El banquete del fraile / de Rubis Camacho

 

          Con nerviosidad apenas disimulable, escuchaba el fraile la confesión de Juana, heredera de las coronas de Castilla y Aragón.

          -Una mañana, entre el satinado ropaje de mi esposo, el hermoso Felipe, descubrí la misiva dirigida a la cortesana infame: “Nada es comparable al arrebol de vuestras mejillas, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño…”

Al leer lo que el puño traidor escribió en el pedazo de vitela, comí de mis carnes. Así de tremebundos son los celos.

Horas después, cuando Felipe apretó con dulzura mi diestra en la catedral de Toledo, renació en mí la dicha. Al mirarle con amor ardiente, vi cómo sus ojos besaban las arreboladas mejillas de la Virgen, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño. En silencio reverente me mordí la garganta, me despedacé los pulmones, me trituré las vísceras y tragué de mi sangre…

 Miró el fraile, a través de las rejillas del confesionario, las mejillas de la soberana; arreboladas, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño. Bajó la cabeza avergonzado de su lujuria, y mientras se devoraba el corazón rezó pidiendo clemencia para él y para Felipe.

(El fraile confabulado / Rubis Camacho)

 

 

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sobre El Fraile Confabulado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s