Archivo mensual: febrero 2013

Primera sesión del taller: La Literatura del Encierro

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Lectura / Fragmento de la novela “Sara: la historia cierta” en Los Efectos Secundarios del Amor (De Palabras en la Tertulia)

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Egipto…Egipto…Egipto…

¿Por qué me llega el olor de los inciensos quemados junto al lecho del Faraón? ¿Por qué precisamente en esta hora?

¿Cuántas mujeres habrá amado entre aquellas sábanas ese hombre de piel oscura y nariz punzante?

Egipto…Egipto…

¿Por qué recuerdo hoy el nombre con el que me llamó hace tantos años? Lo pronunció despacio… “Zahra”, es decir, Flor. Lo dijo con voz débil, como si al decirlo se delatara.

La tarde que entré a la cámara del Faraón fui escoltada por un hombre de cabeza calva y ojos excesivos, gran estatura, aunque caminaba encorvado. Me impresionaron sus dedos larguísimos sin marcas ni callos, como si nunca hubiese agarrado con firmeza la soga de un  camello. Del meñique de la mano derecha le germinaba un sexto dedo de enclenque apariencia, como gemelo de hechura defectuosa, al final una uña larga y comba. Debió ejercer un puesto importante en la corte, porque los sirvientes negrísimos que me llevaron ante él se postraron con gran reverencia al verle. Trató de amedrentarme con una mirada fría, pero sé que tuvo que encubrir un algo de ternura que le provocó mi presencia. Lo noté en las aletas palpitantes de su nariz. Por orden de este hombre mantuve la vista en el suelo.

-Faraón es Dios. No debes mirarle a menos que él te lo ordene.

Procuré sosegarme. Aún la figura del Faraón era una sombra cubierta por bellas telas que descendían del techo.

La noche antes, mi señor Abraham me ordenó sentar en aguas aromatizadas con flores. -Es para quitarte la peste a asnos monteses- me dijo; pero la verdad es que sólo pensaba en las ovejas y esclavos que recibiría a cambio de mi entrega.

Cuando el Faraón apareció entre las sedas que temblaban azules, sentí que mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía un humano desplegar tan profundo olor a maderas y algas del Nilo? Diez o doce gatos de exquisito pelambre se arrullaban entre sus pies mortificándole el paso. Los llamó por sus nombres para espantarlos con voz suave. Me desarmó su templanza.

Levantaron los hocicos húmedos y los ojos ariscos para obedecer a su amo. Con el mismo tono con el que espantó a sus gatos, me ordenó desprender el manto que envolvía mi cabeza y levantar el rostro hasta su barbilla. Lo hice despacio, temerosa. Miré sus pies grandes y fuertes, de dedos cuadrados y planta blanquecina, la túnica reluciente, de tersura tal que cualquier mujer del desierto desearía dormir sobre ella, el cuello ancho en el que sobresalían unas venas moradas… su boca.

¡Qué estremecedor es recordar a esta edad y en estas condiciones una boca de fresca saliva y  labios firmes, repleta de dientes y abarrotada de lengua¡ No pude evitar la repulsión que me produjo recordar la boca de mi señor Abraham. ¡Qué triste es lamer una encía reseca!

Se acercó. Rozó mi cara. Me turbé. Quise huir a los collados, enterrarme en el vellón de las ovejas esquiladas que a esas horas debían descansar sobre cualquier barranco.

Sí, recuerdo aquella turbación.

Busqué con los ojos un punto frío fuera de aquel cuerpo divino. Miré las paredes del aposento. Sólo recuerdo figuras de colores que daban vueltas como mi cabeza. Sabía que su mirada redondeaba mi faz e ignoraba mi espanto.

Fingiendo indignación por la situación que atravesaba, lancé con soberbia una frase que le escuché a mi señor Abraham la tarde que llegamos a Egipto, “Construyen casas que sólo pueden habitar sus dioses”. No entendí el significado, pero quise dar al Faraón muestras de inteligencia.

Me tomó de la mano, pero luego la soltó para agarrar la banda que apretaba mi  cintura. Haló sin violencia, pero con seguridad. Vi su vestido real caer al piso dejando a mi deleite la visión de un cuerpo duro, de músculos presumidos, orondo de aceites y mejunjes. Sobre la túnica cayeron los collares faraónicos de oro con figuras de gatos. Pensé en robarlos en cuanto pudiera. Me imaginé deslumbrando desnuda sobre las dunas del desierto con los hocicos de los gatos sobre los pezones.

De repente, una minina a quien minutos antes confundí con una estatua de ojos bravos, brincó sobre él y dio una lenguarada  a su cuello. Quedó en el aire el olor a cizaña de su baba. Supe que era hembra celosa por su aspecto de demonio. Luego se volteó y me miró con insolencia. Jadeaba con fuerza y presionaba con las uñas sobre la carne del dios hombre. Fue  cuando, en un desconocido y dulce dialecto, el Faraón le dijo “Hallann, ara burda Kasminy”. La felina, con rostro de penitente, y como si de su cuerpo hubieran desaparecido los huesos, músculos y tendones, se deslizó con liviandad de seda  sobre el cuerpo del hombre hasta llegar plana al suelo. Luego, en un contoneo lento y desafiante, con el que no podría competir, desapareció entre el topacio de las telas.

El desnudo gobernante desprendió mi túnica áspera cortando la tela de los hombros con un cuchillo delgado de gran filo. Algo de hedor a cabras reventó en la tela. Sentí vergüenza. El faraón sonrió. Levantó un brazo y colocó su axila sobre mi cara. Me asusté. Traté de huir. Pensé que me ahogaría. Con el otro brazo me apretó más contra su axila. Recuerdo como todo se volvió a refrescar con su olor a algas. Entonces me soltó. Sonreía.

Me tendió sobre el lecho. Los  ojos sucios del animal no se apartaban de mi pensamiento. Cerré los míos. Imploré. !Altísimo, vuelve a ser mi habitación!

Traté de esconderme debajo de las mantas, pero el Faraón, ladino, deshacía mis esfuerzos lanzando todo al piso.

Sus labios me asediaron. Buscaban los míos, pero no podía abandonarme al beso. Hurgó con la lengua caliente dentro de mi boca. Lo escuché disfrutar mi saliva. Luego lamió los pechos que yo, sin éxito, trataba de encubrir con las manos. La lengua giraba en círculo sobre unas corolas que pasaban del asombro a la agonía de la maravilla. El gusto raro que había sentido al hundir los senos en las plantas que flotaban sobre los manantiales de los oasis del Neguev volvió de repente, pero aumentado hasta el delirio.

¡Nunca vi en mi señor Abraham tanto deseo!

Fue entonces, cuando me dio un nombre nuevo, “Zahra”. Por alguna razón, que tendría que ver con el estremecimiento que me provocó aquel rugido tierno tan cerca del oído, y el desfallecimiento húmedo de aquel ser poderoso sobre mi cuerpo, sentí que los pelos entumecidos del pubis se alargaban, que danzaban morenos y alborotados entre mis rodillas, que se  estiraban hasta alcanzar nuestros pies para cubrirlos como una tela nocturna o para amarrarlos en un nudo indisoluble. Escuché el crepitar de mi vagina mientras se hinchaba hasta lograr la forma de una uva palpitante, que abierta en el centro mostraba la semilla promisoria.

Tuve conciencia, al fin, de cuál era el verdadero centro de mi cuerpo. Supe que entre mis piernas estaba el oasis al que acudía a beber, por primera vez, mi corazón.

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A los pocos minutos tuve miedo de estar tan cerca de la felicidad, de conocer algo tan cercano a lo perfecto. Antes de levantarnos del lecho para bañarnos en el estanque, le pregunté el significado de las extrañas palabras que había pronunciado. Se incorporó y miró en dirección a los ojos de brillo triangular que nos hincaban desde las telas marinas.

-Aléjate. Deja que  ponga a temblar el mar de su deseo.

 

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Continuación y nuevo final al relato El beso más largo (de Rubis Camacho), desde la perspectiva de Anselmo

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por Ivelisse Álvarez

Hace algunos meses asistí como escritora invitada a la primera “Noche de Tertulia” de la Pontificia Universidad Católica  de Ponce. Un nutrido grupo de estudiantes me esperaba para discutir el relato El beso más largo (contenido en mi libro Cuentos Traidores).  Fueron sagaces, directos, asertivos, maravillosos… Les invité a dar un final distinto al cuento. Una de las estudiantes, Ivelisse Álvarez, me envió su tarea. Con gran satisfacción la publico en este espacio. “!Qué vivan los estudiantes, jardín de las alegrías!” (Rubis Camacho)

“Pero yo sí tenía abiertos los ojos. Yo, tan falto de labios, del entenebrecido beso que era tuyo, que era el mío. Sí, porque fue tu boca el abismo, ahí donde se me cayó el placer y la miseria, el cielo de mi concupiscencia, la lujuriosa burla de mi más sucia carencia, la tuya, la nuestra.

Porque de tus labios sabía yo, de aquellos que no eran tuyos, de aquellos que me costaron el cambio en la cantina. Sí, esos labios que fueron de todos, menos tuyos. Esos labios que hice callar, que hice babear, que no quise secar; esos que ardían hastiados de mí, de mi paga, de mi hombría, de esos yo sabía. Pero de tus labios no sabía nada, de aquellos que son tuyos, nunca míos y ahora siempre.

Porque con mis ojos abiertos me pudiste, me supiste, me quemaste, me mataste. Porque no hubiese yo amado, no te hubiese yo dejado aquí el infierno en la boca y mis cinco mil en tu mano; pues tus labios eran de a pesetas, pero tus besos de a diez mil, de a mi vida entera contigo en amor, en el número quince de la inscripción.

 Por eso que goces, que mueras conmigo en el cincuenta y nueve, en el mayo del bruto de Anselmo, sí… yo aquí muerto.”

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LA NOTICIA / por Erleen Marshall Luigi

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Por: Erleen Marshall Luigi

 

La escena que recuerdo, pasados varios días,

puede que otros la hayan grabado diferente.

Suelto una de esas vistas largas de cuando buscas la musa para escribir y los ojos se enfocan, sin querer, en la profesora. ¿Qué lee? Ha de ser interesante porque está muy concentrada en la pantalla del celular. Para no interrumpirnos durante la tarea, se ha ubicado en un extremo del salón, sentada erguida y cómoda; postura que pocas mujeres dominan. Comienzo a escribir un microcuento: A través del vitral le resultaba difícil distinguir las figuras… Nuevamente sin inspiración. Se ve ahora más relajada. Debe ser noticia de un familiar porque luce contenta. Es privado; no miro más. Escribo: …reconoció la voz que dijo… Me cuestiono qué hablan los personajes; pierdo la idea. Ahora ella parece no querer darle paso a una emoción, como quien la saborea en la punta de la lengua sin tragarla. Palpa el cuero cabelludo estirando el pelo abundante y ondulado, tal vez para sentir lo tangible. Se incorpora, da tres pasos, se toca los labios. Sonríe como un capullo que va a brotar, pero permanece sellado al tornarse seria y enunciar en voz baja: No sé cómo decir esto. Punto. Vuelve a sentarse. Me confunde. Presumo que los demás no la escuchan porque continúan escribiendo. Alza y retorna los ojos sobre el móvil que sostiene en la mano izquierda. Atiendo a mi escrito, solo brevemente porque percibo que se pone de pie. Con la sonrisa florecida dobla el talle hacia el frente, cubre la boca con la mano, adelanta unos pasos al grupo con intermitentes y suaves risas conquistadoras y dice: Lo voy a compartir con ustedes. Acerca el celular a la faz, lo aparta. Vuelve a entrelazar el pelo avellanado. Inclina el cuerpo a modo de saludo. Erecta, aspira colmando el pecho. Asoma y recoge los párpados, cual hojas movidas en aplauso. !Me han otorgado un premio! Quería compartirlo con ustedes. Es un reconocimiento que me han hecho por Cuentos Traidores…  Dice algo más sobre el importante certamen literario pero yo, contagiada por la boyante emoción, casi no la escucho. Cada pétalo despliega el interior blanco del saber; la anchura rosa del rubor y el amarillo circunferente del logro. Brillo natural de la flor sin rastro de vanidad. Todos los estudiantes aplaudimos. Le digo: ¡Bravo!

***En el año 2012, el Instituto de Literatura Puertorriqueña  premió el libro de relatos de Rubis M. Camacho, Cuentos Traidores, publicado por Mariana Editores.

…..

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Sobre Cuentos Traidores dice Mario Cancel

Mario R. Cancel
Escritor puertorriqueño

 

Un libro bien escrito. Bastaría con una frase simple para invitar a la lectura. Pero, por lo regular, eso nunca es suficiente. Durante los últimos 15 años a lo sumo, buena parte de la narrativa ha sido sometida a un proceso de descompresión y relajamiento. Las tensiones y la complejidad visibles en la discursividad narrativa de los  autores del 1960 y el 1970 ya no parecen atractivas. Ese proceso de revisión ha redundado en una consciente recuperación de la narración, unas veces en el tono convencional y lineal heredado, y otras en el tono de una cotidianidad que tiende al minimalismo.

El éxito del esfuerzo ha sido relativo: ha dependido de la agresividad del mercado del libro y, sobre todo, del talento y la capacidad de los escritores para observar el mundo social y sugerir la extrañeza de todo lo que le rodea. Pero lo cierto es que este proceso ha conducido a la producción de una literatura que se apropia con el mismo descuido con el que se manejaba un bestseller o un paperback: una sola lectura agota las posibilidades del texto.

Rubis M. Camacho navega contra la corriente. Cuentos traidores es un libro bien escrito, repito, que proyecta un cúmulo de presiones y tensiones inusitadas que lo conectan con una literatura que ya se ha convertido en una tradición. Quizá en ello radica la legitimidad del título. La autora traiciona la impostura de su tiempo. Aclaro que un libro bien escrito no tiene que ajustarse al mainstream. Aceptar eso significaría simplificar la interpretación literaria y equivaldría a ceder un espacio precioso de la libertad que tiene el escritor para inventar como se le antoje.

Cuentos traidores no es una lectura fácil, pero el libro no conduce al lector a un laberinto inextricable. La complejidad no se instituye en un muro que evita el disfrute de la lectura. Las pistas que ofrece la autora para desenvolver cada entuerto son numerosas Algunas pueden resultar extrañas para los más jóvenes lectores: el Che guerrillero heroico ha sido reducido a un mero icono en la era global que, incluso, puede adquirirse a buen precio en el Mercado Virtual. Lo mismo podría decirse, con algunas reservas, de la imagen de Pedro Albizu Campos. En el presente esas figuras están emborronadas por el mercado todopoderoso que convierte toda identidad posible en un acto de engaño, en una máscara o una pose.

Cuentos como “El dawa del Che Guevara” (13)  o “Los tres días de don Pedro” (11), pueden leerse como un reclamo contra ese proceso de iconización que simplifica lo que fue un signo de rebelión. En ambos casos la autora se posiciona al lado de la humanidad más visible y atroz. La apelación a lo humano, a la carnalidad, no le impide conectar a estas figuras venerables con el mundo del mito: Pedro es Jonás en el vientre de otra ballena. En el caso del Che, Rubis se aproxima a través de un lado muy oscuro en donde el incesto y la magia de un chaman congolés se intersecan para sugerirnos el dolor del guerrillero ante la muerte de su madre. El arrebato amatorio del Che por su Celia, solo es comparable al de Pedro por Laura. Pero en ambos casos se trata de detalles poco conocidos que importan más al poeta que al historiador.

Igual pasa con el manejo de algunos espacios alternos de la historia. El cuento “Los pantalones de Luisa Capetillo” (19) es el mejor modelo. La selección del personaje es excelente. Se trata de una historia de trasgresión. Luisa representa varias aporías: gimnasta a lo sueco, travestida, bisexual, sindicalista, espiritista y librepensadora, este andrógino es la síntesis de una revolución de lo femenino que ya no se discute. Cuando juntas al Che, a Pedro y Luisa en esas condiciones, tienes una clave de la trasgresión a la mesa. Lo curioso es lo cerca que coloca la autora la trasgresión política y la sexual. En síntesis, me parece que  estos cuentos requieren un tipo específico de lector y de cultura que muchos, lamentablemente, han dejado atrás.

El sabor que me dejan los textos de Rubis es fácil de captar. La autora produce mitoficciones sugerentes, fábulas ricas que invitan a la reflexión, como es el caso del microcuento que abre el libro: “La mirada” (1).  El breve texto establece una pauta dominante cuando ubica al ministro enajenado apelando a dios, ante la víctima de una violación que aspira a un tipo de piedad más humana. “El milagro” (3) consigue un balance humanizador del Jesús que, a veces, imagino sordo y ciego ante la desgracia humana. El encono de este discurso con la religiosidad convencional me parece evidente y enriquecedor. “La travesura” (85) culmina este conjunto con la petulancia del ministro que quiere ser dios. “Como de plumas malditas” (35), premiado en 2009 por Barca de la Cultura, es fuera de toda duda la ficción más conseguida. La sexualización del castigo a Prometeo es brillante.

Las notas distintivas de estos cuentos son varias. Primero, el papel dominante de las mujeres. Dedicado a mujeres, estos seres dominan. Incluso en “El milagro” (3) Madai ensombrece la imagen de Jesús. Ya comenté la sombra grande que producen las mujeres en los cuentos del Che y Albizu Campos, entre otros, o la forma en que se destaca la lucidez de Luisa Capetillo. Segundo, la imbricación del tema de la sexualidad y el asunto de la trasgresión, incluso cuando de lo que se trata es de la trasgresión social y política. Cierta lujuria atroz se impone en ciertos casos como en todo cuento pagano pensado desde la estrechez de un cristianismo que se parodia. El deseo de Apolo por Diana y los celos del primero ante el mortal Ecteón confirman lo dicho: lúbricos e irracionales, estos seres insultan una parte del Occidente Utópico. Y, tercero, la íntima conexión entre el asunto del sexo y el deseo con la agresión y el dolor infligido o sentido, que deriva de todo lo antes dicho.

Los textos se acomodan en ciclos temáticos visibles. Primero, uno de la prisión con los relatos de Albizu Campos, Luisa Capetillo y María Antonieta (27). Segundo, uno de las heridas encabezado con el relato de Prometeo, “¿Qué se mueve en tus pestañas?” (41) que juega con la cinegética, Apolo y Diana, y  “Arde tú, beso de selva” (49). Tercero y disperso, uno de la muerte, asunto universal que penetra la mayor parte de las narraciones. La muerte domina en “Réquiem para una muerte urbana” (57), “Dolores” (63), entre otros. Y por último, un cuarto ciclo de los engaños, de las ficciones, de las mascaradas de la vida social, de las imposturas de los medios masivos de comunicación y el mercado. “La mujer Maravilla” (67)  y “El beso más largo” (75) apuntan en esa dirección.

Rubis M. Camacho deja al lector un libro bien escrito que, narrando e hilvanando mitos atemporales, invita a la reflexión y se abre para la poesía. Se trata de una narrativa que requiere más de una lectura. Estos cuentos no se limitan a narrar por lo que no terminan con el último acontecimiento sino que siempre se desenvuelven como una promesa.

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“Sara” en Libros AC/ 9 de febrero 2013

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“A mis amigos les adeudo la ternura, y las palabras de aliento y el abrazo”… (Alberto Cortéz)

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Gracias a Libros AC por promover la presentación de Sara: La historia cierta.

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En la calle Luna, Línea Desnuda

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“ ¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago

 y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña? ”

Unamuno

1998

A las 8:00 de la noche entramos a la Galería Arte Luna, un espacio cálido ubicado en una de las callecitas del viejo San Juan. Marta Matos nos recibió con un abrazo amistoso. Presentaba sus últimos trabajos, una serie de pinturas agrupadas bajo un nombre: Línea Desnuda.

El salón estaba repleto de invitados que conversaban y sonreían. Al fondo, una joven mujer con blusa de seda inmaculada tocaba un violín rojo. Un hombre viejo enfundado en una etiqueta negra la acompañaba con la viola. Con energía extraordinaria interpretaban a Vivaldi. La música se untaba en las paredes y rebotaba en el piso de baldosas viejas.

Los ojos juveniles de mi hija Gabriela se regodearon en los cuerpos desnudos y trenzados. Decidí observar los gestos nerviosos de Marta. Caminaba de una esquina del salón a la puerta de la Galería, asomaba la mitad del cuerpo al pavimento estrecho, se oprimía las manos y regresaba al centro de la exhibición dándole vuelta al mismo riso. Parecía claudicar ante la posibilidad de que sus pinturas no gustaran. Murmuré en su espalda:

–Tranquila, tus pinturas son maravillosas.

Pasada una hora, la sala se infestó de una pestilencia insoportable. La intranquilidad creció con rapidez en la audiencia acicalada. Con discreción, busqué el origen de la inmundicia. Frente a los músicos emperifollados, una mujer salida del callejón, casi desnuda, llagosa, se mecía sonreída. El cabello largo era un desconcierto de musgo pastoso, y al agitarlo levemente esparcía hedores a orín viejo. Detrás de las severas lagañas respingaban dos pupilas turbias. Todo en ella era opacidad, como si al triste cuerpo se le fuera borrando la vida en líneas sombrías.

Intenté desviar la mirada, pero me detuvo el objeto que sostenía con dificultad. Era un destartalado piano portátil. Inclinó el torso y lo ofrendó a los músicos con extrañísima solemnidad. Al notar sus caras confusas, sonrió. Luego, se arrodilló y tocó el instrumento.

Gabriela miró absorta el poder que emanó de aquellos dedos. Notas blancas y negras subieron y bajaron en columpio rítmico. Las uñas, carcomidas de hongo, brincaron de unas teclas a las otras con ingenio deslumbrante. En los dedos reventaban puntos oscuros que se repetían en las manos y en las venas del cuello. Gabriela me apretó el brazo, mientras la música subía como pájaro a picotear los pezones de las mujeres en los óleos.

Los senos amoratados de la pianista rozaban la boca de las teclas. Un pase de escala, bemol de jeringuilla. Por instantes se iba en fuga, pero regresaba rutilante como un sol sostenido sobre la calleja.

De pronto, alzó la cabeza. Los ojos del tumbe se cerraron en pálida sinfonía. Un arrebato de sí. Bajó la cabeza. Se restregó contra el piano, lo llevó por todos los mi de su cuerpo, como si pudiera con ello combatir el acíbar de la existencia.

A Gabriela se le cortó la respiración. La mujer se la llevó en el viaje, la metió en la brega de un tiempo. Juntas garrapatearon el espacio.

Ahora, mi niña leía pentagramas nuevos. Lo supe, al notar que marcaba el tiempo de la pieza con la cabeza perfumada.

La mujer periqueó con-fusa, compás de un dos por cuatro. Trató de pararse, pero no pudo. El péndulo de la espalda capeaba pianísimo.

Busqué a Marta. Dibujaba con un carboncillo sobre las obras en exhibición, descalza, transportada, feliz, libre… carcajeaba.

Los otros lucían aterrados.

Contemplé a Gabriela. Danzaba.

Cerré los ojos y me dejé llevar hasta sentir el cantazo de la sonata en las venas.

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