De cómo se creó el mundo/ por Rubis Camacho

     Primera creación

“Creer que el cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño, 

esto es amor, quien lo probó, lo sabe.”

(Lope de Vega)

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Conjugó átomos y distribuyó moléculas. En la mente infinita las ideas subían en espirales sorprendentes. Por eso, sobre la bola del mundo tiñó tapices con verdes, azules y rojos.

Jugueteando con la masa terrestre (compuesta de corteza perfumada, alas de mariposa y huevos de serpiente) formó a un hombre. Aún no sabía lo que era. La  figura se le enrollaba en la diestra como un viento de tormenta. Trató de afirmarlo sobre la superficie global. La figura se tambaleó al impacto de la brisa marina. “Ser un Dios perfecto y crear un ser tan frágil”. Se recriminó.

Lo tomó por la cabeza y lo aplastó contra las raíces de los árboles que brotaban de la tierra reluciente. Así se le formaron los pies, parte terminal de las extremidades destinada a recorrer caminos y acortar distancias. Una piedra menuda se interpuso entre la figura y la tierra. Por eso los pies le quedaron cóncavos.

Una cantera de insectos se posó en la cabeza del hombre. Dios los acarició para aprender el zumbido. Los puntos voladores se transformaron en pelo bruñido, ensortijado. Otros insectos, asustados, sembraron las ponzoñas en la molleja blanda hasta que la sangre corrió del cerebro a la piel lánguida y mortecina. Así le nació el instinto a la figura.

La criatura, de espalda encorvada, babeaba el barro. Dios lo enderezó con el pulgar, después le hizo unas tetillas modestas. Para mirarlo de frente debió levantarlo del suelo con la diestra jugosa, donde aún quedaban residuos del agua salada recién dividida y pedazos de algas manchadas de verdes y topacios. El torso gelatinoso del hombrecito resbaló con la prisa de un lagarto entre los dedos de la deidad. Dios suspiró profundo y lo pegó a su boca. Con los dientes le modeló las costillas hasta crear un armazón vigoroso. Lo acostó sobre el mundo apenas estrenado y el hombre durmió por primera vez.

 Segunda creación

El hombre desnudo despertó por causa de un dolor profundo en el costado. Encontró a su lado un cuerpo oloroso a nuevo, lleno de protuberancias. En algunos rincones de aquel cuerpo vio la huella de un diente mayúsculo, y en el cabello de la nueva figura sintió la ardiente agitación de la luz. Un ligero movimiento puso en evidencia dos montoncitos rosados que se le sublevaban en el pecho. Dios sintió el deseo de dormir buenamente entre ambos. Al rastreo de la tarde, un animal marino depositó la concha entre las piernas del nuevo ser.

Abrió los ojos la mujer primera y pestañeó. Cuatro veces pestañeó. Dios descubrió que había creado las estaciones. Respiró la mujer. Dios se replegó. Cuando la mujer alzó el cuello, aparecieron las cordilleras y los labradores con azadas en las manos. Movió la lengua y se iniciaron los temblores en la tierra. Emitió el primer sonido y todos los seres vivos se iniciaron en el diálogo.

Dios se acercó para oler debajo de sus brazos. De inmediato explotaron los aromas en las selvas y en los terrenos cálidos. Agitó la mujer el cabello y comenzaron las lluvias. Se desbordaron los ríos hasta llevar el agua al pico de las águilas en las peñas, y poner el trago acuoso en los hocicos de las lobas, cuyas tetas amamantaban cervatillos. Dios se lloviznó los labios y descubrió que había creado la pasión.

Cuando la mujer se puso de pie, un monstruo marino hendió las aguas oceánicas, las patas de los elefantes estremecieron la tierra, las monarcas amarillearon los troncos y las piedras, los caballos corrieron desenfrenados a los desiertos, los peces se congregaron en las bahías, los pájaros regresaron hechizados, y de las charcas solitarias, donde los claros dejan las nubes prendidas en las corrientes, salieron perros alborotados.

Caminó la mujer algunos pasos y la ventisca se atrevió a otear la humedad entre sus piernas. Los polos del planeta recién creado se rompieron, se derritieron.

En el campo, cercano al vientre de las bestias, el paso de la mujer abrió un camino nuevo, insospechado.

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Archivado bajo Recinto para el asombro

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