Archivo mensual: septiembre 2013

María Antonieta o su cabeza moribunda

cuento de  Rubis Camacho incluido en la antología Cuentos Puertorriqueños en el Nuevo Milenio

Hay seres así, no llevan dentro nada más

 que eso, la seguridad de una

 no interrogativa continuidad.

 Saramago

Bajo a gran velocidad a partir el cuello de la reina. Diviso la nuca suave y nacarada. La divide en el centro  una hondonada casi imperceptible sombreada de vellos rubios. Hace apenas unos segundos Verdugo soltó mis amarras. El cuello de mi soberana descansa en el espacio semicircular de los dos travesaños.

Las semanas de encierro en la Conciergerie la enflaquecieron. No la reconocí a la distancia, cuando era traída en la carreta por la estrecha Rue Saint Honoré como una res cualquiera. El viaje desde la prisión a la plaza debió durar dos horas, pero se retrasó porque el gentío se lanzó sobre la carreta para descuartizar a la perra austriaca, como le gritaban. Los guardias golpearon cabezas a diestra y siniestra. La reina luchó por mantenerse serena. Se aferró a la carreta pero perdió muchas veces el balance. Temblaba y gemía como una criatura. La insultaron durante ocho horas. Hasta los más viejos le lanzaron toda clase de verduras podridas.

En el lado norte de la plaza comentan las sirvientas de Madame Richard que hoy, en la madrugada, la reina tuvo mareos a causa de las continuas pérdidas de sangre que padece hace años. Madame Richard ordenó que se le preparara una sopa abultada de cebollas. Luego se la hizo llegar a la prisión, pero la soberana no admitió bocado. Replicó que ya no había razón para cuidarse.

Poco después, el sacerdote se presentó a escuchar la última confesión de la condenada, pero la mujer, con las pocas fuerzas que le quedaban, lo rechazó y recriminó por sus ideas republicanas. Procedieron, entonces, a raparle la cabeza. El sacerdote no abandonó la celda, como hubiese sido la voluntad de la reina, porque no podía apartar los ojos de aquella pelusa flácida y opaca que, tirada en una esquina de la celda parecía contonearse como un cachorro umbrío. Al voltearse, la mujer mostró un cuero cabelludo muy blanco. Tenía los ojos disminuidos. Ciertas mujeres logran lo etéreo poco antes de la muerte. Otras permanecen osadas e irreverentes, como la baronesa  que atravesó con una lanza el pecho del marido. La culparon y escarnecieron por la muerte del estimado barón, pero nadie habló del motivo del crimen. Resulta que la aristocrática mujer halló al hombre de vientre ampuloso y amplia calva, retozando en el lecho con su madre, la de la baronesa, claro. Despedacé el cuello de esta mujer con mucha tristeza. La madre, disfrazada de aldeana, lívida, observaba entre la multitud y pretendía ocultar la culpa dentro del pañuelo con el que apaciguaba los sollozos. Cuando Verdugo levantó la cabeza, como es costumbre, el pueblo vitoreó. Entonces, Verdugo en un acto inusual de protagonismo abofeteó la cabeza. Nunca olvidaré ese instante. Las risas de la multitud fueron ahogadas por el parpadear de los ojos de la cabeza. Tenían lágrimas. La cabeza giró en la mano de Verdugo, como por hechizo, hasta encontrar la mirada vidriosa de la madre. Abrió despacio la boca para asegurar el tamaño del grito y lanzó un alarido desgarrador. Después, en el francés más certero maldijo el nombre de la madre, cerró los ojos y murió.

Rapada la cabeza de la reina, el confesor rechazado sintió la necesidad de limpiar la cara tiznada de su majestad, de lavar aquel cuerpo fétido, pero no tenía a la mano el delicado líquido con el que acostumbraba bañarse la reina, agua de rosas de Austria con polvos de jazmines de oriente, y no se atrevió a sugerir un baño ligero con un trapo cualquiera. Debe ser delicioso lavar el cuerpo de una reina, lamer los talones pulposos jamás mortificados por una espina, una astilla o una piedra; nunca hendidos por el peso de un cubo de agua o un saco de granos que debió ser transportado de un granero a una cocina miserable.

Estoy ya tan cerca de su cuello. Está descalza. Las plantas de sus pies son aún tan lozanas. Casi huelo esos dedos cortísimos apiñados como niños que sienten miedo. Tiene mugre en las uñas, pero guardan algo de su esplendoroso rosado. Las cutículas son perfectas. Las ratas no pudieron destrozarlas. Sí, porque comentó Verdugo, que hace unos días, su primo, fiel sirviente de la corte, logró esconder en su abrigo una botella de leche tibia que, poco después, puso en manos de la soberana. Aunque la reina agradeció el favor de su sirviente con una ligerísima inclinación de cabeza, tardó mucho en poner los labios en el borde de la botella. Primero inspeccionó las manos del sirviente. Después le escrutó la nariz y los dientes. El hombre sudaba de vergüenza. Entonces la mujer cerró los ojos y, como quien ingiere veneno, apuró el primer trago. La sustancia le debió parecer nauseabunda, porque  sacudió el cuerpo de manera estrepitosa. Baba, tos y saliva salieron a torrentes por la boca. Una gran porción de leche cayó sobre sus pies. Las ratas acudieron enloquecidas. El terror de la reina fue tan grande, que lanzó el tazón contra la pared, aún cuando no había probado bocado en muchos días. Algunas ratas brincaron sobre la falda, otras se introdujeron por el corpiño y hundieron los dientes en los pezones de terciopelo. Unas, al parecer las más viejas y enfermas por el gris pardo del pelaje y las llagas purulentas en los lomos, bajaron de la cabeza a los brazos royendo con desesperación. Las más intuitivas se hundieron entre los muslos de la reina, atraídas por el aroma avinagrado de la vagina. Mordieron sin piedad aquellos labios huérfanos, se estrujaron contra los pliegues verticales, y pelearon entre ellas por desbaratar la punta del clítoris que, convocado, asomo la cabecita violácea.

No imaginó María Antonieta llegar a vivir acto tan nauseabundo. Cayó incolora al suelo e imploró la purificación de la muerte. Los soldados se presentaron de prisa con baldes de agua helada para espantar la plaga. Al final, la soberana yació en el suelo mojada y delirante, también lubricadísima, aunque esto no lo confesó ni en el momento de mayor zozobra. Hasta hoy no volvió a pegar los ojos y se mantuvo espantando ratas reales e imaginarias.

Ese desvelo pudo ser un consuelo. Para un condenado a muerte el sueño es el infierno anticipado. Sé que despiertan en mitad de la noche con las quijadas caídas y los ojos desgarrados, turbados y malolientes como venidos de un sepulcro. Los guardias detestan velar sus puertas por lo aterrador de los gritos. Muchas veces cuentan a éstos las pesadillas. Dicen escuchar el sonido crujiente que produce el filo de mi hoja al partir los ganglios que les sostienen el cuello.

Me pregunto ¿con qué  podría soñar una mujer nacida en el Palacio Imperial de Viena, bautizada por los reyes de Portugal, educada en los aposentos del palacete de Schöenbrunn, antes de abandonar la cabeza en el hueco del  travesaño? ¿Con la música de la mejor orquesta francesa? ¿Con los zapatos con suelas de oro y cordones adornados con rubíes? ¿Con el collar de quinientos cuarenta diamantes que llevó en el cuello? ¿Con los panes suavizados por la más exquisita mantequilla azucarada? ¿Con las palabras empalagosas de los duques de Provenza, Beseval y Artois en los jardines del Trianon? ¿Con su representación del personaje de Rosina en El barbero de Sevilla? ¿Con qué soñaría una guillotina la noche antes de su muerte?

Veo el temblor de una vena delgadísima detrás de la oreja izquierda. Se le pone más violácea mientras me acerco. Mi soberana tiene respiración de fragua. Los dientes le tintinean. Piensa en fragmentos y con genuino candor, que sólo cambió el tedio por el placer, que nunca pensó que éste fuera un túnel de nieblas, que no sabe cuando se perdió en el eco.

Ya no parece una virgen sonrosada de catedral. No sonríe como el día que fue entregada por su séquito austriaco al francés en aquella islita en medio del Rin, justo entre las dos fronteras. Caminó con la frente erguida, de mano de su padrino el conde Starhember, vestida a la francesa y con las mejillas arreboladas.

Me gustaría que mi cuchilla estuviera más limpia y menos fría, pero anoche Verdugo no terminó su trabajo. Me dejó montada en la aburrida pieza de plomo. Cuando la plaza estuvo libre de maldicientes, pasó un paño seco al lunette y haló la soga hasta elevarme como una bandera metálica. Después vació el cesto de cabezas quejosas en unos sacos hediondos en los que transporta pescados. Los amarró fuertemente y los almacenó junto a otros sacos de cabezas. Ni siquiera limpió el canasto forrado de zinc en el que recoge los cuerpos vibrantes de los descabezados. Éstos fueron llevados a una buhardilla en la Saint Honore por orden de las autoridades. No me gustaría conducir esos carromatos. Dicen que los cuerpos se mueven buscando sus cabezas y  al no hallarlas se abrazan.

Verdugo debió tocarme, como le ordenaron las autoridades. Me gusta estar en las manos de ese monstruo, aun cuando siempre apestan a sangre. En esos momentos es todo mío.  Hay días en que me frota con una rudeza implacable, como si depositara en mí todas sus amarguras. Otras veces llega cantarín y me enamora con caricias. Pasa delicadamente el borde de sus dedos toscos por el filo de la cuchilla convexa y oblicua. Me lava con agua de lluvia y me atrevo a decir que hay lujuria en sus ojos de hiena. Una noche pasó sus labios entreabiertos  por mi hoja sangrienta. Enmudecí. Me puse blanda y gozosa. Me crecieron pechos y me salió cabellera. Nos interrumpió un mendigo. Verdugo le dio una patada y volvió a mi encuentro. Esta vez pasó el filo de mi cuchilla por su garganta, como jugando. Lo deseé más que nunca, sentí el poderoso palpitar de su sangre y el aliento tibio con olor a sardina. Me hubiera regodeado allí toda la madrugada. Lo amo. ¿A quién le molesta que lo diga? Soy tan hembra y celosa como cualquiera. Me perturba que se relama al ver a las condenadas a muerte más jóvenes. Para quitarle la sonrisita turbia arremeto, despiadada, contra ellas. La última vez bajaba ciega de rabia a trisar el cuello de una cortesana, hasta que escuché los gemidos de la criatura de semanas que llevaba en el vientre. Se movía como un pececito baboso. Grité con todas mis fuerzas a Verdugo para que me detuviera, pero la efervescencia de la multitud sofocó mis gritos.

Ya atravieso la cuarta vértebra cervical. La boca de la reina se  amotina de saliva y de llanto. Así la hubiera pintado el flamenco Daret, adolorida  sobre un fondo impreciso.

La reina se entrega a lo fatal. Le digo para consolarla que es posible que Dios sea mujer. Mi soberana parpadea ilusionada. Le insisto que a veces la iglesia miente. Le explico que de ser así no tiene  por qué temer. La llamo por su nombre y le digo en tono de nana, María Antonieta, perdón, debo decir, su majestad, no pierda la esperanza porque su deidad no tendrá los brazos cerrados ni el pubis duro y frío. Intenta levantar un poco la cabeza para sonreír, pero casi le cuelga. Me suplica que no la confunda, que tantos sacerdotes no pueden estar equivocados. Confiesa que hace unas noches intentó consolar su alma leyendo el libro sagrado. No pudo. Tropezó con  el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra. La mujer de Lot le provocó su última envidia, ver desde el interior de un caparazón de sal el rojo amarillento de una ciudad que arde.

Ahora reza desesperada, Dios de los ejércitos, amé cuanto pude… Dios, guardián y vengador, probé todo lo que me permitiste y en todo saboreé algo de tus mieles, hasta en los hombres más opacos  fulgían tus chispazos de luz…

¿Por qué no le llega en estos momentos una carta de su madre, la gran emperatriz María Teresa de Austria, y la consuela diciendo que todo es una pesadilla; que debe abrir los ojos para ver las sábanas de seda purísima, que su cabeza áurea descansa sobre almohadones de plumas, que los sirvientes vigilan sus labios sibilantes y nadie puede hacerle daño; que las rosas de China, los nogales de América, los pinos balsámicos de Arabia, las encinas de Italia, los cipreses de Creta, los pinos de Córcega y los naranjos de España, crecen anárquicos en los jardines del Trianon…

Mi acero se hunde en la carne y saboreo una sangre dulce y viscosa. No hay una gota azul.

Ahora pide perdón por no poder olvidar las axilas púrpuras de sus amantes. Amé más que el amor. Insiste. Despedacé el placer hasta convertirlo en dolor. ¿No merece mi hazaña un poco de misericordia? ¿Se puede ser feliz con miedo?

De los adentros de la reina sube un tenue aroma a flores. Me gusta esa fragancia limpia. Escucho el aleteo del cuerpo. La multitud delira. La cabeza cae dócil dentro del canasto. Los ojos de María Antonieta Juana de Lorena de Austria quedan mirando los ojos de otra cabeza, la de cualquiera. El tronco baja ondulando al cesto de zinc, como cuando bailaba en el salón principal del palacio.

Es noche. Verdugo eleva la cuchilla y me olvida. No ve el ojo blanco de la luna ni mi pasión infinita. Volveré a mirar el enjambre de moscas. Vendrán los perros callejeros a lamer con avidez la sangre oscura y apestosa dividida en pequeños charcos sobre la plaza, como vino que no terminó de añejarse.

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Cuadrivium – Por los caminos de la literatura centroamericana

 

Con el poeta guatemalteco Armando Rivera

Con el poeta guatemalteco Armando Rivera

Presentación de Cuadrivium/ revista del Departamento de Español de la UPR en Humacao/ Núm.8, año 13 y 14, Otoño 2011-Primavera 2013

Universidad del Sagrado Corazón / Sala de Facultad /viernes 13 de septiembre de 2013/ 7:00 p.m.

Lo confieso. Mi primer encuentro (cuerpo a cuerpo) con la literatura centroamericana ocurrió en el 1974.
Aquella noche, junto al grupo de poesía coreada de la Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo en Sonadora, barrio de Guaynabo, repasaba de memoria un fragmento del salterio…“¡Alabad a Dios en su santuario! ¡Alabadle en la magnificencia de su firmamento! ¡Alabadle por sus proezas! ¡Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza! ¡Alabadle a son de bocina! ¡Alabadle con salterio y arpa! ¡Alabadle con pandero y danza! ¡Alabadle con cuerdas y flautas! ¡Alabadle con címbalos resonantes! ¡Alabadle con címbalos de júbilo! Todo lo que respire, alabe a Jehová ¡Aleluya!”

A la mañana siguiente, el poeta y pastor de la iglesia, Moisés Rosa Ramos, me entregó un libro pequeño, de aspecto rosado y carpeta rústica. Al abrirlo me topé con lo siguiente: “¡Alabad al Señor en el cosmos de su santuario, de un radio de cien mil millones de años luz! ¡Alabadle por las estrellas y los espacios intergalácticos! ¡Alabadle por los átomos y los vacíos interatómicos! ¡Alabadle con violín, con flauta y con saxofón! ¡Alabadle con guitarras y marimbas! ¡Alabadle con blues y jazz y con orquestas sinfónicas! ¡Alabadle con los espirituales de los negros y la Quinta de Bethoveen! Todo lo que respire, alabe al Señor. ¡Toda célula viva! ¡Aleluya!

Era la versión del Salmo 150 de Ernesto Cardenal (Nicaragua). Ese día supe que la Biblia era carne literaria y que más allá de la isla, solo un poco más allá, otros cristianos repensaban el mundo, la teología y la pertinencia del mensaje bíblico. Agradezco a Cuadrivium el rescate de esa memoria.

II

Portafolio es el título de la sección temática de Cuadrivium que voy a comentar.
De acuerdo al Diccionario esencial de la lengua española, un portafolio es una cartera de mano para llevar libros y papeles. Es un objeto que nos facilita la cercanía y transporte de ciertos documentos. Me gusta el título de la sección. Me parece apropiado. Los artículos, textos y poemas de este segmento deberían acompañarnos a cualquier lugar. Están bien escritos y estimulan la deconstrucción del viejo imaginario de Centroamérica, región de avasalladores contrastes donde también se han librado luchas terribles, exterminios cuyo dolor cesa, región rescatada y redimida por el poder de la palabra. Una cita de Humberto AKábal, poeta maya kiche, ofrece una idea más certera de lo que afirmo: “Si no fuera por la poesía, nuestro mundo ya se habría quedado mudo”, o como afirma la nicaragüense Yolanda Rossman Tejada “Desde la palabra persistimos”.
Estos trabajos se desarrollan para entender, cuestionar, escudriñar e impugnar esa línea llamada frontera; hablo del concepto del límite en la literatura centroamericana, límites geográficos, temporales, existenciales, políticos, económicos, culturales, humanos… Por eso los artículos y trabajos literarios de esta sección dialogan entre sí. Por ejemplo: en el ensayo Literatura centroamericana del siglo XXI: En los confines de la memoria, el costarricense Carlos Cortés se pregunta si existe tal cosa como literatura centroamericana. Pregunta que contesta Ramón Luis Acevedo en su ensayo La poesía centroamericana del siglo XX. El texto comienza con una afirmación poderosísima, “En el comienzo está Darío”. Unta a la expresión la misma autoridad que el redactor del Evangelio según san Juan cuando establece en su primer versículo “En el principio era el verbo”. No es una afirmación caprichosa, reconoce Acevedo que Rubén Darío es, y cito, “el gran renovador de la poesía hispánica, el que inaugura la modernidad de nuestra lengua, el mestizo que maneja con amplia libertad e irreverencia la tradición occidental y americaniza nuestra visión de Europa, el que apunta hacia innovaciones y corrientes posteriores y ocupa un lugar específico en la poesía nicaragüense y centroamericana.”Cierro la cita.
Plantea Acevedo que, después de Darío, el movimiento de vanguardia en los años XX halló representación en Salomón de la Selva, Alfonso Cortés, Coronel Urtecho (Nicaragua); en Guatemala, Miguel Ángel Asturias y Luis Cardozo y Aragón, en Panamá, Rogelio Sinán y Demetrio Korsi, en El Salvador Claudia Lars, en Honduras Clementina Suárez y en Costa Rica, Eunice Odio. Con las tres últimas, contemporáneas a las poetas puertorriqueñas Julia de Burgos y Clara Lair, se incorpora la mujer al canon de la lírica centroamericana.
El autor dedica varios párrafos a exaltar la poesía del nicaragüense Ernesto Cardenal, los salvadoreños Roberto Armijo y Roque Dalton, entre muchos otros poetas centroamericanos, hasta llegar a Claribel Alegría, Ricardo Morales y Gioconda Belli.
Lirismo intenso en unos, surrealismo, poesía barroca y mestiza, tono coloquial en otros, influencia de la poesía francesa, populismo, lo místico, lo erótico, lo contestatario, lo revolucionario, lo universal, lo testimonial, lo solidario, lo feminista, el rescate de lo indígena, el amor, el uso incisivo de la ironía, en fin, son todos elementos e intenciones que, de acuerdo a Ramón Luis Acevedo, inciden en la poesía centroamericana.
El guatemalteco Javier Payeras en su ensayo Apuntes para ensamblar frankensteins: Una antología de poetas guatemaltecos nos entrega una metáfora grandiosa, una antología es un Frankenstein. Cito “ Darle vida a Frankestein, órganos humanos reunidos y ensamblados para hacer un solo cuerpo. El cuerpo de un tomo enorme con páginas que se van borrando y agregando. Las hojas que van sustituyéndose unas a otras, reiniciando los finales y finalizando los comienzos. Ese repetitivo ejercicio del hacer. Lo nuevo que siempre es un viejo reemplazo de fechas, la maqueta de algo que nunca se termina: incluir y excluir, necesario e innecesario, trascendente o irrelevante. Luego demencia, el antologador lo lee todo, lo ve todo…” Cierro la cita. Con esta metáfora inesperada cuestiona los criterios de selección con los que se han ensamblado antologías de literatura centroamericana. “Tomar un punto cardinal, una época, un color, una sociedad, es demasiado compromiso. Nadie quiere asumirlo. Es tan torpe nuestra manera de avisar la orilla, son tan débiles nuestros criterios, y nuestros fundamentos, que muy pocos escritores son capaces de asumir el riesgo de leer su propio tiempo y de reunir a sus indispensables en un solo texto. Sinceramente, no me da el ánimo de citar, vista atrás, las antologías de literatura guatemalteca del pasado”, cierro la cita.
La maestra salvadoreña Susana Reyes en el ensayo Custodiamos para ellos el tiempo que nos toca, reflexiona sobre las causas del exilio de grandes voces literarias centroamericanas, y sobre cómo el exilio las invisibiliza o las lanza a la estridencia de lo internacional. Señala que “Escribir es un acto subversivo, por lo tanto, el escritor será visto siempre con recelo”. Plantea que hay una deuda literaria con los autores nuevos, quienes necesitan referentes y maestros.
La nicaragüense Yolanda Rossman Tejada en el ensayo Aquí la palabra es arcoíris: La poesía multicultural de escritoras costeñas de Nicaragua plantea la profundidad de los conflictos interétnicos en Nicaragua, y cómo, a pesar de las grandes y presuntuosas antologías de literatura centroamericana, hay un sinnúmero de realidades y voces valiosas que, y cito: “continúan inexploradas a pesar de que las formas del arte verbal son recursos actuales de investigación”. Señala que la autonomía se va construyendo poco a poco, y que es en la poesía donde construyen el lugar ideal, sin fronteras, donde la imaginación desbordada les sustenta a creer en un mundo lleno de posibilidades a pesar de los sinsabores. Reconoce el peso de los argumentos históricos, culturales y políticos, una tradición excluyente y parroquial que concibe e imagina a Centroamérica como mestiza –ladina y que niega las sociedades indo y afro caribeñas. La aportación de las poetas, particularmente las poetas costeñas, es clave y fundamental en el proceso de resolver las divisiones étnicas y afirmar la riqueza de lo multiétnico, pluricultural y multilingüe. Por lo tanto la poesía es parte de esa contribución al empoderamiento en función de un objetivo común, la consolidación de la autonomía.
Escuchen ustedes los versos de Isabel Estrada Colindres, socióloga y poeta, líneas que recogen el dolor de los garífunas, absorbidos por los Kriols, perdiendo su lengua y parte de su cultura: “Cuando escucho el sonido del tambor de mi padre, drum, drum, drum, el sonido del tambor de mi abuelo, drum, drum, drum, mis pies siguen moviéndose sobre la tierra de mi madre por la sanación de nuestros ancestros. Garífuna, garífuna, garífuna, ayer, hoy y por siempre nuestra voz será un grito expandido.”
Durante la revolución sandinista en Nicaragua (década de los ochenta) se realizó la Cruzada Nacional de Alfabetización y surgieron los Talleres de poesía; dos acontecimientos que hicieron florecer la realidad pluricultural: mayangnas,miskitos, ramas, garífunas, Kriols y mestizos coexistiendo dentro de su rica diversidad. El escritor Eduardo Galeano señaló en ese entonces que, los dos únicos aportes a la literatura latinoamericana habían sido el descubrimiento del género testimonio en Cuba, y la creación de los talleres de poesía en Nicaragua.
En los últimos artículos Marta Jiménez, Salvador Mercado y Magdalena Perkowska ofrecen comentarios críticos a cuatro novelas centroamericanas. Marta Jiménez analiza la novela El país de las mujeres de Gioconda Belli, texto de corte feminista que cuestiona abiertamente el feminismo desde el frente de guerra, novela que conversa con mujeres de otras épocas y nacionalidades.
Salvador Mercado otea en Limón Blues, novela de Ana Cristina Rossi, donde se recupera la existencia histórica para la memoria colectiva de una comunidad afrocaribeña en Costa Rica. En el artículo Intersecciones de género y raza en Limón Blues, plantea la intención de la autora de mostrar el intrincado mundo de las opresiones por raza y por género, sobre todo, cuando una persona oprimida por causa de raza oprime a otra por causa de género.
Magdalena Perkowska nos señala la tragedia en El drama de la historia y la escritura en las novelas Asalto al paraíso (de la costarricense Tatiana Lobo) y el Misterio de san Andrés (del guatemalteco Dante Liano). En ambas novelas se mira el drama centroamericano de la marginación del indígena y la ensañada destrucción de su cultura.
Llegamos a la entrevista al panameño Javier Medina Bernal, premio nacional de literatura 2011, donde reconocemos a un poeta que se busca y se encuentra en el lenguaje. Es una entrevista que merece ser leída por la calidad de las respuestas y por la calidad de las preguntas de Salvador Medina Barahona.
Continúan algunos textos poéticos de Medina Bernal, textos de lenguaje despreocupado pero de efecto interesante y tono coloquial. Les invito a leer el cuento Hay una mujer que por más que me cojo no logro hacer mía. “Yo le doy y le doy y nada. No me pertenece. Gime, se retuerce, ciera los ojos, me dice cosas al oído, dulces, amargas, frases tiernas y obscenas, Inútil, no me pertenece”.

Dos cuentos de la salvadoreña Juana Ramos, un cuento del nicaragüense Ulises Juáez Polanco, y un cuento del panameño Edgar Soberón Torchía.
Atención particular merece el cuento En el viento, de Ulises Juárez Polanco. Es un texto muy logrado, a pesar de que retoma la manoseada anécdota del culpable inocente que se sacrifica para salvar a sus padres de la cárcel. Este texto revitaliza la anécdota y sale invicto, un cuento redondo y bien escrito.

Finalmente seis poetas centroamericanos de la actualidad: Javier Alvarado de Panamá, Arabela Salaverry de Costa Rica, Carlos Castro de Nicaragua, Salvador Madrid de Honduras, Othoniel Guevara del Salvador, y Allan Mills de Guatemala, redondean el interés por el verso que predomina desde los inicios de la sección.
Priman en estos trozos poéticos, como si fueran los signos de la nueva poesía centroamericana, el elemento constante de la búsqueda y la definición del ser, el rechazo por los dioses y los héroes, también la definición y la impugnación de la frontera, la búsqueda de lo perdido, la llave como símbolo para entrar a la ciudad, que a su vez debe ser otra ciudad.

Cita obligada es la mirada que sobre esa ciudad hace Armando Rivera, poeta guatemalteco, sobre el tema de la ciudad en su libro Más allá del este: “hay una ciudad laberinto, una duda, tal vez una caída de sol, el alba y una calle en el barrio de la memoria, atrás los perros del tiempo le aúllan a la vida, todos ellos en el callejón del destierro, hay una ciudad sin límites, no tiene fronteras ni soles, solo niños perdidos en el paso de la primavera, mil niños caen al amanecer en la nube de los sueños. hay una ciudad que lleva tu nombre, dos ternuras y el espacio para esta palabra, hay una ciudad con la fe total en tu cintura, el deseo de tu piel en mi boca, hay una curva que atrapa la bóveda celeste en la orilla del infinito, hay una ciudad con dos cuerpos, un solar, la otra una luna en creciente que derriba las cosas simples e instaura un beso en nuestras bocas, hay una ciudad que nos pertenece…”cierro la cita. .

Retorna a esta poesía el elemento del viaje, el cuestionamiento del tren. Termino citando el poema del panameño Javier Alvarado “¿Qué vagón ocupo? ¿Qué silencio invocamos para llegar hasta la mancha secreta del paisaje?”

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La cárcel de Monet

Cuento, Rubis M. Camacho

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A Luis Fernando, porque lo vio primero…

A Emilio del Carril, en su cumpleaños…

Sentado en una piedra esperé seis horas por Eugene Boudin. El viejo pintaba enardecido el mar agreste de la ciudad porteña de Le Havre. Mi adolescencia inquieta saltaba de las dunas para reclamarle el paso a la confitería a disfrutar de un tierno baguette, un poco de mermelada y algo de mantequilla.

-No has comido en horas- le dije, desesperado por el hambre y el aburrimiento.

-Estoy preso, encarcelado -repitió con ojos de mochuelo enloquecido, mientras el pincel derrumbaba distancias salinas para crear una línea azul grisácea en un juego de tonos emparentados.

Busqué una pista sobre la lámina arcillosa, una huella, un barrote, un centinela, un gendarme, pero solo avisté un mar que, monótono, se engarzaba entre las piedrecillas negras.

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Cincuenta años más tarde, salté de una góndola con caballete y paleta a pintar el agua de los canales, muy cerca de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore. Una delgada cuerda de luz se me enroscó en el cuello. Al inicio, fue apenas un collar inofensivo, una cinta de seda iridiscente, pero a medida que avancé, la tira adquirió grosor de soga de barco. Con fuerza de sierpe desesperada, se trabó en mis pies, dejándome varado ante un poniente intraducible.

En medio de las oscilaciones luminosas logré plantar el caballete. Preparé la paleta y alcé cientos de veces el pincel para atrapar el velo de nácar que caía, avivado, sobre la piedra dura de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore.

Las primeras pinceladas fueron pequeñas, puntillistas, densas…Traté de precisar el color aproximando diferentes manchas. Pero la luz, de una dureza histérica, untaba todas las superficies. Alcancé a pintar unos puntos de luz con colores puros. Fue un brevísimo logro. El cosmos se derretía en racimos rosados y violetas. Brotaban del pincel como niñas que salen a su primera fiesta. El crepúsculo se tapizaba en brillantes topacios y anaranjados sanguinolentos. Algo en mí gritaba, ¡Detente, Monet, detente! ¡Tu paleta no alcanza! Las nubes ¡destempladas Midas! transformaban los edificios en pedazos de oro.

Enfrentaba lo terrible, es decir, lo sagrado…Toda la vida sobre mí como una llamarada espesa, y yo, reducido, raptado, incautado.

Quise correr a los canales, al desequilibrado balance de las aguas turbias.   Conozco muy bien su marrón sucio de fluir constante, pero no podía moverme.

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-No has comido en horas. -Era la voz de Alice.

Asentí. Traté de ocultar las lágrimas. Siempre lo hago. Alice lo sabe, pero calla y sonríe.

Guardé los materiales y emprendimos el regreso. Alice puso su pañuelo en mis manos sin mirarme a la cara. Luego, con la misma nostalgia de la mujer de Lot, volteó la cabeza para despedirse de la epifanía.

También volví la cara, indigno del milagro. Todavía, las cadenas de luz  colgaban como rizos tiernos sobre un cielo que ya empezaba a oscurecerse.

 

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