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Cuadrivium – Por los caminos de la literatura centroamericana

 

Con el poeta guatemalteco Armando Rivera

Con el poeta guatemalteco Armando Rivera

Presentación de Cuadrivium/ revista del Departamento de Español de la UPR en Humacao/ Núm.8, año 13 y 14, Otoño 2011-Primavera 2013

Universidad del Sagrado Corazón / Sala de Facultad /viernes 13 de septiembre de 2013/ 7:00 p.m.

Lo confieso. Mi primer encuentro (cuerpo a cuerpo) con la literatura centroamericana ocurrió en el 1974.
Aquella noche, junto al grupo de poesía coreada de la Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo en Sonadora, barrio de Guaynabo, repasaba de memoria un fragmento del salterio…“¡Alabad a Dios en su santuario! ¡Alabadle en la magnificencia de su firmamento! ¡Alabadle por sus proezas! ¡Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza! ¡Alabadle a son de bocina! ¡Alabadle con salterio y arpa! ¡Alabadle con pandero y danza! ¡Alabadle con cuerdas y flautas! ¡Alabadle con címbalos resonantes! ¡Alabadle con címbalos de júbilo! Todo lo que respire, alabe a Jehová ¡Aleluya!”

A la mañana siguiente, el poeta y pastor de la iglesia, Moisés Rosa Ramos, me entregó un libro pequeño, de aspecto rosado y carpeta rústica. Al abrirlo me topé con lo siguiente: “¡Alabad al Señor en el cosmos de su santuario, de un radio de cien mil millones de años luz! ¡Alabadle por las estrellas y los espacios intergalácticos! ¡Alabadle por los átomos y los vacíos interatómicos! ¡Alabadle con violín, con flauta y con saxofón! ¡Alabadle con guitarras y marimbas! ¡Alabadle con blues y jazz y con orquestas sinfónicas! ¡Alabadle con los espirituales de los negros y la Quinta de Bethoveen! Todo lo que respire, alabe al Señor. ¡Toda célula viva! ¡Aleluya!

Era la versión del Salmo 150 de Ernesto Cardenal (Nicaragua). Ese día supe que la Biblia era carne literaria y que más allá de la isla, solo un poco más allá, otros cristianos repensaban el mundo, la teología y la pertinencia del mensaje bíblico. Agradezco a Cuadrivium el rescate de esa memoria.

II

Portafolio es el título de la sección temática de Cuadrivium que voy a comentar.
De acuerdo al Diccionario esencial de la lengua española, un portafolio es una cartera de mano para llevar libros y papeles. Es un objeto que nos facilita la cercanía y transporte de ciertos documentos. Me gusta el título de la sección. Me parece apropiado. Los artículos, textos y poemas de este segmento deberían acompañarnos a cualquier lugar. Están bien escritos y estimulan la deconstrucción del viejo imaginario de Centroamérica, región de avasalladores contrastes donde también se han librado luchas terribles, exterminios cuyo dolor cesa, región rescatada y redimida por el poder de la palabra. Una cita de Humberto AKábal, poeta maya kiche, ofrece una idea más certera de lo que afirmo: “Si no fuera por la poesía, nuestro mundo ya se habría quedado mudo”, o como afirma la nicaragüense Yolanda Rossman Tejada “Desde la palabra persistimos”.
Estos trabajos se desarrollan para entender, cuestionar, escudriñar e impugnar esa línea llamada frontera; hablo del concepto del límite en la literatura centroamericana, límites geográficos, temporales, existenciales, políticos, económicos, culturales, humanos… Por eso los artículos y trabajos literarios de esta sección dialogan entre sí. Por ejemplo: en el ensayo Literatura centroamericana del siglo XXI: En los confines de la memoria, el costarricense Carlos Cortés se pregunta si existe tal cosa como literatura centroamericana. Pregunta que contesta Ramón Luis Acevedo en su ensayo La poesía centroamericana del siglo XX. El texto comienza con una afirmación poderosísima, “En el comienzo está Darío”. Unta a la expresión la misma autoridad que el redactor del Evangelio según san Juan cuando establece en su primer versículo “En el principio era el verbo”. No es una afirmación caprichosa, reconoce Acevedo que Rubén Darío es, y cito, “el gran renovador de la poesía hispánica, el que inaugura la modernidad de nuestra lengua, el mestizo que maneja con amplia libertad e irreverencia la tradición occidental y americaniza nuestra visión de Europa, el que apunta hacia innovaciones y corrientes posteriores y ocupa un lugar específico en la poesía nicaragüense y centroamericana.”Cierro la cita.
Plantea Acevedo que, después de Darío, el movimiento de vanguardia en los años XX halló representación en Salomón de la Selva, Alfonso Cortés, Coronel Urtecho (Nicaragua); en Guatemala, Miguel Ángel Asturias y Luis Cardozo y Aragón, en Panamá, Rogelio Sinán y Demetrio Korsi, en El Salvador Claudia Lars, en Honduras Clementina Suárez y en Costa Rica, Eunice Odio. Con las tres últimas, contemporáneas a las poetas puertorriqueñas Julia de Burgos y Clara Lair, se incorpora la mujer al canon de la lírica centroamericana.
El autor dedica varios párrafos a exaltar la poesía del nicaragüense Ernesto Cardenal, los salvadoreños Roberto Armijo y Roque Dalton, entre muchos otros poetas centroamericanos, hasta llegar a Claribel Alegría, Ricardo Morales y Gioconda Belli.
Lirismo intenso en unos, surrealismo, poesía barroca y mestiza, tono coloquial en otros, influencia de la poesía francesa, populismo, lo místico, lo erótico, lo contestatario, lo revolucionario, lo universal, lo testimonial, lo solidario, lo feminista, el rescate de lo indígena, el amor, el uso incisivo de la ironía, en fin, son todos elementos e intenciones que, de acuerdo a Ramón Luis Acevedo, inciden en la poesía centroamericana.
El guatemalteco Javier Payeras en su ensayo Apuntes para ensamblar frankensteins: Una antología de poetas guatemaltecos nos entrega una metáfora grandiosa, una antología es un Frankenstein. Cito “ Darle vida a Frankestein, órganos humanos reunidos y ensamblados para hacer un solo cuerpo. El cuerpo de un tomo enorme con páginas que se van borrando y agregando. Las hojas que van sustituyéndose unas a otras, reiniciando los finales y finalizando los comienzos. Ese repetitivo ejercicio del hacer. Lo nuevo que siempre es un viejo reemplazo de fechas, la maqueta de algo que nunca se termina: incluir y excluir, necesario e innecesario, trascendente o irrelevante. Luego demencia, el antologador lo lee todo, lo ve todo…” Cierro la cita. Con esta metáfora inesperada cuestiona los criterios de selección con los que se han ensamblado antologías de literatura centroamericana. “Tomar un punto cardinal, una época, un color, una sociedad, es demasiado compromiso. Nadie quiere asumirlo. Es tan torpe nuestra manera de avisar la orilla, son tan débiles nuestros criterios, y nuestros fundamentos, que muy pocos escritores son capaces de asumir el riesgo de leer su propio tiempo y de reunir a sus indispensables en un solo texto. Sinceramente, no me da el ánimo de citar, vista atrás, las antologías de literatura guatemalteca del pasado”, cierro la cita.
La maestra salvadoreña Susana Reyes en el ensayo Custodiamos para ellos el tiempo que nos toca, reflexiona sobre las causas del exilio de grandes voces literarias centroamericanas, y sobre cómo el exilio las invisibiliza o las lanza a la estridencia de lo internacional. Señala que “Escribir es un acto subversivo, por lo tanto, el escritor será visto siempre con recelo”. Plantea que hay una deuda literaria con los autores nuevos, quienes necesitan referentes y maestros.
La nicaragüense Yolanda Rossman Tejada en el ensayo Aquí la palabra es arcoíris: La poesía multicultural de escritoras costeñas de Nicaragua plantea la profundidad de los conflictos interétnicos en Nicaragua, y cómo, a pesar de las grandes y presuntuosas antologías de literatura centroamericana, hay un sinnúmero de realidades y voces valiosas que, y cito: “continúan inexploradas a pesar de que las formas del arte verbal son recursos actuales de investigación”. Señala que la autonomía se va construyendo poco a poco, y que es en la poesía donde construyen el lugar ideal, sin fronteras, donde la imaginación desbordada les sustenta a creer en un mundo lleno de posibilidades a pesar de los sinsabores. Reconoce el peso de los argumentos históricos, culturales y políticos, una tradición excluyente y parroquial que concibe e imagina a Centroamérica como mestiza –ladina y que niega las sociedades indo y afro caribeñas. La aportación de las poetas, particularmente las poetas costeñas, es clave y fundamental en el proceso de resolver las divisiones étnicas y afirmar la riqueza de lo multiétnico, pluricultural y multilingüe. Por lo tanto la poesía es parte de esa contribución al empoderamiento en función de un objetivo común, la consolidación de la autonomía.
Escuchen ustedes los versos de Isabel Estrada Colindres, socióloga y poeta, líneas que recogen el dolor de los garífunas, absorbidos por los Kriols, perdiendo su lengua y parte de su cultura: “Cuando escucho el sonido del tambor de mi padre, drum, drum, drum, el sonido del tambor de mi abuelo, drum, drum, drum, mis pies siguen moviéndose sobre la tierra de mi madre por la sanación de nuestros ancestros. Garífuna, garífuna, garífuna, ayer, hoy y por siempre nuestra voz será un grito expandido.”
Durante la revolución sandinista en Nicaragua (década de los ochenta) se realizó la Cruzada Nacional de Alfabetización y surgieron los Talleres de poesía; dos acontecimientos que hicieron florecer la realidad pluricultural: mayangnas,miskitos, ramas, garífunas, Kriols y mestizos coexistiendo dentro de su rica diversidad. El escritor Eduardo Galeano señaló en ese entonces que, los dos únicos aportes a la literatura latinoamericana habían sido el descubrimiento del género testimonio en Cuba, y la creación de los talleres de poesía en Nicaragua.
En los últimos artículos Marta Jiménez, Salvador Mercado y Magdalena Perkowska ofrecen comentarios críticos a cuatro novelas centroamericanas. Marta Jiménez analiza la novela El país de las mujeres de Gioconda Belli, texto de corte feminista que cuestiona abiertamente el feminismo desde el frente de guerra, novela que conversa con mujeres de otras épocas y nacionalidades.
Salvador Mercado otea en Limón Blues, novela de Ana Cristina Rossi, donde se recupera la existencia histórica para la memoria colectiva de una comunidad afrocaribeña en Costa Rica. En el artículo Intersecciones de género y raza en Limón Blues, plantea la intención de la autora de mostrar el intrincado mundo de las opresiones por raza y por género, sobre todo, cuando una persona oprimida por causa de raza oprime a otra por causa de género.
Magdalena Perkowska nos señala la tragedia en El drama de la historia y la escritura en las novelas Asalto al paraíso (de la costarricense Tatiana Lobo) y el Misterio de san Andrés (del guatemalteco Dante Liano). En ambas novelas se mira el drama centroamericano de la marginación del indígena y la ensañada destrucción de su cultura.
Llegamos a la entrevista al panameño Javier Medina Bernal, premio nacional de literatura 2011, donde reconocemos a un poeta que se busca y se encuentra en el lenguaje. Es una entrevista que merece ser leída por la calidad de las respuestas y por la calidad de las preguntas de Salvador Medina Barahona.
Continúan algunos textos poéticos de Medina Bernal, textos de lenguaje despreocupado pero de efecto interesante y tono coloquial. Les invito a leer el cuento Hay una mujer que por más que me cojo no logro hacer mía. “Yo le doy y le doy y nada. No me pertenece. Gime, se retuerce, ciera los ojos, me dice cosas al oído, dulces, amargas, frases tiernas y obscenas, Inútil, no me pertenece”.

Dos cuentos de la salvadoreña Juana Ramos, un cuento del nicaragüense Ulises Juáez Polanco, y un cuento del panameño Edgar Soberón Torchía.
Atención particular merece el cuento En el viento, de Ulises Juárez Polanco. Es un texto muy logrado, a pesar de que retoma la manoseada anécdota del culpable inocente que se sacrifica para salvar a sus padres de la cárcel. Este texto revitaliza la anécdota y sale invicto, un cuento redondo y bien escrito.

Finalmente seis poetas centroamericanos de la actualidad: Javier Alvarado de Panamá, Arabela Salaverry de Costa Rica, Carlos Castro de Nicaragua, Salvador Madrid de Honduras, Othoniel Guevara del Salvador, y Allan Mills de Guatemala, redondean el interés por el verso que predomina desde los inicios de la sección.
Priman en estos trozos poéticos, como si fueran los signos de la nueva poesía centroamericana, el elemento constante de la búsqueda y la definición del ser, el rechazo por los dioses y los héroes, también la definición y la impugnación de la frontera, la búsqueda de lo perdido, la llave como símbolo para entrar a la ciudad, que a su vez debe ser otra ciudad.

Cita obligada es la mirada que sobre esa ciudad hace Armando Rivera, poeta guatemalteco, sobre el tema de la ciudad en su libro Más allá del este: “hay una ciudad laberinto, una duda, tal vez una caída de sol, el alba y una calle en el barrio de la memoria, atrás los perros del tiempo le aúllan a la vida, todos ellos en el callejón del destierro, hay una ciudad sin límites, no tiene fronteras ni soles, solo niños perdidos en el paso de la primavera, mil niños caen al amanecer en la nube de los sueños. hay una ciudad que lleva tu nombre, dos ternuras y el espacio para esta palabra, hay una ciudad con la fe total en tu cintura, el deseo de tu piel en mi boca, hay una curva que atrapa la bóveda celeste en la orilla del infinito, hay una ciudad con dos cuerpos, un solar, la otra una luna en creciente que derriba las cosas simples e instaura un beso en nuestras bocas, hay una ciudad que nos pertenece…”cierro la cita. .

Retorna a esta poesía el elemento del viaje, el cuestionamiento del tren. Termino citando el poema del panameño Javier Alvarado “¿Qué vagón ocupo? ¿Qué silencio invocamos para llegar hasta la mancha secreta del paisaje?”

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Breve análisis de la novela ‘Al faro’, de Virginia Woolf

Morimos a solas cada uno.

Mr. Ramsay

 

 

Comentarios sobre la autora

Virginia Woolf (1882-1941), una de las más notables escritoras del siglo XX, novelista y crítica británica, nació el 25 de enero en Londres. Su nombre de soltera era Adeline Virginia Stephen. Hija del biógrafo y filósofo Leslie Stephen, se mudó tras el fallecimiento de este en 1905, junto a sus hermanos, a una casa del barrio londinense de Bloomsbury que se convirtió en lugar de reunión de intelectuales.

Este grupo de intelectuales estuvo compuesto básicamente por Clive Bell, Maynard Keynes, Desmond MacCarthy, Saxon Sydney, Litton Strachey, Duncan Grant, entre otros. En el grupo, conocido como Grupo de Bloomsbury, participó el economista, historiador y ensayista Leonard Woolf con quien se casó Virginia en 1912. En 1917 ambos fundaron la editorial The Hogarth Press, que sirvió de puente para lanzar a Virginia al mundo de las letras. El grupo estaba influenciado por el pensamiento filosófico de G. E. Moore, quien alentaba una postura ética dependiente del placer estético, en la que según decía, “Los afectos personales y el goce estético constituyen todos los más grandes y mayores bienes a los que podemos aspirar”. Bloomsbury contribuyó al desarrollo del pensamiento liberal. Deseaban ante la vida una actitud más libre, racional y civilizada. Comenzaron por el intento de hacer tambalear el énfasis victoriano sobre el deber público, favoreciendo el constante análisis de las relaciones personales. Virginia Woolf aceptó más tarde que ese grupo logró una visión ascética y austera que les permitió seguir unidos con el paso del tiempo.

La escritora se desarrolló en un mundo de actitudes victorianas. Por tal razón se preocupó por el reconocimiento de los derechos intelectuales y artísticos de las mujeres de su tiempo. Virginia nunca fue a la escuela, realizó sus estudios en la casa. Después de sufrir la primera depresión nerviosa a los diez años, Woolf vivió la mayor parte de su vida bajo el temor de una inminente demencia. Su madre murió cuando la escritora tenía trece años. Al poco tiempo sufrió una segunda depresión nerviosa. Al faltarle la madre idealizó su recuerdo. Muchos años más tarde, homenajeó a su madre configurando el personaje de Mrs. Ramsay en la novela Al faro. El texto se publicó en 1927, y consiguió para su autora el premio Femina Vie Heureuse en 1928.

Al Faro  es su novela más autobiográfica, la más centrada en las relaciones con sus padres, con la familia y con el medio social del que provenía, también la más preocupada en el análisis de sus propias responsabilidades como creadora. La autora cree, al fin, haber encontrado su poética en esta obra. Deja testimonio en su diario: “me veo sacudida como bandera al viento por causa de mi nueva novela Al faro… por fin, después de la batalla de El cuarto de Jacob y de la agonía de Mrs. Dalloway, escribo ahora con más rapidez y libertad que ninguna otra cosa que haya hecho en mi vida. Creo que esto demuestra que estaba en el camino correcto y que es aquí donde podré cosechar los frutos que alcance mi alma.”

La técnica del monólogo interior y estilo poético se consideran su contribución más importante a la novela moderna.

 

Síntesis de la novela

La novela se desarrolla en tres cuadros: La ventana, Pasa el tiempo, y El faro. Tal parece que la historia  gira alrededor de la familia Ramsay, compuesta por los esposos Ramsay y sus ocho hijos (Andreu, Cam, James, Nancy, Jasper, Rose, Roger, Prue) y varios amigos invitados a la casa (Charley Tansley, Mr Carmichael, William Bankes, Lily Briscoe, Paul Rayley, Minta Doyle). No obstante, son los esposos Ramsay y la pintora Lily Briscoe quienes configuran los personajes principales de esta novela. En última instancia, el personaje de Mrs. Ramsay se queda con toda la obra.

Vista de una manera sencilla, podríamos decir que la trama es la siguiente: la familia Ramsay pasa el verano de 1892 en la isla de Saint Ives con unos amigos. La Sra. Ramsay procura viajar al faro al día siguiente con sus hijos e invitados. James, el hijo más pequeño (seis años) y el más mimado, está muy ilusionado con la travesía. El Sr. Ramsay señala que no hará buen tiempo y que por lo tanto no podrán viajar al faro. James, quien se encuentra en el suelo recortando estampas de un catálogo ilustrado, siente deseos de matarlo. En el jardín de la casa la Srta. Lily Briscoe pinta un cuadro de la Sra. Ramsay y de su hijo James asomados por la ventana. La primera parte de la novela ocurre en un día, desde la mañana hasta el anochecer en la casa de los Ramsay.

El resto de la trama considera la caracterización de los personajes vistos a través de los ojos de los demás, como si, en efecto, viéramos por una ventana abierta.

Se presenta a la Sra. Ramsay como una mujer de extraordinaria belleza. Encarna la femineidad victoriana, cuida de todos y por motivos de caridad siempre tiene invitados en la casa, especialmente a varones en quienes aprecia su caballerosidad, control en los negocios,  dirección del mundo, y  capacidad para las finanzas. Soporta estoicamente la violencia y maltrato de su marido, quien vive de acuerdo a los convencionalismos de su tiempo. De alguna forma todos los personajes están enamorados de la Sra. Ramsay, todos admiran su belleza.

El Sr. Ramsay se presenta como un tirano, odiado por sus hijos, obcecado con la búsqueda de la verdad, absorto en inútiles preocupaciones filosóficas, violento, dependiente, pero vulnerable ante la Sra. Ramsay cuando le suplica que le diga que lo ama.

Los demás personajes gravitan alrededor de la Sra. Ramsay: Charles Tansley ( a quien los niños llaman el ateo), de origen pobre y mente analítica, piensa que Mrs. Ramsay es la persona más hermosa que ha visto. Mr. Carmichael, viejo poeta que gusta de tomar el sol en el jardín de los Ramsay y a quien Mrs. Ramsay piensa salvar de la soledad. Lily Briscoe, pintora que admira y ama a Mrs. Ramsay, y que por el contrario, detesta a su marido. Teme confesarle su amor a Mrs. Ramsay. William Bankes, antiguo amigo de Mr. Ramsay (Mrs. Ramsay cree que debe casarse con Lily Briscoe y apoya esa amistad). Banks piensa que Mrs. Ramsay no tiene conciencia de toda su belleza. Minta Doyle, chica catalogada como marimacho, que lleva rotas las medias y de quien se sugiere cierta relación romántica con Nancy Ramsay. Paul Railey, amigo de la familia, termina casándose con Minta.

El segundo cuadro solo nos informa que el tiempo pasó.

En el tercer cuadro descubrimos que Mrs. Ramsay murió la noche del día en que transcurre la primera parte de la trama. No se ofrece más información sobre su muerte. Han pasado diez años y nos sorprende la historia con el viaje al faro. En una barcaza insegura llegan al lugar Mr. Ramsay, Cam y James. Desde el jardín de los Ramsay, la pintora Lily Briscoe los contempla  y termina por fin la pintura.

Esta novela fue para la autora, según confesó, una terapia que le sirvió para desterrar las figuras de sus progenitores del repertorio de sus obsesiones.

La técnica de la novela (monólogo interior) impide que el lector alcance certidumbre alguna. El conocimiento es parcial. La multiplicidad de puntos de vista provoca desaliento en el lector. No se trata de un sujeto reproduciendo sus impresiones internas, sino de muchos sujetos mirando la misma realidad.

Esta obra se concibió y redactó como analogía de la obra que pinta Lily Briscoe, pintura que adquiere forma y cuerpo con el paso del tiempo. Es una pintura que se realiza ante los ojos del lector, quien propiamente no ve la pintura, pero la lee. Esto presenta una nueva estética en la literatura que pretende desentenderse de las formas tradicionales de escritura para presentar en la novela la posibilidad de un retrato. Se aleja de los cánones realistas convencionales, no por capricho, sino porque considera que la realidad no se ha representado de manera fidedigna siguiendo los viejos cánones.

La escritora no quiere hundirse en un universo de anécdotas familiares, ni quiere hacer un retrato convencional de una familia, (la familia ficticia de los Ramsay es la propia familia de Virginia), ni quiere idealizar su infancia recreándola en la estampa de cualquier novela pastoril. Sus personajes son sombríos y de compleja psicología.

Esta novela nos descubre el desarrollo e impacto de la conciencia individual mediante el acercamiento al mundo externo. Si el monólogo interior sirve para algo, es en buena medida para averiguar cómo se forma ese mundo externo en la conciencia individual, de otra manera, cómo las diferentes conciencias de los individuos llegan a diferir tan grandemente en función de perspectivas  condicionadas por la edad, el sexo, la educación, las esperanzas, los intereses, en general hablamos de las diferencias humanas.

Me gustaría volver a los personajes principales de la novela: Mrs. Ramsay, su esposo y la Srta. Briscoe.

Mrs. Ramsay es el personaje más interesante de los tres. Su figura no se explica con facilidad. Es una mujer de clase alta, moderadamente cultivada, pero ajena a la educación formal de sus hijos. Está siempre más preocupada por el aspecto social de las relaciones familiares que por ella. Vive con los prejuicios de su clase. Cree que toda mujer debe casarse. Siempre que mira a la Srta. Briscoe es para evaluarla en función de la cotización que llegaría a alcanzar en el mercado del matrimonio.

Hay en la novela una insinuación velada de una historia de amor cuyo recuerdo siguió obsesionando a Mrs. Ramsay. Los Ramsay aparecen como un matrimonio bastante convencional. En ninguna parte de la novela hay información parecida a la que ofrece la vida real. Leslie Stephen (padre de Wolf) era viudo con una hija paciente mental. Julia Stephen (madre de Wolf) también era viuda de Herbert Duckworth y trajo al matrimonio con Stephen tres hijos.  A su vez ellos procrearon cuatro hijos, Vanesa, Thoby, Adrian y Virginia. Algunos críticos piensan que Mrs. Ramsay nunca amó a su segundo marido pues el recuerdo de Duckworth la acompañó toda la vida.  La novela  presenta a los esposos Ramsay como una pareja que se potencia mutuamente en sus rasgos sicológicos menos gratos. El ambiente familiar no era de paz. Por el contrario, era una atmósfera hogareña hostigada por los continuos arranques de violencia y cólera del padre, y por los silencios y deseo de soledad de Mrs. Ramsay. De forma curiosa, esta dama que deseaba la soledad tenía siempre invitados y huéspedes en su casa. La autora deja saber en su diario que mientras su madre vivió nunca pudo estar quince minutos a solas con ella, porque siempre alguien interrumpía. La madre de Woolf se opuso en su tiempo a las sufragistas que solicitaban el derecho al voto para las mujeres.

Mrs. Ramsay alimentaba la dependencia que su marido tenía de ella. Era la fuente de reconocimiento sin la que el esposo no podía vivir. Lo respetaba, lo mimaba, lo atendía en sus crisis, y esto explica una relación entre dos personas que por principios, u orgullo, no aceptaron la situación que vivían. Mrs. Ramsay terminaba aceptando los planteamientos de su marido y de esta forma volvía a triunfar. El sólo necesitaba ser reconocido.

La Srta. Lily Briscoe anuncia un nuevo modelo de mujer, cultivada, independiente, libre de las servidumbres familiares. Es ella quien realmente evoluciona con el paso del tiempo en la novela. La pintora titubeante de la primera visita a la casa de verano de los Ramsay se convierte en la artista madura de la segunda visita que sabe cómo retar el caballete, que se niega a ofrecer consuelo al viejo Mr. Ramsay sólo porque la sociedad lo espera, que puede analizar con diez años de distancia la persona de Mrs. Ramsay. En la primera parte de la novela, Briscoe no puede terminar el cuadro por un problema de relación de los elementos del cuadro. El tiempo se encarga de darle la solución. Diez años después no tiene encima la cantaleta de Charley Tansley diciendo que las mujeres no saben pintar ni escribir. Es la dueña del jardín y nadie la molesta. Pero ahora tiene que pintar de memoria porque los modelos no están. Briscoe comenzó pintando las figuras humanas de Mrs. Ramsay y su hijo. Diez años más tarde una sombra de aspecto triangular suple esa ausencia. Es un ejercicio de la memoria. De modo que es un retrato del recuerdo. El recuerdo restituye lo humano. De igual manera el lector tiene ante sí una novela que ha reconstruido la figura humana con el concurso del recuerdo.  Esta libertad de crear desata en Lily Briscoe un poder artístico latente. Por esta razón muchos críticos ven en este personaje a la misma Virginia Woolf, quien no podía soportar la crítica de su padre, pero después de su muerte dio rienda suelta a la escritura.

Por otro lado, hay en esta novela una estética relacionada a la melancólica contemplación del paso del tiempo. El lector pasa la página y a la vez Mr. Ramsay termina de leer un libro, Lily Briscoe termina de pintar su cuadro, los excursionistas llegan al faro. Son varios los recorridos temporales que se mezclan al concluir la novela, incluyendo el deseo aplazado de James que tarda diez años en llegar

Muchas interpretaciones se han dado a la figura del faro. Russell dice que el faro es un principio femenino creador. Bennett dice que la alternancia de la luz y la claridad en el faro es el ritmo de las penas y las alegrías, de la comprensión y la incomprensión. Daiches dice que el faro, solitario en medio del mar, es un símbolo del individuo que es único, parte, y fluir de la historia. John Graham piensa que el faro es una síntesis vital del tiempo y la eternidad

Mrs. Ramsay se identifica con la luz del faro y su melancólica búsqueda de algo indefinible que va más allá de la vida matrimonial “Con frecuencia se sorprendía de sí misma  allí sentada y mirando, con la labor entre las manos, hasta que se convertía en aquello que miraba, aquella luz por ejemplo…”

Mrs. Ramsay aspira a la claridad de aquella luz que brilla en medio de la noche. Aspira a ser ella misma esa luz. Camina siempre como en espera de encontrarse con alguien a la vuelta de la esquina. La mujer aspira a una vida plena.

Si el faro es ese punto de fuga, entonces ese faro que ordena el contenido de la obra es Mrs. Ramsay, porque en ella convergen todos los personajes y desde ella se definen.

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Reseña: ‘El Gatopardo’ de Tomasi di Lampedusa

El Gatopardo ¿Obra maestra o milagro?

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La novela El Gatopardo constituye uno de los más inquietantes enigmas de la literatura contemporánea. Apareció en 1958, y según Mario Vargas Llosa, desde entonces no se ha publicado en Italia, y acaso en Europa, una novela que pueda rivalizar con ella en delicadeza de textura, fuerza descriptiva y poder creador.

¿Cómo pudo Giuseppe de Lampedusa, envenenado de decadencia en la apartada Sicilia, escribir una novela tan poderosa y desoladora?

Este noble, arruinado y taciturno, nació en Palermo, en el seno de una antiquísima familia que ya no era tan próspera. Sirvió de artillero durante la Primera Guerra Mundial en el frente de los Balcanes. Fue tomado prisionero, pero logró fugarse y cruzó disfrazado media Europa a pie. Los treinta y pico de años restantes los pasó en su ciudad natal sumido en una rutina rigurosa de lecturas y cafés, de la que no lo apartó ni siquiera la bomba que en 1943 pulverizó el palacio de Lampedusa, en el centro de Palermo. Fue en el café Mazzara, a los cincuenta y ocho años de edad, donde escribió  El Gatopardo. Le tomó unos meses. Antes de esto sólo había escrito cartas.

Para gozar de una novela como esta, hay que aceptar que la ficción  es una ilusión que a fuerzas de fantasía y de palabras crea una realidad paralela. Lampedusa objeta en la obra la noción del progreso, rechaza toda posibilidad de justicia y mantiene una visión retrógrada y cínica de la historia.

La obra se presenta en ocho episodios que comienzan con el desembarco de las fuerzas de Garibaldi en mayo de 1860, y terminan en el 1910, con el desmantelamiento, por el cardenal de Palermo, del almacén de reliquias de santos (entre las que languidecen, vueltas reliquias también, las hijas del príncipe Fabrizio).

Lampedusa plasmó en  la novela todos sus recuerdos familiares. La nostalgia de los tiempos pasados es la atmósfera constante. Ejemplo de esto es el hecho de que el personaje del príncipe Fabrizio de Salina fue un antepasado decimonónico: don Giulio María Fabrizio, distinguido matemático y astrónomo. Para el príncipe Fabrizio la historia no existe. No hay historia porque no hay causalidad. Suceden cosas, pero en el fondo nada se conecta ni cambia. El tiempo no fluye y la historia no se mueve. El autor pone en boca de un personaje llamado Tancredi la frase que resume la visión histórica de la novela: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”.

El gatopardo es el símbolo de la ruina; un solitario altivo en un mundo que declina, un símbolo en una realidad que se despoja con frialdad de su simbología. Lampedusa es el corazón del gatopardo. Es en la materia narrativa donde intenta explicarse y comprenderse. Recordemos que el blasón de la familia de Lampedusa exhibía un leopardo erguido sobre las patas traseras. En la novela ese animal es sustituido por un gatopardo, felino de formas elegantes parecido al gato doméstico, pero mucho más grande.

Aunque nos alarme la planteada negación de la historia como proceso lineal, la obra de Lampedusa es congruente en la construcción de temas y personajes, bella en el lenguaje y en las descripciones, absoluta en la desesperanza, y de una hermosura escultórica a toda prueba.

Lampedusa murió en 1957 sin ver su obra publicada. En 1958, Giorgio Bassani logró su difusión después que dos de las principales editoriales italianas rechazaron el libro.

En la navidad de 2006, en lo alto de una peña en Bayamón, la directora de la revista Letras Nuevas, Mara Daisy Cruz, envuelta en un chal negro, sonrió al poner la novela en mi mano. Dio la espalda y desapareció en la bruma como el ventisquero. Ahora entiendo su gesto. La perversa me enfrentó para siempre al misterio de la genialidad artística; esa que nos muestra la insuficiencia de la realidad, y cómo en toda obra maestra, como El Gatopardo, hay algo de milagro.

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Tranquilo Aarón, Dios también tiene un hijo (por Rubis Camacho)

 

“Pues ahí está tu hermano Aarón…Habla con él y

explícale todo lo que tiene que decir”

Éxodo 4: 14-15

 

“Rey pensativo de los harapos. ¡Oh, caballero de los

 silencios interminables sobre los montes!”

Palés

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Pintura de Oswaldo Guayasamín

El líder de la Congregación Mita camina apesadumbrado. Anhela un punto más allá del horizonte, un escondite , una peña que lo cubra , un desierto cerca de Beerseba;  inhóspito territorio al que acudió el profeta Elías tras la amenaza de muerte que le lanzó Jezabel.

  ¿Se puede caminar de otro modo cuando se cargan todos los signos de la derrota? ¿Se pueden levantar los hombros después de un cantazo divino? ¿Se puede sonreír cuando los labios babean acíbar? ¿Cuándo pintó Guayasamín sobre su cara? ¿Será que  “Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”?

   Aarón enfrenta hoy el momento más aciago de su existencia. Una prueba científica asegura que es el padre biológico de un hombre llamado Samuel Beníquez. Sí, lleva el nombre del profeta a quien su padre Elcaná no cuidó ni vio crecer, pues el niño fue entregado al sacerdote Elí en el santuario de Siló.

Samuel Beníquez alega que instó este pleito porque no desea vivir en la mentira. Si no fuera cierto el planteamiento, al menos, ha dado al líder de la Congregación Mita  y a sus seguidores la oportunidad de vivir y crecer  con la verdad, aunque  el bocado sea amargo. Lo canta Serrat: “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

 Ahora bien, no pensemos que es fácil levantar un negocio próspero o un imperio económico; mucho menos una comunidad religiosa con un gran nombre, aunque muchas veces se trate de lo mismo. No son cosas de suerte. Aparte de ¿iluminación? se requiere esfuerzo, disciplina, trabajo en equipo, ágil administración del presupuesto, austeridad en las etapas iniciales, adiestramientos, evaluación de procesos y resultados, y por supuesto, visión. En esto fue probado Aarón, no hay duda.

Hace unos días, la Congregación Mita ofreció un extenso, detallado y estratégico documental sobre  la obra de su líder. Efectivo, muy efectivo. Lo mostró como un ser afable, amoroso, prudente y justo, con vocación por los humildes y llamado por el Altísimo. Todos rasgos loables. Algunos ex gobernadores aparecieron complacidos en su compañía.  Sus seguidores piensan que en él habita la plenitud de la deidad. ¿Será por eso que sus adeptos no pueden aceptar a un dios fracturado y roído? ¿Será por eso que la afirmación de la paternidad de Aarón se convierte en tragedia?

            Sospecho que el asunto tiene que ver con la declaración maligna, diabólica y morbosa de la sierpe en el paraíso  “Serán como Dios”. Me estremece escuchar a la Congregación Mita exclamar ¡Gloria a Aarón! ¿No les parece demasiado peso en la espalda de un mortal? Tal vez Aarón lo creyó çalladamente”, lo actuó “profundamente”, lo enseñó “serenamente” (para usar los adverbios de Palés en Rabi Jeschona de Nazareth). Tal vez libó del placer y el poderío. Quizás se engolosinó como Lucifer. Posiblemente no es inocente, ingenuo, puro, ni paciente, pero humano es, sí, muy humano, tan humano como su tragedia. “Soy hombre, nada humano me es ajeno” (Terencio).

            ¡Cuánto bien le haría volverse a llamar Teófilo! ¡Cuánto bien le haría regresar a su estado de hombre y leer los versos de Luis Francisco del Pilar “Tú fuiste como yo, Jesús. Anduviste turbado en la vacilación, el sí y el no. Lo sé pues lo leí en tu mirar de hombre…” ¡Cuánto bien le haría al líder de la Congregación afirmar de una vez esta cuestionada paternidad, aceptar las fragilidades y maravillas de los imperfectos humanos “Porque en tu debilidad mi poder se perfecciona”, trazar nuevas rutas de reconciliación con un hijo que espera, perdonar y perdonarse, celebrar la vida, en este caso la del hijo de Aarón , y en él la vida de todos nuestros hijos¡

            ¿Qué pecado puede haber en tener un hijo?   Tranquilo Aarón, Dios también tiene uno.

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Las malas palabras merecen respeto/ por Rubis Camacho

“El hombre sonrió. Y después murmuró ¡pendejos!”

En el fondo del caño hay un negrito (José Luis González)

                                                                                                                                   

 

La sociedad espera que una persona correcta y educada se abstenga de decir ciertas palabras. A estas palabras discriminadas les llamamos malas palabras, palabras soeces (bajas, groseras, indignas), palabras sucias, entre otras categorías. La mayoría de ellas nombra las partes pudendas (feas, que deben causar vergüenza) del cuerpo. Me pregunto: ¿Hay algo malo en las partes pudendas? ¿Tiene que ver con el tabú o con la hipocresía con la que manejamos los asuntos del cuerpo y la sexualidad? ¿Son malas porque inyectan erotismo? ¿Por eso corrupción  no es una mala palabra?

En el Congreso de la Lengua celebrado en Rosario, Argentina, en el 2004, el escritor y humorista Roberto Fontanarrosa también cuestionó el que se le llame malas a ciertas palabras. Éstas fueron sus preguntas: -“¿Por qué son malas las malas palabras? ¿Quién las define como tal? ¿Por qué? ¿Las malas palabras le pegan a las buenas? ¿Son malas porque son de mala calidad? ¿Es que cuando alguien las pronuncia se deterioran? ¿Son palabras que riñen con la moral? ¿Son como esos villanos de las viejas películas que eran buenos, pero la sociedad los hizo malos?” -La audiencia respondió con aplausos.  

Creo que el idioma es el gran archivo de un pueblo. Este archivo no es inmutable. Los hablantes cambiamos el valor y la vigencia de las palabras y expresiones. De acuerdo a Lázaro Correter, un idioma inmóvil certifica la parálisis mental y hasta física  de quienes lo emplean. Esta actividad de permanente revisión responde a varios factores: se inventan nuevas palabras, las existentes se vuelven obsoletas, y otras, como en el caso que me ocupa, se vuelven indecibles. ¿Obscenas? ¿Profanas?

 Resulta interesante que, en la mayoría de los casos, las personas ofendidas por estas palabras no pueden ofrecer los significados ciertos de las mismas. Les insulta la intención, el tono, el contexto y la sonoridad, estridencia dirían algunos. Pensemos en la palabra puñeta (me da trabajo escribirla). Mi madre infartaría si me escucha decirla. El Diccionario de la Lengua Española, vigésima segunda edición, 2001, la define como: encaje o vuelillo de algunos puños, pejiguera, dificultad, molestia, desechar o despedir a alguien despectivamente o sin miramientos, estropearse algo o fracasar en un asunto, sanseacabó, masturbar o masturbarse, asombro o enfado.

Con la manoseada palabra carajo ocurre algo similar. Descubrí que durante mucho tiempo el carajo fue el canasto de madera adherido al mástil del barco. Allí se colocaba el vigía. Era un lugar poco deseado. Los hombres enviados al carajo padecían de frío, mareos, vientos y aburrimiento. En el océano Índico se encuentran unas islas llamadas Islas Carajo. En España el carajillo es el café con coñac. El Diccionario de la lengua Española  define carajo de la siguiente manera: miembro viril, se usa para suplir el nombre de un hombre que no se quiere mencionar para desvalorizarlo; denota enfado o rechazo, expresa disgusto, rechazo, sorpresa, asombro, muy grande o intenso, importar a alguien, echarse a perder, rechazar con insolencia o desdén , contrariedad, para ponderar o negar.

 

Los militantes de las malas palabras

Es importante señalar que los militantes de las malas palabras no reconocen los riesgos de fracturas al idioma. Son hablantes que no se consideran responsables de la estabilidad del sistema idiomático heredado. Piensan que la lengua en la que nacieron no los obliga; esto por  múltiples razones que van, desde una instrucción deficiente, hasta el uso del lenguaje para la exhibición personal. Creen que violentando las maneras socialmente aceptadas en la comunicación  crecerán en la estima ajena.

Muchas veces el desvío idiomático responde al deseo de mostrar con el habla la pertenencia a determinado grupo, hasta el punto de crear una jerga imprescindible como señal de identidad. Tal vez un lenguaje desenfadado o desinhibido revela seudo victorias alcanzadas en la lucha por lograr la  libertad personal. Se desea estremecer con la aspereza de la palabra. Es un puñetazo propinado con la lengua. Fernando Lázaro Correter resume en una frase la definición que algunos militantes de las malas palabras ofrecen para el lenguaje socialmente correcto: “palabras de frialdad próxima al cero”.

Las malas palabras en la literatura

Algunos críticos plantean que las malas palabras en la literatura responden a una preocupación por el mercadeo de un texto, es decir, la necesidad de insertarse en el comercio idiomático. Lo preocupante de esta situación  es que podemos consumir textos averiados que olvidan que el lenguaje es una copropiedad. No obstante, las malas palabras aparecen, créanme, en la buena literatura. Lean los ejemplos.

 Fernando Alegría grita en sus versos del 1965, “¡Viva Chile, mierda!”

El poeta peruano Jorge Cumpa Donayre (1921–1987) escribe: “Bueno, ha llegado el momento, el momento esperado más de siglo y medio, para que desde la antigüedad de mi canto extraiga este grito de barro estremecido, viva el Perú, carajo”…

Gabriel García Márquez finaliza su conocida novela  El coronel no tiene quien le escriba de esta manera: “El coronel necesitó setenta y cinco años, los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto, para llegar a este instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -mierda.”

 En la novela La ciudad y los perros del peruano Mario Vargas Llosa, el personaje del Jaguar dice: “Que se vaya a la mierda.”

  Sábato, en su novela El túnel llama puta al personaje de María Iribarne.

  El puertorriqueño José Luis González usa la mala palabra para lograr una escena cruda en su maravilloso cuento En el fondo del caño hay un negrito: “volteando gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, o la guagua o el camión, tomaba la curva allá delante. El hombre sonrió. Y después murmuró: -¡pendejos!”

 Y por si fuera poco, algunas multitudes puertorriqueñas vociferan emocionadas con el puño en alto, a coro con el Jíbaro:  “! Coño, despierta boricua! ¡Despierta boricua y ven a buscarme a Lares!”

¿Se justifican las malas palabras en la literatura? Aunque algunas personas piensan que las malas palabras sólo se validan en la boca de personajes de clases sociales bajas, es preciso decir que estas palabrotas brotan de personajes de carne y hueso, que antes de ser llevados al papel han sido claramente escuchados por el escritor. Que las palabras ¿profanas? son carne de la materia narrativa, y que con ellas atenúan o combaten las miserias personales y sociales. Este es el caso de la palabra pendejos en el cuento En el fondo del caño hay un negrito. Las malas palabras ocultan, evocan, no aclaran, no explican, básicamente refieren. Por eso, un carajo lanzado con vigor evita dar una serie de explicaciones o razones en un texto.

Identifico buenas razones para el uso de la mala palabra en la literatura: (1) suple la necesidad de la fuerza expresiva, (2) el texto lo exige para romper la monotonía, (3) el escritor o escritora persigue un efecto, busca sobresaltar, incomodar, (4) revelan una visión del mundo, (5) es un decir más claro, más rotundo, mejor ajustado al asunto y a la intención, a las expectativas de quienes han de leer u oír, (6) ofrece matices (a mayor cantidad de matices, mayor expresividad, por lo tanto son irremplazables en su sonoridad, otras son irremplazables por su contextura física), (7) tienen función terapéutica (el escritor o escritora inmerso en la pasión del relato puede soltar la lágrima o el aire comprimido en esa palabrota que pone en boca del personaje. El personaje, a su vez, descarga los niveles de violencia, dolor, angustia y decepción que le impone el conflicto; y el lector, atrapado por una lograda atmósfera también grita la palabrota y felicita al personaje diciendo, como mi amigo Alfonso, ¡Coño, ya era hora!),  (8) la mala palabra intenta un tono, (9) refleja un mundo, (10) hace del texto uno sincero y verificable, (11) nos lanza al mundo de la estridencia, (12) el lector se siente apelado e interpretado, (13) nos enfrenta a una estética diferente. Las malas palabras viven en contextos de poder. El vocablo más condenado es el que tiene mayor poder. (14) Su alcance es masivo. (15) Son palabras que cortan sin anestesia. (16) Son de conocimiento general, aunque algunos  no las usen, (17) desacralizan.

 

Conclusiones

Las malas palabras poseen un raro hechizo. Hay códigos, contextos, épocas y situaciones en los que las malas palabras pierden o ganan fuerza, precisión, propiedad. Por ello se dice que no hay buenas ni malas palabras. Que me perdonen los puristas del idioma, pero, sean buenas o malas, las palabras mal usadas son un tormento.

Si bien es cierto que las malas palabras han estado siempre en la literatura, no hay que abusar de ellas, pues el gran valor literario de las obras que las contienen no reside, exclusivamente, en su uso. Descollar prevaricando (palabra de Cervantes) es posible, pero ¿hasta cuando? Si usamos las malas palabras como mecanismo, nos apegamos a su funcionamiento, lo exacerbamos, pero tarde o temprano se agota, se falsea. Descollar sin hacerlo resulta encomiable.

Es más trabajoso hacerse notar con el lenguaje simple y correcto. Exige sentido profundo del idioma, respeto a sus complejidades y conciencia de la dificultad que entraña la sencillez. Obliga a la consideración continua del tono en la comunicación  y al desarrollo de la capacidad de invención para manejar recursos comunes. Contar sencillo no es fácil, exige aprendizaje.

El uso de la mala palabra puede manejarse de manera inteligente sin agotar el gran repertorio de posibilidades que la lengua ofrece. Las malas palabras bien usadas pueden ser la sal del lenguaje. Nada es tajante en la vida de un idioma. Quien escribe literatura enjuicia su idioma y el ajeno (no confundamos irreverencia con chapucería). Debemos procurar que las malas palabras sirvan para mejorar la capacidad expresiva de la lengua, sin menoscabar la espontaneidad más rica y más fresca.

Eximamos de culpa a las malas palabras. Recordemos la frase del anciano obispo de Mirepoix, personaje de Sade en el cuento Un obispo en el atolladero, cuando su cochero le dijo que debía blasfemar para que los caballos obedecieran y salieran del hoyo:

 – Blasfema, hijo mío, pero lo menos posible.

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¿Será la biblioteca de Rubis?

Por Ricardo Vega/ profesor en Boston

  • ¿Será la biblioteca de Rubis? Tiene que ser. Espero que sea. Pensaba mientras miraba la foto de la limpia tablilla rojiza y los libros que apretados los unos contra los otros le negaban existencia a cada posible rendija. Así me gustan. Y así mismo los tengo en mi biblioteca personal, rellenando y maximizando cada espacio y en espera de los libros que vendrán. Pues son siempre los próximos, los libros que quiero leer y todavía no tengo, o peor aun para la impaciencia, los que sabré que querré leer y aun desconozco los que deseo se unan a mi colección. Tienen que ser los libros de Rubis, así espero. Pues aunque es solo parte de una tablilla y minúsculo vistazo al tope de los títulos en una segunda, inmediatamente pensé que si puedo aprovechar la magia de mi iPhone y engrandezco la imagen, tal vez pueda leer con claridad los títulos en los costados de los libros. Así hice, y aunque no pude distinguirlos todos, pues los libros pequeños se nublaban al ampliarse, pude alegrarme en distinguir por lo menos los tomos masivos. Comencé sistemáticamente de izquierda a derecha, como quien lee, igual que repaso y disfruto mi propia colección. Frustrado por la imposibilidad de claramente leer los títulos de los primeros cuatro libros en donde solo logro reconocer el familiar logo de Ediciones Huracán, continuo, ansioso por desenterrar los orígenes intelectuales de mi amiga de la juventud, hasta que me golpean, sacándome de mi hipnosis, las letras grandes de Oscar Wilde. Y no faltaba más. Como narradora, era de esperarse ver al gran dramaturgo del siglo diecinueve como parte de su colección. Inmediatamente después, como queriendo balancear el enorme peso de la literatura inglesa, el manual Nueva Gramática de la Lengua Española. Dos enormes lenguas batallando por la atención de la lectora, mientras esta, como quien obliga al emperador y al Papa a compartir una misma mesa, reconoce el enorme valor de ambas, negándose a declarar vencedora a ninguna. Mas la paridad es momentánea. Mi recorrido visual por esta pequeña ventana a la biblioteca personal de Rubis toma poco tiempo en darle la obvia preferencia al idioma natal, el español. Comunicaciones 1 y Comunicaciones 2 comienza una nueva parte de la jornada visual en donde por desconocidos, por lo menos para mí, son el preámbulo de otro segmento de títulos borrosos. Solo el breve oasis de Los Cuentistas y El Cuento de Carmen Lugo Filippi calman la desesperación causada por los ignotos títulos. La vocación cuentista de Rubis se valida en tan corto recorrido. Pero mi curiosidad por los títulos que no puedo distinguir me lleva también a pesan en las secciones de la biblioteca que ni siquiera están en la fotografía. Es evidente, por lo poco visto, que esto no es más que una prueba mínima de lo que debe ser una extensa biblioteca personal. Pero la curiosidad me invade. ¿Será que literatura, y más específicamente cuento, componen la totalidad de la biblioteca de Rubis? ¿O habrá también textos de política, filosofía, ciencia, historia, y arte? Tiene que haber. Pues si esta es la biblioteca de Rubis, y espero que así lo sea, tiene que reflejar los múltiples universos que apasionan a un(a) escritor(a). ¿De qué será ese libro amarillo que está entre el de Lugo Filippi y La Artesanía del Cuento? Por cada título borroso que paso tengo que buscar nuevas fuerzas para no desesperarme y abandonar mi recorrido. Por lo menos el misterio se limito a un libro en este último salto. Es aquí entonces la Revista Boreales, la razón de ser de la foto, tomó su posición central. Imagino que el extracto que Rubis añade con la foto es solo un corto pedazo del artículo dentro de la revista. Artículo que no puedo leer en su totalidad pues no puedo ni abrir ni mucho menos pasar las páginas de la foto. Y como si esto fuera poco, la revista se empeña en también ocultar, estimo yo, unos 14 libros de la biblioteca de Rubis que posiblemente jamás sabré cuales son. El lugar de la Revista también me lleva a suponer que esta es una posición temporera. Pues sospecho que Rubis tiene que haber descubierto, como todo buen come libro, que no colocar los libros en el borde de la tablilla del librero, como imprudentemente los empuja hacia atrás la Revista, invita a la acumulación perenne de polvo. La ubicación de los libros en la segunda tablilla parece confirmar mis sospechas, ya que estos se encuentran, como debe ser, con sus costados perfectamente perpendiculares al borde de la tablilla. Dos libros más con títulos imprecisos me desconciertan hasta que encuentro el próximo oasis en La Palma del Cacique de Alejandro Tapia y Rivera. Clásico que ya se puede leer en el Internet, pero que la posesión física del libro hace de Rubis también una lectora clásica. Cuatro desventurados y, de nuevo, borrosos títulos me llevan la sangre cerca del punto de ebullición. Solo el familiar símbolo de Ediciones Huracán vuelve a mantenerme en pie. Hará unos treinta años, mi prima la “comunista” como la llamaba mi abuela Antonia, Carmen Rivera Izcoa, editora de Ediciones Huracán, parada frente a su librería La Tertulia en Río Piedras comentó que en Puerto Rico solo había 3,000 lectores. Tomé muy en serio el comentario, viniendo de alguien que había dedicado su vida a la publicación y venta de libros en la Isla. Hoy en día, y tomando el crecimiento poblacional como guía, debe de haber unos 4,000 lectores en el país. Yo sé que soy uno de ellos, y como era de esperarse, la biblioteca de Rubis, pues esta tiene que ser la biblioteca de Rubis, por lo menos así espero, me ratifica que Rubis es otra. Ojalá que pueda encontrar a los otros 3,998 y añadirlos como amigos en Facebook. El Cuento Venezolano, cuyo autor no puedo distinguir, apenas alivia mi suplicio. Este por lo menos sella la amplitud internacionalista de Rubis, pero también es el preámbulo, muy pronto descubro, de un resto de jornada visual oscuro y angustioso.. No menos de cuarenta libros me esperan en la segunda tablilla que con cínica alevosía me invitan a explorarlos para tan solo azotarme con la borrosa realidad de sus ilegibles títulos. Es aquí donde mi caridad cesa y palabras soeces salen por mi boca. Pues aunque lo descubierto en esta breve reseña arqueológica de la foto de un pedazo de la biblioteca personal de Rubis (esa tiene que ser su biblioteca) cementa mi gratitud por conocerla, también crea, tal vez como toda buena investigación, mas preguntas de las que contesta. Solo me queda el consuelo de que mis quejumbrosas blasfemias han sido toleradas y hasta aplaudidas por su artículo en la Revista.

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