Disfruta el texto completo de Emilio del Carril “En un huerto cerca de Cedrón”.

En un huerto cerca del Cedrón

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Escucho un murmullo insistente. Pregunto qué ocurre. Una anciana contesta entusiasmada: —¡Es el mesías prometido! Lo busco, no logro divisarlo. Ahora puedo ver su espalda inmensa. Se voltea y me mira. Bajo la cabeza con la certeza de que al levantarla el grupo lo habrá empujado y estará en otra parte. No puedo creerlo. ¿Me toma por otro? Debo asegurarme. La mayoría de las veces, cuando creo que alguien me saluda, resulta que no es a mí y termino por disimular la vergüenza haciendo un efusivo ademán a un ser inexistente. ¡Pero es a mí! ¿Qué hago? Me succiona a su lado, no me suelta los adentros, no tengo voluntad, empujo, doy codazos, algunos protestan, no cierro los ojos. Siento un aroma a miel. Señalándome, dice: —Eres el elegido. ¡Soy el elegido! El elegido para seguirle, para ser su sombra, parte de su aliento. ¿Qué puedo argumentar? Necesita seguidores y yo necesito una razón para vivir. Sin pensar en mi madre, en el compromiso, con el pensamiento fijo en sus ojos y los oídos anclados a esa voz de arcángel, le digo: —Acepto. Su rostro cambia. —Las zorras tienen cuevas, mas el hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Encojo los hombros y hago un gesto de confirmación que se mezcla con idea turbias y un pensamiento resonante: “Recuesta la cabeza en mí…”. He estado a su lado todo el día. Los ricos dudan que sea el libertador, los desposeídos necesitan que él sea su líder, y a mí poco me importa lo que sea. Ahora importa quién soy cuando estoy a su lado. He decidido vender mis pertenencias para contribuir a su causa. Pero no estoy conforme, quiero pisar sus huellas, ir a su sombra rogando por una simple brisa perfumada de sus olores, por un rocío de sus esencias. No sé cómo regresar a mi casa. No me canso de oírlo. Esta noche no podré dormir, o quizá, por primera vez dormiré entregado a los brazos del descanso. Debo pensar cómo decírselo a mi madre. Regreso cubierto de silencios, hinchado de esperanza. Mamá está absorta en las faenas del hogar, aprovecho para sacar algunas pertenencias. Las venderé todas, las cosas han perdido el valor. No he podido dormir. Voy al mercado temprano. Extiendo un pedazo de lino sobre el suelo para colocar los zarcillos y collares que por años he escondido con celo. Colección secreta que fui amasando de entre las bisuterías que abundan en los centros de intercambio. Todo está a la venta, aretes comprados para una mujer inexistente, collares vistosos que a solas me ponía en el cuello, sortijas que usaba para disfrazarme en la soledad de la noche. Los precios son cómodos, el dinero no importa, como tampoco importan esos pedazos de oro labrado, alhajas de brillo que alumbraban la aterradora oscuridad. Adiós a los mantos, a las telas finas, a los turbantes con que adornaba secretamente al hazmerreír que siempre he sido. Llego a mi casa tarde por temor al enfrentamiento. La veo sentada en la cocina, erguida como siempre, moviendo en círculos la piedra del molinillo del trigo. Así es mi vida, vueltas y vueltas en el mismo lugar, movimiento continuo que no lleva a ningún lado. No puedo paralizarme con más análisis, el momento ha llegado. Sería más fácil partir sin despedirme, pero la razón me gana. La llamo en un tono casi imperceptible: —Madre. —Las lentejas están listas y acabo de sacar el pan del horno. ¿Dónde has estado? —Por ahí… —le digo después de un prolongado silencio. Sigiloso voy a mi cuarto y saco el bolso preparado para la partida. Al acercarme a la puerta le digo: —Me voy. —¿Para dónde vas si acabas de llegar? —me dice mientras echa agua al guisado y aparta algunos carbones para atenuar el fuego. —He conocido a alguien. Respira aliviada al tiempo que su voz cobra fuerza. —Tráela a la casa, me ayudará con los quehaceres. Agrega más trigo al molinillo. Asombrado le replico: —Es un hombre. La mano le tiembla y el trigo se esparce en el suelo. —¿Un hombre? —No es solo un hombre, es el mesías prometido. —Tú eres el mesías prometido, me libraste de la soledad, me cruzaste por el Mar Rojo de la incertidumbre, iluminaste mi camino. Yo te profeticé y llegaste, no hay otro mesías. No podrás vivir solo. ¿Dónde dormirás? —Donde el sol se ponga. —¿Qué comerás? —Lo mismo que los pájaros. —¿Con qué te vestirás? —Vestiré como los lirios. —¿Quién te cuidará si te enfermas? —Él es el médico de médicos, a su lado estaré a salvo. Si lo conocieras lo amarías de inmediato. Aturdida, comienza a mover unas piedras que no producen ninguna harina, no quiere mirarme. No debo dilatarme más. —Adiós, madre… Cuando pienso que ya ha pasado lo peor, me dice con su acostumbrada ironía: —No tengo que verlo para amarlo, sin haberlo visto lo detesto. No me intimido, al fin es mi vida, mi única vida, la que tengo para morderme los labios, para amar. Traspaso el umbral con la sensación de que no volveré a verla. Siempre tengo estos pensamientos catastróficos, los heredé precisamente de ella. Avanzo para alejarme de la casa donde aniquilé mi infancia. Esta noche los búhos y los chacales salieron temprano de sus refugios. ¡Cuánto te necesito maestro! Me uno al grupo en las afueras de la ciudad. Pernocto por primera vez. Llevo un lecho ligero y varias pertenencias que no sucumbieron al instinto febril de venderlo todo por él. Somos doce y, a excepción de un detestable cobrador de impuestos, todos son toscos, burdos, sin la mínima noción de los modales básicos. Caminamos hasta llegar a un árbol. Me han pedido que consiga madera para hacer la fogata. Disimulo el miedo, pero me aterra la posibilidad de que alguna alimaña nocturna escondida entre la hojarasca salte sobre mí y me haga perder la compostura. Después de comer pan, ¡solo pan!, nos disponemos a dormir mientras se desvanece la euforia de una vida nueva, su olor y la aventura. Todo se pierde entre las sombras inquietas producidas por las llamas de una fogata que se burla de mí fingiendo que se apaga y me deja a oscuras en un campo que no reconozco. Estoy rodeado de hombres que parecen fantasmas y roncan mientras su saliva se escapa despavorida de la boca abierta, con hedores a comidas descompuestas. Desde aquí no lo veo. ¿Dónde te has ido? Te necesito a mi lado. Cubro mi cuerpo con la frazada y apenas pasa el aire. Si estuviera cerca, diría: —Hermano, ora para que no caigas en la tentación. Y yo me quedaría callado, pensando que en definitiva debería orar para no caer en la tentación de besarlo y acurrucarme en su pecho hasta quedarme dormido. Los espíritus han dejado los cuerpos y estoy solo, viendo búhos y arañas que se acercan para sacarme los ojos. Tiemblo, tengo hambre. ¡Cuánto daría por un plato de lentejas! *** Han pasado varios meses, hemos cambiado. En ocasiones despierto contento. Me siento útil. Mi idea de hacer un sermón en la cima de un monte ha sido aceptada con beneplácito. Poco a poco me hago notar, por primera vez soy alguien.Se me ha encargado la organización de esta prédica . La multitud se aglomera y se cuece un estremecedor vaho de miseria. Él atiende con asombrosa paciencia a la fila de enfermos que lo espera. Evito que lo distraigan. Los niños no entienden lo valioso que es su tiempo. Por más que los empujo no logro disuadir a estos mocosos. Los regaño y solo consigo que me hagan perder el balance y se cuelen entre mis piernas para llamarlo. Cuando más atareado estoy, escucho su voz ordenándome que permita a los niños acercársele. Me pongo la máscara de “Como usted diga, Señor” y, antes de que pueda dar la indicación, los endemoniados pequeños me empujan y corren como si los persiguiera alguna criatura horrible. No sé qué les encuentra, no hay seres en el mundo más crueles y egocéntricos. Detrás de su expresión de inocencia se esconden perversos engendros del mal, capaces de las atrocidades más increíbles. Por algo Dios permitió que se ahogaran durante el diluvio y se quemaran en Sodoma. Estoy perplejo, se enfrascan en una serie de juegos y canciones. Reconozco la tonada, es la misma que cantaban los niños de la vecindad cuando yo era chico. Son los mismos movimientos de los juegos en que no se me permitía participar a menos que necesitasen a alguien para ser el centro de las burlas. De poca estatura, enfermizo, tímido y asustadizo hasta el punto de saltar por cualquier sonido fuerte, nací con la cara de estúpido esculpida, una cara que de mirarla daba rabia. El maestro levanta a los niños y ellos responden con risotadas. Los ancianos reviven sus recuerdos felices. Ahora los mece y los toma de la mano. Él se deja agarrar la barba, halar el manto. En su lugar, les halaría las orejas hasta que chillaran como conejos. Desde aquí los rostros de los que esperan se ven serenos. Otra vez esa canción. Siento que me laten las sienes. Desentierro memorias a las que había decidido renunciar, recuerdos de acordes que en un principio me ponían eufórico porque presagiaban juegos pero que luego se convirtieron en fanfarria para el destierro y la soledad temprana. Era el primero en llegar y el último en ser elegido: torpe, lento, pero con un deseo de divertirme que hacía efímera la memoria golpeada por los constantes ataques de los más grandes, quienes nunca perdonaron el tono femenino de mi voz o la ridícula flexión de mi brazo cuando lanzaba la pelota. Quizá su rabia se debía a la forma irregular de mis piernas delgadas, unidas en las rodillas, obstáculo que saboteaba mi capacidad de correr. Ocasionalmente organizaban competencias de lanzar piedras para ver cómo tiraba yo, con inexperta y delicada mano, la que llegaba menos lejos, o para reírse del movimiento acompasado de mis escuálidos brazos al correr. En la meta me esperaban mientras imitaban burdamente lo que consideraban una afrenta a la hombría de la comunidad. Entonces, al sentirme centro del espectáculo, fingía que me faltaba el aire y corría a refugiarme en mi casa. Pero nunca escarmentaba. Al día siguiente era el primero en llegar al área de juegos. Sabía los nombres de todos, mientras que yo era conocido como “el perdedor”. A pesar de mis esfuerzos nunca dejé de ser un proscrito que no sabía cerrar los puños para pelear, el niño a quien la madre tenía que defender, el de la cara de súplica cuando se formaban los grupos de juegos, la última alternativa, el presagio certero de la derrota. Enmascaré el bochorno. Aprendí a sostener una mueca por sonrisa mientras me señalaban, aunque por dentro oraba para que todo pasara rápido y no sintiera tanto el dolor que causaban sus palabras. Entonces reía, como si me diera gracia ser el centro de las burlas. Reía tanto que se me salían las lágrimas, mientras daba manotazos en mis muslos e inventaba una buena historia que ilustraría a mamá cuánto me había divertido. Los niños siguen acercándose y no puedo evitarlo. Él les hace caso y los trata con dedicación. Soy acorralado por unos pequeñines danzantes, cedo y me convierto en niño. ¿Por qué no? Jugar, reír… El maestro observa, quiero agradarle y comienzo a bailar en el grupo. Hay un niño rezagado. Es mi reflejo. Así era yo, tímido, en espera de una migaja de atención, un poco de cariño que hubiera sido la diferencia entre una niñez normal y aprender a conformarme con lo que fuera. Envuelto en la euforia del momento, me acerco y lo saludo. —¿Cómo te llamas pequeño? Algo raro ocurre, el viento ha dejado de soplar. —Me llamo Judas. Lo miro con detenimiento y descubro con terror en su rostro mi cara de niño. —¿Por qué no juegas? —pregunto inmerso en la sorpresa de lo insólito. —Mamá no quiere que ensucie mis vestidos. Ella muele el trigo todo el día y me defiende de los abusadores. Emocionado lo acerco a mi pecho. —Yo también me llamo Judas. Algún día serás todo un hombre como yo. Paralizado, observa como se me frunce la piel en la base de la nariz y luzco como si tuviera un pico de buitre. El niño no reacciona, parece que no respira. De pronto abre la boca y grita al punto de paralizar a todos. —¡No! ¡No quiero terminar como tú, pareces un espanto! Los juegos se detienen. Coloco al niño en el suelo y se refugia en los brazos del maestro. Mejor hago una retirada y organizo a las viudas. Disimulo dando órdenes a mis compañeros. Me vuelvo y lo veo arrullando al malcriado. Oculto mi desprecio con indiferencia. Los abrazos echan a perder los niños, al menos eso decía papá. *** Lo volvió a hacer. Me ha pasado por alto. Invitó a Pedro, Santiago y Jacobo para que lo acompañaran al monte Hermón. No lo entiendo. Aunque puede ser que trate de disimular con un trato superficial los subterráneos sentimientos que también lo corroen. No debo permitirlo, los seguiré a una distancia prudente para no ser visto. Merezco tanto o más que ellos acompañarlo para orar. Tengo que ser cauteloso, debe tener razones de peso. Acaban de salir, llevan provisiones y pieles para abrigarse. Debo ser cauteloso. Solo hay un camino que nos puede llevar de Cesárea de Filipos hasta el Hermón. ¿Por qué van tan rápido? No se detienen a observar las colinas cubiertas de vides punteadas de morenas, albaricoqueros e higueras. Cada vez los pierdo más de vista. Ahora pasamos por unos trigales. No los diviso, quizá se metieron por el bosquecillo de robles. Por aquí no puede ser, hay un barranco cubierto por árboles enanos. La cuesta se vuelve más empinada. Empieza a hacer frío. Hay algo blanco en el suelo. ¡Es nieve! Es fría como las noches cuando estoy enfermo y pienso en cuán cercana está la muerte. Acelero a ver si los encuentro. No sé cuánto tiempo llevo en la fatigosa subida. Regresaré a la ciudad, vencido por la impotencia. Desde aquí la vista es impresionante: el mar de Galilea es bordeado por un abrigo de arenas doradas. La sombra del monte avanza en el valle como un fantasma. El sol desaparece furtivo, mientras el mar lo acurruca desolado. Estoy solo. La conciencia habla cuando el sol se apaga. No me acostumbro a este viento frío ni a las hojas secas que me cercan con remolinos danzantes. Tal vez no me quiera y sus elocuentes sonrisas son las mismas para todos. ¡No! Soy el elegido. Aunque todos lo somos. Quizá solo le interesa el dinero. No debo dudar, también me ama. Su mirada es delatora, como lo ha sido el atardecer para las estrellas del oriente. Bajaré, llegaré a Cesárea y dormiré, a veces el cansancio es tan benévolo con el sueño como lo es la felicidad. Todo se oscurece y me convierto en sombra dentro de un túnel, silueta de mis deseos siempre presentes, aunque no realizados. No temo perderme o caerme en un desfiladero. Así tendría la suerte de que él me encontrara muerto de frío, hundido en la nieve, hecho escarcha que se derretiría cuando me abrazara. Entonces lo miraría con ojos lánguidos y le preguntaría: ¿por qué me dejaste solo? *** Unos seguidores nos han invitado a un acto especial. Estoy pendiente de los detalles. Todo es muy emocionante, no siempre tenemos la oportunidad de comer en una mesa. El momento de la comida ha sido lo más difícil en el proceso de adaptación.Dependemos por completo de la bondad de sus fieles, quienes, según su particular situación, nos ofrecen lo mejor, y a menudo lo único que tienen. Hoy no será igual. Las cocineras se han esmerado en confeccionar los mejores halagos culinarios para el maestro. Los festejos serán un oasis en la rutina de la vida discipular. La comida ha transcurrido sin eventualidades. El maestro comenta sus ideas y los seguidores reciben alimento para sus almas. Abandona la mesa y se recuesta desenfadado en el suelo. Se reclina apoyándose sobre el brazo izquierdo mientras dobla con descuido una velluda pierna. Juguetea con las uvas. Primero se las coloca en los labios, las aprieta con suavidad para no partirlas, y luego las absorbe manteniéndolas en la boca como quien saborea una golosina. Escucho murmullos. Ha venido la adúltera que el maestro rescató de las mismas puertas de la muerte. Después del escándalo que protagonizó, yo me habría marchado de toda la región. A veces es preferible la muerte al descrédito. Luce hermosa. En nada se parece a la mujer semidesnuda que tiraron a los pies del maestro. Venía frenética, su rabia había logrado desbalancear a los cuatro o cinco hombres que la sujetaban. De pronto se encontró con los ojos apaciguadores de mi señor y se tranquilizó. La turba enardecida gritaba improperios. La mujer, paralizada, no emitía palabra. Un escriba le preguntó con suspicacia: —Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, según la ley de Moisés debe ser apedreada hasta morir. ¿Qué sugieres tú? Lo habían puesto en aprietos, pero él no se inmutó. Con una vara se puso a escribir en el polvo. Molestos le volvieron a preguntar y él contestó: —El que esté libre de pecado que tire la primera piedra —entonces levantó la mirada para fijarse en una impertinente mosca y de inmediato regresó a su extraña escritura. Los ancianos se sintieron ofendidos por su indiferencia y se acercaron amenazantes, pero al observar los dibujos, la expresión de agravio se transformó en sobresalto y huyeron sin que se escuchara otra cosa que el sonido de las piedras al caer. Nos quedamos solos, quería ver lo que escribía. Al principio parecía un mapa, un garabato, letras confusas que se ordenaban y se movían ante mis incrédulos ojos. Distinguí las frases. ¡Eran mis pensamientos escondidos, los más pecaminosos, los que pensé que nadie conocía! Me alejé. Traté de pasar inadvertido, no respiré, y con delicadeza coloqué en el suelo la piedra filosa que escondía en mis ropajes. Aquí hay muchos de los que estuvieron aquella tarde. La mujer levanta con cada paso el polvo impertinente de comentarios y burlas. Vigilo la trayectoria de la descarada. Se acomoda cerca de los pies del maestro. ¿Qué puede hacer una mujer en una reunión de hombres? Saca un frasco pequeño de aceite perfumado y como si estuviera a solas con él, vierte el contenido sobre los pies de mi señor. El aroma llama la atención de los pocos que no se habían percatado de su presencia. Le pasa la mano, llora y, para colmo, le seca los pies con su cabello largo. No puedo moverme. Algunos discípulos se acercan escandalizados y curiosos. Tomás comenta: —¡Ver para creer! ¿Por qué lo permite? Cúbrete maestro, que con el tacto de esos dedos suaves se activa el hijo del hombre. No puedo soportarlo y le digo al oído: —Maestro, no es lícito que esta mujer irrumpa en esta reunión y de buenas a primeras se quite el velo y suelte su cabello como una ramera —aprovecho la oportunidad para acomodarle el haluk y cubrir la evidencia de lo mucho que disfruta. Entonces improviso un tonto argumento para llamar su atención: —No está bien que se desperdicie este costoso perfume, con lo que cuesta se puede alimentar a varias familias —me ignora, sin embargo le ofrece una sonrisa compasiva a la pecadora, quien de inmediato le coquetea. Me voy a una esquina anónima, rumiando por no tener una piedra en la mano, mientras cierro el puño por la mala suerte de no ser ella. Lo mejor será apartarme de este lugar. No quiero oír los comentarios que se harán en la sobremesa. Siento que me corre en las venas el sol del mediodía, secándome el pecho, pudriéndome la tranquilidad. No sabes cuánto te detesto María Magdalena, porque para ti todo ha sido fácil. Naciste bella, encantadora, y lo peor es que siempre lo supiste. Cada uno de tus movimientos tiene gracia, cadencia, música. Dominas la espada del soldado más rudo con un suave pestañear, con un delicado movimiento de lengua que le da brillo a tus labios siempre rojos. Inclinas la cabeza en señal de sumisión y lo miras como si fueras un perrillo huérfano, aunque en realidad lo observas como tu presa. En ese instante, tejes la red que lo hace sentir conquistador, dueño y señor, que lo hace verte como botín de guerra, de esa guerra que tanto conocen las mujeres. Una batalla de la que siempre sales victoriosa, pero claro, jamás lo demuestras. ¡Qué dominio ejerces sobre los demás! Eres tú quien decide cuánto dura el amor. Cuando él está dentro de ti y te cansas de haberlo usado, gimes, te mueves con fuerza aparentando que estás casi desmayada. Sabes bien que eso agita sus deseos y acelera su derrame en tus entrañas, satisfecho, contento, sin saber que bailó al compás que tú quisiste. ¡Cuánto te odio! Odio esa cabellera que usas con destreza, moviéndola hacia el lado para descubrir tu delgado cuello blanco. Qué pena que aquellos que usaste no dejaron marcas en tu cuerpo, no te dejaron deforme, hecha un asco. Tú no entiendes lo que es levantarse todos los días odiando el cuerpo en que naciste. Jamás comprenderás la sensación de pasar inadvertido, la eterna espera de que alguien te tome en cuenta. No puedes saber lo que significa tener ilusiones, para ti es más fácil provocarlas. ¡Perra! Si me hubieses visto el día que murieron mis ilusiones, la madrugada que coronó una noche de insomnio. El día anterior había escuchado de unos milagros acaecidos en las aguas del Jordán, donde un grupo de leprosos había encontrado sanidad. Pensé, ¿por qué no? si las aguas limpian la terrible lepra, también podrán curar esta falta de brillo en la piel, esta constante tendencia a ser antipático a los demás. Me levanté a escondidas y llegué hasta la orilla. Al quitarme la ropa sentí que los animales nocturnos se burlaban de mí. Pero tenía esperanzas. Arrodillado, le pedí ayuda al Dios a quien tanto he servido, un poco de gracia que me hiciera normal. El agua estaba fría, la luna se escurría entre unas nubes mientras yo seguía orando: “Que las aguas me curen, que se acabe el desprecio, la saña…”. El sol se tardaba. Presentí el milagro, clamé el nombre celestial continuamente. Salí del río para sentir los primeros rayos de sol sobre la espalda. Entonces se rasgó el velo de la esperanza y descubrió una piel divorciada de sus carnes, arrugada como el tronco de un eucalipto, una piel manchada de bochorno, de asco. No había nada sobrenatural en el Jordán, solo resignación y un repentino pudor que me hizo correr hacia los arbustos, donde me esperaba un coraje permanente. ¿Por qué tengo que sentir compasión por ti? ¿Acaso la sentiste cuando robabas el calor del lecho a alguna esposa preocupada? ¿Pensaste en los niños que se acostaron a la espera de un padre que se revolcaba contigo? ¿Por qué pena, si tuviste entre las piernas a los más guapos mancebos? Pobre de ellos que no sabían que adivinabas sus recuerdos para luego aparecérteles en sus sueños, para acorralarlos cuando llegaban a sus hogares y repasaban con sus mujeres las suciedades que hacían contigo. Claro, tú resultabas ganadora, puesto que ofreces una lista de placeres ampliamente prohibidos. Tú siempre les tatuabas tus olores en todas las esquinas para que las esposas supieran que compartían al hombre que creían exclusivo..También dejabas el sabor de tus adentros para que se les torciera la lengua, y los obligara a llamarla Magdalena justo cuando las abrazaban. ¡Qué inmunda eres, sucia, no sabes cuánto te envidio! *** Uno de sus mejores amigos ha muerto. La noticia lo ha descompensado. Quisiera abrazarlo, ofrecerle consuelo, pero como siempre me inhibe el miedo y me amarra las manos el qué dirán. Nos dirigimos a Betania por un camino donde las pisadas son mudas. Nadie se atreve a levantar la cabeza. Es un luto lento, viscoso, impenetrable. Al acercarnos a la casa, una de las hermanas del muerto se abalanza sobre el maestro y con una mezcla de reproche y llanto le dice: —Se fue mientras dormía. —¡Duerme, pero va a despertar! —contesta entusiasmado. —Resucitará en el día del juicio —replica mientras mira al suelo con esa insípida expresión que dejan las palabras de pésame. Está conmovido. Pide llegar hasta la tumba. Nos acercamos al sepulcro seguidos por una multitud de curiosos. Ha mandado a quitar la piedra de la entrada. ¿Qué haces, maestro, no ves que seremos impuros hasta el atardecer? La gente cuchichea y se tapa el rostro para evadir el olor a falta de vida que embrea las casas de los muertos. Ese olor que parece a todos tan insultante es para mí natural, es el mismo aroma que perfuma mis sueños desde que tengo conciencia, olor a no existir, característico de aquellos a quienes se nos han escapado, sin darnos cuenta, las ganas de vivir. Las penumbras comienzan a violar la arrogante luz de la tarde, así como su voz se adueña de mí cuando dice: —¡Lázaro, ven fuera…! Me parece ver sus palabras flotando en la oscuridad. —Ven fuera… —la frase se adorna con su aliento lavanda. Todos miran la tumba, pero yo lo miro a él. —Fuera… Escucho que algo se arrastra sobre los guijarros, al tiempo que me acerco al maestro. —Fuera… Fuera mis resabios, mi timidez y mis desvelos. La multitud clama, algunos caen de rodillas, como yo desde el instante en que miré a sus ojos. —Fuera… Ha salido un espanto. Algunos gritan porque solo pueden ver a los muertos cuando están en la tumba. —¡Ven! —aquí estoy, con la última de mis piedras hecha añicos. —Vengo. Te escucho —el que ya no es muerto cae a los pies de mi señor y se enreda en la cintura de quien lo rescató del Seol. Los ungüentos que lo cubrieron se han mezclado con los fluidos del alma que regresa al cuerpo. Sé lo que sientes amigo, nadie como yo puede saberlo. Ahora tenemos algo en común, el recuerdo de una voz que nos sacó de una cueva negra a la que estábamos condenados para siempre. *** En últimas semanas, una huérfana inquietud me desvela, y parece que a él le pasa lo mismo. El calor de la tarde evapora la humedad que se esconde bajo la piel. Ha querido regresar al río donde hace tres años fue bautizado. Llegamos a un recodo bordeado de piedras lisas y de inmediato los discípulos se despojan de las vestimentas y se meten al agua. Necesita estar solo, pero el impertinente de Juan lo persigue. Ese niño es tan inservible y perezoso. No tiene la menor idea de lo que es tener consideraciones. Se pasea como si fuera la sombra de mi amado mientras le sugiere ideas tontas que le pasan por esa cabeza medio hueca, que descansa sobre un cuerpo de carnes nuevas y firmes. A mí no me gustan esos exhibicionismos. Prefiero bañarme escondido, que sea el río el que descubra las cicatrices que dejan sobre la piel una vida sin caricias… Vemos los frutos del esfuerzo realizado en los pasados años. Jerusalén se alborota. Mi señor quien conmueve la ciudad, prueba de lo mucho que ha calado entre el pueblo. La gente quiere recibirlo como a un gran dignatario. Muchas palmeras han quedado desnudas, las ramas ondean en las calles y dan la sensación de una marejada verde. La euforia es contagiosa. La entrada es espectacular. Se ha montado en un pollino tierno y avanza hacia el centro de la ciudad. Lo aclaman, lo tocan, lo llaman Mesías. En este mar de esperanzas se revuelven empujones y apretones que a nadie parecen importar. De pronto unos desconocidos me toman del brazo. Me conducen a una calle angosta. Alguien se encuentra al fondo. Al voltearse, reconozco a Caifás. —Hacía tiempo que no te veía. —En efecto, desde que lo sigo. Me rodea los hombros con el brazo y me dice en tono solemne. —Se fragua una conspiración en contra de tu maestro. No logro articular palabra. Él continúa en tono paternal. —Un grupo de escribas y fariseos, cansados de los atropellos verbales del Nazareno, han decido darle muerte. Nunca había pensado en la posibilidad de perderlo. —¿De qué hablas? —Han infiltrado entre sus seguidores a un espía que sabe dónde pasará la noche. Van a sorprenderlo mientras duerme para matarlo sin contemplaciones. Me sudan las manos, no distingo colores, mi garganta está seca. Después de aclarar la voz le digo: —Tenemos que evitarlo. —Puedes contar conmigo y con mis hombres. A propósito, ¿sabes dónde pasará la noche? —No, usualmente esto se decide a último momento para evitar que le interrumpan el sueño los que desean verlo. —Opino que el mejor lugar para el maestro es en la cárcel. —No entiendo… —Podemos montar una farsa mediante la cual nuestros guardias lo apresen y lo encarcelen por unos días hasta que se calmen los ánimos. Tu amigo ha hablado de más. Después de la encarcelación debes convencerlo de que se aleje lo más posible.. —Cuenta conmigo. ¿Qué debo hacer? —Por el momento averigua dónde pernoctará, así llegaremos antes que los asesinos y lo rescataremos. Acordamos encontrarnos en esa callejuela una vez tuviera la información. Antes de irse me advierte: —Escucha, Iscariote, no comentes con los demás discípulos nada de lo que hablamos. Recuerda que eres el único del grupo con sentido común, si se enteran los demás podrían echar a perder nuestros planes —hace una pausa para sacar una pequeña bolsa violeta, la cual pone en mi mano—. Aquí tienes treinta monedas de plata para que comiences los arreglos de la huída. Me despido con la gran encomienda sobre mis hombros. Regreso a la calle principal y de inmediato su rostro bronceado me infunde aliento, por él daría mi vida. Llegamos a la casa donde celebraremos la cena pascual. El maestro ha acomodado a todos y me ha dejado en una esquina insignificante, mientras al joven, tonto y guapo de Juan lo sienta a su diestra y lo llama “discípulo amado”. No debo dejarme distraer por la cólera, no puedo olvidar que su vida depende de mí. Observo a mis compañeros, no tengo la menor idea de quién podrá ser el traidor. Marcos se levanta, lo sigo. Le pregunto en dónde pasaremos la noche. Mi señor se entretiene en palabras y pensamientos extraños, mientras aguardo la hora de encontrarme con el sacerdote. Caifás me espera con más de veinte soldados. —¿Dónde pasará la noche? —En un huerto cerca de Cedrón. —¡Vamos a buscar al mesías prometido! —dice un soldado en tono burlón. Caifás se adelanta y creo prudente recordar a los soldados que tengan cuidado de no hacerle daño. Se ríen. —Haremos lo que haya que hacer. —Pero Caifás dijo que… —El sumo sacerdote es el más interesado en sacarlo del medio. Entonces caigo en cuenta. Me enfrasco en una lucha por detenerlos. Me empujan y dejan tirado en el suelo. Lo he puesto en peligro. Debo correr como nunca supe hacerlo. Clamo por un milagro, que mis piernas aceleren, que me salgan alas en los tobillos, que mi pecho se ensanche y aspire todo el aire que necesito. Me falta el aliento, me duele el costado y el sudor me quema los ojos. ¡Vamos, piernas flacas, no sean sordas, sirvan para algo más que sostener este cuerpo inútil! Un poco más y seré un héroe. Le salvaré la vida. Me deshago de la molesta bolsa de monedas para poder avanzar. Escucho el sonido del torrente. Tengo calambres. ¡Maestro, escucha mis pensamientos! Ve y escóndete entre los olivos que abrigan la montaña. Huye a la otra vertiente donde está el desierto de Jericó, así tendremos tiempo de cruzar el lago Tiberíades e ir a pedir asilo al rey de Edesa. Desfallezco, no puedo detenerme. El camino se desenrosca como una serpiente. El miedo me impulsa. Acorto camino por una pendiente. Resbalo en las piedras, caigo de bruces. Todo ha acabado, pero diviso a lo lejos el aletear de luces en la oscuridad. Respiro. Reacciona Nazareno, ¿no entiendes que en ello te va la vida? Pienso en él y emprendo la marcha con nuevos ánimos. Veo las tres fogatas distintivas del lugar donde acampan. Hay saetas, sombras que al desvestirse develan un contingente de soldados con las fauces abiertas. Caifás viene custodiado. Atino a llegar un poco antes que la guardia. Doy un par de zancadas para acercarme y protegerlo, me abalanzo y me le enredo como madreselva que besa su mejilla. —¿Qué haces amigo? Me dice amigo, como nunca antes me habían dicho. Escucho los gritos de los soldados. —Atrapen al que el traidor ha besado. Busco su mirada. —No soy traidor, tienes que creerme, fue una trampa, perdóname… Sin soltarlo me arrodillo para repetirlo setenta veces siete: —¡No te traicioné…! Los soldados se burlan, lo agarran con fuerza. —¡Suéltenlo, no se atrevan a dañarlo! Se ríen, las carcajadas se agolpan en mis oídos y me ensordecen. Lo cercan. Él se queda manso. Lo empujan de un lado a otro, le rompen la túnica. ¡No lo miren que es mío! Si al menos pudiera pelear y defenderlo. Pero apenas sé correr, esconderme y en el peor de los casos gritar. Cierro el puño y lo lanzo contra un soldado que se ríe de mi esfuerzo mientras me tuerce el brazo y vocifera: —Este fue quien te vendió. Todo se ha vuelto negro. Estoy vestido con una túnica de ojos. Trato de soltarme, me contorsiono, pero el soldado me domina con su mano. Me quedo quieto. Soy parte de un espectáculo, el villano, y él, la víctima. Un acto donde rindo la mejor de mis actuaciones para él, para mis compañeros, para Caifás y sus guardias: el mejor de mis ridículos. Pedro hace acopio de su antigua fiereza y le quita la espada a un soldado. Con torpeza intenta atravesarlo, pero solo consigue cortarle la oreja. El maestro interviene, recoge la oreja y, después de sacarle con cuidado la tierra, la implanta en su dueño sin dejar rastro de cicatriz. Los soldados se apertrechan. Doy saltos desesperados y grito: —¡Milagro, milagro! —continúa la burla, están ciegos de odio, las leyes les han vendado los ojos—. ¿No vieron lo ocurrido? Tanto que rogamos por milagros y cuando vemos uno lo ignoramos. Se lo llevan, debo hacer algo. Desempolvo fuerzas insospechadas, corro entre las columnas humanas hasta que lo encuentro, apoyo la cabeza en su pecho y balbuceo: —Perdóname. Me interrumpe para decirme al oído: —Te amo. Me ama y lo pierdo. Me ama y acabo de entregarlo en un sublime acto de estupidez. —¡Oíste Juan, yo también soy un discípulo amado! —siento un golpe en este abrazo que nos ha convertido en un solo cuerpo. Parece que llueve, ¡es el rocío de su sangre! Me parten por la mitad, estoy agarrado de sus ropas. Me he quedado con su cinturón. Escucho gritos. Siento un terrible dolor en la cabeza. Sus palabras se enrollan en mi mente al tiempo que pierdo el sentido. Los ecos se han disipado. Estoy solo en un huerto cerca de Cedrón. Lamo las gotas de sangre de mis manos. De pie, acato el vaivén del viento igual que un junco seco. Palpo el cinturón en mi mano derecha, e instintivamente lo cuelgo alrededor del cuello. De ninguna manera puede este ser el final, debo aferrarme a sus enseñanzas. Tengo que orar, comunicarme con el cielo, pero me brota tanta sangre de la cabeza. ¿Qué le estarán haciendo? ¿Latigazos, escarnio? Quizá lo tienen desnudo y algún soldado pensará en saciar sus instintos en el cordero. No puedo hacer nada. Estará sudando y los músculos le brillarán de humedad. No quiero esta soledad. ¿Dónde se han ido, cobardes, por qué no lo ayudaron? Hasta los hijos del trueno huyeron como ratas. Discípulos de estiércol. Sigo sangrando, son los fluidos del miedo. Pero ya no tengo miedo, solo rabia, una irresistible rabia. ¿Qué me queda de estos años? Recuerdos, pero yo no sé vivir de recuerdos, vivir de recuerdos es mirar atrás, y cuando miro atrás lloro y las lágrimas secas dejan un camino de sal que me convierte en piedra inerte, en estatua fría. Si estuviera aquí, diría: “Hermano, ora”. Sí, para librarme del lazo del cazador, de la peste destructora, pero hay tantos diablos rodeándome, burlándose. ¡Basta, quiero paz! —Padre nuestro que… ¡suéltame, Belcebú!, no puedo mirar al cielo y cuando logro recuperar la visión veo una horrible luna roja, orar, orar. —Padre nuestro que… ¡no!, siento mil latigazos sobre mi espalda, me sangra la conciencia. —Padre nuestro, el aire huele a muerte, ¡déjame, Luzbel!, cállate, no te rías, íncubo. Quiero hablar, escúchenme todos los demonios, oigan a un estúpido que va a orar para que se marchen, atentos, los voy a desaparecer con la oración que aprendí de sus labios: —Padre nuestro… padre nuestro, no estás en los cielos, si no, intercederías en este momento. ¿Para qué quiero un padre en los cielos si no tengo a su hijo en la tierra? Padre nuestro, me quedo sin sangre y maldigo tu bendito nombre, no quiero tu reino, ¿para qué, si me has tirado en el fuego eterno? No quiero hacer tu voluntad, porque tu voluntad ha sido lo único que he hecho en esta vida, y yo llamaba vida a cumplir tus preceptos, por primera vez, por única vez, quiero hacer mi soberana voluntad. Padre nuestro, no estás en los cielos, porque juegas conmigo aquí en la tierra que has convertido en mi infierno, no quiero pan, ¿para qué alimentar este cuerpo? Padre, lo serás en el cielo, porque la tierra está huérfana y la miseria es su madre. Y no me importa, te blasfemo. Mira padre, me aplauden los demonios. ¡Mátame, destrúyeme como lo hiciste con Ananías y Zafira! Expúlsame de tu Edén y dormiré tranquilo en mi Seol, porque al menos en el allí no se tienen esperanzas. Dancen demonios, bailen conmigo, corten los hilos que me unen al cielo. Si puedes, perdona mis deudas, aunque te advierto: nunca podré perdonarte. Ya caí en la tentación y estoy liberado. Mira, me desnudo para regresar al valle de los muertos, lugar que fue mi casa hasta que una mirada de hombre me rescató por un instante a la vida. Contesta, santo padre, ¿de qué inmunda concubina somos hijos los que no tenemos suerte en la vida? ¿Por qué eres tan injusto al entregar talentos? Yo quería ser lucero resplandeciente, y tuve que resignarme a ser una gota de agua sucia que reflejó el brillo de las estrellas de una noche lluviosa. He descubierto el misterio de la divinidad, escúchalo: si estoy hecho a tu imagen y semejanza, entonces tú eres un monstruo, ¡cuánto me repugna pensar en tu aspecto! Tantos años pensé que me eras necesario, pero en realidad eres tú quien sin la fe de los hombres te conviertes en aserrín disperso. Desde ahora me haré pasar por transeúnte resucitado, pero es falso, yo nací muerto, soy un aborto olvidado, un inmundo, una equivocación, una vergüenza, árbol seco que nació convertido en hojarasca. Poséeme, Satanás, hazme tuyo a ver si me olvido del maestro. Mira, te entrego el alma, mentira, yo no tengo alma, la perdí en una joroba donde no hay espacio para una culpa más. ¿Cómo despertaré sin verlo? Desde ahora viviré con mis hermanos los demonios, por milenios acusados injustamente, porque no son ellos los que tientan, eres tú divino padre, que me diste alas grandes para volar y dejaste que subiera alto hasta que el sol las quemó. Ahórrate el trabajo de librarme del mal, pues tendré cuidado con tus absurdos reglamentos. Oye, Jehová, no volveré a susurrarte, desde ahora te grito. Eres un dios solícito para el castigo y sordo ante las peticiones. Pero, sabes, aquí tengo el cinto de tu hijo, esto huele como él, palpita como él, mira como me excito con el simple olor de tu hijo. Ahora me posee, me acaricia el cuello, me asfixia, soy suyo, caigo en la tentación porque mío es el reino, el poder y la gloria, en este mi último instante, fuerte… más fuerte… ¡Amén!

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1 comentario

Archivado bajo Sobre autores puertorriqueños

Una respuesta a “Disfruta el texto completo de Emilio del Carril “En un huerto cerca de Cedrón”.

  1. Reblogueó esto en Habitando letrasy comentado:
    Un hermoso trabajo de mis amigos escritores.

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