En la calle Luna, Línea Desnuda

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“ ¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago

 y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña? ”

Unamuno

1998

A las 8:00 de la noche entramos a la Galería Arte Luna, un espacio cálido ubicado en una de las callecitas del viejo San Juan. Marta Matos nos recibió con un abrazo amistoso. Presentaba sus últimos trabajos, una serie de pinturas agrupadas bajo un nombre: Línea Desnuda.

El salón estaba repleto de invitados que conversaban y sonreían. Al fondo, una joven mujer con blusa de seda inmaculada tocaba un violín rojo. Un hombre viejo enfundado en una etiqueta negra la acompañaba con la viola. Con energía extraordinaria interpretaban a Vivaldi. La música se untaba en las paredes y rebotaba en el piso de baldosas viejas.

Los ojos juveniles de mi hija Gabriela se regodearon en los cuerpos desnudos y trenzados. Decidí observar los gestos nerviosos de Marta. Caminaba de una esquina del salón a la puerta de la Galería, asomaba la mitad del cuerpo al pavimento estrecho, se oprimía las manos y regresaba al centro de la exhibición dándole vuelta al mismo riso. Parecía claudicar ante la posibilidad de que sus pinturas no gustaran. Murmuré en su espalda:

–Tranquila, tus pinturas son maravillosas.

Pasada una hora, la sala se infestó de una pestilencia insoportable. La intranquilidad creció con rapidez en la audiencia acicalada. Con discreción, busqué el origen de la inmundicia. Frente a los músicos emperifollados, una mujer salida del callejón, casi desnuda, llagosa, se mecía sonreída. El cabello largo era un desconcierto de musgo pastoso, y al agitarlo levemente esparcía hedores a orín viejo. Detrás de las severas lagañas respingaban dos pupilas turbias. Todo en ella era opacidad, como si al triste cuerpo se le fuera borrando la vida en líneas sombrías.

Intenté desviar la mirada, pero me detuvo el objeto que sostenía con dificultad. Era un destartalado piano portátil. Inclinó el torso y lo ofrendó a los músicos con extrañísima solemnidad. Al notar sus caras confusas, sonrió. Luego, se arrodilló y tocó el instrumento.

Gabriela miró absorta el poder que emanó de aquellos dedos. Notas blancas y negras subieron y bajaron en columpio rítmico. Las uñas, carcomidas de hongo, brincaron de unas teclas a las otras con ingenio deslumbrante. En los dedos reventaban puntos oscuros que se repetían en las manos y en las venas del cuello. Gabriela me apretó el brazo, mientras la música subía como pájaro a picotear los pezones de las mujeres en los óleos.

Los senos amoratados de la pianista rozaban la boca de las teclas. Un pase de escala, bemol de jeringuilla. Por instantes se iba en fuga, pero regresaba rutilante como un sol sostenido sobre la calleja.

De pronto, alzó la cabeza. Los ojos del tumbe se cerraron en pálida sinfonía. Un arrebato de sí. Bajó la cabeza. Se restregó contra el piano, lo llevó por todos los mi de su cuerpo, como si pudiera con ello combatir el acíbar de la existencia.

A Gabriela se le cortó la respiración. La mujer se la llevó en el viaje, la metió en la brega de un tiempo. Juntas garrapatearon el espacio.

Ahora, mi niña leía pentagramas nuevos. Lo supe, al notar que marcaba el tiempo de la pieza con la cabeza perfumada.

La mujer periqueó con-fusa, compás de un dos por cuatro. Trató de pararse, pero no pudo. El péndulo de la espalda capeaba pianísimo.

Busqué a Marta. Dibujaba con un carboncillo sobre las obras en exhibición, descalza, transportada, feliz, libre… carcajeaba.

Los otros lucían aterrados.

Contemplé a Gabriela. Danzaba.

Cerré los ojos y me dejé llevar hasta sentir el cantazo de la sonata en las venas.

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4 comentarios

Archivado bajo Recinto para el asombro, Tal como me ocurrió

4 Respuestas a “En la calle Luna, Línea Desnuda

  1. Carmendelia Bermudez

    ¿Cómo olvidar? Lo recuerdo perfectamente Esa noche MartaMatos se hermanaba con la
    Keniana que había llegado a la Antilla desde New York buscando un buen lugar para criar a su hijita.

    La luna en cuarto creciente; justo con luz para divisar la topografía de su angosta calle. Bajaba por el callejón del Tamarindo perpendicular a ésta un torrente de Aqueronte como primer obstáculo que tuvimos que sortear los visitantes para llegar hasta la galería. La cancervera de Roberto Parrilla solo tubo que cruzarla ladrando de celos por él y Olga Noya que venía del supermercado Pueblo con dos bolsas repletas una en cada mano aprovechó para tomarse un descanso y echarle un ojazo a los desnudos. Pasó el del jeep rojo le tocó bocina y la sacó del embeleso llevándosela .

    Ahí fue cuando el celaje en un descuido se le escapó de la barca a Caronte y cayó en la galería. Los filósofos del cafetín Viñas la divisaron inmediatamente poncharon la vellonera en riposte Rolando La serie

    Flaca dos cuartas de cogote, una percha en el escote bajo la nuez,
    chueca vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez,
    parecía un gallo desplumao, mostrando al caminar su cuerpo picoteao,
    yo que sé cuanto no aguanto mas , a verla así rajé pa no llorar,

    Cosas que pasan en la Luna, yo lo ví con el rabo del ojo, Carmendelia Bermúdez

  2. Juan Montalvo Cedeño

    …y mi guitarra que buscaba lunas y no se encontró con esa fugacidad que vió la rabiza de tu ojo y sintió la sonata en tus venas. me perdí un gran concierto.

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