Los pantalones de Luisa Capetillo (por Rubis Camacho)

Carta escrita a Santiago Iglesias Pantín durante la espera en la Corte Correccional del Segundo

Distrito de la Habana. Cuba, 24 de julio de 1915

Luisa Capetillo

 

…El guardia que me arrestó tiene la cara rectangular como una hoja de libreta. Se apellida Rodríguez y pertenece a la Tercera Estación de Policía de la Habana. Yo me desplazaba por la calle Neptuno como si él no existiera, aunque sentía su mirada de odio sobre mi sombrero. Juan Federico, un obrero de la caña a quien el movimiento le encargó mi protección, me pedía que nos fuéramos. Le dije en voz muy baja, pero enérgica, que la cobardía no tiene cabida en el anarquismo. Al pobre se le hace difícil entender que, por lo menos una vez, hay que justificarse en la existencia.

Rodríguez merodeó despacio, jadeante como bestia. Alargó la lengua carrasposa y dijo que mi vestimenta era escandalosa. ¿Te imaginas, Santiaguito, lo que hubiera dicho si hubiese visto a Sand deambular con sus botas de tacos herrados por las calles de París?  Me esposó frente a la botica. Necesitó ayuda de otros guardias para controlar a Juan Federico y a otra gente del pueblo.

No creo que te envíe esta carta. Escribo para ordenar los pensamientos. Debo responder con lucidez al juez, un tal García Solá. Los guardias me golpearon y me siento muy alterada. Trato de no guardarles rencor, pero me han humillado con la más cruel ignorancia.

Afuera, una multitud amenaza con romper los portones de la corte. Quieren entrar. Les resulta tan extraño que una mujer lleve pantalón, camisa, corbata, gabán, y sombrero de ala corta. Las mujeres me miran con desagrado. No saben que es más higiénico usar esta prenda que una falda. Además, ¿por qué han de decidir otros la ropa que debo llevar? ¿Acaso no me asiste el libérrimo derecho a pensar y a decidir de acuerdo a mi conciencia?

Creo, Santiaguito, que engendré la idea una tarde de junio de 1890, frente a la pila bautismal de la iglesia San Felipe Apóstol de Arecibo. Unas horas antes, mi madre, Luisa Margarita Perón, me obligó a lavarme el cuerpo con agua de jazmines, peinó mi cabello ondulado, y aprisionó mi cuerpo dentro de un traje de puro algodón de falda muy ancha. Tenía once años. Caminamos ligerito hacia el templo. Mi madre, con cara de enfado por la tardanza de mi padre, murmuraba palabrotas en francés y volteaba constantemente la cabeza buscándolo entre los trabajadores del muelle. Cuando vio en el atrio a don Bernardo Blaudino, representante de mi padrino Don Policarpo Echevarría, alcalde de la ciudad, frunció los ojos y suavizó el rostro con una sonrisa que me pareció confusa. Sus deditos  regordetes se perdieron dentro de la mano lacia del hombre. No fue hasta que el olor a sargazo de mi padre dobló por la esquina, que mi madre recogió su mano con cierto recato.

Me impresionaron las imágenes de los santos. Estaban tan altas. Para colmo había que hablarles de rodillas. El cura Lucas Lladó ofició el sacramento con el mismo acento español de mi padre. La saliva se le enredaba en los dientes creando un espumero repugnante. Yo me preguntaba el por qué de su falda. Roció mi cabeza con saliva y con más agua de la esperada, supongo que por mi condición de hija natural o por el desdén que adivinó en mis ojos. Hoy, más que ese día, resiento la hipocresía de sus sermones y la oscuridad de su sotana, la que debió ser verde como la cordillera. Cuando el chorrito frío bajaba por mi cuello a mojar el bordado rosado de mi jubón, ya mi decisión estaba hecha. El Padre usa falda, yo usaré pantalones, dije a mi madre durante el camino de regreso. Lanzó una carcajada turbia, que por casualidad tintineó en los oídos de Don Bernardo Blaudino, quien nos contemplaba desde la ventana del cafetín Misisipí remojándose el labio inferior con la lengua.

Al llegar a la casa corrí a la habitación de mis padres. Un pantalón viejo con peste a pescado y rastros de algas secas colgaba de un clavo. Me lo puse sin mucha dificultad, mi cuerpo delgaducho cabía cómodamente en una de sus patas. Troté por la casa imitando la voz de mi padre. Luego, dormité dentro de esa casa blanda hasta el amanecer. Durante muchos días tuve la sensación de la sal sobre el cuerpo.

Pasados algunos años, mi madre trabajó como lavandera en la casa de Don Gregorio Ledesma, marqués de Arecibo. La ropa de esta familia, especialmente la de la marquesa, guardaba un olorcito dulzón a canela y a cedro. Sus vestidos de fiesta eran vistosos y abultados, pero de telas insolentes que provocaban picor. Los pantalones del marqués, de telas suaves, una mezcla de algodón y seda blanca, eran mis preferidos. Esperaba que mi madre se durmiera para ponérmelos. Me sentaba en la oscuridad de la sala y cruzaba la pierna fingiendo fumar un cigarro exquisito. Daba órdenes, firmaba acuerdos, disentía, tomaba una copa, soltaba el cigarro…La magia duraba el tiempo que tuviera puesto un pantalón del marqués.

Después me aficioné a los pantalones de su hijo, Manuel. Los olfateaba con delirio de perra en celo. ¡Cuántas minas estallan en una entrepierna! Lamía cada costurón de sudor. Luego me los untaba por todo el cuerpo hasta sentir que las piernas fuertes de Manuel reventaban dentro de ellos para apresarme las caderas y socavarme entre el bulto de miedos. Mi madre los entregaba tan planchados que parecían andar solos. Manuel comenzó a dejar versos de Bécquer en los bolsillos. Yo le respondía con fragmentos de Turgenev o Tolstoi, también con pensamientos míos. Unimos nuestros cuerpos por primera vez la noche del 25 de diciembre de 1897. Nos acariciábamos ocultos por las rocas de la playa. Paco Susoni, el mejor amigo de Manuel, vigilaba. El deseo se presentó implacable, y yo, única dueña de mi cuerpo, no quise resistirme. Después le pedí a Manuel que se pusiera mis duras pantaletas de blanquín almidonado, pero se quedó tendido, moribundo de placer. Yo me puse su pantalón fino lleno de arena. Manoteando el aire y con el torso desnudo caminé frente al rabioso tapiz de tinieblas que era el mar de Arecibo. Susoni, como cualquier espíritu estrecho, me hizo señales desesperadas para que regresara a las rocas, pero lo ignoré. Me abrigué los pezones con las mechas y dejé que la brisa marina acuciara los pantalones de Manuel. Te juro que escuché cantos de sirena. Susoni me contó, tiempo después, que los pasos de mi sombra sobre la arena eran elásticos, pero firmes, y que mi voluptuoso exceso me había salvado de su olvido.

A los pocos meses anuncié el embarazo de mi primogénita, Manuela. Un negro que servía en casa de los marqueses, nombrado Martinico, fue a casa de mi madre al día siguiente a buscar la ropa de sus patrones, y a informarle que la marquesa no quería que volviese a trabajar a su casa. La francesa, como le llamaban en Arecibo a mi madre, dobló con parsimonia cada cortina de brocado hasta llenar los baúles aromosos. Luego envolvió en las sábanas de seda de la cama de la marquesa las cartas de amor que el marqués mandó a mi madre por muchos años. Cuando Martinico partió, mi madre volvió a su sonrisa confusa.

Aunque Manuel vino a vivir conmigo, no volví a ponerme sus pantalones. Lavé con gran cuidado los que dejaba tirados en mi habitación en la casa de mi madre. También los planché con esmero, de eso no se tenga duda, pero se volvieron lejanos. Me asusta aceptar que una vez los vi transparentes. Además, la llegada de mi segundo hijo, Gregorio, terminó por ocupar mi mente y alejar toda divagación.

La noche en que Manuel se marchó, discutimos agriamente. Tiró mis libros por la ventana de la cocina y vociferó mi origen bochornoso. Te voy a enseñar a respetar a los hombres, me gritó desde la puerta. Buscó la calle, pero se detuvo con cara de iluminado para mostrarme los vigorosos tirantes que sostenían su pantalón. Quedé en silencio ante su verdad patética. A la luz de la farola lo vi bordear el limonero, pero el resplandor de su pantalón de lino ya serpenteaba en la esquina.

Me inicié en la industria de la aguja para  mantenerme. No quise el dinero de la familia de Manuel. Luego trabajé como lectora en las fábricas de tabaco en Arecibo. Nunca tuve público más reverente y educado. Les leía los periódicos del país, las novelas de Flaubert, los cuentos de Balzac. Una mañana, Hermenegildo, un jíbaro de Isabela, golpeó treinta y seis veces la mesa con el tenedor de despalillar el tabaco. Cada golpe indicaba que debía repetir la lectura. Ese día no quise la colecta de los obreros, aunque ellos insistían que aceptara para que me comprara más pantalones. Le quedan bien, señora. No haga caso, me decían. Con el libro bajo el brazo lloré detrás de un almacén. Después abracé a Hermenegildo, quien me explicó que se aprendía los textos de memoria porque no sabía leer. En esta ocasión memorizó quince páginas de Los miserables.  No puedo apartarme de los obreros. Hay tanto trabajo por hacer. Viajo a caballo. Organizo las reuniones en los pueblos. Me toman mucho tiempo estas tareas y a veces el cuerpo no me responde. No ha sido fácil, tú lo sabes. En Arecibo me gritan loca, y mis hijos lo sufren. Gregorio no quiere acompañarme ni a la plaza, especialmente si llevo puestos los pantalones.

Debo detener la escritura, el guardia Rodríguez se acerca. Ahora habla con un empleado de la corte. Me miran y sonríen. El guardia parece un perro con pistola. El otro tiene ojos de fiebre. Quiero esconder la humedad de las pestañas. Me tiemblan las piernas, Santiaguito. Recuerda que por peor que me hayan tratado en Puerto Rico, aquella es mi patria, y siempre se cuela un poco de cariño. El empleado de la corte dice mi nombre casi en un grito. Me asusta. Un golpe de luz me levanta de la banca. Algo o alguien me empuja a caminar erecta hacia la sala. Será el viento, porque no veo a nadie, Santiaguito. Me quito el sombrero por cortesía y lo aprieto contra el pecho. El sombrero escucha unos latidos limpios y me aconseja que no aparte el oído de mi corazón. Pasaré por el lado del filibustero. Se burla. No se percata de que sus pantalones se le enredan como un bejuco en el cuello para asfixiarlo. Siento que no quepo en la ropa. Mis piernas se vuelven tan anchas que ya no caben en este pantalón. Los ovarios se dilatan. Ráfagas de poder me vibran en los puños. De golpe  me he vuelto más alta, más diáfana, más Luisa. El guardia tose con desesperación. Tiene el rostro rojo y azulino. Los ojos saltarán hasta el suelo como dos bolas inútiles. Intenta arrancar lo que aprieta su cuello. Nadie lo ayuda. Nadie se da cuenta.

Izo el sombrero de ala corta, levanto mi cabeza, afirmo el rostro, y paso junto al cuerpo agónico del guardia que me arrestó con su cara rectangular como hoja de libreta.

 

Cuentos Traidores, 2010. Mariana Editores

Adquirir el libro – (rubis.camacho@gmail.com)

 

 

 

 

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