La cárcel de Monet

Cuento, Rubis M. Camacho

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A Luis Fernando, porque lo vio primero…

A Emilio del Carril, en su cumpleaños…

Sentado en una piedra esperé seis horas por Eugene Boudin. El viejo pintaba enardecido el mar agreste de la ciudad porteña de Le Havre. Mi adolescencia inquieta saltaba de las dunas para reclamarle el paso a la confitería a disfrutar de un tierno baguette, un poco de mermelada y algo de mantequilla.

-No has comido en horas- le dije, desesperado por el hambre y el aburrimiento.

-Estoy preso, encarcelado -repitió con ojos de mochuelo enloquecido, mientras el pincel derrumbaba distancias salinas para crear una línea azul grisácea en un juego de tonos emparentados.

Busqué una pista sobre la lámina arcillosa, una huella, un barrote, un centinela, un gendarme, pero solo avisté un mar que, monótono, se engarzaba entre las piedrecillas negras.

************

Cincuenta años más tarde, salté de una góndola con caballete y paleta a pintar el agua de los canales, muy cerca de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore. Una delgada cuerda de luz se me enroscó en el cuello. Al inicio, fue apenas un collar inofensivo, una cinta de seda iridiscente, pero a medida que avancé, la tira adquirió grosor de soga de barco. Con fuerza de sierpe desesperada, se trabó en mis pies, dejándome varado ante un poniente intraducible.

En medio de las oscilaciones luminosas logré plantar el caballete. Preparé la paleta y alcé cientos de veces el pincel para atrapar el velo de nácar que caía, avivado, sobre la piedra dura de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore.

Las primeras pinceladas fueron pequeñas, puntillistas, densas…Traté de precisar el color aproximando diferentes manchas. Pero la luz, de una dureza histérica, untaba todas las superficies. Alcancé a pintar unos puntos de luz con colores puros. Fue un brevísimo logro. El cosmos se derretía en racimos rosados y violetas. Brotaban del pincel como niñas que salen a su primera fiesta. El crepúsculo se tapizaba en brillantes topacios y anaranjados sanguinolentos. Algo en mí gritaba, ¡Detente, Monet, detente! ¡Tu paleta no alcanza! Las nubes ¡destempladas Midas! transformaban los edificios en pedazos de oro.

Enfrentaba lo terrible, es decir, lo sagrado…Toda la vida sobre mí como una llamarada espesa, y yo, reducido, raptado, incautado.

Quise correr a los canales, al desequilibrado balance de las aguas turbias.   Conozco muy bien su marrón sucio de fluir constante, pero no podía moverme.

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-No has comido en horas. -Era la voz de Alice.

Asentí. Traté de ocultar las lágrimas. Siempre lo hago. Alice lo sabe, pero calla y sonríe.

Guardé los materiales y emprendimos el regreso. Alice puso su pañuelo en mis manos sin mirarme a la cara. Luego, con la misma nostalgia de la mujer de Lot, volteó la cabeza para despedirse de la epifanía.

También volví la cara, indigno del milagro. Todavía, las cadenas de luz  colgaban como rizos tiernos sobre un cielo que ya empezaba a oscurecerse.

 

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1 comentario

Archivado bajo Recinto para el asombro

Una respuesta a “La cárcel de Monet

  1. Ah, Rubis…
    Sabes bien que este cuento no me gusta… ¡Me encanta! Todas las veces que lo lea, me recuerda ese sentimiento que me empuja a querer captar con mi cámara el milagro de un amanecer o de una ouesta de Sol vestida de oro bruñido. Jamás osaría a comparar una foto mía con la obra de un artista, pero sí que sé lo que es sentirse cautivado por la luz y los colores. Gracias por este cuento maravilloso. ¡Te abrazo!

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