Archivo mensual: julio 2013

Breve análisis de la novela ‘Al faro’, de Virginia Woolf

Morimos a solas cada uno.

Mr. Ramsay

 

 

Comentarios sobre la autora

Virginia Woolf (1882-1941), una de las más notables escritoras del siglo XX, novelista y crítica británica, nació el 25 de enero en Londres. Su nombre de soltera era Adeline Virginia Stephen. Hija del biógrafo y filósofo Leslie Stephen, se mudó tras el fallecimiento de este en 1905, junto a sus hermanos, a una casa del barrio londinense de Bloomsbury que se convirtió en lugar de reunión de intelectuales.

Este grupo de intelectuales estuvo compuesto básicamente por Clive Bell, Maynard Keynes, Desmond MacCarthy, Saxon Sydney, Litton Strachey, Duncan Grant, entre otros. En el grupo, conocido como Grupo de Bloomsbury, participó el economista, historiador y ensayista Leonard Woolf con quien se casó Virginia en 1912. En 1917 ambos fundaron la editorial The Hogarth Press, que sirvió de puente para lanzar a Virginia al mundo de las letras. El grupo estaba influenciado por el pensamiento filosófico de G. E. Moore, quien alentaba una postura ética dependiente del placer estético, en la que según decía, “Los afectos personales y el goce estético constituyen todos los más grandes y mayores bienes a los que podemos aspirar”. Bloomsbury contribuyó al desarrollo del pensamiento liberal. Deseaban ante la vida una actitud más libre, racional y civilizada. Comenzaron por el intento de hacer tambalear el énfasis victoriano sobre el deber público, favoreciendo el constante análisis de las relaciones personales. Virginia Woolf aceptó más tarde que ese grupo logró una visión ascética y austera que les permitió seguir unidos con el paso del tiempo.

La escritora se desarrolló en un mundo de actitudes victorianas. Por tal razón se preocupó por el reconocimiento de los derechos intelectuales y artísticos de las mujeres de su tiempo. Virginia nunca fue a la escuela, realizó sus estudios en la casa. Después de sufrir la primera depresión nerviosa a los diez años, Woolf vivió la mayor parte de su vida bajo el temor de una inminente demencia. Su madre murió cuando la escritora tenía trece años. Al poco tiempo sufrió una segunda depresión nerviosa. Al faltarle la madre idealizó su recuerdo. Muchos años más tarde, homenajeó a su madre configurando el personaje de Mrs. Ramsay en la novela Al faro. El texto se publicó en 1927, y consiguió para su autora el premio Femina Vie Heureuse en 1928.

Al Faro  es su novela más autobiográfica, la más centrada en las relaciones con sus padres, con la familia y con el medio social del que provenía, también la más preocupada en el análisis de sus propias responsabilidades como creadora. La autora cree, al fin, haber encontrado su poética en esta obra. Deja testimonio en su diario: “me veo sacudida como bandera al viento por causa de mi nueva novela Al faro… por fin, después de la batalla de El cuarto de Jacob y de la agonía de Mrs. Dalloway, escribo ahora con más rapidez y libertad que ninguna otra cosa que haya hecho en mi vida. Creo que esto demuestra que estaba en el camino correcto y que es aquí donde podré cosechar los frutos que alcance mi alma.”

La técnica del monólogo interior y estilo poético se consideran su contribución más importante a la novela moderna.

 

Síntesis de la novela

La novela se desarrolla en tres cuadros: La ventana, Pasa el tiempo, y El faro. Tal parece que la historia  gira alrededor de la familia Ramsay, compuesta por los esposos Ramsay y sus ocho hijos (Andreu, Cam, James, Nancy, Jasper, Rose, Roger, Prue) y varios amigos invitados a la casa (Charley Tansley, Mr Carmichael, William Bankes, Lily Briscoe, Paul Rayley, Minta Doyle). No obstante, son los esposos Ramsay y la pintora Lily Briscoe quienes configuran los personajes principales de esta novela. En última instancia, el personaje de Mrs. Ramsay se queda con toda la obra.

Vista de una manera sencilla, podríamos decir que la trama es la siguiente: la familia Ramsay pasa el verano de 1892 en la isla de Saint Ives con unos amigos. La Sra. Ramsay procura viajar al faro al día siguiente con sus hijos e invitados. James, el hijo más pequeño (seis años) y el más mimado, está muy ilusionado con la travesía. El Sr. Ramsay señala que no hará buen tiempo y que por lo tanto no podrán viajar al faro. James, quien se encuentra en el suelo recortando estampas de un catálogo ilustrado, siente deseos de matarlo. En el jardín de la casa la Srta. Lily Briscoe pinta un cuadro de la Sra. Ramsay y de su hijo James asomados por la ventana. La primera parte de la novela ocurre en un día, desde la mañana hasta el anochecer en la casa de los Ramsay.

El resto de la trama considera la caracterización de los personajes vistos a través de los ojos de los demás, como si, en efecto, viéramos por una ventana abierta.

Se presenta a la Sra. Ramsay como una mujer de extraordinaria belleza. Encarna la femineidad victoriana, cuida de todos y por motivos de caridad siempre tiene invitados en la casa, especialmente a varones en quienes aprecia su caballerosidad, control en los negocios,  dirección del mundo, y  capacidad para las finanzas. Soporta estoicamente la violencia y maltrato de su marido, quien vive de acuerdo a los convencionalismos de su tiempo. De alguna forma todos los personajes están enamorados de la Sra. Ramsay, todos admiran su belleza.

El Sr. Ramsay se presenta como un tirano, odiado por sus hijos, obcecado con la búsqueda de la verdad, absorto en inútiles preocupaciones filosóficas, violento, dependiente, pero vulnerable ante la Sra. Ramsay cuando le suplica que le diga que lo ama.

Los demás personajes gravitan alrededor de la Sra. Ramsay: Charles Tansley ( a quien los niños llaman el ateo), de origen pobre y mente analítica, piensa que Mrs. Ramsay es la persona más hermosa que ha visto. Mr. Carmichael, viejo poeta que gusta de tomar el sol en el jardín de los Ramsay y a quien Mrs. Ramsay piensa salvar de la soledad. Lily Briscoe, pintora que admira y ama a Mrs. Ramsay, y que por el contrario, detesta a su marido. Teme confesarle su amor a Mrs. Ramsay. William Bankes, antiguo amigo de Mr. Ramsay (Mrs. Ramsay cree que debe casarse con Lily Briscoe y apoya esa amistad). Banks piensa que Mrs. Ramsay no tiene conciencia de toda su belleza. Minta Doyle, chica catalogada como marimacho, que lleva rotas las medias y de quien se sugiere cierta relación romántica con Nancy Ramsay. Paul Railey, amigo de la familia, termina casándose con Minta.

El segundo cuadro solo nos informa que el tiempo pasó.

En el tercer cuadro descubrimos que Mrs. Ramsay murió la noche del día en que transcurre la primera parte de la trama. No se ofrece más información sobre su muerte. Han pasado diez años y nos sorprende la historia con el viaje al faro. En una barcaza insegura llegan al lugar Mr. Ramsay, Cam y James. Desde el jardín de los Ramsay, la pintora Lily Briscoe los contempla  y termina por fin la pintura.

Esta novela fue para la autora, según confesó, una terapia que le sirvió para desterrar las figuras de sus progenitores del repertorio de sus obsesiones.

La técnica de la novela (monólogo interior) impide que el lector alcance certidumbre alguna. El conocimiento es parcial. La multiplicidad de puntos de vista provoca desaliento en el lector. No se trata de un sujeto reproduciendo sus impresiones internas, sino de muchos sujetos mirando la misma realidad.

Esta obra se concibió y redactó como analogía de la obra que pinta Lily Briscoe, pintura que adquiere forma y cuerpo con el paso del tiempo. Es una pintura que se realiza ante los ojos del lector, quien propiamente no ve la pintura, pero la lee. Esto presenta una nueva estética en la literatura que pretende desentenderse de las formas tradicionales de escritura para presentar en la novela la posibilidad de un retrato. Se aleja de los cánones realistas convencionales, no por capricho, sino porque considera que la realidad no se ha representado de manera fidedigna siguiendo los viejos cánones.

La escritora no quiere hundirse en un universo de anécdotas familiares, ni quiere hacer un retrato convencional de una familia, (la familia ficticia de los Ramsay es la propia familia de Virginia), ni quiere idealizar su infancia recreándola en la estampa de cualquier novela pastoril. Sus personajes son sombríos y de compleja psicología.

Esta novela nos descubre el desarrollo e impacto de la conciencia individual mediante el acercamiento al mundo externo. Si el monólogo interior sirve para algo, es en buena medida para averiguar cómo se forma ese mundo externo en la conciencia individual, de otra manera, cómo las diferentes conciencias de los individuos llegan a diferir tan grandemente en función de perspectivas  condicionadas por la edad, el sexo, la educación, las esperanzas, los intereses, en general hablamos de las diferencias humanas.

Me gustaría volver a los personajes principales de la novela: Mrs. Ramsay, su esposo y la Srta. Briscoe.

Mrs. Ramsay es el personaje más interesante de los tres. Su figura no se explica con facilidad. Es una mujer de clase alta, moderadamente cultivada, pero ajena a la educación formal de sus hijos. Está siempre más preocupada por el aspecto social de las relaciones familiares que por ella. Vive con los prejuicios de su clase. Cree que toda mujer debe casarse. Siempre que mira a la Srta. Briscoe es para evaluarla en función de la cotización que llegaría a alcanzar en el mercado del matrimonio.

Hay en la novela una insinuación velada de una historia de amor cuyo recuerdo siguió obsesionando a Mrs. Ramsay. Los Ramsay aparecen como un matrimonio bastante convencional. En ninguna parte de la novela hay información parecida a la que ofrece la vida real. Leslie Stephen (padre de Wolf) era viudo con una hija paciente mental. Julia Stephen (madre de Wolf) también era viuda de Herbert Duckworth y trajo al matrimonio con Stephen tres hijos.  A su vez ellos procrearon cuatro hijos, Vanesa, Thoby, Adrian y Virginia. Algunos críticos piensan que Mrs. Ramsay nunca amó a su segundo marido pues el recuerdo de Duckworth la acompañó toda la vida.  La novela  presenta a los esposos Ramsay como una pareja que se potencia mutuamente en sus rasgos sicológicos menos gratos. El ambiente familiar no era de paz. Por el contrario, era una atmósfera hogareña hostigada por los continuos arranques de violencia y cólera del padre, y por los silencios y deseo de soledad de Mrs. Ramsay. De forma curiosa, esta dama que deseaba la soledad tenía siempre invitados y huéspedes en su casa. La autora deja saber en su diario que mientras su madre vivió nunca pudo estar quince minutos a solas con ella, porque siempre alguien interrumpía. La madre de Woolf se opuso en su tiempo a las sufragistas que solicitaban el derecho al voto para las mujeres.

Mrs. Ramsay alimentaba la dependencia que su marido tenía de ella. Era la fuente de reconocimiento sin la que el esposo no podía vivir. Lo respetaba, lo mimaba, lo atendía en sus crisis, y esto explica una relación entre dos personas que por principios, u orgullo, no aceptaron la situación que vivían. Mrs. Ramsay terminaba aceptando los planteamientos de su marido y de esta forma volvía a triunfar. El sólo necesitaba ser reconocido.

La Srta. Lily Briscoe anuncia un nuevo modelo de mujer, cultivada, independiente, libre de las servidumbres familiares. Es ella quien realmente evoluciona con el paso del tiempo en la novela. La pintora titubeante de la primera visita a la casa de verano de los Ramsay se convierte en la artista madura de la segunda visita que sabe cómo retar el caballete, que se niega a ofrecer consuelo al viejo Mr. Ramsay sólo porque la sociedad lo espera, que puede analizar con diez años de distancia la persona de Mrs. Ramsay. En la primera parte de la novela, Briscoe no puede terminar el cuadro por un problema de relación de los elementos del cuadro. El tiempo se encarga de darle la solución. Diez años después no tiene encima la cantaleta de Charley Tansley diciendo que las mujeres no saben pintar ni escribir. Es la dueña del jardín y nadie la molesta. Pero ahora tiene que pintar de memoria porque los modelos no están. Briscoe comenzó pintando las figuras humanas de Mrs. Ramsay y su hijo. Diez años más tarde una sombra de aspecto triangular suple esa ausencia. Es un ejercicio de la memoria. De modo que es un retrato del recuerdo. El recuerdo restituye lo humano. De igual manera el lector tiene ante sí una novela que ha reconstruido la figura humana con el concurso del recuerdo.  Esta libertad de crear desata en Lily Briscoe un poder artístico latente. Por esta razón muchos críticos ven en este personaje a la misma Virginia Woolf, quien no podía soportar la crítica de su padre, pero después de su muerte dio rienda suelta a la escritura.

Por otro lado, hay en esta novela una estética relacionada a la melancólica contemplación del paso del tiempo. El lector pasa la página y a la vez Mr. Ramsay termina de leer un libro, Lily Briscoe termina de pintar su cuadro, los excursionistas llegan al faro. Son varios los recorridos temporales que se mezclan al concluir la novela, incluyendo el deseo aplazado de James que tarda diez años en llegar

Muchas interpretaciones se han dado a la figura del faro. Russell dice que el faro es un principio femenino creador. Bennett dice que la alternancia de la luz y la claridad en el faro es el ritmo de las penas y las alegrías, de la comprensión y la incomprensión. Daiches dice que el faro, solitario en medio del mar, es un símbolo del individuo que es único, parte, y fluir de la historia. John Graham piensa que el faro es una síntesis vital del tiempo y la eternidad

Mrs. Ramsay se identifica con la luz del faro y su melancólica búsqueda de algo indefinible que va más allá de la vida matrimonial “Con frecuencia se sorprendía de sí misma  allí sentada y mirando, con la labor entre las manos, hasta que se convertía en aquello que miraba, aquella luz por ejemplo…”

Mrs. Ramsay aspira a la claridad de aquella luz que brilla en medio de la noche. Aspira a ser ella misma esa luz. Camina siempre como en espera de encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina. La mujer aspira a una vida plena.

Si el faro es ese punto de fuga, entonces ese faro que ordena el contenido de la obra es Mrs. Ramsay, porque en ella convergen todos los personajes y desde ella se definen.

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Reseña: ‘El viejo y el mar’ de Ernest Hemingway

Cuando Ernest Hemingway  (1899- 1961)  publica su primer relato en el año1921, Estados Unidos es ya una potencia en plena expansión. El crecimiento industrial, el desarrollo agrícola y el auge del comercio sientan las bases de una economía pujante. No obstante, la crisis económica de 1930  provocada por el derrumbamiento del sistema de crédito, entre otros importantes factores, sumerge a la nación en un mar de desesperanza. La literatura norteamericana, que sólo en raras ocasiones utilizaba la realidad política y social como temas, comienza a sufrir cambios. Estos cambios fueron promovidos por hechos nacionales y externos, como por ejemplo: las guerras mundiales, el asalto fascista a  España, la crisis económica  y los conflictos sociales productos del desigual reparto de los beneficios del desarrollo. Surge una narrativa que, aunque desilusionada, se orienta a temas más comprometidos y acuciantes. Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller, Faulkner, son importantes autores en este proceso. Finalmente, hacia 1920 aparece Ernest Hemingway. A esta generación de autores que pierden la fe y ponen en tela de juicio todos los ideales nacionales se les llamó con justicia “la generación perdida”. Por eso, la obra de Hemingway se transforma en el testimonio amargo y desilusionado de un hombre para quien la moral, los derechos, la justicia social y la dignidad se convierten en ingenuos sueños de una juventud que madura hacia el escepticismo.

Hemingway (Premio Nóbel de literatura en 1954), periodista, reportero y combatiente en la guerra civil española, fue uno de los  máximos exponentes de lo que se llamó la “escuela de novelistas de lenguaje rudo”. Estos escritores se caracterizaron por un estilo seco y directo, así como por el reflejo en sus obras de una clara noción de la violencia y la muerte.

Con el paso de los años la postura desilusionada de Hemingway derivó hacia una concepción esperanzadora sustentada en la convicción de que es posible construir un mundo nuevo y mejor.

El viejo y el mar es una novela corta considerada una síntesis de la actividad creadora de Hemingway. Narra la historia de Santiago, un viejo pescador cubano agobiado por muchos años de trabajo, que entabla lo que será, sin duda, su última gran batalla con un pez enorme. Luego de una tremenda lucha el pescador regresa al puerto con el gigantesco pez atado a su bote, pero antes de llegar a tierra firme los tiburones atacan y devoran al pez. Santiago se siente vencido, pero un muchacho que ha sido su fiel compañero lo anima y le asegura que ha triunfado.

Santiago y su combate con el gigantesco pez espada (lucha dramática, solitaria y definitiva) se constituyen en símbolos de una actitud vital cuyo significado trasciende al plano donde la voluntad de triunfar y de superar obstáculos es lo más importante. No se trata exclusivamente de ganar, se trata de luchar. La aparente derrota final de Santiago (el pez devorado por los tiburones) es en verdad una inmensa victoria. Retorna al puerto sólo con el esqueleto de su presa, pero ese esqueleto es el símbolo de su voluntad, “Pez, seguiré hasta la muerte”.

La novela fluye como narración épica sencilla y poderosa. Los personajes no se expresan literariamente, lo hacen como en la vida cotidiana. Es deslumbrante el universo sensorial de la novela. Todo lo que se oye, se huele y se toca, las sensaciones físicas de los personajes, los colores, la sed y el hambre, adquieren una dimensión de contundente realismo.

Esta historia se desarrolla en dos planos paralelos. Uno, el real, constituido por la historia sencilla de Santiago, y el simbólico, en el que se subraya la significación profunda de esa historia. Quiero decir que la novela se inserta en dos tiempos simultáneos, el cronológico y el existencial. El tiempo cronológico está marcado en la vejez de Santiago, “todo en él era viejo, salvo sus ojos”, en los 84 días en que no ha recogido un solo pez,  en los pocos años del muchacho que lo acompaña, en los tres días que Santiago pasa en alta mar… El tiempo existencial tiene que ver con la soledad y la marginación, “nadie debería estar sólo en su vejez”, así como la necesidad del viejo de probarse a si mismo y a los demás pescadores que sigue siendo el mejor pescador del litoral. Por eso le habla a su mano herida,”Ten paciencia mano, yo sujetaré al pez hasta que se te pase esa bobería”. El tiempo existencial es un tiempo detenido en la novela hasta que Santiago entabla la lucha con el gran pez. Es la lucha la que despierta el tiempo interno del pescador, la que lo hace sentir vivo.

Varios momentos luminosos de esta novela provocan en mí un gran respeto y amor por el personaje de Santiago. Me refiero a los instantes en que el viejo pescador vuelve al centro mismo de su humanidad al  sentir compasión por el pez que intenta atrapar, o cuando se refiere a los delfines como “gente buena…juegan y bromean y se hacen el amor. Son nuestros hermanos, como los peces voladores”.  También cuando desea que nunca tengamos que matar las estrellas. La sintonía con el mundo natural  y  la  preocupación ecológica enriquecen el personaje.

Tal parece que la teología Paulina sirve de marco conceptual a la novela, específicamente la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 4, “que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos… Por tanto no desmayamos; antes, aunque éste nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día”.  Santiago afirma este mensaje de otra manera, “ahora me han derrotado, pensó. Soy demasiado viejo para matar tiburones a garrotazos. Pero lo intentaré mientras tenga los remos”, “¿y qué es lo que te ha derrotado viejo?, pensó. -Nada -dijo en voz alta”.

Varios símbolos en la novela llaman mi atención:   el mar como espacio vital, la vejez como lo efímero, el bote como las posibilidades de triunfo, el gran pez espada como la meta y el sueño, los tiburones como los obstáculos cotidianos, las luces de la ciudad reflejadas en el agua, símbolo de norte o camino, el muchacho símbolo de la amistad y la solidaridad verdadera, los tres días del viejo en alta mar como los tres días de la muerte y la resurrección. En su sentido último es el triunfo del ser humano en su relación con la naturaleza, el sufrimiento y la muerte.

El viejo y el mar es un bocado delicioso. Me provoca a la esperanza y a la ilusión. Me muestra que la historia de una vida triste relatada con poderío puede tener  fuerza transformadora. El viejo Santiago no es otro que el caballo protagonista de Los perros, cuento de Abelardo Díaz Alfaro, es el Cid Campeador, y es la anónima mujer de la esquina que todas los días hace la doble faena.

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Reseña: ‘El Gatopardo’ de Tomasi di Lampedusa

El Gatopardo ¿Obra maestra o milagro?

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La novela El Gatopardo constituye uno de los más inquietantes enigmas de la literatura contemporánea. Apareció en 1958, y según Mario Vargas Llosa, desde entonces no se ha publicado en Italia, y acaso en Europa, una novela que pueda rivalizar con ella en delicadeza de textura, fuerza descriptiva y poder creador.

¿Cómo pudo Giuseppe de Lampedusa, envenenado de decadencia en la apartada Sicilia, escribir una novela tan poderosa y desoladora?

Este noble, arruinado y taciturno, nació en Palermo, en el seno de una antiquísima familia que ya no era tan próspera. Sirvió de artillero durante la Primera Guerra Mundial en el frente de los Balcanes. Fue tomado prisionero, pero logró fugarse y cruzó disfrazado media Europa a pie. Los treinta y pico de años restantes los pasó en su ciudad natal sumido en una rutina rigurosa de lecturas y cafés, de la que no lo apartó ni siquiera la bomba que en 1943 pulverizó el palacio de Lampedusa, en el centro de Palermo. Fue en el café Mazzara, a los cincuenta y ocho años de edad, donde escribió  El Gatopardo. Le tomó unos meses. Antes de esto sólo había escrito cartas.

Para gozar de una novela como esta, hay que aceptar que la ficción  es una ilusión que a fuerzas de fantasía y de palabras crea una realidad paralela. Lampedusa objeta en la obra la noción del progreso, rechaza toda posibilidad de justicia y mantiene una visión retrógrada y cínica de la historia.

La obra se presenta en ocho episodios que comienzan con el desembarco de las fuerzas de Garibaldi en mayo de 1860, y terminan en el 1910, con el desmantelamiento, por el cardenal de Palermo, del almacén de reliquias de santos (entre las que languidecen, vueltas reliquias también, las hijas del príncipe Fabrizio).

Lampedusa plasmó en  la novela todos sus recuerdos familiares. La nostalgia de los tiempos pasados es la atmósfera constante. Ejemplo de esto es el hecho de que el personaje del príncipe Fabrizio de Salina fue un antepasado decimonónico: don Giulio María Fabrizio, distinguido matemático y astrónomo. Para el príncipe Fabrizio la historia no existe. No hay historia porque no hay causalidad. Suceden cosas, pero en el fondo nada se conecta ni cambia. El tiempo no fluye y la historia no se mueve. El autor pone en boca de un personaje llamado Tancredi la frase que resume la visión histórica de la novela: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.

El gatopardo es el símbolo de la ruina; un solitario altivo en un mundo que declina, un símbolo en una realidad que se despoja con frialdad de su simbología. Lampedusa es el corazón del gatopardo. Es en la materia narrativa donde intenta explicarse y comprenderse. Recordemos que el blasón de la familia de Lampedusa exhibía un leopardo erguido sobre las patas traseras. En la novela ese animal es sustituido por un gatopardo, felino de formas elegantes parecido al gato doméstico, pero mucho más grande.

Aunque nos alarme la planteada negación de la historia como proceso lineal, la obra de Lampedusa es congruente en la construcción de temas y personajes, bella en el lenguaje y en las descripciones, absoluta en la desesperanza, y de una hermosura escultórica a toda prueba.

Lampedusa murió en 1957 sin ver su obra publicada. En 1958, Giorgio Bassani logró su difusión después que dos de las principales editoriales italianas rechazaron el libro.

En la navidad de 2006, en lo alto de una peña en Bayamón, la directora de la revista Letras Nuevas, Mara Daisy Cruz, envuelta en un chal negro, sonrió al poner la novela en mi mano. Dio la espalda y desapareció en la bruma como el ventisquero. Ahora entiendo su gesto. La perversa me enfrentó para siempre al misterio de la genialidad artística; esa que nos muestra la insuficiencia de la realidad, y cómo en toda obra maestra, como El Gatopardo, hay algo de milagro.

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Reseña: ‘Los ojos azules pelo negro’, de Marguerite Duras

Marguerite Duras. Los ojos azules pelo negro. Barcelona: Tusquets Editores, 1997. Segunda edición, 139 páginas.

Hubiese querido escribir esta novela.

Duras                            

Se me adelantó Marguerite Duras, hija de franceses, nacida en Indochina en 1914, unas semanas antes de que estallara la primera guerra mundial. Su padre muere cuando la escritora tiene cuatro años, y su madre decide permanecer en Indochina con sus tres hijos, Pierre, Marguerite, y Paul. Duras vive una infancia de gran pobreza. En 1932 regresa a Francia. Tiene 18 años de edad. Estudia matemáticas, derecho y política en la Sorbona. Durante la Segunda guerra mundial, su marido judío es arrestado por la GESTAPO. Este hecho la integra a la Resistencia. Posteriormente milita en el Partido comunista francés. Para los años de la post guerra entabla gran amistad con Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Su vida es una manifestación continua contra sistemas opresores y personajes políticos como Francois Mitterrand y Mijail Gorbachov.

Las siguientes son algunas de sus obras más conocidas: El amante, Emily L., El hombre sentado en el pasillo, Los ojos azules pelo negro, Un dique sobre el Pacífico, El mal de la muerte, Moderato cantabile, El amante de la China del norte, y El vicecónsul.

Algunos críticos piensan que la escritura de Duras comienza imitando el estilo de Hemingway. Cabe esta posibilidad en sus primeras obras, sin embargo, creo que la escritura de Duras es de una abstracción única, y que su lenguaje no guarda relación con las maneras poderosamente secas y aparentemente sencillas que descubrí en el autor de El viejo y el mar.

La muerte, el amor, el desamor, la destrucción, así como el sufrimiento por los amores imposibles, son temas constantes en el trabajo de Duras, pero  la figura de su madre es, sin duda, la base de la obra.  De acuerdo a la historiadora Laure Adler, Duras intentó, a través de la literatura, exorcizar la falta de amor de su madre, conquistarla, acercarse a ella para hacerle entender quién era. Un dique sobre el Pacífico,  un libro dedicado al amor y al valor de la madre, fracasó en este propósito pues la madre de la autora nunca se reconoció en la obra. Esta circunstancia familiar de la autora me recuerda el drama amargo del que también intentó liberarse la escritora británica Virginia Wolf en su novela, Al faro.

Otro rasgo particular en la literatura de Duras es el protagonismo de las mujeres. Tres grandes figuras femeninas dan coherencia a esta tesis: Lol V. Stein (Le ravissement de Lol V. Stein, 1964), la mendiga (El vicecónsul, 1965), y Anne Marie Stretter (India song, 1974). Estos personajes de  diferentes edades, clases sociales, y distintos destinos, constituyen la arqueología de su obra. También hay muchos aspectos asociados a los estereotipos femeninos en sus personajes masculinos. Son seres frágiles, casi histéricos, melancólicos y contradictorios.

Su novela, Los ojos azules pelo negro, cuenta con una serie de elementos teatrales que dan a la obra un ritmo peculiar e insospechado. Es contada en tercera persona. La voz narrativa presenta la figura de un actor anónimo (como si estuviera en escena), que durante el transcurso de la obra ofrece instrucciones sobre la escenografía, las voces, las pasiones, las posturas de cada personaje, la iluminación, y es, a su vez, un hilo conector que me ambienta y dirige. Una estrategia novedosa y subyugante, sin duda. Cuenta la historia de un hombre y una mujer que se encuentran cada noche en una habitación desnuda frente al mar. Los vincula un extraño acuerdo: a cambio de una remuneración, ella debe dormir junto a él, pero sin contacto sexual. El hombre no la desea. La quiere a su lado solamente para que lo salve de la muerte y del miedo. El recuerdo fugaz de un joven extranjero de ojos azules y pelo negro se alza entre ellos. A veces este recuerdo los une, y otras los separa hasta crear el infierno.

El tiempo presente en que se cuenta la novela ayuda a crear una sensación de tiempo lento. Confabulan oraciones cortas en las que se repiten escenas y movimientos, como si la intención fuera ver la misma obra teatral desde diferentes asientos de la sala, “Ella duerme. El no la conoce. Mira el suelo…Ella es una mujer. Duerme. Parece hacerlo… Parece haber partido hacia el sueño.” Por veces creo que en lugar de leer una novela, estoy mirando una sesión de fotografía en la que una pareja desnuda se mueve en cámara lenta.

El uso de la luz como elemento teatral y simbólico en la novela es fascinante. El hombre, lloroso y trémulo, cada noche le pide a la mujer  que se acueste en el centro de la habitación, sobre el piso, precisamente en el mismo lugar sobre el cual  cae la luz, “Cree que es en esta habitación, con esta luz de teatro, donde hay que buscar el principio de este amor.” Miro un segundo escenario construido en el centro mismo del primero. Allí la mujer desnuda, fija como un insecto bajo la luz de un microscopio, se cubre la cara con un pedazo de seda negra. El juego es maravilloso. La seda negra no logra tapar el rostro, se ven los contornos y el fulgor de una mirada que atraviesa la tela oscura, como la noche en la que están, o como el miedo.

Una tesis sobre el amor revienta en la trama. El hombre habla, “…estoy saliendo de un prolongado y misterioso sufrimiento del que no conozco el motivo.” El hombre se siente víctima de un misterio que lo arropa, lo sacude, y sobre el cual no tiene control. Es el amor con sus consecuentes infortunios como vía o como destino, el amor y el sufrimiento como sinónimos, “Quizás pueda vivirse el amor así, de un modo horrible.” Me parece que el símbolo del mar, cuyas olas y sonido anidan en la habitación constantemente, procuran que el lector no pierda de vista el vaivén vital al que son sometidos los personajes, como todo ser vivo. De igual manera, el sueño sobre la charca de sábanas blancas es  un poco la muerte lenta, o la existencia agónica de los protagonistas, que envueltos en un sudario atisban los enigmas de la muerte.

Resulta, casi alucinante, el que durante toda la obra esta pareja habita un lugar cerrado, como dos bestias en una jaula. Se miran, se tantean, se huelen, se acercan, se alejan. Terminan como empezaron, dos seres enigmáticos que han compartido una sombra, un llanto, un sufrimiento. ¿Será una metáfora del mundo cruel en el que vivió la autora?

El tono desgarrador prevalece en la obra. Parece que la niñez de gran pobreza en Saigón, la infancia tormentosa, el trato frío de la madre, la muerte del adorado hermano, los amores castrados y los tiempos de la post guerra, marcan la totalidad de su escritura.    Creo que Indochina es mucho más que el escenario en el que transcurren muchas de sus novelas. Indochina es una presencia, un territorio mental, una región clave de la memoria, una herida siempre abierta. No logro ver un trino en su obra, no escucho una carcajada.  Solo puedo asegurar que su trabajo me sacude, signo inequívoco de la buena literatura.

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