Extraños sucesos en la vida de Julia de Burgos

04

 POR FUERA

Rubis Camacho

15 de noviembre de 2013

 Julia de Burgos

                                                                

 

Escribir y vivir, el sitio web de investigación sobre la vida de las escritoras puertorriqueñas, publicó  recientemente una serie de cartas en las que se revelaban datos desconocidos de la vida y muerte de la poeta carolinense, Julia de Burgos.

Presentamos algunos fragmentos de esta publicación para los admiradores de una de las grandes poetas de América.

 1

“Nunca se lo dije a mi marido Francisco. ¡Virgen santísima! Esas cosas no se cuentan, pero siempre fue rara mi Julita. Yo no sé a quién salió. Resulta que a los dos meses de encinta me dio con comer tierra, pero no de la seca que pisotean las vacas en los caminos, eso es polvorín rubio que reseca los ojos y enteca la memoria; tampoco de la tierra del malojal ni del promontorio de guayabales  que se formó detrás de la cocina después del huracán que entró por Ponce. No, no, yo quería tierra húmeda, de la prieta medio arenosa que se queda en la orilla del río, y que tiene ese olor a laja de quebrada, aunque a veces rechina como a hoja de malanga.

Comenzó una noche de lluvia. Aquello era un escándalo de truenos y relámpagos. La casita se nos partía en dos. El olor de la tierra mojada entró por las rendijas del piso y se me atoró en la  nariz. Tierra y aire eran lo mismo. La boca se me llenó de saliva. Revoloteé por la casa mientras arriba el techo de zinc se estremecía. Con un trapo encima salí a escondidas de Francisco. El vendaval reventaba y el tumulto de aguas corría por las zanjas de barro. Un rayo azotó una palma y caí de rodillas con el credo en la boca. Con los ojos ahogados de agua, me arrastré hasta debajo de la casa. Arañé la tierrita anegada que rodeaba los pilotes carcomidos. Me eché en la boca todo lo que me traje en las uñas; un sabor bueno que sin ser amargo tenía algo de sal y algo de la pintura descascará” de la madera. Entonces, trepé por el escalón de la cocina. Aunque sabía que debía quitarme el vestido, me quedé escuchando la violencia del aguacero con la lengua entripada de delicia.

Después de ese día, me escapé al río cada tarde. Hurgaba la tierra para comerla sin hojas ni cascajos. Sentada en una roca me miraba en la corriente. A veces, la luna bajaba y se quedaba flotando como un hueso. Julita se sacudía como si quisiera romper la valla de carne para tirarse al río. Me asustaba porque me gritaba desde adentro. Yo la escuchaba clarito, pero tampoco se lo dije a Francisco. Después, esperaba la oscurana y repechaba hacia la casa, que a lo lejos también parecía una sombra. Sí, estoy segura. Desde el vientre la Julita fue rara. No sé a quién salió mi Julita.

La parí una mañana de febrero. Amaneció bonito. Los dolores se me apretaron cuando fui a la cocina a colar un café prieto para Francisco. Aún no hervía el agua cuando el chorro en el que por meses nadó la Julita, me bajó por las piernas. La solté con pujos duros, pero cortos, porque esa criatura se impulsaba sola, como si la estuvieran llamando. Parece que quería nacer. Llegó con los puños apretados, colorada como una granada y buscando aire. Cosa rara, contuvo el grito como si lo pospusiera para un día lejano, pero abrió grande la boquita como si tuviera mucho que decir. De verla supe que era brava. Tenía un brillo rojizo en la cabecita, como una cresta que le salía de la molleja. Mis hermanas no lo vieron. Yo sí. Las madres lo saben todo.

Cuando empezó en la escuela parecía un diccionario. Eran tantas las palabras que decía mi Julita. Mientras bajaba la cuesta de Santa Cruz en dirección al saloncito rural, hablaba como una lora. Estaba en cuarto grado el día que dijo que el río era un hombre que se alargaba. Le brillaban los ojitos. Después, mirando como si no viera, así como miran los ciegos, repetía “enróscate en mis labios y deja que te beba”. ¡Virgen del Carmen! Callé ante la larguirucha. Sentí una pena extraña. Me dieron ganas de llevarla al río para que flotara en el agua como una flor de pomarrosa. Después, bebernos entre las dos todo el río a escondidas de Francisco. Es que siempre fue rara mi Julita. Yo no sé a quién salió. Nunca le dije de sus cosas a Francisco.”

(Carta de Paula García, madre de la poeta)

 

II

“No solía llegar tarde al Harlem Hospital, pero ese día me retrasó la congestión en el tráfico causada por la manifestación de los negros y latinos homosexuales que se unían a los reclamos del sector homosexual blanco. Rostros de hombres pintarrajeados y con pelucas, mujeres de aspecto masculino, parejas del mismo sexo que se besaban con intencionado delirio, pasaron frente a mi vehículo haciendo ademanes de victoria.

-Una loca latina – aseguró Mrs. Langwing, enfermera negra a cargo de recibir las emergencias médicas, al señalar a la mujer  tirada en la camilla. Me asomé y vi que era un cuerpo largo y hasta plano, quizás por la excesiva delgadez.  El Dr. Miller la examinó y con marcada frialdad  me ordenó ponerle oxígeno y abrirle la vena. La mujer tenía el rostro morado y casi muerto, pero la boca se le abría como si ensayara un grito.”

(Fragmento de carta que María Luisa Rosa Echegaray envió a su padre, Fermín Rosa Sambrano. Rosa Echegaray fue la enfermera venezolana que atendió a la poeta en sus últimas horas en el hospital)

 

III

“Oh, my God, todavía la recuerdo. Tenía seis años cuando la vi caer en la acera, you know, she fell like a sick bird. Yo caminaba hacia la marketa de la mano de abuela, you know, la negra Ernestina Castrillo, cuando aquella mujer flaca apareció de la nada. Caminaba frente a nosotros con pasos lentos y torpes, balanceándose sobre unos high heels desgastados, you know. También tosía. Hey man, I wannet to go faster, pero  abuela me retuvo con un jalón. Sheet man, I felt that my arm was going to breake. Me extrañó, porque era precisamente mi abuela, you know, quien me decía que tenía que caminar rápido como los blancos. You know. Después, me torció los ojos como hacía cuando quería regañarme sin que los gringos se dieran cuenta. Dijo bajito –Es la poeta de Puerto Rico. – ¿Qué es una poeta? – Pregunté. Porque, you know, I didn’t know what a poet was.

La mujer se dio vuelta. Brother, I steel see her face. She seemed sweet, pero su boca era triste, you know. El viento le alzó los risos y fue ahí cuando me dí cuenta de que era más grande que ninguna otra persona que yo hubiera visto, hasta más grande que mi abuela, you know. Con los ojos me dijo que sabía la contestación. Abrió la boca, cerró la boca, volvió a abrirla, brother, y cayó.”

(Entrevista a Eugene Velásquez Reyes  Castrillo).

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