La sangre de Lucinda

La sangre de Lucinda

 

1971

Tenía once años cuando vi la sangre de Lucinda. Fue en el patio de la escuela intermedia Mariano Abril, en el barrio Río de Guaynabo. El sol de mediodía  derretía las cabezas y lanzaba la resolana al interior del salón de inglés de séptimo grado.

Casi oculta por las costras grises de los líquenes en la corteza del jobillo, Lucinda se alisaba la pollina. La acompañaba Pipo, el noviecito rubio y bello. El muchacho sostenía con dificultad una grasienta empanadilla de complexión monga y un icee de Coca Cola.

Atravesé el predio en dirección al comedor escolar. El ruido de las bandejas apuñaleaba el aire. Las empleadas fregaban con las bocas abiertas. Las redecillas les caían sobre los ojos como prietas mantillas cuadriculadas. Comí de prisa, con una extraña sensación de vértigo.

De regreso al patio, observé cómo Lucinda se oprimía el abdomen. Lloraba. Parecía hundida en un pantano. Duplicaba  en su cara el verde desvaído del jobillo.

Me acerqué con una mezcla  de curiosidad y azoramiento. Pipo, señalando la pierna de Lucinda, repetía a gritos – ¡Yo no fui, yo no le hice na, yo no le hice naaaaa!

Fue entonces, cuando vi el chorrito de sangre parda que bajaba lenta por el muslo de Lucinda.

Mariíta, la gorda de séptimo tres, corrió a decir a todos que Lucinda se estaba muriendo, que se le salía la sangre, que la sangre era coloraíta, que lo peor era que se le iban a manchar las medias; que si las medias eran nuevas lo mejor era que se las quitara, y que, seguramente, las medias eran nuevas porque no estaban estirás…

En un instante, la muchachería rodeaba a Lucinda.  Las miradas exaltadas tropezaban con los pechos pequeños de mi amiga,  descendían por las caderas hasta los embetunados zapatos escolares. En todas las caras se repetía el pasmo. Ella sollozaba y apretaba las piernas sanguinolentas.

Un calor espeso se interpuso entre Lucinda y nosotros. El mísero aire circulaba redondo.

La sangre manaba más prolija que las lágrimas, menstruosa, bella, sangre para la vida y para el asombro. ¿Será que las grandes cosas siempre comportan algo vergonzoso en la semilla?

Lucinda estaba rígida. Volví a mirar la pierna casi infantil, ausente de estrías, ronchas y celulitis.

Me interrumpió Ezequiel, el bizco de séptimo uno, el fiel enamorado de Lucinda, el rechazado, el burlado. Se dobló despacio, como quien se vuelca para recoger un lirio. Sacó de su bolsillo el pañuelo blanco y limpió las piernas de Lucinda.

La voz de la Sra. Marrero interrumpió la liturgia. Atravesó  el cerco de la muchachada y abrazó a la penitente. Metió a la iniciada bajo el brazo y   caminó con ella en dirección al baño. La congregación siguió en procesión silenciosa tras ellas. Apenas respiraban.

Lejos quedó el banquito junto al jobillo. Secas quedaron las lágrimas de Lucinda sobre la tierra. Los ojos estrábicos de Ezequiel se posaron sobre el pañuelo que en su mano tomó forma de paloma herida.

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6 comentarios

Archivado bajo Recinto para el asombro, Tal como me ocurrió

6 Respuestas a “La sangre de Lucinda

  1. DOLABELLA

    Hermoso relato. Lo limpio de las imágenes y el buen manejo del lenguaje, permiten al lector un viaje sosegado a través de esta historia. Historia que nos invita a ser testigos indiscretos de un rito de paso femenino cargado de tabú aún en nuestros días.

  2. Julia Mejía

    Me transportaste a la época y al lugar… aún pude recordar la cara pecosa de Pipo… ¡sensasiones!… y una sonrisa en mis labios.

  3. Ilia María

    La lectura de este cuento con sabor a la infancia perdida y olor a libros, uniformes y lápices al medio día me llevó por unos segundos al fantástico cuento de Borges El Informe de Brodie…
    la mirada “exaltada” ante el descubrimiento de lo desconocido , civilización y barbarie, la naturaleza impávida, la crueldad de la ignorancia, la dulzura de la ingenuidad, la poesía del golpe de río que inunda todo lo que encuentra a su paso, la infancia luna que se acuesta a dormir para despertar sol mujer. Cómo observas tu universo, mujer!

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