Archivo mensual: marzo 2015

Conversatorio en la U.P.R de Cayey

Gracias a la Dra. Maite Ramos Ortiz por organizar este conversatorio.

El profesorado de la U.P.R. en Cayey siempre nos recibe con grandes gentilezas.

la foto 1 (2)la foto 2 (2)la foto 4 (1)

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Galería fotográfica, Uncategorized

Taller de Cuento (Nivel Avanzado)

Cerramos este taller de cuento con un ejercicio escrito titulado “Mi sombrero”.

Somos comunidad de aprendizaje, diletantes de la lengua en que nacimos.

 

la foto 1 (1)la foto 5 (1)

Deja un comentario

Archivado bajo Galería fotográfica, Talleres, Uncategorized

Talleres de creación literaria

 

 

 

Ayer, 28 de marzo de 2015, culminó el Taller de Novela auspiciado por el PEN Club de Puerto Rico.

Gracias a todos los escritores que participaron con sus escritos provocadores e ingeniosos.

! Un grupo de lujo!

 

20150328_15242520150328_183021

Deja un comentario

Archivado bajo Galería fotográfica, Talleres

Cuento de Rubis Camacho en Atramentun

La elección

 

Saludos Rubis Camacho:
Nos place informarle que su cuento LA ELECCIÓN fue seleccionado por Unanimidad del Jurado en la I Convocatoria de Voces Subversivas. El mismo será publicado en la 12va Edición de Atramentum|Voces Subversivas el miércoles, 25 de marzo de 2015. Nos honra contar con sus letras y le celebramos.
Gracias por su contribución al mundo literario.
Atramentum Voces Subversivas

Deja un comentario

Archivado bajo Noticias

Extraños sucesos en la vida de Julia de Burgos

04

 POR FUERA

Rubis Camacho

15 de noviembre de 2013

 Julia de Burgos

                                                                

 

Escribir y vivir, el sitio web de investigación sobre la vida de las escritoras puertorriqueñas, publicó  recientemente una serie de cartas en las que se revelaban datos desconocidos de la vida y muerte de la poeta carolinense, Julia de Burgos.

Presentamos algunos fragmentos de esta publicación para los admiradores de una de las grandes poetas de América.

 1

“Nunca se lo dije a mi marido Francisco. ¡Virgen santísima! Esas cosas no se cuentan, pero siempre fue rara mi Julita. Yo no sé a quién salió. Resulta que a los dos meses de encinta me dio con comer tierra, pero no de la seca que pisotean las vacas en los caminos, eso es polvorín rubio que reseca los ojos y enteca la memoria; tampoco de la tierra del malojal ni del promontorio de guayabales  que se formó detrás de la cocina después del huracán que entró por Ponce. No, no, yo quería tierra húmeda, de la prieta medio arenosa que se queda en la orilla del río, y que tiene ese olor a laja de quebrada, aunque a veces rechina como a hoja de malanga.

Comenzó una noche de lluvia. Aquello era un escándalo de truenos y relámpagos. La casita se nos partía en dos. El olor de la tierra mojada entró por las rendijas del piso y se me atoró en la  nariz. Tierra y aire eran lo mismo. La boca se me llenó de saliva. Revoloteé por la casa mientras arriba el techo de zinc se estremecía. Con un trapo encima salí a escondidas de Francisco. El vendaval reventaba y el tumulto de aguas corría por las zanjas de barro. Un rayo azotó una palma y caí de rodillas con el credo en la boca. Con los ojos ahogados de agua, me arrastré hasta debajo de la casa. Arañé la tierrita anegada que rodeaba los pilotes carcomidos. Me eché en la boca todo lo que me traje en las uñas; un sabor bueno que sin ser amargo tenía algo de sal y algo de la pintura descascará” de la madera. Entonces, trepé por el escalón de la cocina. Aunque sabía que debía quitarme el vestido, me quedé escuchando la violencia del aguacero con la lengua entripada de delicia.

Después de ese día, me escapé al río cada tarde. Hurgaba la tierra para comerla sin hojas ni cascajos. Sentada en una roca me miraba en la corriente. A veces, la luna bajaba y se quedaba flotando como un hueso. Julita se sacudía como si quisiera romper la valla de carne para tirarse al río. Me asustaba porque me gritaba desde adentro. Yo la escuchaba clarito, pero tampoco se lo dije a Francisco. Después, esperaba la oscurana y repechaba hacia la casa, que a lo lejos también parecía una sombra. Sí, estoy segura. Desde el vientre la Julita fue rara. No sé a quién salió mi Julita.

La parí una mañana de febrero. Amaneció bonito. Los dolores se me apretaron cuando fui a la cocina a colar un café prieto para Francisco. Aún no hervía el agua cuando el chorro en el que por meses nadó la Julita, me bajó por las piernas. La solté con pujos duros, pero cortos, porque esa criatura se impulsaba sola, como si la estuvieran llamando. Parece que quería nacer. Llegó con los puños apretados, colorada como una granada y buscando aire. Cosa rara, contuvo el grito como si lo pospusiera para un día lejano, pero abrió grande la boquita como si tuviera mucho que decir. De verla supe que era brava. Tenía un brillo rojizo en la cabecita, como una cresta que le salía de la molleja. Mis hermanas no lo vieron. Yo sí. Las madres lo saben todo.

Cuando empezó en la escuela parecía un diccionario. Eran tantas las palabras que decía mi Julita. Mientras bajaba la cuesta de Santa Cruz en dirección al saloncito rural, hablaba como una lora. Estaba en cuarto grado el día que dijo que el río era un hombre que se alargaba. Le brillaban los ojitos. Después, mirando como si no viera, así como miran los ciegos, repetía “enróscate en mis labios y deja que te beba”. ¡Virgen del Carmen! Callé ante la larguirucha. Sentí una pena extraña. Me dieron ganas de llevarla al río para que flotara en el agua como una flor de pomarrosa. Después, bebernos entre las dos todo el río a escondidas de Francisco. Es que siempre fue rara mi Julita. Yo no sé a quién salió. Nunca le dije de sus cosas a Francisco.”

(Carta de Paula García, madre de la poeta)

 

II

“No solía llegar tarde al Harlem Hospital, pero ese día me retrasó la congestión en el tráfico causada por la manifestación de los negros y latinos homosexuales que se unían a los reclamos del sector homosexual blanco. Rostros de hombres pintarrajeados y con pelucas, mujeres de aspecto masculino, parejas del mismo sexo que se besaban con intencionado delirio, pasaron frente a mi vehículo haciendo ademanes de victoria.

-Una loca latina – aseguró Mrs. Langwing, enfermera negra a cargo de recibir las emergencias médicas, al señalar a la mujer  tirada en la camilla. Me asomé y vi que era un cuerpo largo y hasta plano, quizás por la excesiva delgadez.  El Dr. Miller la examinó y con marcada frialdad  me ordenó ponerle oxígeno y abrirle la vena. La mujer tenía el rostro morado y casi muerto, pero la boca se le abría como si ensayara un grito.”

(Fragmento de carta que María Luisa Rosa Echegaray envió a su padre, Fermín Rosa Sambrano. Rosa Echegaray fue la enfermera venezolana que atendió a la poeta en sus últimas horas en el hospital)

 

III

“Oh, my God, todavía la recuerdo. Tenía seis años cuando la vi caer en la acera, you know, she fell like a sick bird. Yo caminaba hacia la marketa de la mano de abuela, you know, la negra Ernestina Castrillo, cuando aquella mujer flaca apareció de la nada. Caminaba frente a nosotros con pasos lentos y torpes, balanceándose sobre unos high heels desgastados, you know. También tosía. Hey man, I wannet to go faster, pero  abuela me retuvo con un jalón. Sheet man, I felt that my arm was going to breake. Me extrañó, porque era precisamente mi abuela, you know, quien me decía que tenía que caminar rápido como los blancos. You know. Después, me torció los ojos como hacía cuando quería regañarme sin que los gringos se dieran cuenta. Dijo bajito –Es la poeta de Puerto Rico. – ¿Qué es una poeta? – Pregunté. Porque, you know, I didn’t know what a poet was.

La mujer se dio vuelta. Brother, I steel see her face. She seemed sweet, pero su boca era triste, you know. El viento le alzó los risos y fue ahí cuando me dí cuenta de que era más grande que ninguna otra persona que yo hubiera visto, hasta más grande que mi abuela, you know. Con los ojos me dijo que sabía la contestación. Abrió la boca, cerró la boca, volvió a abrirla, brother, y cayó.”

(Entrevista a Eugene Velásquez Reyes  Castrillo).

images (1)

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Los libros de Rubis Camacho (Descripción)

Libros de Rubis Camacho

cropped-portada4.jpg

 

Cuentos Traidores (2010 / Mariana Editores)

(CUENTOS)

Premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

Premiado por el PEN Club de Puerto Rico.

Considerado por el Ateneo de Ponce como uno de los mejores libros del 2010.

Con bello lenguaje poético, dominio de la técnica y mirada profunda, esta autora nos presenta

1- Cuentos históricos sobre figuras predominantes ( Pedro Albizu Campos, Luisa Capetillo,  Reina María Antonieta, Che Guevara, Jesús de Nazareth)

2-Cuentos mitológicos

3- Cuentos de crítica social y religiosa

 

Cuentos Traidores es un libro muy bien escrito; un excelente libro que dejará huellas. Más allá del título, estos son cuentos que no traicionan; pues, resultan, junto con la mejor cuentística de los últimos tiempos (la de Pedro Cabiya, la de Francisco Font, la de Luis Negrón y la de Carlos Vázquez Cruz), una valiosísima aportación a nuestro panorama literario. Sin más, sólo me resta invitarlos a la lectura.”

   (Transgresión, Corporalidad y diferencia en los Cuentos Traidores de Rubis Camacho/

por el escritor y profesor universitario Federico Irizarry Natal)

https://lugaresimaginarios.wordpress.com/2012/10/23/transgresion

 

“Terminé el libro en Port of Spain, esperando a que Ernie, el taxista que me habían asignado, se presentara a buscarme y me llevara al hotel. No hay duda de que Rubis Camacho conoce su oficio. Su prosa se adorna de un vasto manantial de ideas que nos llevan al panorama de los acontecimientos pictóricos. Las 123 páginas de estos cuentos son una primicia que espero sean acompañados de otras publicaciones. Me encantaría leerla en novela. Supongo que con su don de relatora veterana y su pletórica imaginación, una prosa más extensa sería todo un regalo.”

                                                       Escritos de Yolanda Arroyo Pizarro — Literatura puertorriqueña

                                              narrativadeyolanda.blogspot.com/2010/06/11-de-20-leidos-cuentos

 

 

 

Sara: La historia cierta (2012/ Boreales)

(NOVELA)

 Segunda Edición en Guatemala (2012) Letra Negra Editores

 

Es la historia alternativa de la tragedia que vivió la Sara bíblica, en el tiempo de los patriarcas.  Unos papiros son descubiertos, y en ellos se narra esta historia que recorre el angustioso momento en que Abraham se dirigió a matar a su hijo por mandato de Dios. La autora cuenta la historia a través de los personajes principales, poniendo especial atención a la situación de discriminación y sometimiento al que fueron sometidas las mujeres de esta cultura.

 

El final de la historia me arrancó un pequeño grito mezclado con suspiro: argamasa de sorpresa y aprobación. Asombro porque no lo esperaba,  sino porque esta conclusion (junto con los otros papiros es digna de estar en la misma Biblia.”

                                                                                                                           Angelo Negrón (escritor)

                                                     solo-disparates.blogspot.com/2013/06/leyendo-sara-la-historia…

 

“La historia se narra desde el punto de vista de varios personajes. Entre ellos, se encuentran Sara; sus hijos, Isaac e Ismael; su esclava, Agar; el patriarca Abraham, y el faraón de Egipto. A veces, los personajes cuentan los mismos hechos con una visión diferente a otro personaje; en otras, continúan la narración. Hay cierto juego con el tiempo, ya que la historia utiliza retrospecciones para contar sucesos pasados. Se puede notar un trabajo de investigación profunda de parte de la autora, sobre todo cuando describe con claridad rituales, costumbres y acciones de las civilizaciones egipcias y hebreas de la época…

Rubis nos presenta una novela bien escrita, repleta de temas eróticos que exploran cuál pudo ser el rol de la mujer y su sexualidad en la Antigüedad, específicamente en la cultura hebrea. Rellena de manera entretenida las faltas narrativas e inverosimilitud del Antiguo Testamento con sucesos muy imaginativos.”

                                                                                             José Borges (Escritory Crítico Literario del Nuevo Día)

                                                                                       http://www.elblogdeborges.com/?tag=rubis-camacho

 

El Fraile Confabulado (2012 / Letra Negra Editores, Guatemala)

CUENTOS (Este libro es usado como texto en las escuelas públicas de Guatemala)

 

 

Por medio de  cortos cuentos-fábulas (por el contenido didáctico y ejemplarizante), esta autora nos presenta la figura de un fraile que se cuestiona la vida, y enfrenta las contradicciones del mundo religioso.

“Utiliza una prosa lírica, cadenciosa, mientras maneja un vocabulario propio del lenguaje renacentista o barroco, lo que le añade credibilidad a lo narrado. Su capacidad de descripción  de los escenarios, como si bordara un tapiz, ayuda a tener más claro los detalles  y la época en las que se desarrollan las tramas…”

Margarita Iguina Bravo (escritora)

https://lugaresimaginarios.wordpress.com/2012/09/30/el-fraile…

 

 

Especial para Boreales de Yolanda Arroyo Pizarro

Serie de Narradoras Puertorriqueñas

 

En octubre del 2011, Letra Negra Editores (Guatemala) publicó y presentó mi libro El fraile confabulado en su actividad anual “Octubre, mes de narrar”. Se trata de una serie de relatos en los que prima la figura de un fraile de alma revuelta, confrontado con su vocación, llamado, prejuicios, contradicciones y realidades (“Y te retiraste solo, como te has de ver toda la vida: siempre en busca de lo que huyes.”). De todos mis personajes, es en el fraile donde encuentro mi mayor referente biográfico, el personaje a través del cual ventilo mis ambigüedades, cuestiono y escudriño. Por esta razón prefiero este libro antes que a los primeros dos publicados (Cuentos traidores 2010, Sara: La historia cierta 2011). En cada relato de El fraile confabulado reinvento un recuerdo.

El día que escribí el cuento El telescopio del fraile, saldé una deuda con Micaela; un ser vivo con todos los signos estereotipados de la derrota: perra, sata, realenga, negra, llagosa y preñada. Llegó a mi puerta con el abatimiento del desamparo. Ningún humano me ha dado mayor muestra de amor, fidelidad y vocación sacrificial.

 

narrativadeyolanda.blogspot.com/2014/12/serie-narradoras-puertorr

Deja un comentario

Archivado bajo Descripción de los libros de Rubis Camacho

Los pantalones de Luisa Capetillo (por Rubis Camacho)

Carta escrita a Santiago Iglesias Pantín durante la espera en la Corte Correccional del Segundo

Distrito de la Habana. Cuba, 24 de julio de 1915

Luisa Capetillo

 

…El guardia que me arrestó tiene la cara rectangular como una hoja de libreta. Se apellida Rodríguez y pertenece a la Tercera Estación de Policía de la Habana. Yo me desplazaba por la calle Neptuno como si él no existiera, aunque sentía su mirada de odio sobre mi sombrero. Juan Federico, un obrero de la caña a quien el movimiento le encargó mi protección, me pedía que nos fuéramos. Le dije en voz muy baja, pero enérgica, que la cobardía no tiene cabida en el anarquismo. Al pobre se le hace difícil entender que, por lo menos una vez, hay que justificarse en la existencia.

Rodríguez merodeó despacio, jadeante como bestia. Alargó la lengua carrasposa y dijo que mi vestimenta era escandalosa. ¿Te imaginas, Santiaguito, lo que hubiera dicho si hubiese visto a Sand deambular con sus botas de tacos herrados por las calles de París?  Me esposó frente a la botica. Necesitó ayuda de otros guardias para controlar a Juan Federico y a otra gente del pueblo.

No creo que te envíe esta carta. Escribo para ordenar los pensamientos. Debo responder con lucidez al juez, un tal García Solá. Los guardias me golpearon y me siento muy alterada. Trato de no guardarles rencor, pero me han humillado con la más cruel ignorancia.

Afuera, una multitud amenaza con romper los portones de la corte. Quieren entrar. Les resulta tan extraño que una mujer lleve pantalón, camisa, corbata, gabán, y sombrero de ala corta. Las mujeres me miran con desagrado. No saben que es más higiénico usar esta prenda que una falda. Además, ¿por qué han de decidir otros la ropa que debo llevar? ¿Acaso no me asiste el libérrimo derecho a pensar y a decidir de acuerdo a mi conciencia?

Creo, Santiaguito, que engendré la idea una tarde de junio de 1890, frente a la pila bautismal de la iglesia San Felipe Apóstol de Arecibo. Unas horas antes, mi madre, Luisa Margarita Perón, me obligó a lavarme el cuerpo con agua de jazmines, peinó mi cabello ondulado, y aprisionó mi cuerpo dentro de un traje de puro algodón de falda muy ancha. Tenía once años. Caminamos ligerito hacia el templo. Mi madre, con cara de enfado por la tardanza de mi padre, murmuraba palabrotas en francés y volteaba constantemente la cabeza buscándolo entre los trabajadores del muelle. Cuando vio en el atrio a don Bernardo Blaudino, representante de mi padrino Don Policarpo Echevarría, alcalde de la ciudad, frunció los ojos y suavizó el rostro con una sonrisa que me pareció confusa. Sus deditos  regordetes se perdieron dentro de la mano lacia del hombre. No fue hasta que el olor a sargazo de mi padre dobló por la esquina, que mi madre recogió su mano con cierto recato.

Me impresionaron las imágenes de los santos. Estaban tan altas. Para colmo había que hablarles de rodillas. El cura Lucas Lladó ofició el sacramento con el mismo acento español de mi padre. La saliva se le enredaba en los dientes creando un espumero repugnante. Yo me preguntaba el por qué de su falda. Roció mi cabeza con saliva y con más agua de la esperada, supongo que por mi condición de hija natural o por el desdén que adivinó en mis ojos. Hoy, más que ese día, resiento la hipocresía de sus sermones y la oscuridad de su sotana, la que debió ser verde como la cordillera. Cuando el chorrito frío bajaba por mi cuello a mojar el bordado rosado de mi jubón, ya mi decisión estaba hecha. El Padre usa falda, yo usaré pantalones, dije a mi madre durante el camino de regreso. Lanzó una carcajada turbia, que por casualidad tintineó en los oídos de Don Bernardo Blaudino, quien nos contemplaba desde la ventana del cafetín Misisipí remojándose el labio inferior con la lengua.

Al llegar a la casa corrí a la habitación de mis padres. Un pantalón viejo con peste a pescado y rastros de algas secas colgaba de un clavo. Me lo puse sin mucha dificultad, mi cuerpo delgaducho cabía cómodamente en una de sus patas. Troté por la casa imitando la voz de mi padre. Luego, dormité dentro de esa casa blanda hasta el amanecer. Durante muchos días tuve la sensación de la sal sobre el cuerpo.

Pasados algunos años, mi madre trabajó como lavandera en la casa de Don Gregorio Ledesma, marqués de Arecibo. La ropa de esta familia, especialmente la de la marquesa, guardaba un olorcito dulzón a canela y a cedro. Sus vestidos de fiesta eran vistosos y abultados, pero de telas insolentes que provocaban picor. Los pantalones del marqués, de telas suaves, una mezcla de algodón y seda blanca, eran mis preferidos. Esperaba que mi madre se durmiera para ponérmelos. Me sentaba en la oscuridad de la sala y cruzaba la pierna fingiendo fumar un cigarro exquisito. Daba órdenes, firmaba acuerdos, disentía, tomaba una copa, soltaba el cigarro…La magia duraba el tiempo que tuviera puesto un pantalón del marqués.

Después me aficioné a los pantalones de su hijo, Manuel. Los olfateaba con delirio de perra en celo. ¡Cuántas minas estallan en una entrepierna! Lamía cada costurón de sudor. Luego me los untaba por todo el cuerpo hasta sentir que las piernas fuertes de Manuel reventaban dentro de ellos para apresarme las caderas y socavarme entre el bulto de miedos. Mi madre los entregaba tan planchados que parecían andar solos. Manuel comenzó a dejar versos de Bécquer en los bolsillos. Yo le respondía con fragmentos de Turgenev o Tolstoi, también con pensamientos míos. Unimos nuestros cuerpos por primera vez la noche del 25 de diciembre de 1897. Nos acariciábamos ocultos por las rocas de la playa. Paco Susoni, el mejor amigo de Manuel, vigilaba. El deseo se presentó implacable, y yo, única dueña de mi cuerpo, no quise resistirme. Después le pedí a Manuel que se pusiera mis duras pantaletas de blanquín almidonado, pero se quedó tendido, moribundo de placer. Yo me puse su pantalón fino lleno de arena. Manoteando el aire y con el torso desnudo caminé frente al rabioso tapiz de tinieblas que era el mar de Arecibo. Susoni, como cualquier espíritu estrecho, me hizo señales desesperadas para que regresara a las rocas, pero lo ignoré. Me abrigué los pezones con las mechas y dejé que la brisa marina acuciara los pantalones de Manuel. Te juro que escuché cantos de sirena. Susoni me contó, tiempo después, que los pasos de mi sombra sobre la arena eran elásticos, pero firmes, y que mi voluptuoso exceso me había salvado de su olvido.

A los pocos meses anuncié el embarazo de mi primogénita, Manuela. Un negro que servía en casa de los marqueses, nombrado Martinico, fue a casa de mi madre al día siguiente a buscar la ropa de sus patrones, y a informarle que la marquesa no quería que volviese a trabajar a su casa. La francesa, como le llamaban en Arecibo a mi madre, dobló con parsimonia cada cortina de brocado hasta llenar los baúles aromosos. Luego envolvió en las sábanas de seda de la cama de la marquesa las cartas de amor que el marqués mandó a mi madre por muchos años. Cuando Martinico partió, mi madre volvió a su sonrisa confusa.

Aunque Manuel vino a vivir conmigo, no volví a ponerme sus pantalones. Lavé con gran cuidado los que dejaba tirados en mi habitación en la casa de mi madre. También los planché con esmero, de eso no se tenga duda, pero se volvieron lejanos. Me asusta aceptar que una vez los vi transparentes. Además, la llegada de mi segundo hijo, Gregorio, terminó por ocupar mi mente y alejar toda divagación.

La noche en que Manuel se marchó, discutimos agriamente. Tiró mis libros por la ventana de la cocina y vociferó mi origen bochornoso. Te voy a enseñar a respetar a los hombres, me gritó desde la puerta. Buscó la calle, pero se detuvo con cara de iluminado para mostrarme los vigorosos tirantes que sostenían su pantalón. Quedé en silencio ante su verdad patética. A la luz de la farola lo vi bordear el limonero, pero el resplandor de su pantalón de lino ya serpenteaba en la esquina.

Me inicié en la industria de la aguja para  mantenerme. No quise el dinero de la familia de Manuel. Luego trabajé como lectora en las fábricas de tabaco en Arecibo. Nunca tuve público más reverente y educado. Les leía los periódicos del país, las novelas de Flaubert, los cuentos de Balzac. Una mañana, Hermenegildo, un jíbaro de Isabela, golpeó treinta y seis veces la mesa con el tenedor de despalillar el tabaco. Cada golpe indicaba que debía repetir la lectura. Ese día no quise la colecta de los obreros, aunque ellos insistían que aceptara para que me comprara más pantalones. Le quedan bien, señora. No haga caso, me decían. Con el libro bajo el brazo lloré detrás de un almacén. Después abracé a Hermenegildo, quien me explicó que se aprendía los textos de memoria porque no sabía leer. En esta ocasión memorizó quince páginas de Los miserables.  No puedo apartarme de los obreros. Hay tanto trabajo por hacer. Viajo a caballo. Organizo las reuniones en los pueblos. Me toman mucho tiempo estas tareas y a veces el cuerpo no me responde. No ha sido fácil, tú lo sabes. En Arecibo me gritan loca, y mis hijos lo sufren. Gregorio no quiere acompañarme ni a la plaza, especialmente si llevo puestos los pantalones.

Debo detener la escritura, el guardia Rodríguez se acerca. Ahora habla con un empleado de la corte. Me miran y sonríen. El guardia parece un perro con pistola. El otro tiene ojos de fiebre. Quiero esconder la humedad de las pestañas. Me tiemblan las piernas, Santiaguito. Recuerda que por peor que me hayan tratado en Puerto Rico, aquella es mi patria, y siempre se cuela un poco de cariño. El empleado de la corte dice mi nombre casi en un grito. Me asusta. Un golpe de luz me levanta de la banca. Algo o alguien me empuja a caminar erecta hacia la sala. Será el viento, porque no veo a nadie, Santiaguito. Me quito el sombrero por cortesía y lo aprieto contra el pecho. El sombrero escucha unos latidos limpios y me aconseja que no aparte el oído de mi corazón. Pasaré por el lado del filibustero. Se burla. No se percata de que sus pantalones se le enredan como un bejuco en el cuello para asfixiarlo. Siento que no quepo en la ropa. Mis piernas se vuelven tan anchas que ya no caben en este pantalón. Los ovarios se dilatan. Ráfagas de poder me vibran en los puños. De golpe  me he vuelto más alta, más diáfana, más Luisa. El guardia tose con desesperación. Tiene el rostro rojo y azulino. Los ojos saltarán hasta el suelo como dos bolas inútiles. Intenta arrancar lo que aprieta su cuello. Nadie lo ayuda. Nadie se da cuenta.

Izo el sombrero de ala corta, levanto mi cabeza, afirmo el rostro, y paso junto al cuerpo agónico del guardia que me arrestó con su cara rectangular como hoja de libreta.

 

Cuentos Traidores, 2010. Mariana Editores

Adquirir el libro – (rubis.camacho@gmail.com)

 

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Sobre Cuentos Traidores