Lectura / Fragmento de la novela “Sara: la historia cierta” en Los Efectos Secundarios del Amor (De Palabras en la Tertulia)

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Egipto…Egipto…Egipto…

¿Por qué me llega el olor de los inciensos quemados junto al lecho del Faraón? ¿Por qué precisamente en esta hora?

¿Cuántas mujeres habrá amado entre aquellas sábanas ese hombre de piel oscura y nariz punzante?

Egipto…Egipto…

¿Por qué recuerdo hoy el nombre con el que me llamó hace tantos años? Lo pronunció despacio… “Zahra”, es decir, Flor. Lo dijo con voz débil, como si al decirlo se delatara.

La tarde que entré a la cámara del Faraón fui escoltada por un hombre de cabeza calva y ojos excesivos, gran estatura, aunque caminaba encorvado. Me impresionaron sus dedos larguísimos sin marcas ni callos, como si nunca hubiese agarrado con firmeza la soga de un  camello. Del meñique de la mano derecha le germinaba un sexto dedo de enclenque apariencia, como gemelo de hechura defectuosa, al final una uña larga y comba. Debió ejercer un puesto importante en la corte, porque los sirvientes negrísimos que me llevaron ante él se postraron con gran reverencia al verle. Trató de amedrentarme con una mirada fría, pero sé que tuvo que encubrir un algo de ternura que le provocó mi presencia. Lo noté en las aletas palpitantes de su nariz. Por orden de este hombre mantuve la vista en el suelo.

-Faraón es Dios. No debes mirarle a menos que él te lo ordene.

Procuré sosegarme. Aún la figura del Faraón era una sombra cubierta por bellas telas que descendían del techo.

La noche antes, mi señor Abraham me ordenó sentar en aguas aromatizadas con flores. -Es para quitarte la peste a asnos monteses- me dijo; pero la verdad es que sólo pensaba en las ovejas y esclavos que recibiría a cambio de mi entrega.

Cuando el Faraón apareció entre las sedas que temblaban azules, sentí que mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía un humano desplegar tan profundo olor a maderas y algas del Nilo? Diez o doce gatos de exquisito pelambre se arrullaban entre sus pies mortificándole el paso. Los llamó por sus nombres para espantarlos con voz suave. Me desarmó su templanza.

Levantaron los hocicos húmedos y los ojos ariscos para obedecer a su amo. Con el mismo tono con el que espantó a sus gatos, me ordenó desprender el manto que envolvía mi cabeza y levantar el rostro hasta su barbilla. Lo hice despacio, temerosa. Miré sus pies grandes y fuertes, de dedos cuadrados y planta blanquecina, la túnica reluciente, de tersura tal que cualquier mujer del desierto desearía dormir sobre ella, el cuello ancho en el que sobresalían unas venas moradas… su boca.

¡Qué estremecedor es recordar a esta edad y en estas condiciones una boca de fresca saliva y  labios firmes, repleta de dientes y abarrotada de lengua¡ No pude evitar la repulsión que me produjo recordar la boca de mi señor Abraham. ¡Qué triste es lamer una encía reseca!

Se acercó. Rozó mi cara. Me turbé. Quise huir a los collados, enterrarme en el vellón de las ovejas esquiladas que a esas horas debían descansar sobre cualquier barranco.

Sí, recuerdo aquella turbación.

Busqué con los ojos un punto frío fuera de aquel cuerpo divino. Miré las paredes del aposento. Sólo recuerdo figuras de colores que daban vueltas como mi cabeza. Sabía que su mirada redondeaba mi faz e ignoraba mi espanto.

Fingiendo indignación por la situación que atravesaba, lancé con soberbia una frase que le escuché a mi señor Abraham la tarde que llegamos a Egipto, “Construyen casas que sólo pueden habitar sus dioses”. No entendí el significado, pero quise dar al Faraón muestras de inteligencia.

Me tomó de la mano, pero luego la soltó para agarrar la banda que apretaba mi  cintura. Haló sin violencia, pero con seguridad. Vi su vestido real caer al piso dejando a mi deleite la visión de un cuerpo duro, de músculos presumidos, orondo de aceites y mejunjes. Sobre la túnica cayeron los collares faraónicos de oro con figuras de gatos. Pensé en robarlos en cuanto pudiera. Me imaginé deslumbrando desnuda sobre las dunas del desierto con los hocicos de los gatos sobre los pezones.

De repente, una minina a quien minutos antes confundí con una estatua de ojos bravos, brincó sobre él y dio una lenguarada  a su cuello. Quedó en el aire el olor a cizaña de su baba. Supe que era hembra celosa por su aspecto de demonio. Luego se volteó y me miró con insolencia. Jadeaba con fuerza y presionaba con las uñas sobre la carne del dios hombre. Fue  cuando, en un desconocido y dulce dialecto, el Faraón le dijo “Hallann, ara burda Kasminy”. La felina, con rostro de penitente, y como si de su cuerpo hubieran desaparecido los huesos, músculos y tendones, se deslizó con liviandad de seda  sobre el cuerpo del hombre hasta llegar plana al suelo. Luego, en un contoneo lento y desafiante, con el que no podría competir, desapareció entre el topacio de las telas.

El desnudo gobernante desprendió mi túnica áspera cortando la tela de los hombros con un cuchillo delgado de gran filo. Algo de hedor a cabras reventó en la tela. Sentí vergüenza. El faraón sonrió. Levantó un brazo y colocó su axila sobre mi cara. Me asusté. Traté de huir. Pensé que me ahogaría. Con el otro brazo me apretó más contra su axila. Recuerdo como todo se volvió a refrescar con su olor a algas. Entonces me soltó. Sonreía.

Me tendió sobre el lecho. Los  ojos sucios del animal no se apartaban de mi pensamiento. Cerré los míos. Imploré. !Altísimo, vuelve a ser mi habitación!

Traté de esconderme debajo de las mantas, pero el Faraón, ladino, deshacía mis esfuerzos lanzando todo al piso.

Sus labios me asediaron. Buscaban los míos, pero no podía abandonarme al beso. Hurgó con la lengua caliente dentro de mi boca. Lo escuché disfrutar mi saliva. Luego lamió los pechos que yo, sin éxito, trataba de encubrir con las manos. La lengua giraba en círculo sobre unas corolas que pasaban del asombro a la agonía de la maravilla. El gusto raro que había sentido al hundir los senos en las plantas que flotaban sobre los manantiales de los oasis del Neguev volvió de repente, pero aumentado hasta el delirio.

¡Nunca vi en mi señor Abraham tanto deseo!

Fue entonces, cuando me dio un nombre nuevo, “Zahra”. Por alguna razón, que tendría que ver con el estremecimiento que me provocó aquel rugido tierno tan cerca del oído, y el desfallecimiento húmedo de aquel ser poderoso sobre mi cuerpo, sentí que los pelos entumecidos del pubis se alargaban, que danzaban morenos y alborotados entre mis rodillas, que se  estiraban hasta alcanzar nuestros pies para cubrirlos como una tela nocturna o para amarrarlos en un nudo indisoluble. Escuché el crepitar de mi vagina mientras se hinchaba hasta lograr la forma de una uva palpitante, que abierta en el centro mostraba la semilla promisoria.

Tuve conciencia, al fin, de cuál era el verdadero centro de mi cuerpo. Supe que entre mis piernas estaba el oasis al que acudía a beber, por primera vez, mi corazón.

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A los pocos minutos tuve miedo de estar tan cerca de la felicidad, de conocer algo tan cercano a lo perfecto. Antes de levantarnos del lecho para bañarnos en el estanque, le pregunté el significado de las extrañas palabras que había pronunciado. Se incorporó y miró en dirección a los ojos de brillo triangular que nos hincaban desde las telas marinas.

-Aléjate. Deja que  ponga a temblar el mar de su deseo.

 

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1 comentario

Archivado bajo Fragmentos, Sobre Sara: La historia cierta (novela)

Una respuesta a “Lectura / Fragmento de la novela “Sara: la historia cierta” en Los Efectos Secundarios del Amor (De Palabras en la Tertulia)

  1. Carmen Sol

    Rubis, en este magistral relato nos hablas de reescribir la historia bíblica. Nos invitas a encontrar la verdad oculta entre líneas. Nos muestras la manera de descubrir la dimensión humana detrás de cada escrito. Al recorrer contigo la senda tendremos, sin lugar a dudas, que esculpir en nuestro interior una fe distinta, fuerte, eterna, donde la razón evapora al mito y abraza la verdad que nos libera.

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