Dicen en Guatemala sobre la novela Sara: La historia cierta / de Rubis Camacho

 

afiche sara

Sara: una historia desde la visión de otra mujer

Por Yutmin Colmenares

(escritor guatemalteco)

 

 

La escritora puertorriqueña Rubis Marilia Camacho nos invita a penetrar en la mente, los deseos y el cuerpo de los personajes, quienes dentro de las dicotomías Dios-Hombre y Hombre-Mujer, se debaten entre las esferas espirituales, filosóficas, sociales, morales, genéricas e incluso sexuales. El uso y abuso de la divinidad como respaldo a todo hecho que ejecute el patriarca, coloca a Sara y a su descendencia en un sitio diferente al de los demás mortales. Este privilegio que la autora da a sus personajes refleja la común fe actual, basada en la revelación y designios que la divinidad le confiere y comunica al ungido o ungida. Todo gira en torno a la idea espíritu-religiosa de la vida, sin embargo estas páginas nos hacen contemplar algunos aspectos que pasamos por alto en esa sociedad que da todo por sentado: “…Así son los designios del Altísimo…”.

Lo poético de los Salmos y de algunas citas bíblicas es utilizado como un burdo maquillaje sobre un rostro humano y cierto, tan cierto como la hediondez en la boca del hombre que Sara se ve forzada a besar.

La concepción de la mujer como esclava de su señor –su marido- se maneja dentro de un contexto de autoridad divina que no se debe violentar. Los sueños y los deseos de la mujer están sujetos a la voluntad de su señor, hasta llegar al punto de perder su vida; no simplemente la vida física, sino aquella vida interna, aquella libertad que mantiene viva a una mujer esclava. Por ello, escuchar a una matriarca que vive una doble vida, rompe violenta, pero, sensual y eróticamente los paradigmas de sujeción y sumisión por parte de las mujeres al hombre. Al mismo tiempo propone una visión distinta, digamos un poco más fresca y cercana a la mente y cuerpo de la mujer, de Sara, de las mujeres.

Partir de un momento muy importante en la vida de la humanidad para narrar la historia paralela a la que se cree y enseña, requiere de cierto arrojo, de valor, creatividad y entereza. La autora se sube al tren de la historia estándar, pero señala para el otro lado de los vagones, en dirección al alma y al deseo más sublime de la humanidad (humanidad, sí, en femenino). Hablar de Ismael y de Isaac, es hablar de guerras y muertes; de engaños y traiciones; al mismo tiempo de hechos heroicos y altruistas. Pero sobre todo, es hablar de la historia que no ha muerto, de una historia lineal y continua hasta nuestros días. Lo anterior le da una relevancia a la presente novela. Cada vez que se hable de Abraham, Sara, Isaac, Agar e Ismael, involuntariamente la mente de quien lea esta obra girará su atención hacia el otro lado de los vagones, y verá (o sentirá) sin lugar a dudas, las otras facetas de la historia.

La voluptuosidad versus la maternidad, lo santo versus lo deseado, el placer versus el dogma; en esta perpetua agonía el ser humano se ha preguntado ¿Y si no sucedió así? Es ahí, precisamente, donde el Creador le permite al humano esbozar sus teorías y sus hipótesis acerca de cómo deberían ser o preferiría que fueran los hechos históricos. ¿Qué es lo más cercano a la realidad divina?  Bueno, Camacho sugiere que  “…cada cual crea sus verdades…”. Pero antes de crear, hay que cuestionarse. La Fe, diría Unamuno, se alimenta de la duda.

Lo fascinante de esta lectura es que Rubis no nos invita a dudar por dudar, sino parte del deseo de “ser” y “sentirse” vivo o viva. Un reto a preguntarnos si el placer que vivimos en este preciso instantes, está siendo interpretado por otra persona como un dolor, o viceversa. Incluso podemos interpretar la presente obra bajo la premisa de “-Disculpe, mi señor, los designios de Dios son misteriosos…” sabiendo que no nos equivocaremos en nuestra hermenéutica.

Ante esas verdades, se coloca el fin de las cosas, el momento en el cual cada “autor” se verá frente a frente con el Autor primigenio. Mientras ese momento llega, vale la pena seguir cuestionándonos y dudar; aceptar que hay lecciones que se aprenden en carne propia, y enseñanzas que podemos, y debemos, tomar de quienes vivieron antes que nosotros, como lo sucedido con Isaac frente a quien es “principio y final de todas las cosas”.

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