Desde la 292 / Prisión de Máxima Seguridad / Bayamón

Cartas de la prisión

 

Primera Entrega

** por Rubis Camacho

 

Cada jueves, a las nueve de la mañana, espero el sonido amargo que produce la puerta de hierro . Me esperan veintidós hombres vestidos de añil. Ya las esposas descansan como serpientes en un barril de aluminio al lado de la puerta. Tienen los pies encadenados, como el fray Servando Teresa de Mier de El Mundo Alucinante (Reinaldo Arenas).

Levantan los papeles estrujados en los que han escrito la tarea asignada. –Maestra, le estamos cumpliendo– dice uno, satisfecho. ¿Verdad que vamos bien?

Asiento con la cabeza y les devuelvo la sonrisa, aunque las Autoridades me advirtieron que la relación debe ser sobria.

El primer día prueban mi empeño:

Nada de mucho maquillaje, descotes, ropa apretada.

 Hace años que cumplo con las reglas. Ya voy con ventaja, pienso.

Nada de armas

Por supuesto. –Bajo los ojos de inmediato y me pregunto ¿qué haré con las palabras?

Algunos casi no saben leer. A otros no les interesará la literatura. No le queremos quitar el entusiasmo, pero así es. Son peligrosos. Debe tener cuidado…

 En vista del silencio tormentoso, indicador  de que no me facilitarán el acceso a pesar del acuerdo, respondo:

-¿Qué tal si me permite entrevistarlos? No será mucho tiempo. Así sabremos con certeza a cuántos les interesa el taller.

Respira profundo. Intercambian miradas incrédulas.

Que un guardia penal la acompañe –ordena.

*******************************

Un oficial joven, de aspecto bonachón, camina a mi lado. Indica al guardia encargado de abrir la puerta que estamos autorizados. La reja abre lenta, como si le ofendiera mi voluntad o mi esperanza. Una sucesión de pasillos, puertas y celdas se triplican ante mis ojos en efecto fílmico. Satura el gris y el blanco, las líneas rectas, el piso límpido, el olor a desinfectante…

Ya entrevistamos a los confinados de este edificio –le digo convencida al oficial.

No –responde sonreído- es que todas las estructuras son iguales. A mí me pasó durante semanas cuando comencé a trabajar aquí.

Observo. No hay una flor, un arbusto, una piedra, una mano, un beso,  una pintura, una estatua barata, una teja, una gorra olvidada, un aroma… nada que los personalice; ni siquiera las moscas golosas de un viejo zafacón. Recuerdo a Benedetti: “Pobrecitos, creían que libertad era tan solo una palabra aguda, que muerte era tan solo grave o llana, y cárceles por suerte una palabra esdrújula…”

-A mí me gusta Oscar Wilde – añade por lo bajo mi acompañante. Cómplices comentamos La Casa Usher  bajo un calor de infierno.

**************************************

 

Todos saben leer. Son veintidós los interesados. En la lista hay maestros, contables, jóvenes universitarios, médicos, etc. El jueves comenzamos a las nueve, como establecido– le indico sin dar tiempo a que riposte.

La reja abre cansada. No miro atrás. Pienso en Benedetti y en su poema Hombre Preso que mira a su hijo.

Tenías razón. Olvidaron poner el acento en el hombre.

 

 

** La autora es escritora y ofrece talleres de creación literaria en una prisión de máxima seguridad en Bayamón, Puerto Rico; con el auspicio del Instituto de Formación Literaria que dirige la escritora Mara Daisy Cruz. 

 

Espere la segunda entrega

 

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