Archivo mensual: enero 2014

Del dolor a la escritura (D-Letras por BonitaRadio)

Aquí puedes ver la grabación del programa radial cibernético D-Letras con Emilio del Carril y Rubis Marilia Camacho por BonitaRadio.

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Del dolor a la escritura, ese es el tema de hoy en D-Letras con los invitados:

  • Jaime Marzán, autor de libro ”Rita”
  • Walberto Vázquez, poeta
  • Larry La Fountain, escritor puertorriqueño y profesor en la Universidad de Michigan.

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Rubis en D-Letras por BonitaRadio

Aquí puedes ver la grabación del programa radial cibernético D-Letras con Emilio del Carril y Rubis Marilia Camacho por BonitaRadio.

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Entrevistas  a los escritores:

Luis Alejandro Polanco (No habrá primavera en abril),

Alexéi Tellerías Díaz,

Miguel Zayas (Expectativas)

Luis Francisco Cintrón Morales (Microgramas  del Sol).

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Leo de Soulas (escritor guatemalteco) dice sobre la novela “Sara” de Rubis Camacho

La matriarca Sara desde una perspectiva más humana

por Leo De Soulas

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Desde siempre he admirado la habilidad de un autor para recrear detalladamente ambientes rescatados de entre las brumas perdidas en épocas pasadas, trabajo que va más allá del tratamiento lúdico y estético del lenguaje al configurar la creación literaria, y que implica, necesariamente, otras cualidades, como el tesón y la minuciosidad con la que un arqueólogo realiza su labor. Pero más admiración me causa que toda esta recreación no sea más que una excusa, un envoltorio monumental por cierto, para actualizar temas que hasta el día de hoy, con nuestra avanzada civilización tecnológica, continúan vigentes no solo en nuestra minúscula sociedad o en el conjunto de sociedades que conforman Latinoamérica. La historia no es más que un pretexto que lleva al narrador a explorar problemas que rebasan el ámbito local, problemas cuyos efectos se extienden más allá de las fronteras que delimitan las sociedades occidentales y que, de manera inevitable, lo obligan a cuestionar los cimientos de la misma cultura judeo-cristiana.

Recientemente terminé de leer, por fin, la novela Sara, la historia cierta, de la autora puertorriqueña, Rubis Camacho [1], a quien tuve la oportunidad y el honor de conocer en mi estadía en la ciudad de San Juan a principios de este año. Aclaro, digo “por fin” no porque su lectura haya representado un sacrificio, sino más bien porque mis múltiples actividades siempre me obligaban a interrumpirla muy en contra de mi voluntad. Finalmente, uno de esos domingos plácidos y tranquilos de nuestro noviembre crepuscular retomé la lectura, ¡qué decir!, la inicié de nuevo —lo que para mí no significó ninguna pérdida de tiempo, pues confieso que no solo volví a deleitarme de esta exquisita prosa, sino fui descubriendo otros valores que en una primera lectura había dejado pasar por alto— hasta terminarla “de un tirón”, como solemos decir.

El libro de Camacho inmediatamente me trajo a la mente dos referentes: relacionado con la creación del ámbito, por un lado, pero también en lo que concierne al desarrollo elegante, mesurado, sensual y contenido, es imposible dejarlo de asociar con las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; en lo que respecta a la presentación del contenido, una versión apócrifa y por lo tanto prohibida de la historia contada en el Génesis, este relato remite al Evangelio según Jesucristo, de José Saramago.

Este último aspecto llama en especial la atención, pues además del coraje que requiere emprender la reconstrucción de una época remota dada la escasa documentación que se pueda encontrar, se suma el punto de vista personal respecto a estos sucesos, interesante además por ser el de una escritora, y hasta el día de hoy muy pocas son las que se han atrevido a incursionar en este género. Es a través del personaje de Sara y, en menor medida, de Agar que la autora presenta el punto de vista femenino del sistema patriarcal en los albores de la civilización, base de nuestras actuales sociedades. Pero al mismo tiempo, es una crítica personal de la autora a ese sistema, cuyos principios e instituciones, pasados veinte, treinta o cuarenta siglos —nadie podría saberlo con certeza— aún se mantienen en vigencia. En este aspecto, la actitud de la autora al escarbar en las mismas raíces que explican el origen del patriarcado es crítica, rebelde y, por tanto, meritoria.

SaraEl personaje de Sara —y también el de Agar, que es su contraparte— queda así desdoblado en dos facetas o planos. Por un lado, en el plano de lo íntimo y de la subjetividad femenina que no difiere mucho de la manera como siente la mujer de hoy: sus motivaciones, sus temores, su suavidad, pero al mismo tiempo su fuerza interna, sus ilusiones, sus esperanzas, su vocación de madre, su capacidad emprendedora, sus ardides, sus celos, sus intrigas, sus rivalidades, su angustia existencial e, incluso, los aspectos físicos más desagradables de su ser: sus olores fétidos, la manera como experimenta los procesos naturales que forman parte de “ser mujer”, así como su experiencia ante el deterioro del cuerpo por los estragos que provocan los años y la enfermedad. En resumen, las cualidades y los defectos quedan expuestos en una equilibrada balanza. Esto nos aproxima a una Sara más humana y, por tanto, alejada del aura santificada que ofrece la matriarca en los relatos bíblicos.

Por otra parte, se nos presenta también una Sara en el ámbito de la vida pública como ícono de la mujer oprimida, de la mujer abusada y ultrajada. Un objeto que puede ser vendido e intercambiado gracias a los servicios que ofrece al hombre, entre ellos el del placer, que no es el menos importante de todos; pero también el de la maternidad, que le permite al macho mantener su simiente. Tal como pareciera que sucede en los matrimonios actuales, la mujer-esclava pasa a ser la propiedad más preciada del varón, el signo más distintivo que lo llevará a convertirse en patriarca, en jefe de familia.

Pero además, Rubis sabe plantear con mucho acierto el punto de vista de su partener: el varón. Los capítulos que se presentan desde la perspectiva del patriarca Abraham y de Faraón son una especie de zambullida profunda por los vericuetos del espíritu masculino, mostrándonos de manera brillante el contraste entre sus fortalezas y sus debilidades. Al mismo tiempo, sabe equilibrar muy bien el ideal que representa Faraón —que es una especie de paraíso perdido— y la realidad agreste y prosaica que representa su marido Abraham, quien en algunos pasajes está más cerca de ser el anciano senil que el iluminado patriarca; e, incluso, llega a ser ridiculizado por la manera grotesca como pretende dejar encinta a Sara. Como sucedería con cualquier mortal, Abraham queda desacralizado: es un hombre prepotente, pero al mismo tiempo servil; habilidoso negociante, vulgar pastor y abyecto con las mujeres. Lo corrompido de su ser corresponde a la podredumbre de su boca, el mal aliento al que hace alusión su señora de manera constante. Presentarlo doblemente cornudo es otra forma de ridiculizarlo: Isaac, concebido por Sara no es hijo suyo, sino de Faraón; e Ismael, concebido por la esclava Agar, en realidad es hijo de Eliezar el damasceno.

En realidad, la historia está construida a partir de odios y apetitos primarios. Agar odia a Sara porque, además de servirla, sufrió en carne propia su venganza al ser expulsada al desierto. Sara odia y expulsa al desierto a Agar por celos del hijo que ella no le puede dar a su hermano y esposo. Pero también odia a Abraham por obsequiarla ante Faraón, a cambio de los alimentos que este le ofrece. Pero sobre todo, odia a ese Dios hebreo que ordena a Abraham el sacrificio de amor y lealtad: su propio hijo. No logra comprender cómo habiendo sido estéril como el desierto, en su edad madura concibe un hijo hermoso solo para ser expuesto a la pira. Odia a Abraham por estar dispuesto a obedecer a ese dios macho, a quien no pareciera importarle sus sentimientos maternos. Al final, el trato es entre dos machos, su marido y Dios.

Desde este punto de vista, la divinidad comparte similares apetitos a los humanos. El del cristianismo es un dios tiránico que necesita la sangre del sacrificio para calmar su sed. Pero, además, se burla, juega y manipula a su siervo: ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac con la intención de alimentar su vanidad. Es hasta el último momento que manda a su ángel para que impida la consumación del sacrificio y, como se sabe del mismo mito bíblico, su sangre es reemplazada por la de un cabro. En sus manos, en las manos de este siniestro Dios, Abraham es un títere y necesita probarlo para mantenerlo sujeto a él. Pero es precisamente Isaac quien se rebela ante este sistema, pues el mismo Dios que ordenó el sacrificio del hijo, años después ordena el sacrificio del padre. Isaac quizá sea esa esperanza tan anhelada de que algún día la creación se rebele contra su creador, de que las personas se rebelen contra la caducidad del sistema de cosas establecido. En realidad, lo que Rubis Camacho hace en su relato es mostrar un rostro más humano al drama que para la humanidad significó la aparición del patriarcado.

[1] Escritora puertorriqueña con un bachillerato en Artes y con un grado de licenciatura en Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Tiene una Maestría en Creación Literaria de la Universidad Sagrado Corazón.

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El golpe de Dios/ memoria de navidad

“Hay golpes en la vida tan fuertes , yo no sé…”

Vallejo

1992/

2:00 p.m.

La profesora Urrutia explica el derecho notarial. De vez en cuando se acomoda los espejuelos. Nos mira con desprecio. Considera que ninguna será buena abogada. Bostezo con cierta elegancia.

Pienso en la escritura de arrendamiento  y en el protocolo. Me quedan tres días para terminarlos. Urrutia no dará tregua.  Son las últimas horas de noviembre, aquellas en las que mi abuela, la negra Nesta, mataba los puercos para  los chicharrones de Reyes.

Recuerdo mi primera navidad en la loma de Sonadora. Tenía cuatro años. Mis padres sugirieron que me quedara unos días con abuela. Asentí, deslumbrada por el fuego que se contoneaba en los rabos de los gallos. La casona era muy vieja. Una enorme piedra chata hacía de escalón. La mesa desvencijada se perdía en un espacio largo y oscuro. En la pared principal colgaba un cuadro con la cara del primoroso John F. Kennedy. Era el único objeto al que mi abuela no permitía que se le pegara el tizne. Lo limpiaba por la mañana y antes de acostarse. Le acariciaba el rostro con inmensa devoción. –Tiene manos de mujer – suspiraba. Entonces, abuelo Dole se miraba las suyas y escupía sobre la tierra colorada.

Faltaba poco para amanecer. Los chillidos del puerco me despertaron. Abuela hirvió agua en el fogón. Tío Juanito amoló un cuchillo enorme. Abuelo y padrino Tutingo tendieron el puerco sobre la mesa del sacrificio. Tío Juanito enterró la pequeña daga en el cuello del animal y hurgó con fuerza.  La sangre caía dentro de una dita estratégicamente colocada en la tierra. Abuelo pidió una mascaúra de tabaco. La alternó con sorbos de café prieto y puya. Abuela entonó coplas con voz ceremoniosa “Aroma de flores, aroma de flores traigo en mi aguinaldo, como ofrenda al niño, hoy vengo cantando”. Padrino Tutingo afeitó los vellos rubios del cadáver. Dejó al descubierto una piel nívea, dolorosamente blanca. Quise  recostar la cabeza sobre aquel vientre suave. Después, abrió del cuello hacia abajo con un corte fino. La piel se quebró en dos bandas rosadas. Dentro de la caja de costillas reposaban unas tripas azules, tibias y viscosas. Abuela las echó en un baño de lavar ropa.

En la tarde, las tiras de carne colgaban embarradas en manteca rojiza sobre el fogón de la cocina. Me molestó que el humo ocultara el verde de la montaña.

Los camellos de los Reyes se comieron  la yerbita que le puse en una caja de zapatos, porque en su lugar encontré una muñequita de trapo con la boquita colorada y dos botones oscuros en los ojos.

Mis padres llegaron  después;  cuando el pozo de Juana María, el palo de mangó de Conce y la cresta de Matruco, el gallo de mi abuelo, eran imágenes selladas en el cuerpo. Al despedirme, noté que le faltaban dos botones a la camisa de mi abuelo, y un pedazo al delantal nuevo de la negra Nesta.

Urrutia me mira. Escribo las primeras líneas de un sonsonete que nace de los recuerdos. Pasados los días, someto la canción a la consideración del Concilio Evangélico de Puerto Rico para su cancionero navideño.

Enero 2008/

6:00 p.m.

Mi hija tiene veinte años. Estoy en un absurdo tapón frente a la escuelita del barrio de mis abuelos. Vengo de saludar a la familia. Cosas de rigor, se sabe.

Cientos de bombillas de colores  cruzan el cielo de la loma. Niños vestidos de pastores,  ángeles, ovejas, reyes y camellos  bajan de los autos. Una  virgen María (de algunos seis años) cubre las nalgas plásticas del niñito Jesús. Padres y madres cruzan despacio la calle. La muchachada se desplaza sin prisa. Las maestras gritan los nombres de los estudiantes y señalan la puerta del salón de ensayos. Las madres interrumpen para  llevar empanadillas y refrescos a los niños. Ríen, chistean, dan instrucciones. El tráfico no avanza. Me quejo. Pasan los minutos. Me impaciento. Me pregunto en qué momento se me ocurrió llegar al barrio en día de Reyes.

Los autos se mueven muy lentamente. Unos niños vestidos a la usanza jíbara bailan sobre la tarima de paneles viejos. Necesito llegar a mi casa. Me esperan los expedientes. La torpeza me desespera.

 Mi hija baja el cristal de la ventana. El aire de la montaña viene frío. Del corazón de un megáfono mohoso retumba la canción que bailan los niños.

– ¡Mami! ¡Oye!

En plena algarabía salen limpias las frases cursis que escribí años atrás en la clase de Urrutia… “¡Ríe, canta, sueña, ven! ¡Qué llegó la navidad! ¡Qué se alegre el corazón!…”

Mi hija tararea, “! Qué se alegre el corazón!”  Tiene dos botones oscuros en los ojos.

Se me olvidan las palabras.  Siento el puño en el pecho y la lágrima en la mejilla.

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