De eso que llaman la pureza /por Rubis Camacho

beso-en-la-biblioteca

a  L. A. L

12: 30 P. M.

Suena el timbre. Hay un incendio en sus ojos. Me mira fijo, como nunca. De su boca entreabierta escapa un aire tibio, mínimo, delicioso. La boca se le convierte en una jugosa semilla de cundeamor. Pesa poco su brazo en mi hombro. Me adhiere a su costado. Tiene la camisa húmeda; una sensual mezcla de perfume y sudor que termina en algo de sándalo. Acaba de  jugar el partido de baloncesto contra el octavo grado. El noveno grado salió victorioso.

El timbre insiste; sus ojos voraces también. De pronto, descubro que sabe a cigarrillo y a menta, a  adolescente con ganas de ser hombre. Algo muy primitivo me despierta ese sabor, un nuevo sofoco debajo del chaleco vino. Su boca es un espacio suave donde mueren los miedos y las dudas.

Cesa el timbre. De prisa, subo al salón de español.  Tiemblo yo  o tiemblan los pupitres. ¿ Cómo evitar que descubran en mis labios el rojo rastro de la semilla ? Una mano extraña escribe en la pizarra  “primera vez, primera vez, primera vez…”

Me cubro la cara con “El niño que enloqueció de amor”.

 

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Archivado bajo Tal como me ocurrió, Uncategorized

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