Breves en la cartografía cultural

Por Carlos Esteban Cana

Ahora que estamos en plena temporada navideña, y usted se encuentra en medio de la tarea de agradecer la presencia de sus seres queridos con obsequios, permítame sugerirle que regale un libro escrito por un autor puertorriqueño. Y es que nuestra literatura es una de primer orden. Un libro que lleve en su cubierta nombres como Julia de Burgos, René Marqués, Emilio Díaz Valcárcel o Angelamaria Dávila, por ejemplo, será un obsequio que dejará huellas en quien lo recibe. Se lo garantizo.

Pero para dar un buen regalo no se tiene que limitar a los nombres clásicos. La literatura boricua está integrada por muchos ríos tributarios. La diversidad en lo producido por nuestras escritoras y escritores ofrece alternativas para todos los gustos. Dicho lo anterior, y como anticipo a mis impresiones de lo que disfruté de la literatura nacional este año (que compartiré con ustedes en una edición especial de En las letras, desde Puerto Rico durante el 2013), menciono algunos títulos publicados en el 2012, que le pueden servir como alternativa de regalo para cualquier ocasión, sea Noche Buena, Año Viejo, Año Nuevo, el Día de Reyes o las octavitas.

Permítame comenzar con el género de la metáfora, la poesía. Tres poemarios inmediatamente se colocan en primer plano: Confesionario, de Belia Segarra, poeta única en su clase, lo que podría llamar genuina, de esas que se mantiene a distancia de la pasarela mediática. La cantera de la que se nutre su poética es, sin duda, su propio proceso de vida. Y tras la belleza que deja la palabra cincelada y acrisolada en su interpretación -esa que da sentido a la experiencia- el lector que se acerca a estas páginas no permanece inmutable; se transforma. Incluyo dos títulos más en esta misma dirección: Erótica de Stefan Antomattei, y La vigilia de Tannhauser de Gilberto Hernández.

Erótica, del autor de la novela La chica de Estocolmo, ofrece en este poemario un balance entre la ternura, la nostalgia y el ingenio. En estas páginas el autor evidencia la conciencia del oficio, pues las piezas arrojan cierto hálito de haberse trabajado continuamente. Detalle que nos confirma  la propia biografía del autor, que en la pasada década ha estado inmerso en talleres y seminarios de escritura creativa. Erótica incluye además una serie de cuentos, que en sucesivas ediciones podrían funcionas como un libro autónomo.

La vigilia de Tannhauser, del autor del Libro de los viernes, Gilberto Hernández, nos presenta esa poesía clásica, que selecciona lo mejor de la tradición para dar textura al aliento existencial del escritor, que intenta distanciar de sí la experiencia vivencial mediante un personaje que da unidad conceptual a este poemario. Y es que Gilberto Hernández nunca ha tenido prisa por dejar en las manos del lector eso que conocemos como excelente poesía.

En narrativa corta tres títulos del 2012 vienen de inmediato a mi memoria. El fraile confabulado de Rubis Camacho, despeja dudas acerca de la autora. Muchos se preguntaban si después de un libro trascendente, fuera de lo ordinario, como Cuentos Traidores,  la escritora podía mantener la calidad de aquellas páginas. Y con El fraile confabulado Camacho ofrece una firme contestación afirmativa a tal interrogante. Y es que aquí la experiencia monástica está contemplada desde varias perspectivas. En palabras del crítico, historiador, y escritor, Mario R. Cancel-Sepúlveda: “El eje que une a todos los relatos, con una estructura similar a la de las fábulas, es la transformación. Con una mirada propia del movimiento surrealista o un desborde de la realidad, los conflictos de las tramas se resuelven o complican mediante la metamorfosis personal del fraile, los cambios del ámbito en el que se mueve, las actitudes sobre sus creencias y la lucha entre el bien y el mal”.

Otro libro que quiero destacar en este género, que tuvo presencia particular durante el 2012, es Vindicación del miedo, de Camilo Santiago Morales. Un libro que por su rúbrica cercana a lo destilado por escritores como Poe, Maupassant y Quiroga, deja reverberaciones intensas en el lector. Tal como lo apunta el creador de la bitácora cibernética Confesiones, Angelo Negrón: “Terminé el libro y me quedé con esa sensación que deben sentir los que acaban de bajarse de una montaña rusa; cuando a pesar de todo el terror que sintieron allá arriba, quieren regresar a la fila para encaramarse y retar a sus miedos nuevamente”.

Las sugerencias en el género del relato concluyen con la nueva entrega de Bruno Soreno, titulada Todos los nombres El nombre. Libro que puedo nombrar como orgánico y ‘vivo’, lo que resulta de una colección trabajada y trabajada sin descanso. Recién llegado a las librerías, esta obra puede representar para el lector un viaje, una visita panorámica por un catálogo de historias creadas y desarrolladas durante las pasadas dos décadas. Diferente a Breviario (2002), primer libro del autor, caracterizado por lo intenso y la síntesis, Todos los nombres El nombre es fragmentario si se quiere; aquí las piezas difusas y diversas nunca dejan pasivo al lector. Libro, sin embargo que muestra a su autor, diez años después, con el mismo gusto por la ironía soterrada, esa que se convierte en diálogo irónico con saberes propios y enciclopédicos.

 

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