circulares. Las fresas silvestres se exhibían presuntuosas. El bejuco de las batatas trepaba por el montículo de tierra prieta. Las chinas abrumaban sobre el cordel repleto de ropa húmeda.

Corrí a la cima del Picacho. Me despeinó un viento neblinoso, mezcla de gotas frías y calientes. Busqué en la distancia el mundo que había perdido. Abrí los ojos hasta vaciarlos de sus cuencas. Fue inútil. Al voltear la cabeza me topé con mi nuevo barrio, Sonadora, recién salido del rocío. Abajo, el auto destartalado regresaba en dirección a la tienda de Luis Viñas.

Las lágrimas inundaron mi vestidito deshilado. Tenía seis años. Ese día supe que escribiría.

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2 comentarios

Archivado bajo Recinto para el asombro

2 Respuestas a “Venir de la oscuridad (1965)

  1. Provocaste lo que que querías, me llevaste en tu viaje entre bultos, llantos, dolorres, recuerdos, pestes, olores, sabores, sonidos y colores, y al mismo tiempo, entre curvas, riscos e inmensos cafetales subí hacia el barrio Pezuela de Lares a encontrarme con mi niñez manchada de plátano, entre dolores y alegrías que nunca conté a nadie y que solo el silencio de aquellos montes en secreto los ha guardado. Un Besote, eres brutalmente excelente!! Te amo,tu amigo y hermano
    Orlando Marchese

    • rubismarilia

      Orlando::

      Pezuela está en los orígenes de tu sensibilidad.. !Qué maravilla tener algo que ver con tu regreso a ese lugar mágico!

      Rubis

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