Los amantes

Para Luis Negrón, porque sabe del mundo cruel…

El librero la siguió con mirada lasciva hasta el pasillo de los libros nuevos. Ella, en respuesta coqueta ladeó la cabeza.

Por una hora leyó el texto pegada al estante de cedro. Las manos regordetas manosearon  la portada con suspiritos tibios. No sería necesario comprarlo, se dijo. Leería cuánto quisiese y lo devolvería a su lugar.

 Casi tragaba el último buche del capuchino frío, cuando el ataque de tos la hizo expulsar el líquido dulce sobre las páginas olorosas a tinta.

Las garras de los ojos del librero le arañaron el cuello. Sintió vergüenza. Tendría que adquirirlo. 

Contó las monedas. No eran suficientes.

 Aprovechó que el librero atendía una llamada telefónica para escapar con audacia de gata.

Salió  apagada por la acera umbría. Lo imaginó aturdido, aunque sabio.

No volvió la cara.

En esos instantes,  él levantó los ojos por el lomo e intentó abrirse en la última página que ella leyó tan de prisa. Sorbió la saliva y agradeció el mojadísimo beso de despedida.

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