¿Será la biblioteca de Rubis?

Por Ricardo Vega/ profesor en Boston

  • ¿Será la biblioteca de Rubis? Tiene que ser. Espero que sea. Pensaba mientras miraba la foto de la limpia tablilla rojiza y los libros que apretados los unos contra los otros le negaban existencia a cada posible rendija. Así me gustan. Y así mismo los tengo en mi biblioteca personal, rellenando y maximizando cada espacio y en espera de los libros que vendrán. Pues son siempre los próximos, los libros que quiero leer y todavía no tengo, o peor aun para la impaciencia, los que sabré que querré leer y aun desconozco los que deseo se unan a mi colección. Tienen que ser los libros de Rubis, así espero. Pues aunque es solo parte de una tablilla y minúsculo vistazo al tope de los títulos en una segunda, inmediatamente pensé que si puedo aprovechar la magia de mi iPhone y engrandezco la imagen, tal vez pueda leer con claridad los títulos en los costados de los libros. Así hice, y aunque no pude distinguirlos todos, pues los libros pequeños se nublaban al ampliarse, pude alegrarme en distinguir por lo menos los tomos masivos. Comencé sistemáticamente de izquierda a derecha, como quien lee, igual que repaso y disfruto mi propia colección. Frustrado por la imposibilidad de claramente leer los títulos de los primeros cuatro libros en donde solo logro reconocer el familiar logo de Ediciones Huracán, continuo, ansioso por desenterrar los orígenes intelectuales de mi amiga de la juventud, hasta que me golpean, sacándome de mi hipnosis, las letras grandes de Oscar Wilde. Y no faltaba más. Como narradora, era de esperarse ver al gran dramaturgo del siglo diecinueve como parte de su colección. Inmediatamente después, como queriendo balancear el enorme peso de la literatura inglesa, el manual Nueva Gramática de la Lengua Española. Dos enormes lenguas batallando por la atención de la lectora, mientras esta, como quien obliga al emperador y al Papa a compartir una misma mesa, reconoce el enorme valor de ambas, negándose a declarar vencedora a ninguna. Mas la paridad es momentánea. Mi recorrido visual por esta pequeña ventana a la biblioteca personal de Rubis toma poco tiempo en darle la obvia preferencia al idioma natal, el español. Comunicaciones 1 y Comunicaciones 2 comienza una nueva parte de la jornada visual en donde por desconocidos, por lo menos para mí, son el preámbulo de otro segmento de títulos borrosos. Solo el breve oasis de Los Cuentistas y El Cuento de Carmen Lugo Filippi calman la desesperación causada por los ignotos títulos. La vocación cuentista de Rubis se valida en tan corto recorrido. Pero mi curiosidad por los títulos que no puedo distinguir me lleva también a pesan en las secciones de la biblioteca que ni siquiera están en la fotografía. Es evidente, por lo poco visto, que esto no es más que una prueba mínima de lo que debe ser una extensa biblioteca personal. Pero la curiosidad me invade. ¿Será que literatura, y más específicamente cuento, componen la totalidad de la biblioteca de Rubis? ¿O habrá también textos de política, filosofía, ciencia, historia, y arte? Tiene que haber. Pues si esta es la biblioteca de Rubis, y espero que así lo sea, tiene que reflejar los múltiples universos que apasionan a un(a) escritor(a). ¿De qué será ese libro amarillo que está entre el de Lugo Filippi y La Artesanía del Cuento? Por cada título borroso que paso tengo que buscar nuevas fuerzas para no desesperarme y abandonar mi recorrido. Por lo menos el misterio se limito a un libro en este último salto. Es aquí entonces la Revista Boreales, la razón de ser de la foto, tomó su posición central. Imagino que el extracto que Rubis añade con la foto es solo un corto pedazo del artículo dentro de la revista. Artículo que no puedo leer en su totalidad pues no puedo ni abrir ni mucho menos pasar las páginas de la foto. Y como si esto fuera poco, la revista se empeña en también ocultar, estimo yo, unos 14 libros de la biblioteca de Rubis que posiblemente jamás sabré cuales son. El lugar de la Revista también me lleva a suponer que esta es una posición temporera. Pues sospecho que Rubis tiene que haber descubierto, como todo buen come libro, que no colocar los libros en el borde de la tablilla del librero, como imprudentemente los empuja hacia atrás la Revista, invita a la acumulación perenne de polvo. La ubicación de los libros en la segunda tablilla parece confirmar mis sospechas, ya que estos se encuentran, como debe ser, con sus costados perfectamente perpendiculares al borde de la tablilla. Dos libros más con títulos imprecisos me desconciertan hasta que encuentro el próximo oasis en La Palma del Cacique de Alejandro Tapia y Rivera. Clásico que ya se puede leer en el Internet, pero que la posesión física del libro hace de Rubis también una lectora clásica. Cuatro desventurados y, de nuevo, borrosos títulos me llevan la sangre cerca del punto de ebullición. Solo el familiar símbolo de Ediciones Huracán vuelve a mantenerme en pie. Hará unos treinta años, mi prima la “comunista” como la llamaba mi abuela Antonia, Carmen Rivera Izcoa, editora de Ediciones Huracán, parada frente a su librería La Tertulia en Río Piedras comentó que en Puerto Rico solo había 3,000 lectores. Tomé muy en serio el comentario, viniendo de alguien que había dedicado su vida a la publicación y venta de libros en la Isla. Hoy en día, y tomando el crecimiento poblacional como guía, debe de haber unos 4,000 lectores en el país. Yo sé que soy uno de ellos, y como era de esperarse, la biblioteca de Rubis, pues esta tiene que ser la biblioteca de Rubis, por lo menos así espero, me ratifica que Rubis es otra. Ojalá que pueda encontrar a los otros 3,998 y añadirlos como amigos en Facebook. El Cuento Venezolano, cuyo autor no puedo distinguir, apenas alivia mi suplicio. Este por lo menos sella la amplitud internacionalista de Rubis, pero también es el preámbulo, muy pronto descubro, de un resto de jornada visual oscuro y angustioso.. No menos de cuarenta libros me esperan en la segunda tablilla que con cínica alevosía me invitan a explorarlos para tan solo azotarme con la borrosa realidad de sus ilegibles títulos. Es aquí donde mi caridad cesa y palabras soeces salen por mi boca. Pues aunque lo descubierto en esta breve reseña arqueológica de la foto de un pedazo de la biblioteca personal de Rubis (esa tiene que ser su biblioteca) cementa mi gratitud por conocerla, también crea, tal vez como toda buena investigación, mas preguntas de las que contesta. Solo me queda el consuelo de que mis quejumbrosas blasfemias han sido toleradas y hasta aplaudidas por su artículo en la Revista.
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