Las malas palabras merecen respeto/ por Rubis Camacho

“El hombre sonrió. Y después murmuró ¡pendejos!”

En el fondo del caño hay un negrito (José Luis González)

                                                                                                                                   

 

La sociedad espera que una persona correcta y educada se abstenga de decir ciertas palabras. A estas palabras discriminadas les llamamos malas palabras, palabras soeces (bajas, groseras, indignas), palabras sucias, entre otras categorías. La mayoría de ellas nombra las partes pudendas (feas, que deben causar vergüenza) del cuerpo. Me pregunto: ¿Hay algo malo en las partes pudendas? ¿Tiene que ver con el tabú o con la hipocresía con la que manejamos los asuntos del cuerpo y la sexualidad? ¿Son malas porque inyectan erotismo? ¿Por eso corrupción  no es una mala palabra?

En el Congreso de la Lengua celebrado en Rosario, Argentina, en el 2004, el escritor y humorista Roberto Fontanarrosa también cuestionó el que se le llame malas a ciertas palabras. Éstas fueron sus preguntas: -“¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Quién las define como tal? ¿Por qué? ¿Las malas palabras le pegan a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿Es que cuando alguien las pronuncia se deterioran? ¿Son palabras que riñen con la moral? ¿Son como esos villanos de las viejas películas que eran buenos, pero la sociedad los hizo malos?” -La audiencia respondió con aplausos.  

Creo que el idioma es el gran archivo de un pueblo. Este archivo no es inmutable. Los hablantes cambiamos el valor y la vigencia de las palabras y expresiones. De acuerdo a Lázaro Correter, un idioma inmóvil certifica la parálisis mental y hasta física  de quienes lo emplean. Esta actividad de permanente revisión responde a varios factores: se inventan nuevas palabras, las existentes se vuelven obsoletas, y otras, como en el caso que me ocupa, se vuelven indecibles. ¿Obscenas? ¿Profanas?

 Resulta interesante que, en la mayoría de los casos, las personas ofendidas por estas palabras no pueden ofrecer los significados ciertos de las mismas. Les insulta la intención, el tono, el contexto y la sonoridad, estridencia dirían algunos. Pensemos en la palabra puñeta (me da trabajo escribirla). Mi madre infartaría si me escucha decirla. El Diccionario de la Lengua Española, vigésima segunda edición, 2001, la define como: encaje o vuelillo de algunos puños, pejiguera, dificultad, molestia, desechar o despedir a alguien despectivamente o sin miramientos, estropearse algo o fracasar en un asunto, sanseacabó, masturbar o masturbarse, asombro o enfado.

Con la manoseada palabra carajo ocurre algo similar. Descubrí que durante mucho tiempo el carajo fue el canasto de madera adherido al mástil del barco. Allí se colocaba el vigía. Era un lugar poco deseado. Los hombres enviados al carajo padecían de frío, mareos, vientos y aburrimiento. En el océano Índico se encuentran unas islas llamadas Islas Carajo. En España el carajillo es el café con coñac. El Diccionario de la lengua Española  define carajo de la siguiente manera: miembro viril, se usa para suplir el nombre de un hombre que no se quiere mencionar para desvalorizarlo; denota enfado o rechazo, expresa disgusto, rechazo, sorpresa, asombro, muy grande o intenso, importar a alguien, echarse a perder, rechazar con insolencia o desdén , contrariedad, para ponderar o negar.

 

Los militantes de las malas palabras

Es importante señalar que los militantes de las malas palabras no reconocen los riesgos de fracturas al idioma. Son hablantes que no se consideran responsables de la estabilidad del sistema idiomático heredado. Piensan que la lengua en la que nacieron no los obliga; esto por  múltiples razones que van, desde una instrucción deficiente, hasta el uso del lenguaje para la exhibición personal. Creen que violentando las maneras socialmente aceptadas en la comunicación  crecerán en la estima ajena.

Muchas veces el desvío idiomático responde al deseo de mostrar con el habla la pertenencia a determinado grupo, hasta el punto de crear una jerga imprescindible como señal de identidad. Tal vez un lenguaje desenfadado o desinhibido revela seudo victorias alcanzadas en la lucha por lograr la  libertad personal. Se desea estremecer con la aspereza de la palabra. Es un puñetazo propinado con la lengua. Fernando Lázaro Correter resume en una frase la definición que algunos militantes de las malas palabras ofrecen para el lenguaje socialmente correcto: “palabras de frialdad próxima al cero”.

Las malas palabras en la literatura

Algunos críticos plantean que las malas palabras en la literatura responden a una preocupación por el mercadeo de un texto, es decir, la necesidad de insertarse en el comercio idiomático. Lo preocupante de esta situación  es que podemos consumir textos averiados que olvidan que el lenguaje es una copropiedad. No obstante, las malas palabras aparecen, créanme, en la buena literatura. Lean los ejemplos.

 Fernando Alegría grita en sus versos del 1965, “¡Viva Chile, mierda!”

El poeta peruano Jorge Cumpa Donayre (1921–1987) escribe: “Bueno, ha llegado el momento, el momento esperado más de siglo y medio, para que desde la antigüedad de mi canto extraiga este grito de barro estremecido, viva el Perú, carajo”…

Gabriel García Márquez finaliza su conocida novela  El coronel no tiene quien le escriba de esta manera: “El coronel necesitó setenta y cinco años, los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto, para llegar a este instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -mierda.”

 En la novela La ciudad y los perros del peruano Mario Vargas Llosa, el personaje del Jaguar dice: “Que se vaya a la mierda.”

  Sábato, en su novela El túnel llama puta al personaje de María Iribarne.

  El puertorriqueño José Luis González usa la mala palabra para lograr una escena cruda en su maravilloso cuento En el fondo del caño hay un negrito: “volteando gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, o la guagua o el camión, tomaba la curva allá delante. El hombre sonrió. Y después murmuró: -¡pendejos!”

 Y por si fuera poco, algunas multitudes puertorriqueñas vociferan emocionadas con el puño en alto, a coro con el Jíbaro:  “! Coño, despierta boricua! ¡Despierta boricua y ven a buscarme a Lares!”

¿Se justifican las malas palabras en la literatura? Aunque algunas personas piensan que las malas palabras sólo se validan en la boca de personajes de clases sociales bajas, es preciso decir que estas palabrotas brotan de personajes de carne y hueso, que antes de ser llevados al papel han sido claramente escuchados por el escritor. Que las palabras ¿profanas? son carne de la materia narrativa, y que con ellas atenúan o combaten las miserias personales y sociales. Este es el caso de la palabra pendejos en el cuento En el fondo del caño hay un negrito. Las malas palabras ocultan, evocan, no aclaran, no explican, básicamente refieren. Por eso, un carajo lanzado con vigor evita dar una serie de explicaciones o razones en un texto.

Identifico buenas razones para el uso de la mala palabra en la literatura: (1) suple la necesidad de la fuerza expresiva, (2) el texto lo exige para romper la monotonía, (3) el escritor o escritora persigue un efecto, busca sobresaltar, incomodar, (4) revelan una visión del mundo, (5) es un decir más claro, más rotundo, mejor ajustado al asunto y a la intención, a las expectativas de quienes han de leer u oír, (6) ofrece matices (a mayor cantidad de matices, mayor expresividad, por lo tanto son irremplazables en su sonoridad, otras son irremplazables por su contextura física), (7) tienen función terapéutica (el escritor o escritora inmerso en la pasión del relato puede soltar la lágrima o el aire comprimido en esa palabrota que pone en boca del personaje. El personaje, a su vez, descarga los niveles de violencia, dolor, angustia y decepción que le impone el conflicto; y el lector, atrapado por una lograda atmósfera también grita la palabrota y felicita al personaje diciendo, como mi amigo Alfonso, ¡Coño, ya era hora!),  (8) la mala palabra intenta un tono, (9) refleja un mundo, (10) hace del texto uno sincero y verificable, (11) nos lanza al mundo de la estridencia, (12) el lector se siente apelado e interpretado, (13) nos enfrenta a una estética diferente. Las malas palabras viven en contextos de poder. El vocablo más condenado es el que tiene mayor poder. (14) Su alcance es masivo. (15) Son palabras que cortan sin anestesia. (16) Son de conocimiento general, aunque algunos  no las usen, (17) desacralizan.

 

Conclusiones

Las malas palabras poseen un raro hechizo. Hay códigos, contextos, épocas y situaciones en los que las malas palabras pierden o ganan fuerza, precisión, propiedad. Por ello se dice que no hay buenas ni malas palabras. Que me perdonen los puristas del idioma, pero, sean buenas o malas, las palabras mal usadas son un tormento.

Si bien es cierto que las malas palabras han estado siempre en la literatura, no hay que abusar de ellas, pues el gran valor literario de las obras que las contienen no reside, exclusivamente, en su uso. Descollar prevaricando (palabra de Cervantes) es posible, pero ¿hasta cuando? Si usamos las malas palabras como mecanismo, nos apegamos a su funcionamiento, lo exacerbamos, pero tarde o temprano se agota, se falsea. Descollar sin hacerlo resulta encomiable.

Es más trabajoso hacerse notar con el lenguaje simple y correcto. Exige sentido profundo del idioma, respeto a sus complejidades y conciencia de la dificultad que entraña la sencillez. Obliga a la consideración continua del tono en la comunicación  y al desarrollo de la capacidad de invención para manejar recursos comunes. Contar sencillo no es fácil, exige aprendizaje.

El uso de la mala palabra puede manejarse de manera inteligente sin agotar el gran repertorio de posibilidades que la lengua ofrece. Las malas palabras bien usadas pueden ser la sal del lenguaje. Nada es tajante en la vida de un idioma. Quien escribe literatura enjuicia su idioma y el ajeno (no confundamos irreverencia con chapucería). Debemos procurar que las malas palabras sirvan para mejorar la capacidad expresiva de la lengua, sin menoscabar la espontaneidad más rica y más fresca.

Eximamos de culpa a las malas palabras. Recordemos la frase del anciano obispo de Mirepoix, personaje de Sade en el cuento Un obispo en el atolladero, cuando su cochero le dijo que debía blasfemar para que los caballos obedecieran y salieran del hoyo:

 – Blasfema, hijo mío, pero lo menos posible.

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