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La Naturaleza del Silencio ( por Salvemos a las Evas Fotografía)

 

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Salvemos a las Evas Fotografía“, me invita a participar de su nuevo proyecto : ” La Naturaleza del Silencio“. Sigo instrucciones: siéntate allí, detente,  mira a la cámara,  ahora no mires a la cámara… Todo resulta en un juego delicioso, porque no se busca otra estética que la que produce el contacto silente con la naturaleza.

Comparto algunas  fotos, las otras ( las mejores, dicen ellas),  las publicarán más adelante.

Mi gratitud por ese rato tan armonioso y cálido.

Las abrazo, fotógrafas !!!

Sí, “Salvemos a las Evas”!!!

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MI HIJA ERA UNA ESTATUA DE DICHA* (por Rubis Camacho)

 

 

 

 

 

Julio del 2011

Era desesperante el calor en Madrid. El sol de las doce rajaba el techo del Santiago de Bernabeu, cuando descendimos del taxi. No pude menos que sonreír al observarla de pie; diecinueve años, melenita negra y comba sobre la espalda, pantalones cortos, y sobre el muslo derecho el controversial tatuaje que me ocultó por meses (una sirena cínica de ojos brillantes, algo lúdica, que sostiene un girasol). Llevaba los Nike rosados de Cristiano Ronaldo; sobre el torso una camiseta sin mangas de rayas amarillas. Cargaba en el bolso una camiseta blanca con rayas azules en el cuello y los hombros:

–El uniforme del Real Madrid cuando están en casa –me explicó. No entendí ni pregunté. Pensaba en los muchos euros que tenía que pagar para que le mostraran el estadio vacío.

–Podrías fotografiarlo desde afuera –me atreví a sugerir.

El tamaño de sus ojos me dio la respuesta. Por si no me quedó claro, añadió a punto de llorar:

–Hemos ido tres días al Prado, dos al Reina Sofía, ¿y quieres que fotografíe el estadio desde afuera?

Puse en su mano los euros requeridos y me dispuse a esperarla en una cafetería cercana. Pasados treinta minutos, regresó con cara feliz a indicarme que ya podíamos pasar a la tienda del estadio a comprar algunos recordatorios. Descubrí que en la maravillosa tienda de dos pisos no había un objeto que quisiera traer a Puerto Rico.

-¿Quieres una foto con Cristiano Ronaldo? – le preguntó un empleado.

-¿Está aquí? –dijo menguada, con vocecita frágil y palidez súbita.

–No, pero en la foto parecerá que sí –contestó el hombre.

De inmediato, traté de calcular cuánto me costaría en dólares una foto de mi hija con el Cristiano. Sin darme tiempo a responder, el empleado la colocó frente a una computadora. Le indicó que extendiera la mano como si estuviera abrazando al fulano.

-Solo piensa que está a tu lado –le repetía.

El brazo morenito se extendió a la nada. Miró aquel fragmento de aire con un rubor desconocido. Una sonrisa nerviosa le revoloteó en la boca. Me asusté. Los ojos se le hicieron farolas acuosas y un color a enamorada le subió a las mejillas. Emanaba esencia de flores y en la boca salivaba algodón dulce. Volví mis ojos al hueco de aire. Regresé a su cara de ensueño. Mi hija era una estatua de dicha.

El hombre oprimió una tecla. Al instante, una impresora vomitó la foto en la que mi hija abrazaba en mágico embeleso a un dios desconocido. Aturdida, pagué la foto sin reparar en el costo.

Mientras ella acariciaba la foto, caminamos silenciosas hasta abordar el taxi. Ya muy cerca del hotel, traté de romper el hechizo. Intenté colocar  la mano en su muslo derecho, para recordarle que debía empacar esa noche, pues al día siguiente, muy temprano, tomaríamos el tren a París. No pude; tropecé con los dientes de la sirena, que ampulosa y burlona se reía.

 

*Este relato aparece publicado en la antología “Meter un goooooool”de Letra Negra Editores, Guatemala.

 

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Sobre “Ojales”de Irma Rivera Colón * ( por Rubis Camacho)

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“Llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

Después de leer Ojales de Irma Rivera Colón, el verso de Miguel Hernández asumió nuevas claridades y referentes. El amor, la  muerte y  la vida ( temas fundamentales de las grandes literaturas) vibran en las letras de esta autora puertorriqueña. No es necesario leer las notas de la escritora sobre el texto, para descubrir cómo se desnuda, cómo arroja el manto y se coloca al centro del escenario. Basta leer su poema Ojal triste para encontrar una nostalgia ,casi lamento, que nos habla de su transitar: “!Oh pálida azucena sin estambre! ¡Oh triste ojal donde habitó mi rosa.” O su poema Ojal en hilachas donde apunta: “Una flor se ha apostado en el camino, seca de ese sol con que te canto, una flor que ya muerta se levanta con la brisa pálida que se eleva de tu mano, y tu voz tan vacía me provoca un cansancio; es un mandato atroz que me obliga a esconderte en los colores de mi canto.”

La hipótesis se confirma cuando la autora dice en sus notas: “Con este libro abro el corazón, los brazos y los ojos para ofrecer lo que poseo. Aspiro a la mirada crítica.” Esta escritora  no busca diluirse en eso que llamamos la voz poética o la voz lírica, y cuya abstracción es tal; que a veces nos hace pensar que una es la mano que escribe, otra es la mano que siente; esa especie de dicotomía a la que se alude en tantas ocasiones para disfrutar de la libertad de la que goza la voz poética para decir lo que desea, en antagonismo con los miedos de la mano que escribe. Esta autora parece decirnos, soy yo, presa en el proceso de pensar, del ir y volver por el camino del recuerdo. Por eso este libro es un conjunto de miradas maravillosamente articuladas. No tengo duda de que estamos ante una gran escritora.

El hecho de encontrarme con un texto tan iluminado, convirtió estas palabras de presentación en un reto. Este libro requiere un tiempo generoso para bebernos las imágenes, para gozarnos las historias, las microficciones, para discutir la simbología de los textos, para identificar la riqueza de los recursos literarios, para saborear el exquisito dominio del lenguaje. Observen como ejemplo este relato:

“Desde el flamboyán al pie de una casa, un ruiseñor vaciaba todos los colores del arcoíris en un canto delicioso. A excepción del pequeño cantor, el resto del mundo dormía. Hasta los perros de la vecindad participaban de una reticencia o un miedo que trancaba sus mandíbulas. Entonces la asustadiza ave bajó hasta el balcón de la casa y picoteó el pantalón ensangrentado de un hombre que yacía en el suelo. Una cáscara de sangre seca se le atoró en la garganta, voló hacia el árbol, trató de cantar de nuevo, pero no pudo.”         

Esto se llama precisión, unidad, brevedad, intensidad y efecto, tal como lo establecieron los grandes maestros del cuento: Chéjov, Tolstoi, Gogol, Poe, Maupassant, Quiroga. Esos son los elementos fundamentales de un cuento, y esta autora lo consigue en un relato de cinco líneas. Entonces, ¿cómo hablar de este libro en 15 minutos?  Recurro al viejo adagio: La organización es la clave del éxito.

Comienzo, pues, por definir la palabra ojales. Dice el Diccionario de la Lengua Española, que ojales es “Una hendidura reforzada en los bordes para abrochar un botón.” La autora nos aclara en sus notas que tiene obsesión con los ojos, con las miradas, y con todo lo que se escurre “y se va por los botones”. De modo, que Irma Rivera crea un microcosmos íntimo en esa hendidura pequeña en la que insertamos el botón. El botón cierra o priva un espacio, o abre y descubre el espacio.

El libro se divide en tres segmentos o unidades. El primero: Ojales (di)versificados. Este segmento alberga 31 ojales, es decir, 31 poemas en los que la poeta abre la puerta al recuerdo del dolor. Imágenes cadenciosas hilan momentos de vacío, de desconcierto, de añoranza, de cansancio, de no entender, de esconderse y abrirse para volver al  escondite. Esto es así, porque el poema le sirve a la autora de baúl para guardar preguntas cuyas respuestas den sentido a la existencia. Dentro del poema, Rivera Colón busca entre los resquicios más íntimos eso que llama “espada de luz que me obliga a volar por la ventana”. “¿Qué pasará cuando ya no viaje mi mirada, cuando mis ojos se desborden de regreso y este espacio vencido ya no me mire? ¿Qué pasará cuando los pájaros no se enreden en la brisa/ ¿Qué miraré cuando ya no tenga esa pantalla de silencio, esa inmensidad que se vacía de luna, de noches, de mañanas, y de lluvia?” “¿Llorar? ¿Con qué ojos, si el horizonte se comió mis pupilas?” “¿Cuándo en la cláusula del amor se convocaron las estrellas? ¿Por qué el perdón requiere del día y el dolor de la noche? ¿Dónde dejaré caer la lluvia de mis manos cuando ya no estés conmigo?” Todo este dolor se concretiza en las imágenes recurrentes de la luna, el mar, la rosa, la noche.

Piezas cumbres de esta unidad: Ojal triste, Ojal en hilachas,  Ojal del sueño, Ojal en cuatro cantos, Ojal en secreto, Ojal de humo, Ojal iluminado. Termina la sección con un poema dedicado a Julia de Burgos, en el que recrea la muerte de la   poeta como un imperativo al que acudió con un ramo de palabras y una nube de dolor.

La segunda unidad se titula Ojales (di)minutos. Comprende cuatro microrelatos y once haikus. El cuento Violencia pertenece a este segmento y guarda unidad temática con los otros relatos, si observamos que en cada uno persiste la mirada de lo absurdo: un ruiseñor que no puede cantar porque tiene una cáscara de sangre humana en la garganta, una ventana que desaparece (metáfora ingeniosa para quien encuentras al fin algo preciado, y luego no tiene la ventana para volar a tierras lejanas con el tesoro), un hombre vestido para ir a su oficina queda espantado por el reflejo que le devuelve el espejo (este cuento dialoga con el relato de Giovanny Papinni, El hombre prisionero de sí mismo).

El tercer segmento se titula Ojales en cuatro tiempos: pasado, presente, futuro y fantasía. Consta de quince cuentos. Rivera Colón nos entrega historias más largas, pero igualmente ingeniosas.

Especial atención merece la pieza El viaje de Atina. De forma extraordinaria, la autora entera al lector del contexto (tiempo-espacio) de los conflictos de cada personaje, y de cómo esos conflictos convergen para crear esta diégesis, la caracterización de los personajes, las descripciones precisas y hermosas del entorno, la irrupción de la naturaleza casi como un juez aleccionador y compasivo, el logro del tono y la atmósfera, la capacidad de mostrar en lugar de decir, hacen de este un cuento antológico.

Otra pieza estupenda en esta sección es El perdón de la reina; cuento de una página  de extensión que desarrolla y recrea instantes en la vida de María Antonieta y su carcelero.

En Soldados nos topamos con un cuento duro por humano, y porque nos enfrenta a la amarga realidad de la guerra. El último día de Vicky es un cuento de altas simbologías, que discurre alrededor del cuerpo femenino, ese espacio carnal como universo. Pretendo discutirlo con algunas adolescentes que viven inconformes con sus cuerpos, y con mujeres adultas que no se reconocen más allá de un absurdo discurso de belleza.

En fin, Ojales es un libro escrito desde el corazón para el corazón, de alta factura literaria, de auténtico compromiso con el oficio de escribir, y de una honradez a toda prueba. No es un libro para una lectura liviana. Ojales no se agota. Resistirá el tiempo y múltiples lecturas, porque sus tesoros y misterios quedan ahí, esperando a ser descubiertos.

 

irma-rivera-colon     * Irma Rivera Colón posee un doctorado en Literatura  de Puerto Rico y del Caribe del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Posee una maestría en Creación Literaria y otra en Ciencia . Es química licenciada, poeta , ensayista y narradora.  Es autora del poemario Sonetos y otros vuelos, el libro de cuentos Canasta de ojos  y del ensayo La huella de Palés: Su presencia en las voces de Luis Rafael Sánchez, Yván Silén, Mayra Santos Febres y Ana Lydia Vega.

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BALADA DE OFICINA por Rubis Camacho

 

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-Tómalo de prisa, que se pone como lengua de muerto- siempre te dice Norita, mapo en mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y necesaria como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Te retiras para acomodar algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento en una esquina del cubículo. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Acomodas la foto descolorida, y colocas el lapicero detrás de la computadora; ese lapicero que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba. En su lugar, colocas la caja de calendarios que les regaló la empresa, y que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con cara sonrosada y sonrisa Pepsodent.

Ya escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, “Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera…” las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida, “Puedes tener paz en la tormenta“, la discusión telefónica de  Loreta con la maestra de su hijo,  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto… Intentas girar la silla hacia la izquierda para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado -sólo será por unos días, Elvirita.

Un empolvado florerito plástico,  con tres claveles de papel,  descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma la cara blanca. Intentas alcanzarla. Viras el vaso de café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Miras las llagas inescrupulosas del techo y reprimes el grito.

A tu espalda, una ventana de cristal, por supuesto, cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la garúa y la ventana gime  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira,  cierra los ojos, se sacude y se desentiende. Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegaste  o si nunca te has ido. En algún lugar  Serrat canta, “Se equivocó la paloma, se equivocaba…”

 

 

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De eso que llaman la pureza /por Rubis Camacho

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a  L. A. L

12: 30 P. M.

Suena el timbre. Hay un incendio en sus ojos. Me mira fijo, como nunca. De su boca entreabierta escapa un aire tibio, mínimo, delicioso. La boca se le convierte en una jugosa semilla de cundeamor. Pesa poco su brazo en mi hombro. Me adhiere a su costado. Tiene la camisa húmeda; una sensual mezcla de perfume y sudor que termina en algo de sándalo. Acaba de  jugar el partido de baloncesto contra el octavo grado. El noveno grado salió victorioso.

El timbre insiste; sus ojos voraces también. De pronto, descubro que sabe a cigarrillo y a menta, a  adolescente con ganas de ser hombre. Algo muy primitivo me despierta ese sabor, un nuevo sofoco debajo del chaleco vino. Su boca es un espacio suave donde mueren los miedos y las dudas.

Cesa el timbre. De prisa, subo al salón de español.  Tiemblo yo  o tiemblan los pupitres. ¿ Cómo evitar que descubran en mis labios el rojo rastro de la semilla ? Una mano extraña escribe en la pizarra  “primera vez, primera vez, primera vez…”

Me cubro la cara con “El niño que enloqueció de amor”.

 

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Consideraciones sobre la antología “Tengo que decirte algo” (Autores- Cómplices en la Palabra) / por Rubis Camacho

 

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“Es una arquitectura concisa, hecha con fragmentos de lo separado, revisado y escogido. Es un ejercicio de diferentes afinidades reunidas en divergencias. Es la ineludible foto literaria de un grupo que tiene la responsabilidad de ofrecernos su mejor vendimia.” Así define, en un principio, lo que es una antología, el guatemalteco Javier Payeras en un artículo publicado en el 2013 en  Cuadrivium, revista del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

Más adelante, Payeras presenta la creación de  un cuerpo humano como la perfecta metáfora de una antología. Tal referente no solo es ingenioso, también es atinado y sustentable por su precisión. De igual forma, la creación de una antología implica la reunión de textos diversos hasta formar un cuerpo robusto y articulado, incluir y excluir, páginas que se borran, páginas que se agregan, hojas que sustituyen a las otras, repetitivo ejercicio del hacer, maqueta que parece interminable, continuo análisis de los criterios de selección, nostalgia literaria por aquellos escritos que no caben dentro de este nuevo canon, grata maravilla al ver que la criatura cobra vida y se extiende más allá de los horizontes imaginados. Sí, creo que cabe perfectamente la metáfora de Javier Payeras.

Este año, el colectivo literario Cómplices en la Palabra, retoma  el proceso antológico. Después de escribir los relatos, montar el andamiaje, editar, estructurar los relatos y comprobar la rigurosidad necesaria en algunos textos; viven un sentimiento profundo de hermandad en la tarea que los salva de aquello que llamó Richard Bach, en Juan Salvador Gaviota, la vulgaridad de la costumbre. En esta ocasión, han creado un corpus de gran belleza literaria. Descubrirá el lector que cada escritor afirma un estilo, una obsesión o atención temática, así como un goce particular en el acto de escribir o contar.

Máximo A. Campos del Rosario abre la antología con seis relatos en los que prima cierto deleite por el elemento sorpresa. Son historias cuyas diégesis no se dilatan un instante. Por el contrario, mediante oraciones cortas logra establecer el ritmo adecuado para mantener cautivo a su lector. Busca en el monólogo interior o desvarío, el espacio humano donde desarrollar y revelar el conflicto, como ocurre en Tengo que decirte algo. En este cuento, el lector entra en la mente del personaje, y desde ese abismo se reconoce. El mundo íntimo de las familias, especialmente el de las parejas, es un tema constante en estas historias, sobre todo, la violencia que desalienta y destruye las relaciones humanas: “No espera la respuesta. La abofetea: una vez, dos veces, tres veces…” (Semáforo), “Me golpeaste. Mira la cicatriz…” (Mascota),  “Con cada golpe venía un insulto. Ya no podía cubrirme…” (Te dije que era la última vez). El mundo es insoportablemente violento, grita la literatura de este escritor.

Samar de Ruis nos ofrece cinco relatos que gozan de gran musicalidad por el nivel poético de su lenguaje. La materia narrativa se desarrolla siempre en búsqueda y reconocimiento de la otredad. Sus personajes no existen sin la presencia del otro, sin esa mirada urgente y necesaria hacia el desvalido y menesteroso; una dimensión de conciencia y solidaridad que puede balancear el mundo en que vivimos. Esta escritora procura entenderse dentro de su universo, y desgrana sus cavilaciones en historias que avivan la esperanza. No niega el ojo de la tormenta en el que nos sacudimos diariamente, pero sugiere a sus lectores caminos fértiles para el  encuentro: “Por estar arraigado al mundo de silencios aturdidos, los confundes con el viraje del huracán.” (El cuarto oscuro de ventanas luminosas). En el relato Me resistí a tus manos, la escritora dialoga con la antigua metáfora bíblica  del barro y el alfarero. Así, sugiere la visión de la vida como un proceso en el que los golpes y las caídas, tanto como los logros y triunfos, desamores y querencias, nos conducen a la plenitud de la luz: “Se descompuso. Intuía que le habían roto todas sus partes, dejándola sin forma…Elohim confeccionó nuevas curvas. La estaba haciendo conforme a su plan, con el diseño que había determinado para ella cuando la concibió desde el barro.” También es importante señalar  el manejo que hace la escritora del tema erótico en La pulpa de la fresa; narración breve que rebosa de imágenes sensoriales, acercándonos al lenguaje y microcosmos del Cantar de los Cantares. Lo erótico y lo espiritual son afluentes del mismo río en la literatura de Samar de Ruis. Eso podría explicar el que sus relatos se deslicen con tanta suavidad por la piel de sus lectores.

Gladys María Pérez Huertas nos dirige a tres de las dimensiones en las que se mueven las grandes literaturas: el dolor, el misterio y la pasión. Con relatos como Olor a gardenias, Incertidumbre y Mensajes, nos ubica en el terreno de lo incógnito, de lo inexplicable, y por lo mismo, de lo maravilloso. Sus personajes accionan en esa arena movediza, y no esconden su asombro o pavor ante las situaciones que enfrentan: “Con la garganta seca y un temblor que me sacudió el cuerpo, aparté la imagen. Era la anciana del cementerio.” (Incertidumbre)  Este hecho se sostiene por la adecuada creación de la atmósfera, gran logro de la escritora. De forma interesante, algunos conflictos en los relatos solo se plantean, no se resuelven, como en la vida misma. Un constante olor a gardenias que acompaña los encuentros de unos amantes, una anciana extraña que en el cementerio informa sobre un asesinato, un personaje a quien las nubes le sirven de mapa u oráculo, son hechos que permanecen en la mente del lector para su propia indagación o interpretación. La autora provoca estas reflexiones por medio de finales abiertos. Un rasgo distintivo de Gladys María Pérez Huertas es el lenguaje limpio, fresco, natural, que permite que la historia se desplace con agilidad dentro de mundos esotéricos y misteriosos.

Los cuentos de María del Carmen Pérez Huertas están amarrados a la tierra, a la época de la cosecha, a la finca donde no hay alumbrados, en fin, al mundo rural, casi un réquiem por el mundo en fuga del campesinado. A través de sus historias conecta la felicidad con la vida familiar, como lo muestra en El forastero; relato de alegre final.  No obstante, otros de sus personajes manifiestan una ingenuidad y buena fe que los convierte en víctimas. Este es el caso de Amor execrable, desgarradora historia de una niña campesina a quien el padre encierra en un sótano para abusar de ella: “Desde entonces dio comienzo a jugueteos conmigo y a acercarse más. Continuó haciéndome lo que él llamaba cosquillas.” En Silbido de viento,  la escritora nos muestra a dos niñas, que mientras cruzan entre dos fincas, tienen un encuentro cercano con un OVNI. Este relato, en particular, destaca por su estructura, calidad descriptiva, y final deslumbrante. En las historias de María del Carmen Pérez Huertas encontramos reminiscencias de los cuentos que nos hacían los abuelos, y que nos provocaban aquella mezcla de miedo y estupor. Son contados con tal verosimilitud, que parecen historias reales. Acaso lo son, y la escritora es la cronista de una época.

Arlene Irizarry se inserta en esta antología con tres relatos: El último suspiro, Rompecabezas y El correo electrónico. En dos de estas historias, contadas en primera persona desde la voz fragmentada de la mujer, predomina el tema de la infelicidad conyugal; pero en los tres relatos los personajes femeninos sobreviven al infortunio, y buscan nuevas rutas para la vida. Esto, porque hay una historia que no está en la historia, y que solo se puede rescatar aguzando el oído,  escuchando las palabras, y descifrando los actos de las mujeres. Muy acertado el  rompecabezas que se corona como símbolo en la escritura de Irizarry,  en una relación de hechos donde el personaje femenino narra eventos de la  disciplina familiar que recibió, y en el que las preguntas hicieron las veces de piezas de un rompecabezas: “Su abuelo Agustín me azotó diez veces con la correa… ¿Por qué me aborrece tanto? Y mamá, ¿por qué no me defiende?”(Rompecabezas).  La realidad, para Irizarry, carece de sentido, y esto no lo dice, lo muestra como buena cuentista.

Isabel Pérez Otero presenta gran variedad de temas y recursos estilísticos en sus seis relatos. Con el cuento 180 grados hurga en el referente bíblico, específicamente en la Parábola del hijo pródigo. En El reflejo de Atabey funde su relato con la leyenda. En Encubrimiento echa mano al humor, y para ello da nombres emblemáticos a los animales: Caifás y Lázaro. En Soy nada y Plenilunio, cuentos narrados en primera persona, despliega su dominio del lenguaje, creando líneas de sin igual belleza: “Paso bajo un árbol donde hay una niña desnuda secándose al sol, recitando versos y trenzando flores silvestres en su pelo…Sigo una ruta inexorable hacia la disolución final” (Soy nada), “El suave resplandor del plenilunio inundó la recámara. Y me envolvió delicadamente en un sudario.” (Plenilunio). En La heredera pone de relieve la vieja disputa por la herencia familiar logrando un final que sorprende al lector. Cada relato tiene ritmo, cadencias deliciosas, diversos niveles de intertextualidad, y conflictos muy cercanos al corazón de todos los lectores. Pérez Otero crea mundos en conjunto, por eso su literatura es ancha y no se agota con una lectura.

Ángel Marcial Agosto narra desde una escritura madura, bien hilada, sin distracciones, enriqueciendo el cuento al concentrarse en el discurso narrativo funcional, liberando así el relato de divagaciones ensayísticas. Su cuento No fue un accidente, trae  a la literatura puertorriqueña el viacrucis de Vieques mediante un lenguaje sofisticado, científico en ocasiones, logrando dar con lo que llamamos fondo y forma, sin sacrificar lo emotivo y reflexivo del hecho histórico.  En los relatos Suceso y Linda, historias contadas por la voz de un niño, alcanza  gran coherencia y unidad narrativa. En el primero, la tensión crece con la lectura hasta develarnos el gran suceso. La voz del niño es una cámara que nos retrata con candor el país de mediados del siglo veinte, la espiritualidad del puertorriqueño, los postulados que movían las vidas de muchas familias, y la posibilidad de que lo incierto o lo increíble deje de serlo. En el segundo, la ternura se desborda en el papel mediante el recuerdo de un niño con olor a tierra húmeda. Linda es más que un animal, es el vínculo con sus pastizales, es decir, con su infancia preñada de paisajes campesinos. Esta historia dialoga en alguna medida con el cuento El  josco de Abelardo Díaz Alfaro, y con el poema Mi árbol y yo del argentino Alberto Cortés. La participación de Agosto termina con el cuento Retrato, breve, preciso, genialmente ambientado. Estamos ante un gran narrador.

Francisco José González Arana nos ofrece la visión espectacular del que mira la tierra desde arriba. Esta capacidad se la da su oficio de piloto. Sus descripciones son deslumbrantes memorias de lo vivido entre las nubes, fulgurantes vitrales de azules, verdes y marrones, paisajes muy quietos desde arriba, pero dinámicos en la intencionalidad de sus relatos: “Hubo noches cuando, igual que algún antiguo  marinero bajo ese mismo cielo, alcé la vista y fijé mi rumbo por las estrellas de la Cruz del Sur… quedamos como suspendidos en tiempo y espacio, solos en el infinito: el universo, mi nave y yo.” (El Illimani, los zapatos del piloto y la Cruz del Sur). En la bella historia Mi despedida, el sepulturero y el canto de las piedras, trabaja el tema de la nostalgia, del que vuelve buscando, del que discierne nuevamente la muerte. Un tono romántico se divisa en este relato: la muerte de una amada, la tumba, la estatua de una bella mujer, los recuerdos, son todos elementos o rasgos que se asocian al romanticismo. En Sangre aguada revive la angustia y tragedia del puertorriqueño que pide trabajo al americano Míster Good. Los elementos de identidad y poder del extranjero se muestran en este cuento con maestría, dada la brevedad del mismo. La gota de sangre aguada queda en la memoria de Olga, es decir en la memoria colectiva del puertorriqueño. Míster Good es el símbolo de una industrialización que deshumaniza, que aborta y envilece. En el cuento El empate, todo un mundo de tragedia y remordimientos queda intacto en el personaje. La muerte del amigo es el golpe vencedor. Ingenioso cuento, denso. El autor maneja hábilmente el elemento de la precisión y la brevedad.

Luis Ángel Alicea se une a este trabajo colectivo con el relato Buque a la deriva. Mediante un diálogo intenso entre el capitán de la nave y un marinero, nos enteramos del peligro que asecha. Alicea recrea con destreza el mundo de agua, la tormenta, la cercanía de la muerte, el riesgo, pero también el deber y el honor de los que se avienen a estos oficios. Al final, el efecto del cuento es la gran sorpresa. Todo esto logrado en un cuento de apenas una página. Diríamos que este cuento es una oda a la imaginación, no solo del autor, también de uno de sus personajes. Descubra el lector el elemento inesperado.

Esta antología, ensamblaje perfecto, reúne a escritores que insisten en el proyecto literario de recoger las circunstancias vitales de hombres y mujeres, pero aportan un nuevo acento. La diferencia está en la actitud de estos narradores. Escriben sin miedo, no temen a las solemnidades impuestas, buscan sus propios caminos para decir, proclamar y fundamentar, exploran texturas y posibilidades, y logran asimilar su herencia literaria. ¿Cuál es el resultado? Una literatura viva.

 

 

 

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“Sonetos” de Eduardo Bobrén Bisbal /por Rubis Camacho

 

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Los sonetos de Eduardo Bobrén Bisbal  son monedas que nos arden en las manos, manojos de fuegos y aromas, aves livianas que se sacuden con gracia en el vuelo. Sí, sonetos de fuego.

Estamos ante un hombre subyugado por las palabras, por sus sonoridades, por los significados y contextos que convocan, y también, por las rutas laberínticas que sugieren. La palabra instiga al amor y a la armonía, nos asegura en “Al soneto”. El uso exquisito del lenguaje en estas piezas poéticas complementa la integridad de la voz que las anuncia o devela. ¿Para qué nos sirve una poesía sin honradez? Bobrén Bisbal hurga en el alma como un acto de paz.

Dentro del apretado esquema de una composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos (hablamos del soneto, por supuesto),  este autor nos entrega su recorrido por las emociones humanas en un libro en el que “borda sentires”, desgrana amores, anuncia la esperanza, y cavila sobre lo que se ama y se pierde. Parece un niño juntando canicas. Así de raudo mana el verso entre sus manos.

En los inicios, canta a la belleza, de seguro, porque la belleza nos consuela, como afirma Mercedes López Baralt. El poeta observa, la nostalgia es el lente secreto. Vive el encuentro con la belleza como una especie de liturgia o baile sacro, y en este deslumbramiento estético rompe con la imagen visual como criterio de afirmación o negación de lo bello.  Nos asegura que lo bello es el sonido, la huella, el olor, lo palpable: “Se mezclan con tus pasos infinitos sonidos, dejándonos tu aroma en la estela que queda” (Soneto II).

De inmediato, presenta una de las tesis de su propuesta poética: el viaje. La vida es un peregrinar dolido (Soneto IV) donde incide la tormenta. La pasión transitoria se diluye, calla la carne. La voz lírica nos devuelve al transitar de Ulises, al Éxodo bíblico, a El peregrinar de Bayoán, a las rutas argonautas, a los viajes de Marco Polo, en fin, a todos los referentes literarios que marcan el quehacer humano desde la experiencia del viaje. Somos seres en movimiento inevitable. Por eso superamos a los árboles, por eso “somos tierra que anda”, en el decir de Atahualpa Yupanqui.

La voz poética lo sabe, lo escudriña,  teme y anhela. Recrea el viaje amoroso en sus versos. El amor es el ideal supremo: “Luz ideal, anhelo que mi vida calma”. El ser amado es representado en flor eterna, en ninfa del mar: “ser singular de la mirada pura”. Esto, en total congruencia con los movimientos clásicos de la poesía.

No obstante, todo viaje implica despedida. Es esa etapa del transitar la que pone en sus versos la enunciación de lo venturoso de ir a bordo. La poesía de Bobrén Bisbal reconoce los elementos de la muerte y el dolor, pero no se anquilosa en ellos. Hay tanto de esperanza en la literatura de este autor. Parece haber descubierto grandes secretos de la vida. Por eso recrea serenamente la extinción de cualquier fuego o pasión: “sin prisa contenida ni angustias ni cansancios, en pos de un sol vibrante que germine mi vida.”

 

Encontraremos en los sonetos de Bobrén Bisbal un interesante diálogo con otros textos (intertextualidad), así como con el mundo mitológico. Estas alusiones sostienen con gran fuerza algunas de sus imágenes (ninfas del mar, nereida del primor, Baco, Caronte, Quijote, etc.). Este dato revela un proceso arduo de investigación, muchos años de lectura, elementos de revisión y una mente prodigiosa, capaz de juntar perfiles e  historias hasta lograr una poesía lúcida.

Un grupo de sonetos dedicados a Safo, la antigua poeta griega, reclama su espacio literario; versos maravillosos de suave cadencia, de intenso mostrar y sugerir. Estas piezas han requerido que su autor retroceda en el tiempo para lograr una caracterización verosímil en el ensamblaje poético. Logra el tono, entusiasma, provoca a la lectura e investigación sobre la vida de la poeta, sugiere otros mundos para el amor posible, y otorga a la poeta de Lesbos un profundo carácter. Estos sonetos caminan en el ruedo de la túnica de la mujer griega, y enfrentan valientemente los vientos del Mediterráneo.

A medida que avanza la lectura, y la palabra poética se asienta, descubrimos otros temas de gran importancia en el trabajo literario de este autor. La patria es uno de ellos. Un grito de liberación se cierne en sus versos. También canta a la belleza femenina de ciertas figuras que movieron su tinta. Es una especie de regodeo por lo diáfano de la memoria, una alabanza, una prez, un loor.

¿Qué nos sorprende gratamente de la obra de este autor? La musicalidad de su poesía, la sucesión de imágenes novedosas, la intención de hacer del soneto un vehículo de verdades, sueños, quimeras, posibilidades, espacio para el tributo, rincón para la nostalgia, plataforma para la exaltación, altar para la patria.

Leer estos sonetos es caminar hacia la luz de la palabra: “Tú eres el relámpago”. Es descubrir nuevas posibilidades en el lenguaje y reconocer que la palabra es camino, destino y regreso. Sospecho el caudal de emociones que discurrieron por el espíritu del poeta al escribirlos. Están frente a nosotros como una ofrenda suave. Bebe cada soneto como agua pura y disfruta el universo, que a golpe de palabra,  construye Eduardo Bobrén Bisbal.

 

 

 

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Aquellos libros del corazón /por Rubis Camacho

 

 

 

 

 

p8

Tenía nueve años, cuando la enorme guagua pintada de amarillo repechó la cuesta del Picacho. Aún no se habían tintado de brea los caminos de mi barrio Sonadora. La senda desde la tienda de Luis Viña hasta la escuela, era un ancho pasillo de majaguas y tulipanes africanos. Con gran esfuerzo, el conductor logró estacionarla debajo del palo de mangó que protegía la tienda de Fico. La polvareda se levantó sobre los flamboyanes y  guayabales. Las gallinas de Gilo cacarearon asustadas y un ramo de palomas turcas se protegió en el jobillo.

La maestra nos puso en fila, como si fuéramos a pararnos frente a la puerta del salón comedor, donde una amargada doña Eriberta, con delantal y redecilla, batía la leche con maní. Con una alegría especial, indicó que entraríamos de tres en tres a la Biblioteca Rodante. Me pareció un nombre tan largo, impronunciable y misterioso.

El conductor abrió las puertas traseras del vehículo, para dejar a mi deleite un inmenso recinto de libros. Una mujer, de falda negra y blusa blanca, se movía con cierta naturalidad dentro del espacio acuciado por los volúmenes. El aire perfumado de los ilán- ilán entraba juguetón, pero me costaba respirar. Libros de todos los tamaños y colores parecían gritar en los estantes.

-Les prestaremos uno cada lunes. Escojan el de hoy. Tienen poco tiempo. Los otros niños también quieren entrar –dijo, autoritaria, la mujer .

Joseíto se limpió los mocos con el dorso de la mano, y pidió un libro grande y flaco que sobresalía en el anaquel superior. A Magdalena no le interesó, y preguntó si se podía bajar de la guagua.

-Nena, y tú, ¿cuál quieres? –Me preguntó la mujer.

Tardé en contestar. Luego emití  un tímido e inexplicable balbuceo.

-¡Habla alto y avanza, que ya traen a los otros grupos!

-Todos, todos – dije bajito mirando al suelo.

-!Avanza! -insistió.

Miré el lomo que me quedaba de frente en el segundo anaquel, justo a la altura de mi nariz.

-El verde chiquito –dije, señalando con dedo tembloroso.

Flor de leyendas! ! Uju! Espero que lo entiendas.

A las doce del mediodía no fui al comedor. Con un júbilo extraño subí la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mi abuela Nesta.. Mientras apretaba el librito verde contra el pecho, me repetía: Flor de leyendas… ¿Se habrán equivocado? Debe ser Flor de majagua, como las flores amarillas junto al corral de los puercos de abuelo Dole, o Flor de amapola, como las rojas y blancas que adornan el caminito a la iglesia, o Flor de gardenias, como las que corta Cristina cuando baja al pozo de Juana María.

Detrás de la cocina de mi abuela, donde aún estaban calientes las brazas del fogón, me senté a leer. “Hay en la India, al pie del monte Himavat, un bosque sagrado donde viven los ascetas consagrados a la meditación y a la sabiduría. Sus lagos son de agua azul, siempre inmóvil; el arroz silvestre crece junto al césped de los sacrificios, y los animales del bosque son sagrados para el cazador… En este bosque habita la doncella Sakuntala, hija adoptiva del asceta Kanva. Ella, hermosa y delicada como un jazmín recién abierto…”

No sé cuántas veces leí la primera página de El anillo de Sakuntala. Cuando escuché la voz asustada de mi madre, ya el sol rompía en fuga, dejando atrás un delicado cafetal rosado. Algo distinto me vio , porque no dijo una palabra de regaño. Agradecí que caminara detrás de mí. Quise ocultarle lo excesivo de mis ojos, el rubor del pecho y el silbido nuevo que me surcaba los labios; también el lago inmóvil que llevaba mi voz, como los lagos al pie del monte Himavat.

*********

 

Tenía once años, cuando el reverendo Mario Rodríguez dejó olvidado el ejemplar sobre la silla vieja del balcón. El ministro conversaba con mi madre sobre esos asuntos de adultos que, generalmente, terminan en lágrimas. Mi madre tenía afición por el llanto, también por la poesía, aunque lo ocultaba.  Desde la incomodidad de mi clandestinaje, un pequeño agujero en la pared de madera, los escuchaba hablar de las bondades de la fe. –Dios nunca nos abandona –aseguraba el hombre.

Mientras el ministro oraba para sellar la consejería pastoral, mis ojos recorrían la superficie roja del abultado volumen, donde sobresalían unas letras doradas: Ana Karenina.  Al finalizar la oración, dijo tres veces amén, como era su costumbre. Le dio la mano a mi madre y se marchó.

Esperé a que mis hermanos se distrajeran, y oculté el libro bajo la falda. Un poco después, a la luz de una mezquina lamparilla que mi madre había rescatado de la basura de titi Loló, me enfrenté a una de las novelas más importantes de la literatura. Tolstoi pintaba el retrato de la  sociedad rusa, la banalidad de sus fiestas, la rigurosidad de sus hipócritas códigos morales, la construcción de la indolencia, en fin, el mundo que dio vida y muerte a la desolada Ana Karenina. Por días, leí a escondidas cientos de páginas deslumbrantes. Me dolía Ana Karenina, me destrozaba aquello que aún no lograba definir como su máscara. Su adusto marido estaba allí, presente y ausente como mi padre, fundamental e innecesario como mi padre. El domingo siguiente, devolví el libro al ministro. Nunca entenderé por qué no lo usó como texto de referencia  en sus sermones.

A los doce años entré por primera vez a la biblioteca de la Escuela Intermedia Mariano Abril. La madera de sus estantes olía a pintura fresca…

(continuará)

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Ese día supe que sería escritora (por Rubis Camacho)

Venir de la oscuridad

(1965)

 

 

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Los años de la infancia pasaron, pasaron,

la reja está dormida de tanto silencio,

y en aquel pedacito de cielo…”

 

Tenía seis años, cuando el hocico del auto destartalado devoró la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mis abuelos maternos. Amenazaba la madrugada.

Veníamos del cañaveral, apiñados entre líos de ropa, agobiados por la tristeza de mi madre.

Durante la travesía, mis tres hermanos mayores sucumbieron al sueño. Yo no pude. Me tocó, en suerte, ir montada sobre el bulto colocado justo debajo del gran hueco en la capota, y confieso, siempre me ha desvelado el llanto de mi madre.

Asomé la cabeza por el hueco, desatendiendo las amorosas instrucciones del reverendo José Vázquez, el hombre bueno que fue a rescatarnos del agobio en el que nos abandonó mi padre. Al instante, las luces fueron chispazos desafiantes, destellos acelerados en un cielo violeta. Mi universo se movió de prisa. El retazo de noche entró en mí su cúpula de miedos.

Atrás quedó la casucha de piso remendado,  las hojas filosas del cañaveral, mi muñequita barata (a la que siempre se le caía la cabeza), y el mundo de juegos que logré construir más allá de la miseria.

El Picacho era una pintura realizada por manos inexpertas, sobre todo, visto desde la altura, a esa velocidad y confrontando la penumbra violácea: manchas negruzcas veteadas de verdes, un pájaro brumoso, un tajo de luz sobre el mangó del viejo Colo, los techos de zinc corroído, una tala de yautías reventando en la ladera, las palmas dobladas sobre el senderito del pozo, la voz acuciante de los gallos, el aroma a café colado en fogón, las toronjas amarilleando las paredes de la letrina, la leña cortada sobre el piso de la cocina, el hacha recostada en la puerta de entrada, el semblante de mi abuelo Dole, su boca sin dientes y aquellos ojitos grises que redondearon mi asombro. Me extendió los brazos como si pudiese atajar la orfandad. Luego, sonrió para ahuecar la infancia y dar sentido a la nada…

Unas horas más tarde, mi nuevo mundo era un terrón de claridad. Apestaba a comida de cerdos en el traspatio, pero adentro perfumaban las panas recién mondadas, el bacalao hirviendo, la leche de cabras, los gandules, el dulce de lechosa, la mortadela. Escuché las coplas de mi abuela mientras tiraba maíz a las gallinas. Las vacas de don Félix Díaz  contoneaban las ubres espumosas en el camino de la quebrada. Las pomarrosas emergían rosadas, perfectas y circulares. Las fresas silvestres se exhibían presuntuosas. El bejuco de las batatas trepaba por el montículo de tierra prieta. Las chinas abrumaban sobre el cordel repleto de ropa húmeda.

Corrí a la cima del Picacho. Me despeinó un viento neblinoso, mezcla de gotas frías y calientes. Busqué en la distancia el mundo que había perdido. Abrí los ojos hasta vaciarlos de sus cuencas. Fue inútil. Al voltear la cabeza me topé con mi nuevo barrio, Sonadora, recién salido del rocío. Abajo, el auto destartalado regresaba en dirección a la tienda de Luis Viñas.

Las lágrimas inundaron mi vestidito deshilado. Tenía seis años. Ese día supe que escribiría.

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Disfruta el texto completo de Emilio del Carril “En un huerto cerca de Cedrón”.

En un huerto cerca del Cedrón

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Escucho un murmullo insistente. Pregunto qué ocurre. Una anciana contesta entusiasmada: —¡Es el mesías prometido! Lo busco, no logro divisarlo. Ahora puedo ver su espalda inmensa. Se voltea y me mira. Bajo la cabeza con la certeza de que al levantarla el grupo lo habrá empujado y estará en otra parte. No puedo creerlo. ¿Me toma por otro? Debo asegurarme. La mayoría de las veces, cuando creo que alguien me saluda, resulta que no es a mí y termino por disimular la vergüenza haciendo un efusivo ademán a un ser inexistente. ¡Pero es a mí! ¿Qué hago? Me succiona a su lado, no me suelta los adentros, no tengo voluntad, empujo, doy codazos, algunos protestan, no cierro los ojos. Siento un aroma a miel. Señalándome, dice: —Eres el elegido. ¡Soy el elegido! El elegido para seguirle, para ser su sombra, parte de su aliento. ¿Qué puedo argumentar? Necesita seguidores y yo necesito una razón para vivir. Sin pensar en mi madre, en el compromiso, con el pensamiento fijo en sus ojos y los oídos anclados a esa voz de arcángel, le digo: —Acepto. Su rostro cambia. —Las zorras tienen cuevas, mas el hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza. Encojo los hombros y hago un gesto de confirmación que se mezcla con idea turbias y un pensamiento resonante: “Recuesta la cabeza en mí…”. He estado a su lado todo el día. Los ricos dudan que sea el libertador, los desposeídos necesitan que él sea su líder, y a mí poco me importa lo que sea. Ahora importa quién soy cuando estoy a su lado. He decidido vender mis pertenencias para contribuir a su causa. Pero no estoy conforme, quiero pisar sus huellas, ir a su sombra rogando por una simple brisa perfumada de sus olores, por un rocío de sus esencias. No sé cómo regresar a mi casa. No me canso de oírlo. Esta noche no podré dormir, o quizá, por primera vez dormiré entregado a los brazos del descanso. Debo pensar cómo decírselo a mi madre. Regreso cubierto de silencios, hinchado de esperanza. Mamá está absorta en las faenas del hogar, aprovecho para sacar algunas pertenencias. Las venderé todas, las cosas han perdido el valor. No he podido dormir. Voy al mercado temprano. Extiendo un pedazo de lino sobre el suelo para colocar los zarcillos y collares que por años he escondido con celo. Colección secreta que fui amasando de entre las bisuterías que abundan en los centros de intercambio. Todo está a la venta, aretes comprados para una mujer inexistente, collares vistosos que a solas me ponía en el cuello, sortijas que usaba para disfrazarme en la soledad de la noche. Los precios son cómodos, el dinero no importa, como tampoco importan esos pedazos de oro labrado, alhajas de brillo que alumbraban la aterradora oscuridad. Adiós a los mantos, a las telas finas, a los turbantes con que adornaba secretamente al hazmerreír que siempre he sido. Llego a mi casa tarde por temor al enfrentamiento. La veo sentada en la cocina, erguida como siempre, moviendo en círculos la piedra del molinillo del trigo. Así es mi vida, vueltas y vueltas en el mismo lugar, movimiento continuo que no lleva a ningún lado. No puedo paralizarme con más análisis, el momento ha llegado. Sería más fácil partir sin despedirme, pero la razón me gana. La llamo en un tono casi imperceptible: —Madre. —Las lentejas están listas y acabo de sacar el pan del horno. ¿Dónde has estado? —Por ahí… —le digo después de un prolongado silencio. Sigiloso voy a mi cuarto y saco el bolso preparado para la partida. Al acercarme a la puerta le digo: —Me voy. —¿Para dónde vas si acabas de llegar? —me dice mientras echa agua al guisado y aparta algunos carbones para atenuar el fuego. —He conocido a alguien. Respira aliviada al tiempo que su voz cobra fuerza. —Tráela a la casa, me ayudará con los quehaceres. Agrega más trigo al molinillo. Asombrado le replico: —Es un hombre. La mano le tiembla y el trigo se esparce en el suelo. —¿Un hombre? —No es solo un hombre, es el mesías prometido. —Tú eres el mesías prometido, me libraste de la soledad, me cruzaste por el Mar Rojo de la incertidumbre, iluminaste mi camino. Yo te profeticé y llegaste, no hay otro mesías. No podrás vivir solo. ¿Dónde dormirás? —Donde el sol se ponga. —¿Qué comerás? —Lo mismo que los pájaros. —¿Con qué te vestirás? —Vestiré como los lirios. —¿Quién te cuidará si te enfermas? —Él es el médico de médicos, a su lado estaré a salvo. Si lo conocieras lo amarías de inmediato. Aturdida, comienza a mover unas piedras que no producen ninguna harina, no quiere mirarme. No debo dilatarme más. —Adiós, madre… Cuando pienso que ya ha pasado lo peor, me dice con su acostumbrada ironía: —No tengo que verlo para amarlo, sin haberlo visto lo detesto. No me intimido, al fin es mi vida, mi única vida, la que tengo para morderme los labios, para amar. Traspaso el umbral con la sensación de que no volveré a verla. Siempre tengo estos pensamientos catastróficos, los heredé precisamente de ella. Avanzo para alejarme de la casa donde aniquilé mi infancia. Esta noche los búhos y los chacales salieron temprano de sus refugios. ¡Cuánto te necesito maestro! Me uno al grupo en las afueras de la ciudad. Pernocto por primera vez. Llevo un lecho ligero y varias pertenencias que no sucumbieron al instinto febril de venderlo todo por él. Somos doce y, a excepción de un detestable cobrador de impuestos, todos son toscos, burdos, sin la mínima noción de los modales básicos. Caminamos hasta llegar a un árbol. Me han pedido que consiga madera para hacer la fogata. Disimulo el miedo, pero me aterra la posibilidad de que alguna alimaña nocturna escondida entre la hojarasca salte sobre mí y me haga perder la compostura. Después de comer pan, ¡solo pan!, nos disponemos a dormir mientras se desvanece la euforia de una vida nueva, su olor y la aventura. Todo se pierde entre las sombras inquietas producidas por las llamas de una fogata que se burla de mí fingiendo que se apaga y me deja a oscuras en un campo que no reconozco. Estoy rodeado de hombres que parecen fantasmas y roncan mientras su saliva se escapa despavorida de la boca abierta, con hedores a comidas descompuestas. Desde aquí no lo veo. ¿Dónde te has ido? Te necesito a mi lado. Cubro mi cuerpo con la frazada y apenas pasa el aire. Si estuviera cerca, diría: —Hermano, ora para que no caigas en la tentación. Y yo me quedaría callado, pensando que en definitiva debería orar para no caer en la tentación de besarlo y acurrucarme en su pecho hasta quedarme dormido. Los espíritus han dejado los cuerpos y estoy solo, viendo búhos y arañas que se acercan para sacarme los ojos. Tiemblo, tengo hambre. ¡Cuánto daría por un plato de lentejas! *** Han pasado varios meses, hemos cambiado. En ocasiones despierto contento. Me siento útil. Mi idea de hacer un sermón en la cima de un monte ha sido aceptada con beneplácito. Poco a poco me hago notar, por primera vez soy alguien.Se me ha encargado la organización de esta prédica . La multitud se aglomera y se cuece un estremecedor vaho de miseria. Él atiende con asombrosa paciencia a la fila de enfermos que lo espera. Evito que lo distraigan. Los niños no entienden lo valioso que es su tiempo. Por más que los empujo no logro disuadir a estos mocosos. Los regaño y solo consigo que me hagan perder el balance y se cuelen entre mis piernas para llamarlo. Cuando más atareado estoy, escucho su voz ordenándome que permita a los niños acercársele. Me pongo la máscara de “Como usted diga, Señor” y, antes de que pueda dar la indicación, los endemoniados pequeños me empujan y corren como si los persiguiera alguna criatura horrible. No sé qué les encuentra, no hay seres en el mundo más crueles y egocéntricos. Detrás de su expresión de inocencia se esconden perversos engendros del mal, capaces de las atrocidades más increíbles. Por algo Dios permitió que se ahogaran durante el diluvio y se quemaran en Sodoma. Estoy perplejo, se enfrascan en una serie de juegos y canciones. Reconozco la tonada, es la misma que cantaban los niños de la vecindad cuando yo era chico. Son los mismos movimientos de los juegos en que no se me permitía participar a menos que necesitasen a alguien para ser el centro de las burlas. De poca estatura, enfermizo, tímido y asustadizo hasta el punto de saltar por cualquier sonido fuerte, nací con la cara de estúpido esculpida, una cara que de mirarla daba rabia. El maestro levanta a los niños y ellos responden con risotadas. Los ancianos reviven sus recuerdos felices. Ahora los mece y los toma de la mano. Él se deja agarrar la barba, halar el manto. En su lugar, les halaría las orejas hasta que chillaran como conejos. Desde aquí los rostros de los que esperan se ven serenos. Otra vez esa canción. Siento que me laten las sienes. Desentierro memorias a las que había decidido renunciar, recuerdos de acordes que en un principio me ponían eufórico porque presagiaban juegos pero que luego se convirtieron en fanfarria para el destierro y la soledad temprana. Era el primero en llegar y el último en ser elegido: torpe, lento, pero con un deseo de divertirme que hacía efímera la memoria golpeada por los constantes ataques de los más grandes, quienes nunca perdonaron el tono femenino de mi voz o la ridícula flexión de mi brazo cuando lanzaba la pelota. Quizá su rabia se debía a la forma irregular de mis piernas delgadas, unidas en las rodillas, obstáculo que saboteaba mi capacidad de correr. Ocasionalmente organizaban competencias de lanzar piedras para ver cómo tiraba yo, con inexperta y delicada mano, la que llegaba menos lejos, o para reírse del movimiento acompasado de mis escuálidos brazos al correr. En la meta me esperaban mientras imitaban burdamente lo que consideraban una afrenta a la hombría de la comunidad. Entonces, al sentirme centro del espectáculo, fingía que me faltaba el aire y corría a refugiarme en mi casa. Pero nunca escarmentaba. Al día siguiente era el primero en llegar al área de juegos. Sabía los nombres de todos, mientras que yo era conocido como “el perdedor”. A pesar de mis esfuerzos nunca dejé de ser un proscrito que no sabía cerrar los puños para pelear, el niño a quien la madre tenía que defender, el de la cara de súplica cuando se formaban los grupos de juegos, la última alternativa, el presagio certero de la derrota. Enmascaré el bochorno. Aprendí a sostener una mueca por sonrisa mientras me señalaban, aunque por dentro oraba para que todo pasara rápido y no sintiera tanto el dolor que causaban sus palabras. Entonces reía, como si me diera gracia ser el centro de las burlas. Reía tanto que se me salían las lágrimas, mientras daba manotazos en mis muslos e inventaba una buena historia que ilustraría a mamá cuánto me había divertido. Los niños siguen acercándose y no puedo evitarlo. Él les hace caso y los trata con dedicación. Soy acorralado por unos pequeñines danzantes, cedo y me convierto en niño. ¿Por qué no? Jugar, reír… El maestro observa, quiero agradarle y comienzo a bailar en el grupo. Hay un niño rezagado. Es mi reflejo. Así era yo, tímido, en espera de una migaja de atención, un poco de cariño que hubiera sido la diferencia entre una niñez normal y aprender a conformarme con lo que fuera. Envuelto en la euforia del momento, me acerco y lo saludo. —¿Cómo te llamas pequeño? Algo raro ocurre, el viento ha dejado de soplar. —Me llamo Judas. Lo miro con detenimiento y descubro con terror en su rostro mi cara de niño. —¿Por qué no juegas? —pregunto inmerso en la sorpresa de lo insólito. —Mamá no quiere que ensucie mis vestidos. Ella muele el trigo todo el día y me defiende de los abusadores. Emocionado lo acerco a mi pecho. —Yo también me llamo Judas. Algún día serás todo un hombre como yo. Paralizado, observa como se me frunce la piel en la base de la nariz y luzco como si tuviera un pico de buitre. El niño no reacciona, parece que no respira. De pronto abre la boca y grita al punto de paralizar a todos. —¡No! ¡No quiero terminar como tú, pareces un espanto! Los juegos se detienen. Coloco al niño en el suelo y se refugia en los brazos del maestro. Mejor hago una retirada y organizo a las viudas. Disimulo dando órdenes a mis compañeros. Me vuelvo y lo veo arrullando al malcriado. Oculto mi desprecio con indiferencia. Los abrazos echan a perder los niños, al menos eso decía papá. *** Lo volvió a hacer. Me ha pasado por alto. Invitó a Pedro, Santiago y Jacobo para que lo acompañaran al monte Hermón. No lo entiendo. Aunque puede ser que trate de disimular con un trato superficial los subterráneos sentimientos que también lo corroen. No debo permitirlo, los seguiré a una distancia prudente para no ser visto. Merezco tanto o más que ellos acompañarlo para orar. Tengo que ser cauteloso, debe tener razones de peso. Acaban de salir, llevan provisiones y pieles para abrigarse. Debo ser cauteloso. Solo hay un camino que nos puede llevar de Cesárea de Filipos hasta el Hermón. ¿Por qué van tan rápido? No se detienen a observar las colinas cubiertas de vides punteadas de morenas, albaricoqueros e higueras. Cada vez los pierdo más de vista. Ahora pasamos por unos trigales. No los diviso, quizá se metieron por el bosquecillo de robles. Por aquí no puede ser, hay un barranco cubierto por árboles enanos. La cuesta se vuelve más empinada. Empieza a hacer frío. Hay algo blanco en el suelo. ¡Es nieve! Es fría como las noches cuando estoy enfermo y pienso en cuán cercana está la muerte. Acelero a ver si los encuentro. No sé cuánto tiempo llevo en la fatigosa subida. Regresaré a la ciudad, vencido por la impotencia. Desde aquí la vista es impresionante: el mar de Galilea es bordeado por un abrigo de arenas doradas. La sombra del monte avanza en el valle como un fantasma. El sol desaparece furtivo, mientras el mar lo acurruca desolado. Estoy solo. La conciencia habla cuando el sol se apaga. No me acostumbro a este viento frío ni a las hojas secas que me cercan con remolinos danzantes. Tal vez no me quiera y sus elocuentes sonrisas son las mismas para todos. ¡No! Soy el elegido. Aunque todos lo somos. Quizá solo le interesa el dinero. No debo dudar, también me ama. Su mirada es delatora, como lo ha sido el atardecer para las estrellas del oriente. Bajaré, llegaré a Cesárea y dormiré, a veces el cansancio es tan benévolo con el sueño como lo es la felicidad. Todo se oscurece y me convierto en sombra dentro de un túnel, silueta de mis deseos siempre presentes, aunque no realizados. No temo perderme o caerme en un desfiladero. Así tendría la suerte de que él me encontrara muerto de frío, hundido en la nieve, hecho escarcha que se derretiría cuando me abrazara. Entonces lo miraría con ojos lánguidos y le preguntaría: ¿por qué me dejaste solo? *** Unos seguidores nos han invitado a un acto especial. Estoy pendiente de los detalles. Todo es muy emocionante, no siempre tenemos la oportunidad de comer en una mesa. El momento de la comida ha sido lo más difícil en el proceso de adaptación.Dependemos por completo de la bondad de sus fieles, quienes, según su particular situación, nos ofrecen lo mejor, y a menudo lo único que tienen. Hoy no será igual. Las cocineras se han esmerado en confeccionar los mejores halagos culinarios para el maestro. Los festejos serán un oasis en la rutina de la vida discipular. La comida ha transcurrido sin eventualidades. El maestro comenta sus ideas y los seguidores reciben alimento para sus almas. Abandona la mesa y se recuesta desenfadado en el suelo. Se reclina apoyándose sobre el brazo izquierdo mientras dobla con descuido una velluda pierna. Juguetea con las uvas. Primero se las coloca en los labios, las aprieta con suavidad para no partirlas, y luego las absorbe manteniéndolas en la boca como quien saborea una golosina. Escucho murmullos. Ha venido la adúltera que el maestro rescató de las mismas puertas de la muerte. Después del escándalo que protagonizó, yo me habría marchado de toda la región. A veces es preferible la muerte al descrédito. Luce hermosa. En nada se parece a la mujer semidesnuda que tiraron a los pies del maestro. Venía frenética, su rabia había logrado desbalancear a los cuatro o cinco hombres que la sujetaban. De pronto se encontró con los ojos apaciguadores de mi señor y se tranquilizó. La turba enardecida gritaba improperios. La mujer, paralizada, no emitía palabra. Un escriba le preguntó con suspicacia: —Esta mujer ha sido sorprendida en adulterio, según la ley de Moisés debe ser apedreada hasta morir. ¿Qué sugieres tú? Lo habían puesto en aprietos, pero él no se inmutó. Con una vara se puso a escribir en el polvo. Molestos le volvieron a preguntar y él contestó: —El que esté libre de pecado que tire la primera piedra —entonces levantó la mirada para fijarse en una impertinente mosca y de inmediato regresó a su extraña escritura. Los ancianos se sintieron ofendidos por su indiferencia y se acercaron amenazantes, pero al observar los dibujos, la expresión de agravio se transformó en sobresalto y huyeron sin que se escuchara otra cosa que el sonido de las piedras al caer. Nos quedamos solos, quería ver lo que escribía. Al principio parecía un mapa, un garabato, letras confusas que se ordenaban y se movían ante mis incrédulos ojos. Distinguí las frases. ¡Eran mis pensamientos escondidos, los más pecaminosos, los que pensé que nadie conocía! Me alejé. Traté de pasar inadvertido, no respiré, y con delicadeza coloqué en el suelo la piedra filosa que escondía en mis ropajes. Aquí hay muchos de los que estuvieron aquella tarde. La mujer levanta con cada paso el polvo impertinente de comentarios y burlas. Vigilo la trayectoria de la descarada. Se acomoda cerca de los pies del maestro. ¿Qué puede hacer una mujer en una reunión de hombres? Saca un frasco pequeño de aceite perfumado y como si estuviera a solas con él, vierte el contenido sobre los pies de mi señor. El aroma llama la atención de los pocos que no se habían percatado de su presencia. Le pasa la mano, llora y, para colmo, le seca los pies con su cabello largo. No puedo moverme. Algunos discípulos se acercan escandalizados y curiosos. Tomás comenta: —¡Ver para creer! ¿Por qué lo permite? Cúbrete maestro, que con el tacto de esos dedos suaves se activa el hijo del hombre. No puedo soportarlo y le digo al oído: —Maestro, no es lícito que esta mujer irrumpa en esta reunión y de buenas a primeras se quite el velo y suelte su cabello como una ramera —aprovecho la oportunidad para acomodarle el haluk y cubrir la evidencia de lo mucho que disfruta. Entonces improviso un tonto argumento para llamar su atención: —No está bien que se desperdicie este costoso perfume, con lo que cuesta se puede alimentar a varias familias —me ignora, sin embargo le ofrece una sonrisa compasiva a la pecadora, quien de inmediato le coquetea. Me voy a una esquina anónima, rumiando por no tener una piedra en la mano, mientras cierro el puño por la mala suerte de no ser ella. Lo mejor será apartarme de este lugar. No quiero oír los comentarios que se harán en la sobremesa. Siento que me corre en las venas el sol del mediodía, secándome el pecho, pudriéndome la tranquilidad. No sabes cuánto te detesto María Magdalena, porque para ti todo ha sido fácil. Naciste bella, encantadora, y lo peor es que siempre lo supiste. Cada uno de tus movimientos tiene gracia, cadencia, música. Dominas la espada del soldado más rudo con un suave pestañear, con un delicado movimiento de lengua que le da brillo a tus labios siempre rojos. Inclinas la cabeza en señal de sumisión y lo miras como si fueras un perrillo huérfano, aunque en realidad lo observas como tu presa. En ese instante, tejes la red que lo hace sentir conquistador, dueño y señor, que lo hace verte como botín de guerra, de esa guerra que tanto conocen las mujeres. Una batalla de la que siempre sales victoriosa, pero claro, jamás lo demuestras. ¡Qué dominio ejerces sobre los demás! Eres tú quien decide cuánto dura el amor. Cuando él está dentro de ti y te cansas de haberlo usado, gimes, te mueves con fuerza aparentando que estás casi desmayada. Sabes bien que eso agita sus deseos y acelera su derrame en tus entrañas, satisfecho, contento, sin saber que bailó al compás que tú quisiste. ¡Cuánto te odio! Odio esa cabellera que usas con destreza, moviéndola hacia el lado para descubrir tu delgado cuello blanco. Qué pena que aquellos que usaste no dejaron marcas en tu cuerpo, no te dejaron deforme, hecha un asco. Tú no entiendes lo que es levantarse todos los días odiando el cuerpo en que naciste. Jamás comprenderás la sensación de pasar inadvertido, la eterna espera de que alguien te tome en cuenta. No puedes saber lo que significa tener ilusiones, para ti es más fácil provocarlas. ¡Perra! Si me hubieses visto el día que murieron mis ilusiones, la madrugada que coronó una noche de insomnio. El día anterior había escuchado de unos milagros acaecidos en las aguas del Jordán, donde un grupo de leprosos había encontrado sanidad. Pensé, ¿por qué no? si las aguas limpian la terrible lepra, también podrán curar esta falta de brillo en la piel, esta constante tendencia a ser antipático a los demás. Me levanté a escondidas y llegué hasta la orilla. Al quitarme la ropa sentí que los animales nocturnos se burlaban de mí. Pero tenía esperanzas. Arrodillado, le pedí ayuda al Dios a quien tanto he servido, un poco de gracia que me hiciera normal. El agua estaba fría, la luna se escurría entre unas nubes mientras yo seguía orando: “Que las aguas me curen, que se acabe el desprecio, la saña…”. El sol se tardaba. Presentí el milagro, clamé el nombre celestial continuamente. Salí del río para sentir los primeros rayos de sol sobre la espalda. Entonces se rasgó el velo de la esperanza y descubrió una piel divorciada de sus carnes, arrugada como el tronco de un eucalipto, una piel manchada de bochorno, de asco. No había nada sobrenatural en el Jordán, solo resignación y un repentino pudor que me hizo correr hacia los arbustos, donde me esperaba un coraje permanente. ¿Por qué tengo que sentir compasión por ti? ¿Acaso la sentiste cuando robabas el calor del lecho a alguna esposa preocupada? ¿Pensaste en los niños que se acostaron a la espera de un padre que se revolcaba contigo? ¿Por qué pena, si tuviste entre las piernas a los más guapos mancebos? Pobre de ellos que no sabían que adivinabas sus recuerdos para luego aparecérteles en sus sueños, para acorralarlos cuando llegaban a sus hogares y repasaban con sus mujeres las suciedades que hacían contigo. Claro, tú resultabas ganadora, puesto que ofreces una lista de placeres ampliamente prohibidos. Tú siempre les tatuabas tus olores en todas las esquinas para que las esposas supieran que compartían al hombre que creían exclusivo..También dejabas el sabor de tus adentros para que se les torciera la lengua, y los obligara a llamarla Magdalena justo cuando las abrazaban. ¡Qué inmunda eres, sucia, no sabes cuánto te envidio! *** Uno de sus mejores amigos ha muerto. La noticia lo ha descompensado. Quisiera abrazarlo, ofrecerle consuelo, pero como siempre me inhibe el miedo y me amarra las manos el qué dirán. Nos dirigimos a Betania por un camino donde las pisadas son mudas. Nadie se atreve a levantar la cabeza. Es un luto lento, viscoso, impenetrable. Al acercarnos a la casa, una de las hermanas del muerto se abalanza sobre el maestro y con una mezcla de reproche y llanto le dice: —Se fue mientras dormía. —¡Duerme, pero va a despertar! —contesta entusiasmado. —Resucitará en el día del juicio —replica mientras mira al suelo con esa insípida expresión que dejan las palabras de pésame. Está conmovido. Pide llegar hasta la tumba. Nos acercamos al sepulcro seguidos por una multitud de curiosos. Ha mandado a quitar la piedra de la entrada. ¿Qué haces, maestro, no ves que seremos impuros hasta el atardecer? La gente cuchichea y se tapa el rostro para evadir el olor a falta de vida que embrea las casas de los muertos. Ese olor que parece a todos tan insultante es para mí natural, es el mismo aroma que perfuma mis sueños desde que tengo conciencia, olor a no existir, característico de aquellos a quienes se nos han escapado, sin darnos cuenta, las ganas de vivir. Las penumbras comienzan a violar la arrogante luz de la tarde, así como su voz se adueña de mí cuando dice: —¡Lázaro, ven fuera…! Me parece ver sus palabras flotando en la oscuridad. —Ven fuera… —la frase se adorna con su aliento lavanda. Todos miran la tumba, pero yo lo miro a él. —Fuera… Escucho que algo se arrastra sobre los guijarros, al tiempo que me acerco al maestro. —Fuera… Fuera mis resabios, mi timidez y mis desvelos. La multitud clama, algunos caen de rodillas, como yo desde el instante en que miré a sus ojos. —Fuera… Ha salido un espanto. Algunos gritan porque solo pueden ver a los muertos cuando están en la tumba. —¡Ven! —aquí estoy, con la última de mis piedras hecha añicos. —Vengo. Te escucho —el que ya no es muerto cae a los pies de mi señor y se enreda en la cintura de quien lo rescató del Seol. Los ungüentos que lo cubrieron se han mezclado con los fluidos del alma que regresa al cuerpo. Sé lo que sientes amigo, nadie como yo puede saberlo. Ahora tenemos algo en común, el recuerdo de una voz que nos sacó de una cueva negra a la que estábamos condenados para siempre. *** En últimas semanas, una huérfana inquietud me desvela, y parece que a él le pasa lo mismo. El calor de la tarde evapora la humedad que se esconde bajo la piel. Ha querido regresar al río donde hace tres años fue bautizado. Llegamos a un recodo bordeado de piedras lisas y de inmediato los discípulos se despojan de las vestimentas y se meten al agua. Necesita estar solo, pero el impertinente de Juan lo persigue. Ese niño es tan inservible y perezoso. No tiene la menor idea de lo que es tener consideraciones. Se pasea como si fuera la sombra de mi amado mientras le sugiere ideas tontas que le pasan por esa cabeza medio hueca, que descansa sobre un cuerpo de carnes nuevas y firmes. A mí no me gustan esos exhibicionismos. Prefiero bañarme escondido, que sea el río el que descubra las cicatrices que dejan sobre la piel una vida sin caricias… Vemos los frutos del esfuerzo realizado en los pasados años. Jerusalén se alborota. Mi señor quien conmueve la ciudad, prueba de lo mucho que ha calado entre el pueblo. La gente quiere recibirlo como a un gran dignatario. Muchas palmeras han quedado desnudas, las ramas ondean en las calles y dan la sensación de una marejada verde. La euforia es contagiosa. La entrada es espectacular. Se ha montado en un pollino tierno y avanza hacia el centro de la ciudad. Lo aclaman, lo tocan, lo llaman Mesías. En este mar de esperanzas se revuelven empujones y apretones que a nadie parecen importar. De pronto unos desconocidos me toman del brazo. Me conducen a una calle angosta. Alguien se encuentra al fondo. Al voltearse, reconozco a Caifás. —Hacía tiempo que no te veía. —En efecto, desde que lo sigo. Me rodea los hombros con el brazo y me dice en tono solemne. —Se fragua una conspiración en contra de tu maestro. No logro articular palabra. Él continúa en tono paternal. —Un grupo de escribas y fariseos, cansados de los atropellos verbales del Nazareno, han decido darle muerte. Nunca había pensado en la posibilidad de perderlo. —¿De qué hablas? —Han infiltrado entre sus seguidores a un espía que sabe dónde pasará la noche. Van a sorprenderlo mientras duerme para matarlo sin contemplaciones. Me sudan las manos, no distingo colores, mi garganta está seca. Después de aclarar la voz le digo: —Tenemos que evitarlo. —Puedes contar conmigo y con mis hombres. A propósito, ¿sabes dónde pasará la noche? —No, usualmente esto se decide a último momento para evitar que le interrumpan el sueño los que desean verlo. —Opino que el mejor lugar para el maestro es en la cárcel. —No entiendo… —Podemos montar una farsa mediante la cual nuestros guardias lo apresen y lo encarcelen por unos días hasta que se calmen los ánimos. Tu amigo ha hablado de más. Después de la encarcelación debes convencerlo de que se aleje lo más posible.. —Cuenta conmigo. ¿Qué debo hacer? —Por el momento averigua dónde pernoctará, así llegaremos antes que los asesinos y lo rescataremos. Acordamos encontrarnos en esa callejuela una vez tuviera la información. Antes de irse me advierte: —Escucha, Iscariote, no comentes con los demás discípulos nada de lo que hablamos. Recuerda que eres el único del grupo con sentido común, si se enteran los demás podrían echar a perder nuestros planes —hace una pausa para sacar una pequeña bolsa violeta, la cual pone en mi mano—. Aquí tienes treinta monedas de plata para que comiences los arreglos de la huída. Me despido con la gran encomienda sobre mis hombros. Regreso a la calle principal y de inmediato su rostro bronceado me infunde aliento, por él daría mi vida. Llegamos a la casa donde celebraremos la cena pascual. El maestro ha acomodado a todos y me ha dejado en una esquina insignificante, mientras al joven, tonto y guapo de Juan lo sienta a su diestra y lo llama “discípulo amado”. No debo dejarme distraer por la cólera, no puedo olvidar que su vida depende de mí. Observo a mis compañeros, no tengo la menor idea de quién podrá ser el traidor. Marcos se levanta, lo sigo. Le pregunto en dónde pasaremos la noche. Mi señor se entretiene en palabras y pensamientos extraños, mientras aguardo la hora de encontrarme con el sacerdote. Caifás me espera con más de veinte soldados. —¿Dónde pasará la noche? —En un huerto cerca de Cedrón. —¡Vamos a buscar al mesías prometido! —dice un soldado en tono burlón. Caifás se adelanta y creo prudente recordar a los soldados que tengan cuidado de no hacerle daño. Se ríen. —Haremos lo que haya que hacer. —Pero Caifás dijo que… —El sumo sacerdote es el más interesado en sacarlo del medio. Entonces caigo en cuenta. Me enfrasco en una lucha por detenerlos. Me empujan y dejan tirado en el suelo. Lo he puesto en peligro. Debo correr como nunca supe hacerlo. Clamo por un milagro, que mis piernas aceleren, que me salgan alas en los tobillos, que mi pecho se ensanche y aspire todo el aire que necesito. Me falta el aliento, me duele el costado y el sudor me quema los ojos. ¡Vamos, piernas flacas, no sean sordas, sirvan para algo más que sostener este cuerpo inútil! Un poco más y seré un héroe. Le salvaré la vida. Me deshago de la molesta bolsa de monedas para poder avanzar. Escucho el sonido del torrente. Tengo calambres. ¡Maestro, escucha mis pensamientos! Ve y escóndete entre los olivos que abrigan la montaña. Huye a la otra vertiente donde está el desierto de Jericó, así tendremos tiempo de cruzar el lago Tiberíades e ir a pedir asilo al rey de Edesa. Desfallezco, no puedo detenerme. El camino se desenrosca como una serpiente. El miedo me impulsa. Acorto camino por una pendiente. Resbalo en las piedras, caigo de bruces. Todo ha acabado, pero diviso a lo lejos el aletear de luces en la oscuridad. Respiro. Reacciona Nazareno, ¿no entiendes que en ello te va la vida? Pienso en él y emprendo la marcha con nuevos ánimos. Veo las tres fogatas distintivas del lugar donde acampan. Hay saetas, sombras que al desvestirse develan un contingente de soldados con las fauces abiertas. Caifás viene custodiado. Atino a llegar un poco antes que la guardia. Doy un par de zancadas para acercarme y protegerlo, me abalanzo y me le enredo como madreselva que besa su mejilla. —¿Qué haces amigo? Me dice amigo, como nunca antes me habían dicho. Escucho los gritos de los soldados. —Atrapen al que el traidor ha besado. Busco su mirada. —No soy traidor, tienes que creerme, fue una trampa, perdóname… Sin soltarlo me arrodillo para repetirlo setenta veces siete: —¡No te traicioné…! Los soldados se burlan, lo agarran con fuerza. —¡Suéltenlo, no se atrevan a dañarlo! Se ríen, las carcajadas se agolpan en mis oídos y me ensordecen. Lo cercan. Él se queda manso. Lo empujan de un lado a otro, le rompen la túnica. ¡No lo miren que es mío! Si al menos pudiera pelear y defenderlo. Pero apenas sé correr, esconderme y en el peor de los casos gritar. Cierro el puño y lo lanzo contra un soldado que se ríe de mi esfuerzo mientras me tuerce el brazo y vocifera: —Este fue quien te vendió. Todo se ha vuelto negro. Estoy vestido con una túnica de ojos. Trato de soltarme, me contorsiono, pero el soldado me domina con su mano. Me quedo quieto. Soy parte de un espectáculo, el villano, y él, la víctima. Un acto donde rindo la mejor de mis actuaciones para él, para mis compañeros, para Caifás y sus guardias: el mejor de mis ridículos. Pedro hace acopio de su antigua fiereza y le quita la espada a un soldado. Con torpeza intenta atravesarlo, pero solo consigue cortarle la oreja. El maestro interviene, recoge la oreja y, después de sacarle con cuidado la tierra, la implanta en su dueño sin dejar rastro de cicatriz. Los soldados se apertrechan. Doy saltos desesperados y grito: —¡Milagro, milagro! —continúa la burla, están ciegos de odio, las leyes les han vendado los ojos—. ¿No vieron lo ocurrido? Tanto que rogamos por milagros y cuando vemos uno lo ignoramos. Se lo llevan, debo hacer algo. Desempolvo fuerzas insospechadas, corro entre las columnas humanas hasta que lo encuentro, apoyo la cabeza en su pecho y balbuceo: —Perdóname. Me interrumpe para decirme al oído: —Te amo. Me ama y lo pierdo. Me ama y acabo de entregarlo en un sublime acto de estupidez. —¡Oíste Juan, yo también soy un discípulo amado! —siento un golpe en este abrazo que nos ha convertido en un solo cuerpo. Parece que llueve, ¡es el rocío de su sangre! Me parten por la mitad, estoy agarrado de sus ropas. Me he quedado con su cinturón. Escucho gritos. Siento un terrible dolor en la cabeza. Sus palabras se enrollan en mi mente al tiempo que pierdo el sentido. Los ecos se han disipado. Estoy solo en un huerto cerca de Cedrón. Lamo las gotas de sangre de mis manos. De pie, acato el vaivén del viento igual que un junco seco. Palpo el cinturón en mi mano derecha, e instintivamente lo cuelgo alrededor del cuello. De ninguna manera puede este ser el final, debo aferrarme a sus enseñanzas. Tengo que orar, comunicarme con el cielo, pero me brota tanta sangre de la cabeza. ¿Qué le estarán haciendo? ¿Latigazos, escarnio? Quizá lo tienen desnudo y algún soldado pensará en saciar sus instintos en el cordero. No puedo hacer nada. Estará sudando y los músculos le brillarán de humedad. No quiero esta soledad. ¿Dónde se han ido, cobardes, por qué no lo ayudaron? Hasta los hijos del trueno huyeron como ratas. Discípulos de estiércol. Sigo sangrando, son los fluidos del miedo. Pero ya no tengo miedo, solo rabia, una irresistible rabia. ¿Qué me queda de estos años? Recuerdos, pero yo no sé vivir de recuerdos, vivir de recuerdos es mirar atrás, y cuando miro atrás lloro y las lágrimas secas dejan un camino de sal que me convierte en piedra inerte, en estatua fría. Si estuviera aquí, diría: “Hermano, ora”. Sí, para librarme del lazo del cazador, de la peste destructora, pero hay tantos diablos rodeándome, burlándose. ¡Basta, quiero paz! —Padre nuestro que… ¡suéltame, Belcebú!, no puedo mirar al cielo y cuando logro recuperar la visión veo una horrible luna roja, orar, orar. —Padre nuestro que… ¡no!, siento mil latigazos sobre mi espalda, me sangra la conciencia. —Padre nuestro, el aire huele a muerte, ¡déjame, Luzbel!, cállate, no te rías, íncubo. Quiero hablar, escúchenme todos los demonios, oigan a un estúpido que va a orar para que se marchen, atentos, los voy a desaparecer con la oración que aprendí de sus labios: —Padre nuestro… padre nuestro, no estás en los cielos, si no, intercederías en este momento. ¿Para qué quiero un padre en los cielos si no tengo a su hijo en la tierra? Padre nuestro, me quedo sin sangre y maldigo tu bendito nombre, no quiero tu reino, ¿para qué, si me has tirado en el fuego eterno? No quiero hacer tu voluntad, porque tu voluntad ha sido lo único que he hecho en esta vida, y yo llamaba vida a cumplir tus preceptos, por primera vez, por única vez, quiero hacer mi soberana voluntad. Padre nuestro, no estás en los cielos, porque juegas conmigo aquí en la tierra que has convertido en mi infierno, no quiero pan, ¿para qué alimentar este cuerpo? Padre, lo serás en el cielo, porque la tierra está huérfana y la miseria es su madre. Y no me importa, te blasfemo. Mira padre, me aplauden los demonios. ¡Mátame, destrúyeme como lo hiciste con Ananías y Zafira! Expúlsame de tu Edén y dormiré tranquilo en mi Seol, porque al menos en el allí no se tienen esperanzas. Dancen demonios, bailen conmigo, corten los hilos que me unen al cielo. Si puedes, perdona mis deudas, aunque te advierto: nunca podré perdonarte. Ya caí en la tentación y estoy liberado. Mira, me desnudo para regresar al valle de los muertos, lugar que fue mi casa hasta que una mirada de hombre me rescató por un instante a la vida. Contesta, santo padre, ¿de qué inmunda concubina somos hijos los que no tenemos suerte en la vida? ¿Por qué eres tan injusto al entregar talentos? Yo quería ser lucero resplandeciente, y tuve que resignarme a ser una gota de agua sucia que reflejó el brillo de las estrellas de una noche lluviosa. He descubierto el misterio de la divinidad, escúchalo: si estoy hecho a tu imagen y semejanza, entonces tú eres un monstruo, ¡cuánto me repugna pensar en tu aspecto! Tantos años pensé que me eras necesario, pero en realidad eres tú quien sin la fe de los hombres te conviertes en aserrín disperso. Desde ahora me haré pasar por transeúnte resucitado, pero es falso, yo nací muerto, soy un aborto olvidado, un inmundo, una equivocación, una vergüenza, árbol seco que nació convertido en hojarasca. Poséeme, Satanás, hazme tuyo a ver si me olvido del maestro. Mira, te entrego el alma, mentira, yo no tengo alma, la perdí en una joroba donde no hay espacio para una culpa más. ¿Cómo despertaré sin verlo? Desde ahora viviré con mis hermanos los demonios, por milenios acusados injustamente, porque no son ellos los que tientan, eres tú divino padre, que me diste alas grandes para volar y dejaste que subiera alto hasta que el sol las quemó. Ahórrate el trabajo de librarme del mal, pues tendré cuidado con tus absurdos reglamentos. Oye, Jehová, no volveré a susurrarte, desde ahora te grito. Eres un dios solícito para el castigo y sordo ante las peticiones. Pero, sabes, aquí tengo el cinto de tu hijo, esto huele como él, palpita como él, mira como me excito con el simple olor de tu hijo. Ahora me posee, me acaricia el cuello, me asfixia, soy suyo, caigo en la tentación porque mío es el reino, el poder y la gloria, en este mi último instante, fuerte… más fuerte… ¡Amén!

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