El dawa del Che Guevara

“Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,

tengo las manos tan deshechas de apretar,

que ni te puedo sujetar,  vete de mí.”

Bolero Vete de mí

 Homero y Virgilio Expósito

 

Es noche en el Congo. El solitario comandante Che Guevara se acurruca en el centro de la selva. Con los ojos ametralla la luz de los astros.

Antes de este momento hubiese escuchado el deslizar de las iguanas sobre las cortezas de los troncos caídos, o el lejano crujir de las hojas bajo la pisada del puma. Ahora no puede.

Hace apenas un rato, Rafael Zerquera Palacios, al que llaman Kumi, le confirmó la muerte de doña Celia. Luego, como al descuido, dejó cerca del diario de su comandante la revista cubana Bohemia con los detalles de la muerte de su madre.

Los guerrilleros congoleños que vigilan en las afueras del campamento están preocupados. Lo observan. Nunca les ha caído bien el argentino. No entienden su idioma, el sabor del mate, la manía de cargar con tantos libros por los barrancos, pero sobre todo, cómo procura combatir si el aire no le llega al pecho.

Mitudidi intentó quedarse a su lado, pero se devolvió al campamento con los ojos muy abiertos. Dijo que el Che se había convertido en un aumla, ese misterioso insecto tutsi que habita en los pantanos selváticos, y que una vez al año vomita un raro veneno cuando lo embosca la luna. Después es inofensivo durante tres meses.

Ahora el comandante usa sus trocitos de aire para canturrear un tango. Le asecha la nostalgia. Unas lágrimas calientes se le meten en la boca. Mitudidi las adivina en la distancia y siente compasión, aunque no sabe por qué llora el comandante.

El brujo de la tribu, el mubanda, piensa que el comandante tiene miedo al próximo enfrentamiento con el ejército gubernamental, y que esto echará a perder los beneficios del dawa que le fueron conferidos en la ceremonia de esa tarde.

-¿Qué es eso? -Preguntó en la mañana el Che Guevara, después que el teniente coronel Lambert, quien representaba al general mayor Moulana, de la Segunda Brigada, aseguró que con la defensa del dawa podrían superar el ataque aéreo de los aviones sin usar cañones.

-Un medicamento natural preparado con el jugo de ciertas hierbas. Los combatientes deben untárselo en la piel. Los hace invisibles e inmunes a las balas. Eso sí, el ungüento debe estar bien preparado -fue la respuesta de Lambert.

El comandante Guevara pensó que se trataba de una broma, pero guardó silencio al ver la cara seria de Lambert , aunque no pudo  evitar que la risa se le escapara hacia el hoyuelo de la mejilla izquierda.

**************************

 Esa tarde, frente a la tropa, el mubanda manoseó la cabeza del comandante con unos polvos mágicos de tonos rojizos. Después de recitar algunas oraciones, le pasó el ungüento por los brazos, el pecho y el cuello. Al final, tuvo para él un gesto de deferencia. Le escupió en la cara pedacitos de las hierbas con las que se preparó el dawa. Alegó el mubanda que el líder debía estar doblemente protegido. Los guerrilleros aplaudieron entusiasmados.

El comandante, molesto, salió en dirección a los  ranchos a quitarse los polvos que le aumentaban los síntomas del asma. Lo detuvo el grito cavernoso del mubanda.

-Dejarás de estar protegido si te vence el miedo, si te embriagas antes del combate o si te echas con mujer. 

************************

 Debería amanecer. Todavía el comandante rastrea la luna, pero entre el ramaje sólo ve un pedazo muy parecido a uno de los pechos de su madre reventando los botones de la blusa. Recuerda el olor de sus muslos sudados bajo la falda. Deja caer la cabeza entre las hojas por si encuentra allí el mismo hueco tibio.

Tose. Rescata algo de aire. Los ojos húmedos se le agrandan. Sibilante y desesperado busca el inhalador. La madre le pedía que no tuviera miedo, que se mirara las uñas y que le avisara si se le ponían grises. Siente su mano vigorosa sobándole el pecho, como cuando era niño. Se le confunde el recuerdo de esa primera mano protectora con la sensación que le dejó la mano del mubanda.

Cree que puede volver a tararear el tango, pero la letra de la pieza se le borra.  Apenas recuerda  pronombres desafinados; tú, yo…

Se detiene. La ve ahogándose entre las corrientes del Paraná, allá en Caraguatay. Bendice una vez más a los hacheros guaraníes que la salvaron. Dispara el inhalador y detiene la respiración por diez segundos hasta que la sustancia brumosa se apodera de los pulmones.

El cielo, capturado, al fin, por la luz del día, no evita que el comandante vea una lámina de oscuridad dura sobre la selva. Contraído como gusano, el doliente repite en francés algunos versos de Baudelaire, doblando la lengua como le enseñó doña Celia. La llama, pero la mujer no viene a contarle historias. Entonces, se atosiga el puño entre los dientes. Mira en derredor con recelo. No quiere que lo vean tan herido. Basta con el cuerpo flacucho, los huesos de vidrio y la cabeza hedionda. Levanta el pecho para que el aire entre. Que no piense alguno que es una bestia acorralada en el follaje…

(Fragmento del relato El dawa del Che Guevara /Cuentos Traidores de Rubis Camacho/Mariana Editores/2010

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2 comentarios

Archivado bajo Fragmentos, Sobre Cuentos Traidores

2 Respuestas a “El dawa del Che Guevara

  1. Irma Rivera Colón

    Querida Rubis:
    No hagas eso de publicar un fragmento de un relato que promete un banquete, pero que nos deja con la desesperación de no poderlo saborear en su totalidad!
    Te felicito por la prosa y el contenido enjundioso que se proyecta en este pedacito
    tan delicioso! Abrazos… Irma

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