Reseña: ‘Los ojos azules pelo negro’, de Marguerite Duras

Marguerite Duras. Los ojos azules pelo negro. Barcelona: Tusquets Editores, 1997. Segunda edición, 139 páginas.

Hubiese querido escribir esta novela.

Duras                            

Se me adelantó Marguerite Duras, hija de franceses, nacida en Indochina en 1914, unas semanas antes de que estallara la primera guerra mundial. Su padre muere cuando la escritora tiene cuatro años, y su madre decide permanecer en Indochina con sus tres hijos, Pierre, Marguerite, y Paul. Duras vive una infancia de gran pobreza. En 1932 regresa a Francia. Tiene 18 años de edad. Estudia matemáticas, derecho y política en la Sorbona. Durante la Segunda guerra mundial, su marido judío es arrestado por la GESTAPO. Este hecho la integra a la Resistencia. Posteriormente milita en el Partido comunista francés. Para los años de la post guerra entabla gran amistad con Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Su vida es una manifestación continua contra sistemas opresores y personajes políticos como Francois Mitterrand y Mijail Gorbachov.

Las siguientes son algunas de sus obras más conocidas: El amante, Emily L., El hombre sentado en el pasillo, Los ojos azules pelo negro, Un dique sobre el Pacífico, El mal de la muerte, Moderato cantabile, El amante de la China del norte, y El vicecónsul.

Algunos críticos piensan que la escritura de Duras comienza imitando el estilo de Hemingway. Cabe esta posibilidad en sus primeras obras, sin embargo, creo que la escritura de Duras es de una abstracción única, y que su lenguaje no guarda relación con las maneras poderosamente secas y aparentemente sencillas que descubrí en el autor de El viejo y el mar.

La muerte, el amor, el desamor, la destrucción, así como el sufrimiento por los amores imposibles, son temas constantes en el trabajo de Duras, pero  la figura de su madre es, sin duda, la base de la obra.  De acuerdo a la historiadora Laure Adler, Duras intentó, a través de la literatura, exorcizar la falta de amor de su madre, conquistarla, acercarse a ella para hacerle entender quién era. Un dique sobre el Pacífico,  un libro dedicado al amor y al valor de la madre, fracasó en este propósito pues la madre de la autora nunca se reconoció en la obra. Esta circunstancia familiar de la autora me recuerda el drama amargo del que también intentó liberarse la escritora británica Virginia Wolf en su novela, Al faro.

Otro rasgo particular en la literatura de Duras es el protagonismo de las mujeres. Tres grandes figuras femeninas dan coherencia a esta tesis: Lol V. Stein (Le ravissement de Lol V. Stein, 1964), la mendiga (El vicecónsul, 1965), y Anne Marie Stretter (India song, 1974). Estos personajes de  diferentes edades, clases sociales, y distintos destinos, constituyen la arqueología de su obra. También hay muchos aspectos asociados a los estereotipos femeninos en sus personajes masculinos. Son seres frágiles, casi histéricos, melancólicos y contradictorios.

Su novela, Los ojos azules pelo negro, cuenta con una serie de elementos teatrales que dan a la obra un ritmo peculiar e insospechado. Es contada en tercera persona. La voz narrativa presenta la figura de un actor anónimo (como si estuviera en escena), que durante el transcurso de la obra ofrece instrucciones sobre la escenografía, las voces, las pasiones, las posturas de cada personaje, la iluminación, y es, a su vez, un hilo conector que me ambienta y dirige. Una estrategia novedosa y subyugante, sin duda. Cuenta la historia de un hombre y una mujer que se encuentran cada noche en una habitación desnuda frente al mar. Los vincula un extraño acuerdo: a cambio de una remuneración, ella debe dormir junto a él, pero sin contacto sexual. El hombre no la desea. La quiere a su lado solamente para que lo salve de la muerte y del miedo. El recuerdo fugaz de un joven extranjero de ojos azules y pelo negro se alza entre ellos. A veces este recuerdo los une, y otras los separa hasta crear el infierno.

El tiempo presente en que se cuenta la novela ayuda a crear una sensación de tiempo lento. Confabulan oraciones cortas en las que se repiten escenas y movimientos, como si la intención fuera ver la misma obra teatral desde diferentes asientos de la sala, “Ella duerme. El no la conoce. Mira el suelo…Ella es una mujer. Duerme. Parece hacerlo… Parece haber partido hacia el sueño.” Por veces creo que en lugar de leer una novela, estoy mirando una sesión de fotografía en la que una pareja desnuda se mueve en cámara lenta.

El uso de la luz como elemento teatral y simbólico en la novela es fascinante. El hombre, lloroso y trémulo, cada noche le pide a la mujer  que se acueste en el centro de la habitación, sobre el piso, precisamente en el mismo lugar sobre el cual  cae la luz, “Cree que es en esta habitación, con esta luz de teatro, donde hay que buscar el principio de este amor.” Miro un segundo escenario construido en el centro mismo del primero. Allí la mujer desnuda, fija como un insecto bajo la luz de un microscopio, se cubre la cara con un pedazo de seda negra. El juego es maravilloso. La seda negra no logra tapar el rostro, se ven los contornos y el fulgor de una mirada que atraviesa la tela oscura, como la noche en la que están, o como el miedo.

Una tesis sobre el amor revienta en la trama. El hombre habla, “…estoy saliendo de un prolongado y misterioso sufrimiento del que no conozco el motivo.” El hombre se siente víctima de un misterio que lo arropa, lo sacude, y sobre el cual no tiene control. Es el amor con sus consecuentes infortunios como vía o como destino, el amor y el sufrimiento como sinónimos, “Quizás pueda vivirse el amor así, de un modo horrible.” Me parece que el símbolo del mar, cuyas olas y sonido anidan en la habitación constantemente, procuran que el lector no pierda de vista el vaivén vital al que son sometidos los personajes, como todo ser vivo. De igual manera, el sueño sobre la charca de sábanas blancas es  un poco la muerte lenta, o la existencia agónica de los protagonistas, que envueltos en un sudario atisban los enigmas de la muerte.

Resulta, casi alucinante, el que durante toda la obra esta pareja habita un lugar cerrado, como dos bestias en una jaula. Se miran, se tantean, se huelen, se acercan, se alejan. Terminan como empezaron, dos seres enigmáticos que han compartido una sombra, un llanto, un sufrimiento. ¿Será una metáfora del mundo cruel en el que vivió la autora?

El tono desgarrador prevalece en la obra. Parece que la niñez de gran pobreza en Saigón, la infancia tormentosa, el trato frío de la madre, la muerte del adorado hermano, los amores castrados y los tiempos de la post guerra, marcan la totalidad de su escritura.    Creo que Indochina es mucho más que el escenario en el que transcurren muchas de sus novelas. Indochina es una presencia, un territorio mental, una región clave de la memoria, una herida siempre abierta. No logro ver un trino en su obra, no escucho una carcajada.  Solo puedo asegurar que su trabajo me sacude, signo inequívoco de la buena literatura.

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1 comentario

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Una respuesta a “Reseña: ‘Los ojos azules pelo negro’, de Marguerite Duras

  1. Ilia

    Comparto contigo la fascinación por la obra de la Durás. En esta novela Duras es mas Duras que nunca, no crees? Mi sonrisa.

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