Sobre Cuentos Traidores dice Mario Cancel

Mario R. Cancel
Escritor puertorriqueño

 

Un libro bien escrito. Bastaría con una frase simple para invitar a la lectura. Pero, por lo regular, eso nunca es suficiente. Durante los últimos 15 años a lo sumo, buena parte de la narrativa ha sido sometida a un proceso de descompresión y relajamiento. Las tensiones y la complejidad visibles en la discursividad narrativa de los  autores del 1960 y el 1970 ya no parecen atractivas. Ese proceso de revisión ha redundado en una consciente recuperación de la narración, unas veces en el tono convencional y lineal heredado, y otras en el tono de una cotidianidad que tiende al minimalismo.

El éxito del esfuerzo ha sido relativo: ha dependido de la agresividad del mercado del libro y, sobre todo, del talento y la capacidad de los escritores para observar el mundo social y sugerir la extrañeza de todo lo que le rodea. Pero lo cierto es que este proceso ha conducido a la producción de una literatura que se apropia con el mismo descuido con el que se manejaba un bestseller o un paperback: una sola lectura agota las posibilidades del texto.

Rubis M. Camacho navega contra la corriente. Cuentos traidores es un libro bien escrito, repito, que proyecta un cúmulo de presiones y tensiones inusitadas que lo conectan con una literatura que ya se ha convertido en una tradición. Quizá en ello radica la legitimidad del título. La autora traiciona la impostura de su tiempo. Aclaro que un libro bien escrito no tiene que ajustarse al mainstream. Aceptar eso significaría simplificar la interpretación literaria y equivaldría a ceder un espacio precioso de la libertad que tiene el escritor para inventar como se le antoje.

Cuentos traidores no es una lectura fácil, pero el libro no conduce al lector a un laberinto inextricable. La complejidad no se instituye en un muro que evita el disfrute de la lectura. Las pistas que ofrece la autora para desenvolver cada entuerto son numerosas Algunas pueden resultar extrañas para los más jóvenes lectores: el Che guerrillero heroico ha sido reducido a un mero icono en la era global que, incluso, puede adquirirse a buen precio en el Mercado Virtual. Lo mismo podría decirse, con algunas reservas, de la imagen de Pedro Albizu Campos. En el presente esas figuras están emborronadas por el mercado todopoderoso que convierte toda identidad posible en un acto de engaño, en una máscara o una pose.

Cuentos como “El dawa del Che Guevara” (13)  o “Los tres días de don Pedro” (11), pueden leerse como un reclamo contra ese proceso de iconización que simplifica lo que fue un signo de rebelión. En ambos casos la autora se posiciona al lado de la humanidad más visible y atroz. La apelación a lo humano, a la carnalidad, no le impide conectar a estas figuras venerables con el mundo del mito: Pedro es Jonás en el vientre de otra ballena. En el caso del Che, Rubis se aproxima a través de un lado muy oscuro en donde el incesto y la magia de un chaman congolés se intersecan para sugerirnos el dolor del guerrillero ante la muerte de su madre. El arrebato amatorio del Che por su Celia, solo es comparable al de Pedro por Laura. Pero en ambos casos se trata de detalles poco conocidos que importan más al poeta que al historiador.

Igual pasa con el manejo de algunos espacios alternos de la historia. El cuento “Los pantalones de Luisa Capetillo” (19) es el mejor modelo. La selección del personaje es excelente. Se trata de una historia de trasgresión. Luisa representa varias aporías: gimnasta a lo sueco, travestida, bisexual, sindicalista, espiritista y librepensadora, este andrógino es la síntesis de una revolución de lo femenino que ya no se discute. Cuando juntas al Che, a Pedro y Luisa en esas condiciones, tienes una clave de la trasgresión a la mesa. Lo curioso es lo cerca que coloca la autora la trasgresión política y la sexual. En síntesis, me parece que  estos cuentos requieren un tipo específico de lector y de cultura que muchos, lamentablemente, han dejado atrás.

El sabor que me dejan los textos de Rubis es fácil de captar. La autora produce mitoficciones sugerentes, fábulas ricas que invitan a la reflexión, como es el caso del microcuento que abre el libro: “La mirada” (1).  El breve texto establece una pauta dominante cuando ubica al ministro enajenado apelando a dios, ante la víctima de una violación que aspira a un tipo de piedad más humana. “El milagro” (3) consigue un balance humanizador del Jesús que, a veces, imagino sordo y ciego ante la desgracia humana. El encono de este discurso con la religiosidad convencional me parece evidente y enriquecedor. “La travesura” (85) culmina este conjunto con la petulancia del ministro que quiere ser dios. “Como de plumas malditas” (35), premiado en 2009 por Barca de la Cultura, es fuera de toda duda la ficción más conseguida. La sexualización del castigo a Prometeo es brillante.

Las notas distintivas de estos cuentos son varias. Primero, el papel dominante de las mujeres. Dedicado a mujeres, estos seres dominan. Incluso en “El milagro” (3) Madai ensombrece la imagen de Jesús. Ya comenté la sombra grande que producen las mujeres en los cuentos del Che y Albizu Campos, entre otros, o la forma en que se destaca la lucidez de Luisa Capetillo. Segundo, la imbricación del tema de la sexualidad y el asunto de la trasgresión, incluso cuando de lo que se trata es de la trasgresión social y política. Cierta lujuria atroz se impone en ciertos casos como en todo cuento pagano pensado desde la estrechez de un cristianismo que se parodia. El deseo de Apolo por Diana y los celos del primero ante el mortal Ecteón confirman lo dicho: lúbricos e irracionales, estos seres insultan una parte del Occidente Utópico. Y, tercero, la íntima conexión entre el asunto del sexo y el deseo con la agresión y el dolor infligido o sentido, que deriva de todo lo antes dicho.

Los textos se acomodan en ciclos temáticos visibles. Primero, uno de la prisión con los relatos de Albizu Campos, Luisa Capetillo y María Antonieta (27). Segundo, uno de las heridas encabezado con el relato de Prometeo, “¿Qué se mueve en tus pestañas?” (41) que juega con la cinegética, Apolo y Diana, y  “Arde tú, beso de selva” (49). Tercero y disperso, uno de la muerte, asunto universal que penetra la mayor parte de las narraciones. La muerte domina en “Réquiem para una muerte urbana” (57), “Dolores” (63), entre otros. Y por último, un cuarto ciclo de los engaños, de las ficciones, de las mascaradas de la vida social, de las imposturas de los medios masivos de comunicación y el mercado. “La mujer Maravilla” (67)  y “El beso más largo” (75) apuntan en esa dirección.

Rubis M. Camacho deja al lector un libro bien escrito que, narrando e hilvanando mitos atemporales, invita a la reflexión y se abre para la poesía. Se trata de una narrativa que requiere más de una lectura. Estos cuentos no se limitan a narrar por lo que no terminan con el último acontecimiento sino que siempre se desenvuelven como una promesa.

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