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Pan del cielo /Fragmento/ Cuentos traidores de Rubis Camacho

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Una noche, después de leer ¿Qué me quieres, amor?, me aventuré a dejarle una nota. Escribí diesiocho mensajes confusos. Me decidí por el número doce, unos versos de Sabines: “Digo que no puede decirse el amor. El amor se come como un pan, se muerde como un labio”. Colgué la nota anónima en la rama que da sombra a la banca y volví al apartamento con el espíritu salado de la zozobra. Esperar es como agonizar. Me comí las uñas, tomé siete tazas de café (negro porque la leche me provoca náuseas), conté los autos desde la ventana, me descubrí lunares, le saqué los hilos sueltos al abrigo, tosí, intenté canturrear, repasé ¿Qué me quieres, amor?

Al día siguiente otra nota colgaba de la rama: “Boca mía, no digas más que la paz”. La leí cientos de veces…¿Solo eso? Seguramente me escribió en clave. Por supuesto, era un juego. Detesté la parquedad. Colgué de la rama un segundo mensaje. Fui más audaz: “Te quiero desde el poste de la esquina, desde la alfombra de ese cuarto a solas“.

Pasadas unas horas revisé todo el árbol, rama por rama, hasta el nido de gorriones con los huevos podridos, pero no hubo respuesta. Me alcanzó la madrugada con los ojos fijos en la farola herrumbrosa de la calle…

( Fragmento/ Pan del cielo / Cuentos Traidores/ de Rubis Camacho)

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El telescopio del fraile

“Los cielos cuentan la gloria de  Dios…” (Salmo 19:1)

…Y ante el hecho de que el hermano Bernabé, a causa de su tos constante y saliva sanguinolenta, no podía vigilar tan demoníaco instrumento, decidió el prior que hiciese mía tal misión hasta que terminase el juicio contra el hereje Galileo. El hermano Felipe, manso y obediente, lo depositó en la buhardilla construida sobre el oratorio.

Durante siete noches vigilé el artefacto. Recé y rogué por el alma del impío Galileo. Ya me dolían las articulaciones cercanas a las uñas de tanto andar y desandar las cuentas del rosario. La octava noche me visitó la sombra, no lo oculto. Fui tentado por el maligno, ese león rugiente que busca a quien devorar. Caí en sus fauces, como Eva en las de la serpiente.

Sí, amado confesor, empuñé el instrumento para ver los cuerpos celestes.

!Oh, maravilla! Con la primera impresión enmudecí. Temblé  ante las pléyades. Me sorprendió la madrugada emboscado por esas masas luminosas que transitan parpadeantes el universo. También busqué a los ángeles, no al Soberano que reina y gobierna, porque bien hemos sabido que nadie puede ver a Dios y quedar vivo.

Meses enteros fui abrumado por la vastedad del universo, hasta una tarde en la que se me ocurrió…

(Fragmento del relato El telescopio del fraile / Libro El fraile confabulado de Rubis Camacho / Letra Negra Editores / Guatemala)

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Un cuerpo para el fraile

 

Un cuerpo para el fraile

          Invierno despiadado… Llovía.

Escuchamos ruidos afuera. El hermano Bernabé me acompañó al portal. Más que el candil, nos guiaba una esencia rara, algo de lirios o fragancia de azucenas. Encontramos el cadáver de una mujer desnuda envuelto en una manta. No había gente en los alrededores. Muy distante se oía el trotar de unos caballos. Al hermano Bernabé se le aflojaron las piernas y se le hinchó la lengua. Gran pavor se apoderó de nuestras almas.

 Con su ayuda puse el cadáver sobre la mesa de la cocina. Mientras el hermano Bernabé aseguraba los cerrojos, encendí otras velas para escudriñar el cuerpo. Era de una transparencia azulina, impávido y yerto. ¿De qué otra manera?

Le iluminé el rostro. Era la ramera que ofrendaba canastas de pan y pescado en nuestra puerta. Todos sabíamos de quien venía la dádiva, aun así, por orden de nuestro prior pasábamos por su lado ciegos o indiferentes.

          En agradecimiento tardío quise lavarle el cuerpo para la sepultura, aunque de forma extraña el  cuerpo sucio olía a cirio perfumado, también a los lirios suaves que crecen doblados en las laderas.

Tuve que aproximar más la lumbre para no dudar de lo que veían mis ojos. Una multitud de letras y números comenzaban en el nacimiento de sus pechos. Se extendían a lo largo y a lo ancho, gráciles, como mariposas pequeñas.

Bastó voltearla un poco para descubrir el primer mensaje. En la nuca, debajo del musgo apestoso que le caía sobre los hombros leí, Te haré entender y te enseñaré el camino por el que debes andar. Salmo 32:8. El número ocho tomaba la curva de los senos magullados. En un pezón rumiaba una tira de leche. Debajo del seno izquierdo ordenaba, Quédate aquí hasta que apunte el día y huyan las sombras. Cantares 4:5-6. El número seis apuntaba al enorme vientre fecundado, Tu ombligo como una taza a la que no le falta la bebida. Cantares 7:2. La palabra Cantares se deslizaba ondulante por una de las piernas, Como columnas de mármol fundadas sobre bases de oro fino. Cantares 5:16. El número 16 subía hacia el pubis, Venga mi amado a su huerto y coma de su dulce fruta…pozo de aguas vivas que corren del Líbano. Cantares 4:15-16.

El hermano Bernabé, con voz cavernosa, leyó las palabras escritas en los pies, Me levantaré ahora y rodearé la ciudad por las calles y por las plazas…Me hallaron los guardias de la ciudad, me golpearon y me hirieron. Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros. Cantares…   

          Una sensación de vergüenza y pantano me asedió el pecho. Miré las paredes buscando olvido. Tropecé con un mendrugo dentro de una canasta. La cesta colgaba de la figura de madera del Cristo crucificado que no logra cerrar los ojos.

Ante la mirada incrédula del hermano Bernabé …

Fragmento del relato Un cuerpo para el fraile        (El fraile confabulado /de Rubis Camacho/ Letra Negra Editores)

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Lectura / Fragmento de la novela “Sara: la historia cierta” en Los Efectos Secundarios del Amor (De Palabras en la Tertulia)

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Egipto…Egipto…Egipto…

¿Por qué me llega el olor de los inciensos quemados junto al lecho del Faraón? ¿Por qué precisamente en esta hora?

¿Cuántas mujeres habrá amado entre aquellas sábanas ese hombre de piel oscura y nariz punzante?

Egipto…Egipto…

¿Por qué recuerdo hoy el nombre con el que me llamó hace tantos años? Lo pronunció despacio… “Zahra”, es decir, Flor. Lo dijo con voz débil, como si al decirlo se delatara.

La tarde que entré a la cámara del Faraón fui escoltada por un hombre de cabeza calva y ojos excesivos, gran estatura, aunque caminaba encorvado. Me impresionaron sus dedos larguísimos sin marcas ni callos, como si nunca hubiese agarrado con firmeza la soga de un  camello. Del meñique de la mano derecha le germinaba un sexto dedo de enclenque apariencia, como gemelo de hechura defectuosa, al final una uña larga y comba. Debió ejercer un puesto importante en la corte, porque los sirvientes negrísimos que me llevaron ante él se postraron con gran reverencia al verle. Trató de amedrentarme con una mirada fría, pero sé que tuvo que encubrir un algo de ternura que le provocó mi presencia. Lo noté en las aletas palpitantes de su nariz. Por orden de este hombre mantuve la vista en el suelo.

-Faraón es Dios. No debes mirarle a menos que él te lo ordene.

Procuré sosegarme. Aún la figura del Faraón era una sombra cubierta por bellas telas que descendían del techo.

La noche antes, mi señor Abraham me ordenó sentar en aguas aromatizadas con flores. -Es para quitarte la peste a asnos monteses- me dijo; pero la verdad es que sólo pensaba en las ovejas y esclavos que recibiría a cambio de mi entrega.

Cuando el Faraón apareció entre las sedas que temblaban azules, sentí que mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía un humano desplegar tan profundo olor a maderas y algas del Nilo? Diez o doce gatos de exquisito pelambre se arrullaban entre sus pies mortificándole el paso. Los llamó por sus nombres para espantarlos con voz suave. Me desarmó su templanza.

Levantaron los hocicos húmedos y los ojos ariscos para obedecer a su amo. Con el mismo tono con el que espantó a sus gatos, me ordenó desprender el manto que envolvía mi cabeza y levantar el rostro hasta su barbilla. Lo hice despacio, temerosa. Miré sus pies grandes y fuertes, de dedos cuadrados y planta blanquecina, la túnica reluciente, de tersura tal que cualquier mujer del desierto desearía dormir sobre ella, el cuello ancho en el que sobresalían unas venas moradas… su boca.

¡Qué estremecedor es recordar a esta edad y en estas condiciones una boca de fresca saliva y  labios firmes, repleta de dientes y abarrotada de lengua¡ No pude evitar la repulsión que me produjo recordar la boca de mi señor Abraham. ¡Qué triste es lamer una encía reseca!

Se acercó. Rozó mi cara. Me turbé. Quise huir a los collados, enterrarme en el vellón de las ovejas esquiladas que a esas horas debían descansar sobre cualquier barranco.

Sí, recuerdo aquella turbación.

Busqué con los ojos un punto frío fuera de aquel cuerpo divino. Miré las paredes del aposento. Sólo recuerdo figuras de colores que daban vueltas como mi cabeza. Sabía que su mirada redondeaba mi faz e ignoraba mi espanto.

Fingiendo indignación por la situación que atravesaba, lancé con soberbia una frase que le escuché a mi señor Abraham la tarde que llegamos a Egipto, “Construyen casas que sólo pueden habitar sus dioses”. No entendí el significado, pero quise dar al Faraón muestras de inteligencia.

Me tomó de la mano, pero luego la soltó para agarrar la banda que apretaba mi  cintura. Haló sin violencia, pero con seguridad. Vi su vestido real caer al piso dejando a mi deleite la visión de un cuerpo duro, de músculos presumidos, orondo de aceites y mejunjes. Sobre la túnica cayeron los collares faraónicos de oro con figuras de gatos. Pensé en robarlos en cuanto pudiera. Me imaginé deslumbrando desnuda sobre las dunas del desierto con los hocicos de los gatos sobre los pezones.

De repente, una minina a quien minutos antes confundí con una estatua de ojos bravos, brincó sobre él y dio una lenguarada  a su cuello. Quedó en el aire el olor a cizaña de su baba. Supe que era hembra celosa por su aspecto de demonio. Luego se volteó y me miró con insolencia. Jadeaba con fuerza y presionaba con las uñas sobre la carne del dios hombre. Fue  cuando, en un desconocido y dulce dialecto, el Faraón le dijo “Hallann, ara burda Kasminy”. La felina, con rostro de penitente, y como si de su cuerpo hubieran desaparecido los huesos, músculos y tendones, se deslizó con liviandad de seda  sobre el cuerpo del hombre hasta llegar plana al suelo. Luego, en un contoneo lento y desafiante, con el que no podría competir, desapareció entre el topacio de las telas.

El desnudo gobernante desprendió mi túnica áspera cortando la tela de los hombros con un cuchillo delgado de gran filo. Algo de hedor a cabras reventó en la tela. Sentí vergüenza. El faraón sonrió. Levantó un brazo y colocó su axila sobre mi cara. Me asusté. Traté de huir. Pensé que me ahogaría. Con el otro brazo me apretó más contra su axila. Recuerdo como todo se volvió a refrescar con su olor a algas. Entonces me soltó. Sonreía.

Me tendió sobre el lecho. Los  ojos sucios del animal no se apartaban de mi pensamiento. Cerré los míos. Imploré. !Altísimo, vuelve a ser mi habitación!

Traté de esconderme debajo de las mantas, pero el Faraón, ladino, deshacía mis esfuerzos lanzando todo al piso.

Sus labios me asediaron. Buscaban los míos, pero no podía abandonarme al beso. Hurgó con la lengua caliente dentro de mi boca. Lo escuché disfrutar mi saliva. Luego lamió los pechos que yo, sin éxito, trataba de encubrir con las manos. La lengua giraba en círculo sobre unas corolas que pasaban del asombro a la agonía de la maravilla. El gusto raro que había sentido al hundir los senos en las plantas que flotaban sobre los manantiales de los oasis del Neguev volvió de repente, pero aumentado hasta el delirio.

¡Nunca vi en mi señor Abraham tanto deseo!

Fue entonces, cuando me dio un nombre nuevo, “Zahra”. Por alguna razón, que tendría que ver con el estremecimiento que me provocó aquel rugido tierno tan cerca del oído, y el desfallecimiento húmedo de aquel ser poderoso sobre mi cuerpo, sentí que los pelos entumecidos del pubis se alargaban, que danzaban morenos y alborotados entre mis rodillas, que se  estiraban hasta alcanzar nuestros pies para cubrirlos como una tela nocturna o para amarrarlos en un nudo indisoluble. Escuché el crepitar de mi vagina mientras se hinchaba hasta lograr la forma de una uva palpitante, que abierta en el centro mostraba la semilla promisoria.

Tuve conciencia, al fin, de cuál era el verdadero centro de mi cuerpo. Supe que entre mis piernas estaba el oasis al que acudía a beber, por primera vez, mi corazón.

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A los pocos minutos tuve miedo de estar tan cerca de la felicidad, de conocer algo tan cercano a lo perfecto. Antes de levantarnos del lecho para bañarnos en el estanque, le pregunté el significado de las extrañas palabras que había pronunciado. Se incorporó y miró en dirección a los ojos de brillo triangular que nos hincaban desde las telas marinas.

-Aléjate. Deja que  ponga a temblar el mar de su deseo.

 

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El dawa del Che Guevara

“Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,

tengo las manos tan deshechas de apretar,

que ni te puedo sujetar,  vete de mí.”

Bolero Vete de mí

 Homero y Virgilio Expósito

 

Es noche en el Congo. El solitario comandante Che Guevara se acurruca en el centro de la selva. Con los ojos ametralla la luz de los astros.

Antes de este momento hubiese escuchado el deslizar de las iguanas sobre las cortezas de los troncos caídos, o el lejano crujir de las hojas bajo la pisada del puma. Ahora no puede.

Hace apenas un rato, Rafael Zerquera Palacios, al que llaman Kumi, le confirmó la muerte de doña Celia. Luego, como al descuido, dejó cerca del diario de su comandante la revista cubana Bohemia con los detalles de la muerte de su madre.

Los guerrilleros congoleños que vigilan en las afueras del campamento están preocupados. Lo observan. Nunca les ha caído bien el argentino. No entienden su idioma, el sabor del mate, la manía de cargar con tantos libros por los barrancos, pero sobre todo, cómo procura combatir si el aire no le llega al pecho.

Mitudidi intentó quedarse a su lado, pero se devolvió al campamento con los ojos muy abiertos. Dijo que el Che se había convertido en un aumla, ese misterioso insecto tutsi que habita en los pantanos selváticos, y que una vez al año vomita un raro veneno cuando lo embosca la luna. Después es inofensivo durante tres meses.

Ahora el comandante usa sus trocitos de aire para canturrear un tango. Le asecha la nostalgia. Unas lágrimas calientes se le meten en la boca. Mitudidi las adivina en la distancia y siente compasión, aunque no sabe por qué llora el comandante.

El brujo de la tribu, el mubanda, piensa que el comandante tiene miedo al próximo enfrentamiento con el ejército gubernamental, y que esto echará a perder los beneficios del dawa que le fueron conferidos en la ceremonia de esa tarde.

-¿Qué es eso? -Preguntó en la mañana el Che Guevara, después que el teniente coronel Lambert, quien representaba al general mayor Moulana, de la Segunda Brigada, aseguró que con la defensa del dawa podrían superar el ataque aéreo de los aviones sin usar cañones.

-Un medicamento natural preparado con el jugo de ciertas hierbas. Los combatientes deben untárselo en la piel. Los hace invisibles e inmunes a las balas. Eso sí, el ungüento debe estar bien preparado -fue la respuesta de Lambert.

El comandante Guevara pensó que se trataba de una broma, pero guardó silencio al ver la cara seria de Lambert , aunque no pudo  evitar que la risa se le escapara hacia el hoyuelo de la mejilla izquierda.

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 Esa tarde, frente a la tropa, el mubanda manoseó la cabeza del comandante con unos polvos mágicos de tonos rojizos. Después de recitar algunas oraciones, le pasó el ungüento por los brazos, el pecho y el cuello. Al final, tuvo para él un gesto de deferencia. Le escupió en la cara pedacitos de las hierbas con las que se preparó el dawa. Alegó el mubanda que el líder debía estar doblemente protegido. Los guerrilleros aplaudieron entusiasmados.

El comandante, molesto, salió en dirección a los  ranchos a quitarse los polvos que le aumentaban los síntomas del asma. Lo detuvo el grito cavernoso del mubanda.

-Dejarás de estar protegido si te vence el miedo, si te embriagas antes del combate o si te echas con mujer. 

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 Debería amanecer. Todavía el comandante rastrea la luna, pero entre el ramaje sólo ve un pedazo muy parecido a uno de los pechos de su madre reventando los botones de la blusa. Recuerda el olor de sus muslos sudados bajo la falda. Deja caer la cabeza entre las hojas por si encuentra allí el mismo hueco tibio.

Tose. Rescata algo de aire. Los ojos húmedos se le agrandan. Sibilante y desesperado busca el inhalador. La madre le pedía que no tuviera miedo, que se mirara las uñas y que le avisara si se le ponían grises. Siente su mano vigorosa sobándole el pecho, como cuando era niño. Se le confunde el recuerdo de esa primera mano protectora con la sensación que le dejó la mano del mubanda.

Cree que puede volver a tararear el tango, pero la letra de la pieza se le borra.  Apenas recuerda  pronombres desafinados; tú, yo…

Se detiene. La ve ahogándose entre las corrientes del Paraná, allá en Caraguatay. Bendice una vez más a los hacheros guaraníes que la salvaron. Dispara el inhalador y detiene la respiración por diez segundos hasta que la sustancia brumosa se apodera de los pulmones.

El cielo, capturado, al fin, por la luz del día, no evita que el comandante vea una lámina de oscuridad dura sobre la selva. Contraído como gusano, el doliente repite en francés algunos versos de Baudelaire, doblando la lengua como le enseñó doña Celia. La llama, pero la mujer no viene a contarle historias. Entonces, se atosiga el puño entre los dientes. Mira en derredor con recelo. No quiere que lo vean tan herido. Basta con el cuerpo flacucho, los huesos de vidrio y la cabeza hedionda. Levanta el pecho para que el aire entre. Que no piense alguno que es una bestia acorralada en el follaje…

(Fragmento del relato El dawa del Che Guevara /Cuentos Traidores de Rubis Camacho/Mariana Editores/2010

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¿Qué se mueve en tus pestañas?

“Fue hace tres años. Recuerdo el día. Venía de cazar en la montaña. Un racimo de ciervas montunas se interpuso en mi camino.  Hice señal de silencio a mis cazadores. Cada uno divisó una presa. Puse los ojos en la hembra más grande y primorosa. Parecía una reina en el imperio boscoso. Me deslumbró su túnica de piel oscura. Tenía la majestuosidad de una estatua. Me miraba erguida, serena como una piedra, inalterable, altiva. Por un momento dudé en quitarle la vida. Era demasiado bella y poderosa. Ni en mis amigos centauros vi tanta osadía. Pensé en  acariciar aquel cuello tinto de sombras, pero me detuvo la distancia  de diosa. Decidí castigar su desafío. Lancé la flecha con mi mayor impulso. Escuché el ruido que produce una flecha en la carne horadada. Estoy segura de haber acertado. Nunca he fallado, pero mis cazadores no la encontraron.”

(Fragmento del relato ¿Qué se mueve en tus pestañas?/  Cuentos Traidores de Rubis Camacho /2010/ Mariana editores)

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