Archivo mensual: febrero 2014

La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña – Luis Felipe Díaz

 

 

…que a través del drama ficticio se percibe mucho del drama de la historia.

Luis Felipe Díaz. La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña. Ediciones Huracán, 2008.

libro

 

Que la literatura es el relato largo en el que podemos reconocer la construcción histórica de una cultura nacional, desde los aspectos de clase hasta los aspectos de género, es la tesis que persigue probar Luis Felipe Díaz en este grupo de ensayos. Enfatiza la retórica como herramienta de construcción y definición de la identidad cultural de una nación. Nos alerta sobre los meta-relatos  de las culturas dominantes (Europa y Estados Unidos) y cómo estos meta-relatos imprimen una carga semántica sobre los pueblos colonizados, designados en estos discursos literarios como otredad y marginación. No niega el proceso de mímesis (imitación) que sufre el sujeto colonizado ante la actitud poderosa del imperio, y establece que el colonizado ilustrado se verá en la necesidad de reconocerlo para poder crear un discurso autónomo. Desde la mirada del deseo liberador y desde el discurso de ese colonizado, pretende el autor, enunciar, declarar y criticar la construcción histórica de nuestra nación desde el siglo XIX.

Para esta fecha se destacan escritores, llamados por Díaz, escritores profesionales.[1] Entre ellos distingue a Manuel Alonso. Estos escritores, desde un discurso liberal, abogarán por el progreso socio económico, una mejor educación y por la libertad de pensamiento. Se dispondrán a educar a un público de aspiraciones burguesas sobre cómo la ciencia unida al arte puede conducir a la felicidad y al progreso.

Apunta Díaz a un interesantísimo conflicto paterno filial en el discurso liberal capitalista de estos escritores: “La validez de este drama familiar surge del relato que emana de la historia.”[2]

            En el primer ensayo, Ideología y discurso en El Gíbaro de Manuel Alonso[3], texto que no encubre la influencia en el autor de las utopías europeas y latinoamericanas, ni su estilo y pensamiento romántico; Díaz establece que Alonso presenta las costumbres del país, para sugerir la existencia de una conciencia cultural en el siglo XIX, y para educar o corregir “deleitando” (ésta es su modalidad didáctica). Destaca los orígenes de nuestra cultura para enfatizar la cultura criolla como el resultado final de la mezcla de las razas. El Gíbaro (1849) debe entenderse, pues, como una obra que, aunque carente de la coherencia social amplia que aspira a alcanzar a través de la fusión de la ciencia y el arte,  dentro de su contexto colonial, es una narrativa de sentimiento nacional, es decir, perteneciente a lo narracional, si aceptamos la definición que nos ofrece Felipe Díaz (relato que se crea a partir de la idea o discurso de lo que es la nación)[4]. Es importante señalar, que para Felipe Díaz, Alonso propone que el jíbaro debe ser incorporado a las expectativas de construcción social del hacendado, pues considera que esta clase es el agente de cambio, la fuerza capaz de movilizar a otros grupos y organizarlos en la búsqueda de una identidad nacional. Piensa que los hacendados pueden articular un discurso coherente y significativo, incluso, para generaciones posteriores.[5] La función principal de la clase de los hacendados consistirá en “generar y motivar la creación de modelos nuevos para crear la cultura, sus instituciones, y por supuesto, dentro de ellas la literatura.”[6] De otra manera, y sin excluir la aportación de otros grupos sociales (campesinos y negros esclavos), Díaz  plantea que para Alonso, son los hacendados quienes pueden codificar la ideología con discursos y acciones dirigidos a ofrecer significados de dominio y posesión, quienes crean una nueva poética y ética[7], y crean el imaginario de la narrativa nacional. En El Gíbaro, Alonso vislumbra un progreso que llegará de manera natural, por lo tanto no presenta al jíbaro como un opositor a los planes del hacendado, sino más bien, como un noble salvaje cuya voz será reformada por el hacendado en el mundo del trabajo.

En el ensayo El discurso liberal de Tapia y Rivera, Hostos y Zeno Gandía, el autor identifica un cambio en el discurso narrativo, consecuencia de lo que llama el incremento simbólico de signos de la conciencia colectiva,[8] es decir, presenta al criollo como un ser con reconocimiento de su yo problemático, disidente del imaginario de la hacienda y reaccionario al discurso patriarcal. En el caso de Tapia y Rivera, establece que este escritor del siglo XIX  se interesa por el saber de la cultura universal y no por las demandas patriarcales de la cultura criolla. Aunque Tapia apoya el discurso de progreso, reconoce cómo esa sociedad progresista protagonizada por el sistema patriarcal colonial podría convertirse en obstáculo para las metas del individuo como ser pensante con anhelos de libertad. En su libro Mis memorias, Tapia rebasa el costumbrismo y el racionalismo neoclásico de Alonso, así como de su ética, porque para Tapia la corrupción del poder   ha dominado la historia y ha trivializado el arte. En su obra La cuarterona, presenta, no sólo su visión del mundo de la época, sino también a un sujeto de conciencia liberal que busca alejarse de los proyectos ideológicos de los poderes dominantes. Recordemos al personaje de Carlos (sujeto disidente), a la condesa (hacendada en decadencia) y a don Críspulo (burguesía rica sin abolengo).

Hostos, en La peregrinación de Bayoán muestra a un héroe desplazado, apasionado e idealista y entre relaciones opuestas. Es un ser atrapado en la incertidumbre, con un gran desasosiego y angustia. La alegoría política de la obra presenta la tragedia de buscar aquello que se sabe no se podrá alcanzar.  Con este personaje Hostos plantea su falta de fe en la efectividad y el valor crítico del arte. Presenta al individuo en lucha consigo y con el sistema operante, esto como una nueva obstrucción al proyecto social liberal.

Zeno Gandía en La charca, presenta la realidad de un jíbaro enfermo como obstáculo al avance de la sociedad liberal. Desde la visión conservadora del hacendado se presenta al jíbaro como vago, alcohólico, criminal, en contraste con el criollo consciente y liberal, que no es otro que el hacendado. No obstante, al final de la obra el autor se distancia de esa clase, que es la suya.

De acuerdo a Luis Felipe Díaz, en el ensayo El vanguardismo puertorriqueño y su desarrollo histórico y formal,  el modernismo (primeras cuatro décadas del siglo XX) cambió la manera del artista crear su discurso y relacionarse con la sociedad. Enfatiza que el desarrollo de ciudades y el capitalismo de naciente producción masiva fueron factores claves para este cambio. Dentro del modernismo el escritor fue un poeta marginado y desvinculado de los proyectos políticos. Luego, con el postmodernismo y el vanguardismo los escritores comienzan a usar el arte para protestar y denunciar. Estas vanguardias deseaban quitarle el “aura” religiosa al arte. Mostraron el lado fragmentado y desafiante del arte (sujetos desajustados, fluir de conciencia). Para 1921 De Diego Padró y Palés Matos inauguran el vanguardismo puertorriqueño, es decir, revolucionan la lírica.   Serán Julia de Burgos, Manrique Cabrera, Palés y Corretjer, entre otros, los creadores de los relatos narracionales vistos desde la concepción de lo que es patria. 

Para los años cincuenta y frente al nuevo ordenamiento del proyecto económico y social que culmina en Operación Manos a la Obra, surge en Puerto Rico una literatura de transiciones simbólicas. La visión de defensa de la patria legada por Virgilio Dávila, Lloréns y otros, que había buscado en la naturaleza las significaciones profundas, se ajusta  a los nuevos significados que la vida de la ciudad moderna trae. Esta nueva literatura propone nuevos lugares comunes y expresiones distintas, se siente convocada a continuar la defensa del orden señorial, a  reconocer en la memoria colectiva el reclamo de lo nacional y a rechazar la invasión de 1898, aunque afirma el autor que también intensificará su pesimismo con las obras de René Marqués y Pedro Juan Soto, y se acogerá a una noción trágica de la absurda existencia en la colonia. Destaca el autor en las obras de Marqués, el enfrentamiento a la sociedad desarrollista del estadolibrismo y su emergente modernidad colonial. Pone como ejemplo la novela La víspera del hombre, los dramas La carreta y Los soles truncos, (en esta última obra los protagonistas se resisten a inmiscuirse en la dinámica que ofrece la ciudad moderna y luminosa) .

Para fines de los cincuenta la literatura revelará un letrado nacional que presencia la desintegración  de los valores masculinizantes del patriarcado y se refugiará en los espacios femeninos para contrarrestar las agresiones de la modernidad industrial (La modernidad literaria de medio siglo. De la generación del 30 a los años 60). El mayor testimonio de este proceso se presenta en los cuentos de Spiks de Pedro Juan Soto, En una ciudad llamada San Juan de René Marqués y el drama La pasión según Antígona Pérez de Luis Rafael Sánchez. Estas obras abordan los temas relacionados con el desamparo que provoca la migración,  la mujer como víctima del sujeto masculino ante las imposiciones de la modernidad industrial, entre otros. 

Para Felipe Díaz, en la década del sesenta la literatura ingresa  en un periodo más acorde con la modernidad citadina. En cuerpo de camisa de Luis Rafael Sánchez se presenta este sentido de angustia ante el presente moderno. Durante los años 60 y 70 surge una poética revolucionaria. La aparición de la revista Guajana permite que se destaquen escritores comprometidos políticamente con la izquierda

En la década del 70 encontramos escritores que combaten con su discurso la angustia existencial y el exaltado dramatismo de protesta anticolonial de los escritores  del 50 y del 60. La revista Zona de carga y descarga evidenció posturas más lúdicas en cuanto al creador, su texto y el contexto cultural. Varios de los escritores  de esa época (Rosario Ferré, Olga Nolla, Ángela María Dávila, Vanesa Droz, etc.) crearán un discurso literario marcado por una tensión escritural. Se resisten a continuar el proyecto de construcción nacional tal y como fue propuesto. Se ocuparán  de exponer posturas radicales y disidentes y plantearán en sus trabajos conductas eróticas  y de desigualdades  de clase social y género. Como ejemplo específico de lo anterior, Felipe Díaz distingue el cuento Cuando las mujeres quieren a los hombres de Rosario Ferré. Este cuento establece una ruptura  con la tradición patriarcal impuesta por lo que él llama la injusta segregación de la mujer. Expone al lector al encuentro entre los signos dominantes de la cultura patriarcal y la cultura popular y marginal. En el contraste se pretende deconstruir la política de obediencia impuesta a la mujer por el mandato falócrata. Ante todo, los creadores  de los 70 experimentaron el lenguaje desde su lado significante y se liberaron de las imposiciones más fijas de la cultura de aspiraciones universales. Indagaron con un lenguaje de mayor constitución irónica y paródica y rechazaron la política sexual y el ejercicio del poder de los sectores dominantes. Poemas de Filí Melé de Iván Silén, Concierto de metal para un recuerdo de Manuel Ramos Otero, Papeles de Pandora de Ferré y Veinte siglos después del homicidio de Carmelo Rodríguez son muestra de ello.

Los escritores de los 80 (ya iniciados en los 70) responderán a una sociedad instalada en la megaciudad postcolonial.  Estos postvanguardistas pierden el sitial de visibilidad en el debate cultural e ideológico de la cultura. Los periódicos y revistas radicales pierden el poder de convocatoria y se ven opacados por la cultura mediática. García Ramis, Ana Lydia Vega, Rodríguez Juliá, Mayra Montero, Sanabria Santaliz articularán un discurso que responderá a paradigmas no tan visibles en la década anterior. Considerarán el desarrollo de la sociedad puertorriqueña desde la crisis del neoliberalismo muñocista y de la acometida del anexionismo. García Ramis, por ejemplo, en su obra Felices días, tío Sergio (1986), revela una actitud apaciguada y se ocupa más de transmitir sucesos que en destacar juegos formales del lenguaje. Es una obra en la que prevalece el recuerdo, el género memoria, así como en el cuento de Ana Lydia, El baúl de miss Florence…y en Maldito amor de Rosario Ferré.  La vuelta al pasado y la remembranza son ocupaciones en el discurso de estos escritores, así como el fracaso de la modernidad liberal emprendida por el poder colonial desde los años 40.

Para los 90, escritores como Santos Febres, López Bauzá, Cabiya, Pepe Liboy, entre otros, son ubicados por Díaz Felipe dentro de las tendencias del desencanto postmoderno. Señala el autor que algunas obras de estos escritores podrían catalogarse como light, si las contrastamos con la densidad de novelas como La guaracha del macho Camacho o Felices días, tío Sergio. Señala que estos escritores no están interesados en las densidades novelescas, y abre ante el futuro todas las posibilidades con que podrán sorprendernos los nuevos escritores.

El conocer muchos de los textos citados por Felipe Díaz me permite  corroborar la tesis del autor (planteada en el primer párrafo de esta reseña);  a través de la literatura se revela el discurso de identidad nacional y el desarrollo de clases.  Confirmo, después de esta lectura, que la literatura es un documento largo en el que conviven visiones e interpretaciones de los hechos que ocupan la historia (tiempo y espacio) de una nación. Desde El Gíbaro de Manuel Alonso hasta la escritura más reciente, los autores puertorriqueños construyen, deconstruyen, condenan, enjuician, profetizan, emplazan, dictaminan, observan, se inmiscuyen en la historia nacional.

Creo que Felipe Díaz logra su cometido. Prueba su tesis mediante un análisis riguroso de estas obras que conoce muy bien, y nos permite reconocer en el trabajo literario el afán de nuestros escritores por definir la nación, y cómo el desarrollo de su identidad es un proceso, que como en toda cultura, no termina.


[1] [1] Díaz, Luis Felipe. La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña. San Juan: Ediciones Huracán, 2008. 32.

[2] Ibid. 35.

[3] Díaz, Luis Felipe. La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña. San Juan: Ediciones Huracán, 2008. 23.

[4] Díaz, Luis Felipe. La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña. San Juan: Ediciones Huracán, 2008. 23.

[5] Ibid. 30.

[6] Ibid.

[7] Modo particular de actuar en la historia. Ibid. 32.

[8] Díaz, Luis Felipe. La na(rra)ción en la literatura puertorriqueña. San Juan: Ediciones Huracán, 2008. 58.

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La política como fuente de inspiración en la literatura (D-Letras por BonitaRadio)

Aquí puedes escuchar la grabación (audio solamente) del programa radial cibernético D-Letras con Emilio del Carril y Rubis Marilia Camacho por BonitaRadio.

bonita-radio

La política como fuente de inspiración en la literatura, ese es el tema de la más reciente edición del programa D-Letras con Emilio Del Carril y Rubis Camacho. Los invitados son:

  • Federico Suvervi, autor de libros sobres las elecciones en PR
  • Jóse Borges, autor de la novela “Fortaleza”
  • Luis Ponce, abogado y escritor especialista en derecho internacional.

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