Archivo mensual: enero 2017

BALADA DE OFICINA por Rubis Camacho

 

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-Tómalo de prisa, que se pone como lengua de muerto- siempre te dice Norita, mapo en mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y necesaria como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Te retiras para acomodar algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento en una esquina del cubículo. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Acomodas la foto descolorida, y colocas el lapicero detrás de la computadora; ese lapicero que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba. En su lugar, colocas la caja de calendarios que les regaló la empresa, y que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con cara sonrosada y sonrisa Pepsodent.

Ya escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, “Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera…” las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida, “Puedes tener paz en la tormenta“, la discusión telefónica de  Loreta con la maestra de su hijo,  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto… Intentas girar la silla hacia la izquierda para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado -sólo será por unos días, Elvirita.

Un empolvado florerito plástico,  con tres claveles de papel,  descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma la cara blanca. Intentas alcanzarla. Viras el vaso de café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Miras las llagas inescrupulosas del techo y reprimes el grito.

A tu espalda, una ventana de cristal, por supuesto, cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la garúa y la ventana gime  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira,  cierra los ojos, se sacude y se desentiende. Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegaste  o si nunca te has ido. En algún lugar  Serrat canta, “Se equivocó la paloma, se equivocaba…”

 

 

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Esperando por mis hombres de añil

 

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-Ya sabe, no puede pasar el teléfono celular. -Indica el guardia penal.

-Sí, lo sé.  -Asiento con la cabeza, como si mis palabras no bastaran.

-Espere en la salita.

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Cada jueves espero más de treinta minutos después de la hora acordada. La sala es rectangular. En el centro hay una mesa plástica sobre la que descansa un florero con flores plásticas. Las ocho sillas de la mesa también son plásticas. Extraño lo cálido de la madera entre tanto cemento , hierro y plástico. En el tablón de edicto, un gran afiche azul, verde y blanco afirma: “EL EMPLEADO, NUESTRO MAYOR RECURSO.  A su lado, el espacio para la foto del empleado del mes está vacío. Todo luce viejo, excesivamente sobrio y amargo. Busco otra pared. Una antorcha enorme  aparece en el centro de otro gran círculo rojo, blanco y azul. De la punta de la antorcha brota un fuego tímido. En la esquina de la pared, sobre una tablilla de  hierro descansan siete trofeos enmohecidos. Representan siete victorias del equipo de pelota de los guardias penales; recuerdos de camaradería y esperanzas.

¿Por qué la palabra esperanza se me ha vuelto tan urgente  ?

Sobre el dintel de la gran reja que me dará paso al salón de los hombres de añil, cuelga la foto del gobernador de Puerto Rico. Sonríe plácidamente. Detrás, las banderas como dos guardias penales en los que sobresalen absurdamente las estrellas.

Vuelvo a la pared de inicio. El espacio del empleado del mes sigue vacío.

A través de la reja veo cómo dirigen a un grupo de mis muchachos. Esta manía de acercarlos con la palabra. Sí,  muchachos es la palabra que usaría mi abuela, la negra Nesta. A todos los ministros de la iglesia los llamaba muchachos; y cuando me hablaba de cómo ahorcaron a Arocho y Clemente, me hablaba de los muchachos negros.

El gobernador,  recostado en su mesa con tope de mármol, me mira . !Qué duras pueden ser las cosas bellas!

El guardia abre la reja y me indica el paso.  Por la ventana asoma la hermosa sonrisa de Jay, un joven de 21 años que deberá cumplir dos cadenas perpetuas,  y quien me contó la semana anterior, que sueña con volver a Naranjito, al barrio donde se crió, para sembrar recao y plátanos con su abuelo.

Sí, lo confirmo. !Qué duras pueden ser las cosas bellas!.

 

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