Reseña: ‘El viejo y el mar’ de Ernest Hemingway

Cuando Ernest Hemingway  (1899- 1961)  publica su primer relato en el año1921, Estados Unidos es ya una potencia en plena expansión. El crecimiento industrial, el desarrollo agrícola y el auge del comercio sientan las bases de una economía pujante. No obstante, la crisis económica de 1930  provocada por el derrumbamiento del sistema de crédito, entre otros importantes factores, sumerge a la nación en un mar de desesperanza. La literatura norteamericana, que sólo en raras ocasiones utilizaba la realidad política y social como temas, comienza a sufrir cambios. Estos cambios fueron promovidos por hechos nacionales y externos, como por ejemplo: las guerras mundiales, el asalto fascista a  España, la crisis económica  y los conflictos sociales productos del desigual reparto de los beneficios del desarrollo. Surge una narrativa que, aunque desilusionada, se orienta a temas más comprometidos y acuciantes. Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller, Faulkner, son importantes autores en este proceso. Finalmente, hacia 1920 aparece Ernest Hemingway. A esta generación de autores que pierden la fe y ponen en tela de juicio todos los ideales nacionales se les llamó con justicia “la generación perdida”. Por eso, la obra de Hemingway se transforma en el testimonio amargo y desilusionado de un hombre para quien la moral, los derechos, la justicia social y la dignidad se convierten en ingenuos sueños de una juventud que madura hacia el escepticismo.

Hemingway (Premio Nóbel de literatura en 1954), periodista, reportero y combatiente en la guerra civil española, fue uno de los  máximos exponentes de lo que se llamó la “escuela de novelistas de lenguaje rudo”. Estos escritores se caracterizaron por un estilo seco y directo, así como por el reflejo en sus obras de una clara noción de la violencia y la muerte.

Con el paso de los años la postura desilusionada de Hemingway derivó hacia una concepción esperanzadora sustentada en la convicción de que es posible construir un mundo nuevo y mejor.

El viejo y el mar es una novela corta considerada una síntesis de la actividad creadora de Hemingway. Narra la historia de Santiago, un viejo pescador cubano agobiado por muchos años de trabajo, que entabla lo que será, sin duda, su última gran batalla con un pez enorme. Luego de una tremenda lucha el pescador regresa al puerto con el gigantesco pez atado a su bote, pero antes de llegar a tierra firme los tiburones atacan y devoran al pez. Santiago se siente vencido, pero un muchacho que ha sido su fiel compañero lo anima y le asegura que ha triunfado.

Santiago y su combate con el gigantesco pez espada (lucha dramática, solitaria y definitiva) se constituyen en símbolos de una actitud vital cuyo significado trasciende al plano donde la voluntad de triunfar y de superar obstáculos es lo más importante. No se trata exclusivamente de ganar, se trata de luchar. La aparente derrota final de Santiago (el pez devorado por los tiburones) es en verdad una inmensa victoria. Retorna al puerto sólo con el esqueleto de su presa, pero ese esqueleto es el símbolo de su voluntad, “Pez, seguiré hasta la muerte”.

La novela fluye como narración épica sencilla y poderosa. Los personajes no se expresan literariamente, lo hacen como en la vida cotidiana. Es deslumbrante el universo sensorial de la novela. Todo lo que se oye, se huele y se toca, las sensaciones físicas de los personajes, los colores, la sed y el hambre, adquieren una dimensión de contundente realismo.

Esta historia se desarrolla en dos planos paralelos. Uno, el real, constituido por la historia sencilla de Santiago, y el simbólico, en el que se subraya la significación profunda de esa historia. Quiero decir que la novela se inserta en dos tiempos simultáneos, el cronológico y el existencial. El tiempo cronológico está marcado en la vejez de Santiago, “todo en él era viejo, salvo sus ojos”, en los 84 días en que no ha recogido un solo pez,  en los pocos años del muchacho que lo acompaña, en los tres días que Santiago pasa en alta mar… El tiempo existencial tiene que ver con la soledad y la marginación, “nadie debería estar sólo en su vejez”, así como la necesidad del viejo de probarse a si mismo y a los demás pescadores que sigue siendo el mejor pescador del litoral. Por eso le habla a su mano herida,”Ten paciencia mano, yo sujetaré al pez hasta que se te pase esa bobería”. El tiempo existencial es un tiempo detenido en la novela hasta que Santiago entabla la lucha con el gran pez. Es la lucha la que despierta el tiempo interno del pescador, la que lo hace sentir vivo.

Varios momentos luminosos de esta novela provocan en mí un gran respeto y amor por el personaje de Santiago. Me refiero a los instantes en que el viejo pescador vuelve al centro mismo de su humanidad al  sentir compasión por el pez que intenta atrapar, o cuando se refiere a los delfines como “gente buena…juegan y bromean y se hacen el amor. Son nuestros hermanos, como los peces voladores”.  También cuando desea que nunca tengamos que matar las estrellas. La sintonía con el mundo natural  y  la  preocupación ecológica enriquecen el personaje.

Tal parece que la teología Paulina sirve de marco conceptual a la novela, específicamente la Segunda Carta a los Corintios, capítulo 4, “que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos… Por tanto no desmayamos; antes, aunque éste nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día”.  Santiago afirma este mensaje de otra manera, “ahora me han derrotado, pensó. Soy demasiado viejo para matar tiburones a garrotazos. Pero lo intentaré mientras tenga los remos”, “¿y qué es lo que te ha derrotado viejo?, pensó. -Nada -dijo en voz alta”.

Varios símbolos en la novela llaman mi atención:   el mar como espacio vital, la vejez como lo efímero, el bote como las posibilidades de triunfo, el gran pez espada como la meta y el sueño, los tiburones como los obstáculos cotidianos, las luces de la ciudad reflejadas en el agua, símbolo de norte o camino, el muchacho símbolo de la amistad y la solidaridad verdadera, los tres días del viejo en alta mar como los tres días de la muerte y la resurrección. En su sentido último es el triunfo del ser humano en su relación con la naturaleza, el sufrimiento y la muerte.

El viejo y el mar es un bocado delicioso. Me provoca a la esperanza y a la ilusión. Me muestra que la historia de una vida triste relatada con poderío puede tener  fuerza transformadora. El viejo Santiago no es otro que el caballo protagonista de Los perros, cuento de Abelardo Díaz Alfaro, es el Cid Campeador, y es la anónima mujer de la esquina que todas los días hace la doble faena.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Reseña: ‘El viejo y el mar’ de Ernest Hemingway

  1. Luis

    Siempre asocio la frase de Hemingway, “A un hombre lo pueden destruir pero no derrotar” con El Viejo y el Mar. No sé si es cita directa del texto o la síntesis de toda la historia.

  2. wendy

    es muy buena lanovela

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