El golpe de Dios/ memoria de navidad

“Hay golpes en la vida tan fuertes , yo no sé…”

Vallejo

1992/

2:00 p.m.

La profesora Urrutia explica el derecho notarial. De vez en cuando se acomoda los espejuelos. Nos mira con desprecio. Considera que ninguna será buena abogada. Bostezo con cierta elegancia.

Pienso en la escritura de arrendamiento  y en el protocolo. Me quedan tres días para terminarlos. Urrutia no dará tregua.  Son las últimas horas de noviembre, aquellas en las que mi abuela, la negra Nesta, mataba los puercos para  los chicharrones de Reyes.

Recuerdo mi primera navidad en la loma de Sonadora. Tenía cuatro años. Mis padres sugirieron que me quedara unos días con abuela. Asentí, deslumbrada por el fuego que se contoneaba en los rabos de los gallos. La casona era muy vieja. Una enorme piedra chata hacía de escalón. La mesa desvencijada se perdía en un espacio largo y oscuro. En la pared principal colgaba un cuadro con la cara del primoroso John F. Kennedy. Era el único objeto al que mi abuela no permitía que se le pegara el tizne. Lo limpiaba por la mañana y antes de acostarse. Le acariciaba el rostro con inmensa devoción. –Tiene manos de mujer – suspiraba. Entonces, abuelo Dole se miraba las suyas y escupía sobre la tierra colorada.

Faltaba poco para amanecer. Los chillidos del puerco me despertaron. Abuela hirvió agua en el fogón. Tío Juanito amoló un cuchillo enorme. Abuelo y padrino Tutingo tendieron el puerco sobre la mesa del sacrificio. Tío Juanito enterró la pequeña daga en el cuello del animal y hurgó con fuerza.  La sangre caía dentro de una dita estratégicamente colocada en la tierra. Abuelo pidió una mascaúra de tabaco. La alternó con sorbos de café prieto y puya. Abuela entonó coplas con voz ceremoniosa “Aroma de flores, aroma de flores traigo en mi aguinaldo, como ofrenda al niño, hoy vengo cantando”. Padrino Tutingo afeitó los vellos rubios del cadáver. Dejó al descubierto una piel nívea, dolorosamente blanca. Quise  recostar la cabeza sobre aquel vientre suave. Después, abrió del cuello hacia abajo con un corte fino. La piel se quebró en dos bandas rosadas. Dentro de la caja de costillas reposaban unas tripas azules, tibias y viscosas. Abuela las echó en un baño de lavar ropa.

En la tarde, las tiras de carne colgaban embarradas en manteca rojiza sobre el fogón de la cocina. Me molestó que el humo ocultara el verde de la montaña.

Los camellos de los Reyes se comieron  la yerbita que le puse en una caja de zapatos, porque en su lugar encontré una muñequita de trapo con la boquita colorada y dos botones oscuros en los ojos.

Mis padres llegaron  después;  cuando el pozo de Juana María, el palo de mangó de Conce y la cresta de Matruco, el gallo de mi abuelo, eran imágenes selladas en el cuerpo. Al despedirme, noté que le faltaban dos botones a la camisa de mi abuelo, y un pedazo al delantal nuevo de la negra Nesta.

Urrutia me mira. Escribo las primeras líneas de un sonsonete que nace de los recuerdos. Pasados los días, someto la canción a la consideración del Concilio Evangélico de Puerto Rico para su cancionero navideño.

Enero 2008/

6:00 p.m.

Mi hija tiene veinte años. Estoy en un absurdo tapón frente a la escuelita del barrio de mis abuelos. Vengo de saludar a la familia. Cosas de rigor, se sabe.

Cientos de bombillas de colores  cruzan el cielo de la loma. Niños vestidos de pastores,  ángeles, ovejas, reyes y camellos  bajan de los autos. Una  virgen María (de algunos seis años) cubre las nalgas plásticas del niñito Jesús. Padres y madres cruzan despacio la calle. La muchachada se desplaza sin prisa. Las maestras gritan los nombres de los estudiantes y señalan la puerta del salón de ensayos. Las madres interrumpen para  llevar empanadillas y refrescos a los niños. Ríen, chistean, dan instrucciones. El tráfico no avanza. Me quejo. Pasan los minutos. Me impaciento. Me pregunto en qué momento se me ocurrió llegar al barrio en día de Reyes.

Los autos se mueven muy lentamente. Unos niños vestidos a la usanza jíbara bailan sobre la tarima de paneles viejos. Necesito llegar a mi casa. Me esperan los expedientes. La torpeza me desespera.

 Mi hija baja el cristal de la ventana. El aire de la montaña viene frío. Del corazón de un megáfono mohoso retumba la canción que bailan los niños.

– ¡Mami! ¡Oye!

En plena algarabía salen limpias las frases cursis que escribí años atrás en la clase de Urrutia… “¡Ríe, canta, sueña, ven! ¡Qué llegó la navidad! ¡Qué se alegre el corazón!…”

Mi hija tararea, “! Qué se alegre el corazón!”  Tiene dos botones oscuros en los ojos.

Se me olvidan las palabras.  Siento el puño en el pecho y la lágrima en la mejilla.

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2 comentarios

Archivado bajo Tal como me ocurrió

2 Respuestas a “El golpe de Dios/ memoria de navidad

  1. Dinorah Marzan

    Sutil. Dice tanto en los silencios, que me aturde. Gracias

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