El milagro (cuento de Rubis Camacho / Cuentos Traidores /2010, Mariana Editores)

El milagro 4

Ella sintió crecer adentro de ella,

 no la razón, sino una rosa dura.

                                   Pablo Neruda

 

 

El rabí asoma por el camino. No es rubio, candoroso, ni bello. Su pelo no irradia fulgores, y a veces no se sabe si lo que cubre su cabeza es el cabello ralo de puntas resecas, o la manta raída con que se cubre un dromedario.

Lo traicionan gestos disparatados en las manos nerviosas y lo asustan los aullidos de la noche. Sólo se siente cómodo entre los niños. Con ellos ríe a carcajadas, retoza en la hierba y hasta hace trampa en los juegos. Los chiquillos lo persiguen para vengarse, pero espanta la jauría con piedrecillas inofensivas.

Le agotan los dichos de los viejos. Se sienta cauteloso y parco entre ellos. Prefiere el mar. En sus orillas es un místico absorto en lo invisible. De los labios le chorrean visiones maravillosas que esconde a los sacerdotes y revela a las mujeres. Visiones tan altas que sólo puede ilustrar con un grano de mostaza, una red, una semilla, un candil, una perla, una oveja o una puerta.

La hija de Cleofás sabe que viene. Ha visto a sus discípulos comprar pan y vino en la aldea. Cargan tinajas de agua y una luz tambaleante en la mirada. Han intentado sanar al endemoniado que se echa a veces en el fuego y otras veces en el agua, pero el muchacho lunático se ha reído de ellos. Ha zarandeado a los pusilánimes. Los ha puesto en vergüenza delante de todo el pueblo. Los discípulos, sudados y golpeados,  prometen que el rabí lo sanará sin demora, y ocultan las caras avergonzadas tras las tinajas de agua. Esto no decepciona a la hija de Cleofás. Escuchó que levantó de la muerte a la hija de Jairo, y que en lugar de medicina ordenó que le diesen de comer. Sabe también que puede curar los flujos de sangre. Se lo contó la misma mujer que fue sanada. Le confió que hacía doce años que no podía acariciar a su marido ni a sus hijos, pero bastó tocar la punta del manto del maestro para que su cuerpo quedara limpio. Por eso la hija de Cleofás toca de puerta en puerta. Hay en su voz un júbilo  de campana.

-¡Jesús viene, el milagrero ya viene!

Hace meses el rabí estuvo en el río Jordán. Buscaba a su primo Juan para contarle su pena. Lo distinguió a lo lejos por su cinto de cuero y su envoltura de pelo de camello. Apenas pudieron trabar unas palabras. De Judea, de Jerusalén y de los alrededores del Jordán arreciaron las multitudes con hervor de culebras. Vinieron a Juan para que los bautizara. El rabí sintió miedo por Juan, miedo de la gente, miedo por él y su destino, miedo de perder los silencios. Juan lo supo sin que él lo dijera, tal vez por los palitos de madera amarrados en cruz que llevó colgando del cuello. Seguramente también le vio la mirada perdida y el pecho atolondrado.

Dejó a Juan sumergido en el agua hasta la cintura, listo para bautizar a la generación de víboras, y buscó el sequedal desértico. Cuarenta días y cuarenta noches ayunó en ese mundo inhóspito, sin sombra para guarecer la cabeza, sin lecho para dormitar y descansar el cuerpo. Los primeros días habló con franqueza a Yahvé. Le dijo, humildemente y entre lágrimas,  que no entendía muy bien su voluntad, que tenía un espanto que se le trepaba por el costado. Le rogó que pusiera los ojos sobre él, que su alma anhelaba ver las delicias en Sión.

A los quince días, revolcado en las arenas, con las vísceras anudadas, lastimados los codos, los labios purulentos y la cabeza opaca por el polvo, maldijo al “Yo Soy” de sus antepasados. Le exigió que descorriera el velo, que se atreviera a ser Dios, que no se escondiera tras rollos antiguos de palabras, que lo quería tener de frente, como se siente el viento del desierto, quemante y absoluto.

-¡Muéstrate en el granizo, en las ráfagas de una tormenta, en la lluvia temprana o la tardía, en un rayo asesino, sube de la tierra como un remolino de fuego, pero, muéstrate, muéstrate, Yahvé, muéstrate! – Gritó.

A los cuarenta días su cuerpo parecía un junco seco. Los pies no obedecían al mandato de su voluntad. Se movía sobre la arena como un gusano moribundo que se enrolla y se distiende sin razón. Las oraciones eran puros balbuceos inconexos, y la cordura, un país casi olvidado. Entonces,  el hedor de una presencia maligna surgida del averno llegó para tentarlo. Era un ser incorpóreo. Había en su voz  una legión de  ladridos.  Se anunció levantando las arenas como una ola endemoniada. Se acercó demasiado al rabí, con descaro. Dijo conocerlo de toda la vida. En una visión fantástica mostró al rabí la gloria de los reinos de este mundo. Envuelto en sus harapos, el Maestro penitente miraba el oropel, las cúpulas resplandecientes de los reinos, los manjares humeantes y suculentos, los cuerpos semidesnudos de las esclavas que danzaban, los carros de caballos briosos, los jardines con manantiales serenos donde aves exóticas se paseaban exhibiendo plumas multicolores, la música de mil arpas, las telas refulgentes de Damasco…

-Todo esto te daré, si postrado me adorares. -Ofreció el maligno.

Entonces al rabí le fue revelado el  camino: desenmascarar todo poder.

La gente responde al anuncio de la hija de Cleofás con miradas compasivas. Algunos le soban la espalda jorobada. Es la niña del  bulto pesado, ilusionada, doblada casi hasta el polvo. Pobre hija de Cleofás que no puede mirar la luna.

 

 

El rabí  se acerca a la aldea. La sombra de su cuerpo recortado contra el cielo grisáceo se tiende larga entre el amontonamiento de peñas. Viene de Galilea, pero antes estuvo en Jerusalén. Allí discutió con Caifás, el esbirro de los romanos, el hipócrita y rígido que todavía pregunta si se debe dar tributo al César.

La tragedia de la niña comenzó pocos días después de nacer. Dormía apacible en su aposento. La cubrían telas pobres, pero limpias. Alguien amarró a su espalda una gran piedra. Cuando Cleofás y su mujer lo descubrieron, se alarmaron, gritaron, pidieron clemencia, se cubrieron de cilicio. Presentaron ayuno de nueve días. Se vistieron de saco y se untaron cenizas. Los aldeanos también se asustaron y acudieron a orar al templo en Jerusalén. El Sumo Sacerdote ofreció machos cabríos en holocausto, palomillos, becerros perfectos, pero Dios no hizo desaparecer la piedra. Cleofás recordó el dicho profético “Los padres se comieron las uvas y los hijos tienen la dentera.” Entonces guardó silencio, tristeza y remordimiento por todos sus pecados.

La niña comenzó a crecer junto a la  hermana impenetrable y fría. Los primeros días era un ovillo rosado  junto a la masa pétrea. Luego, un cuerpecito largo que disfrutaba la sombra. A los pocos meses, se arrastraba  alrededor de la roca. Al año, la montaba a caballo y se le orinaba encima. Con el paso del tiempo se la echó a la espalda y caminó doblada tras el rastro de las hormigas. El hueso de la espalda quedó cóncavo, y en la redondez del hueso se marcaba la forma perfecta de la piedra como un  estuche que guarda una joya.

El rabí viene sediento, aunque también pasó por Samaria y se detuvo en el pozo de Sicar,  el manantial que dio Jacob como heredad a su hijo José. Una mujer en el pozo, de seguro samaritana,  se miraba en las aguas. No se sustrajo el rabí a la bendición de una mujer que se mira y se acaricia satisfecha. La observó de los pies a la cabeza, el cuenco seductor de los senos, la línea redonda de la cadera,  el dátil del rizo moreno. La imaginó hinchada de hijos, los pezones babeando leche, soñó sus lomos engendrando fatigosos sobre ella. La quiso para sí en la alta madrugada y deseó sus besos limpios en la espalda.

“Las zorras tienen cuevas, y las aves  nidos donde recostar la cabeza, mas el Hijo del Hombre no tiene un lugar donde recostar la cabeza”.

No  pudo evitar el pensamiento. Siguió en el camino y volvió a instalarse en la pena.

Cleofás admira la  valentía de su hija, pero le parte el alma verla transitar por las callejuelas como una bestia en cuatro patas. Gime a Yahvé día y noche, y le recuerda las promesas de fidelidad hechas a Abraham, a Isaac y a Jacob. La joven carga con la piedra como una maldición. Los grandes lagartos se posan sobre la piedra. Tienen la sangre fría.  De tan quietos parecen pequeñas estatuas verdes con las bocas abiertas. Algunos roedores parduscos anidan en el hueco de la espalda, en ese espacio mínimo entre el hueso y la piedra. De noche rondan por su cara triste, y en más de una ocasión han  parido sus crías sobre los ojos de la hija de Cleofás. Mientras tanto, ella duerme y descansa la cabeza sobre la almohada dura. En la madrugada sale a los campos a que el sol entibie la piedra, y a su vez, la piedra le caliente la espalda. Por el sendero se deleita en lo que mejor conoce, en sus pies curtidos, anchos y ásperos, en los talones cuarteados y en las diez uñas moradas como uvas. Luego, se arrima al manantial para lavar el musgo de la piedra que ya  le entra  por las orejas y crea un bosquecillo oloroso y húmedo en sus adentros. En ocasiones una torre deforme aparece en su espalda: sobre la piedra un nido, dentro del nido un pájaro, en el pico del pájaro una rama, y en la cúspide de la rama una flor a punto de desprenderse. Los chiquillos de la aldea se burlan, las mujeres lamentan que su matriz nunca concebirá varón, los hombres aseguran que es tuerta, y los sacerdotes en el templo acucian a Cleofás para que busque el pecado en su pasado. La madre, de vergüenza,  ni siquiera ha vuelto al atrio de las mujeres en el templo. La hija de Cleofás sufre, odia, cuestiona, se rebela, y termina sus días en un suspiro que revienta contra la piedra dura.

La multitud anuncia la llegada del maestro. Todos celebran sus milagros. Comentan cómo el  paralítico del estanque de Betesda regresó erecto a la aldea con su lecho en el hombro. Dicen que no fue necesario esperar a que un ángel removiera las aguas del estanque para ser sanado. Un publicano vende migajas de pan y asegura que son residuos del pan que el maestro multiplicó hace semanas para la multitud. Dicen que el rabí habla como si tuviese autoridad, que los demonios tiemblan ante su presencia, que llamó “hijo de zorra” a Herodes, y que cura en sábado.

La hija de Cleofás se impacienta. Ya está junto al camino con su cuerpo de árbol derrumbado. La multitud casi impide el paso al maestro. Los discípulos empujan a diestra y siniestra para abrirle camino. El pecho del rabí  busca aire entre el tumulto. Cientos de manos lo halan,  aturden y aprietan. Todos gritan. Bartimeo, el ciego hijo de Timeo, lanza la capa vieja que lo protege y se arroja al camino. Grita con delirio:

-¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!

Un grupo de leprosos infesta la masa humana con sus carnes colgantes y podridas. Los vendajes  les dan apariencia de momias. Un hombre con una mano seca avanza y reniega de la multitud que le impide acercarse al milagrero.

¿Cómo podrá el rabí ver a la hija de Cleofás?

La muchacha de la piedra se pone frente a la multitud. El gentío pasa por su lado y la arrastra. No puede levantarse. De golpe el rabí se detiene. Busca entre la gente. A gran voz la llama:

-¡Madai! ¿Qué quieres que te haga?

Ya se apresura a pedir la hija de Cleofás cuando se encuentra con la espalda del rabí. Sus ojos la traicionan. Tanto malvivir para ver esto. De la espalda ancha del maestro cuelga un peñasco mil veces más grande que el suyo. Más aún, reconoce parte de su piedra en la espalda del Maestro.

-¡Madai! ¿Qué quieres que te haga? -Insiste.

Tres palabras brotan de los labios amargos.

-Nada, Maestro, nada.

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