Archivo de la categoría: Recinto para el asombro

Momentos de mi vida…

La Naturaleza del Silencio ( por Salvemos a las Evas Fotografía)

 

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Salvemos a las Evas Fotografía“, me invita a participar de su nuevo proyecto : ” La Naturaleza del Silencio“. Sigo instrucciones: siéntate allí, detente,  mira a la cámara,  ahora no mires a la cámara… Todo resulta en un juego delicioso, porque no se busca otra estética que la que produce el contacto silente con la naturaleza.

Comparto algunas  fotos, las otras ( las mejores, dicen ellas),  las publicarán más adelante.

Mi gratitud por ese rato tan armonioso y cálido.

Las abrazo, fotógrafas !!!

Sí, “Salvemos a las Evas”!!!

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MI HIJA ERA UNA ESTATUA DE DICHA* (por Rubis Camacho)

 

 

 

 

 

Julio del 2011

Era desesperante el calor en Madrid. El sol de las doce rajaba el techo del Santiago de Bernabeu, cuando descendimos del taxi. No pude menos que sonreír al observarla de pie; diecinueve años, melenita negra y comba sobre la espalda, pantalones cortos, y sobre el muslo derecho el controversial tatuaje que me ocultó por meses (una sirena cínica de ojos brillantes, algo lúdica, que sostiene un girasol). Llevaba los Nike rosados de Cristiano Ronaldo; sobre el torso una camiseta sin mangas de rayas amarillas. Cargaba en el bolso una camiseta blanca con rayas azules en el cuello y los hombros:

–El uniforme del Real Madrid cuando están en casa –me explicó. No entendí ni pregunté. Pensaba en los muchos euros que tenía que pagar para que le mostraran el estadio vacío.

–Podrías fotografiarlo desde afuera –me atreví a sugerir.

El tamaño de sus ojos me dio la respuesta. Por si no me quedó claro, añadió a punto de llorar:

–Hemos ido tres días al Prado, dos al Reina Sofía, ¿y quieres que fotografíe el estadio desde afuera?

Puse en su mano los euros requeridos y me dispuse a esperarla en una cafetería cercana. Pasados treinta minutos, regresó con cara feliz a indicarme que ya podíamos pasar a la tienda del estadio a comprar algunos recordatorios. Descubrí que en la maravillosa tienda de dos pisos no había un objeto que quisiera traer a Puerto Rico.

-¿Quieres una foto con Cristiano Ronaldo? – le preguntó un empleado.

-¿Está aquí? –dijo menguada, con vocecita frágil y palidez súbita.

–No, pero en la foto parecerá que sí –contestó el hombre.

De inmediato, traté de calcular cuánto me costaría en dólares una foto de mi hija con el Cristiano. Sin darme tiempo a responder, el empleado la colocó frente a una computadora. Le indicó que extendiera la mano como si estuviera abrazando al fulano.

-Solo piensa que está a tu lado –le repetía.

El brazo morenito se extendió a la nada. Miró aquel fragmento de aire con un rubor desconocido. Una sonrisa nerviosa le revoloteó en la boca. Me asusté. Los ojos se le hicieron farolas acuosas y un color a enamorada le subió a las mejillas. Emanaba esencia de flores y en la boca salivaba algodón dulce. Volví mis ojos al hueco de aire. Regresé a su cara de ensueño. Mi hija era una estatua de dicha.

El hombre oprimió una tecla. Al instante, una impresora vomitó la foto en la que mi hija abrazaba en mágico embeleso a un dios desconocido. Aturdida, pagué la foto sin reparar en el costo.

Mientras ella acariciaba la foto, caminamos silenciosas hasta abordar el taxi. Ya muy cerca del hotel, traté de romper el hechizo. Intenté colocar  la mano en su muslo derecho, para recordarle que debía empacar esa noche, pues al día siguiente, muy temprano, tomaríamos el tren a París. No pude; tropecé con los dientes de la sirena, que ampulosa y burlona se reía.

 

*Este relato aparece publicado en la antología “Meter un goooooool”de Letra Negra Editores, Guatemala.

 

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BALADA DE OFICINA por Rubis Camacho

 

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-Tómalo de prisa, que se pone como lengua de muerto- siempre te dice Norita, mapo en mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y necesaria como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Te retiras para acomodar algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento en una esquina del cubículo. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Acomodas la foto descolorida, y colocas el lapicero detrás de la computadora; ese lapicero que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba. En su lugar, colocas la caja de calendarios que les regaló la empresa, y que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con cara sonrosada y sonrisa Pepsodent.

Ya escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, “Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera…” las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida, “Puedes tener paz en la tormenta“, la discusión telefónica de  Loreta con la maestra de su hijo,  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto… Intentas girar la silla hacia la izquierda para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado -sólo será por unos días, Elvirita.

Un empolvado florerito plástico,  con tres claveles de papel,  descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma la cara blanca. Intentas alcanzarla. Viras el vaso de café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Miras las llagas inescrupulosas del techo y reprimes el grito.

A tu espalda, una ventana de cristal, por supuesto, cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la garúa y la ventana gime  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira,  cierra los ojos, se sacude y se desentiende. Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegaste  o si nunca te has ido. En algún lugar  Serrat canta, “Se equivocó la paloma, se equivocaba…”

 

 

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La cárcel de Monet

Cuento, Rubis M. Camacho

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A Luis Fernando, porque lo vio primero…

A Emilio del Carril, en su cumpleaños…

Sentado en una piedra esperé seis horas por Eugene Boudin. El viejo pintaba enardecido el mar agreste de la ciudad porteña de Le Havre. Mi adolescencia inquieta saltaba de las dunas para reclamarle el paso a la confitería a disfrutar de un tierno baguette, un poco de mermelada y algo de mantequilla.

-No has comido en horas- le dije, desesperado por el hambre y el aburrimiento.

-Estoy preso, encarcelado -repitió con ojos de mochuelo enloquecido, mientras el pincel derrumbaba distancias salinas para crear una línea azul grisácea en un juego de tonos emparentados.

Busqué una pista sobre la lámina arcillosa, una huella, un barrote, un centinela, un gendarme, pero solo avisté un mar que, monótono, se engarzaba entre las piedrecillas negras.

************

Cincuenta años más tarde, salté de una góndola con caballete y paleta a pintar el agua de los canales, muy cerca de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore. Una delgada cuerda de luz se me enroscó en el cuello. Al inicio, fue apenas un collar inofensivo, una cinta de seda iridiscente, pero a medida que avancé, la tira adquirió grosor de soga de barco. Con fuerza de sierpe desesperada, se trabó en mis pies, dejándome varado ante un poniente intraducible.

En medio de las oscilaciones luminosas logré plantar el caballete. Preparé la paleta y alcé cientos de veces el pincel para atrapar el velo de nácar que caía, avivado, sobre la piedra dura de la iglesia de Palladio San Giorgio Maggiore.

Las primeras pinceladas fueron pequeñas, puntillistas, densas…Traté de precisar el color aproximando diferentes manchas. Pero la luz, de una dureza histérica, untaba todas las superficies. Alcancé a pintar unos puntos de luz con colores puros. Fue un brevísimo logro. El cosmos se derretía en racimos rosados y violetas. Brotaban del pincel como niñas que salen a su primera fiesta. El crepúsculo se tapizaba en brillantes topacios y anaranjados sanguinolentos. Algo en mí gritaba, ¡Detente, Monet, detente! ¡Tu paleta no alcanza! Las nubes ¡destempladas Midas! transformaban los edificios en pedazos de oro.

Enfrentaba lo terrible, es decir, lo sagrado…Toda la vida sobre mí como una llamarada espesa, y yo, reducido, raptado, incautado.

Quise correr a los canales, al desequilibrado balance de las aguas turbias.   Conozco muy bien su marrón sucio de fluir constante, pero no podía moverme.

************************************************************************

-No has comido en horas. -Era la voz de Alice.

Asentí. Traté de ocultar las lágrimas. Siempre lo hago. Alice lo sabe, pero calla y sonríe.

Guardé los materiales y emprendimos el regreso. Alice puso su pañuelo en mis manos sin mirarme a la cara. Luego, con la misma nostalgia de la mujer de Lot, volteó la cabeza para despedirse de la epifanía.

También volví la cara, indigno del milagro. Todavía, las cadenas de luz  colgaban como rizos tiernos sobre un cielo que ya empezaba a oscurecerse.

 

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En la calle Luna, Línea Desnuda

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“ ¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago

 y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña? ”

Unamuno

1998

A las 8:00 de la noche entramos a la Galería Arte Luna, un espacio cálido ubicado en una de las callecitas del viejo San Juan. Marta Matos nos recibió con un abrazo amistoso. Presentaba sus últimos trabajos, una serie de pinturas agrupadas bajo un nombre: Línea Desnuda.

El salón estaba repleto de invitados que conversaban y sonreían. Al fondo, una joven mujer con blusa de seda inmaculada tocaba un violín rojo. Un hombre viejo enfundado en una etiqueta negra la acompañaba con la viola. Con energía extraordinaria interpretaban a Vivaldi. La música se untaba en las paredes y rebotaba en el piso de baldosas viejas.

Los ojos juveniles de mi hija Gabriela se regodearon en los cuerpos desnudos y trenzados. Decidí observar los gestos nerviosos de Marta. Caminaba de una esquina del salón a la puerta de la Galería, asomaba la mitad del cuerpo al pavimento estrecho, se oprimía las manos y regresaba al centro de la exhibición dándole vuelta al mismo riso. Parecía claudicar ante la posibilidad de que sus pinturas no gustaran. Murmuré en su espalda:

–Tranquila, tus pinturas son maravillosas.

Pasada una hora, la sala se infestó de una pestilencia insoportable. La intranquilidad creció con rapidez en la audiencia acicalada. Con discreción, busqué el origen de la inmundicia. Frente a los músicos emperifollados, una mujer salida del callejón, casi desnuda, llagosa, se mecía sonreída. El cabello largo era un desconcierto de musgo pastoso, y al agitarlo levemente esparcía hedores a orín viejo. Detrás de las severas lagañas respingaban dos pupilas turbias. Todo en ella era opacidad, como si al triste cuerpo se le fuera borrando la vida en líneas sombrías.

Intenté desviar la mirada, pero me detuvo el objeto que sostenía con dificultad. Era un destartalado piano portátil. Inclinó el torso y lo ofrendó a los músicos con extrañísima solemnidad. Al notar sus caras confusas, sonrió. Luego, se arrodilló y tocó el instrumento.

Gabriela miró absorta el poder que emanó de aquellos dedos. Notas blancas y negras subieron y bajaron en columpio rítmico. Las uñas, carcomidas de hongo, brincaron de unas teclas a las otras con ingenio deslumbrante. En los dedos reventaban puntos oscuros que se repetían en las manos y en las venas del cuello. Gabriela me apretó el brazo, mientras la música subía como pájaro a picotear los pezones de las mujeres en los óleos.

Los senos amoratados de la pianista rozaban la boca de las teclas. Un pase de escala, bemol de jeringuilla. Por instantes se iba en fuga, pero regresaba rutilante como un sol sostenido sobre la calleja.

De pronto, alzó la cabeza. Los ojos del tumbe se cerraron en pálida sinfonía. Un arrebato de sí. Bajó la cabeza. Se restregó contra el piano, lo llevó por todos los mi de su cuerpo, como si pudiera con ello combatir el acíbar de la existencia.

A Gabriela se le cortó la respiración. La mujer se la llevó en el viaje, la metió en la brega de un tiempo. Juntas garrapatearon el espacio.

Ahora, mi niña leía pentagramas nuevos. Lo supe, al notar que marcaba el tiempo de la pieza con la cabeza perfumada.

La mujer periqueó con-fusa, compás de un dos por cuatro. Trató de pararse, pero no pudo. El péndulo de la espalda capeaba pianísimo.

Busqué a Marta. Dibujaba con un carboncillo sobre las obras en exhibición, descalza, transportada, feliz, libre… carcajeaba.

Los otros lucían aterrados.

Contemplé a Gabriela. Danzaba.

Cerré los ojos y me dejé llevar hasta sentir el cantazo de la sonata en las venas.

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La sangre de Lucinda

La sangre de Lucinda

 

1971

Tenía once años cuando vi la sangre de Lucinda. Fue en el patio de la escuela intermedia Mariano Abril, en el barrio Río de Guaynabo. El sol de mediodía  derretía las cabezas y lanzaba la resolana al interior del salón de inglés de séptimo grado.

Casi oculta por las costras grises de los líquenes en la corteza del jobillo, Lucinda se alisaba la pollina. La acompañaba Pipo, el noviecito rubio y bello. El muchacho sostenía con dificultad una grasienta empanadilla de complexión monga y un icee de Coca Cola.

Atravesé el predio en dirección al comedor escolar. El ruido de las bandejas apuñaleaba el aire. Las empleadas fregaban con las bocas abiertas. Las redecillas les caían sobre los ojos como prietas mantillas cuadriculadas. Comí de prisa, con una extraña sensación de vértigo.

De regreso al patio, observé cómo Lucinda se oprimía el abdomen. Lloraba. Parecía hundida en un pantano. Duplicaba  en su cara el verde desvaído del jobillo.

Me acerqué con una mezcla  de curiosidad y azoramiento. Pipo, señalando la pierna de Lucinda, repetía a gritos – ¡Yo no fui, yo no le hice na, yo no le hice naaaaa!

Fue entonces, cuando vi el chorrito de sangre parda que bajaba lenta por el muslo de Lucinda.

Mariíta, la gorda de séptimo tres, corrió a decir a todos que Lucinda se estaba muriendo, que se le salía la sangre, que la sangre era coloraíta, que lo peor era que se le iban a manchar las medias; que si las medias eran nuevas lo mejor era que se las quitara, y que, seguramente, las medias eran nuevas porque no estaban estirás…

En un instante, la muchachería rodeaba a Lucinda.  Las miradas exaltadas tropezaban con los pechos pequeños de mi amiga,  descendían por las caderas hasta los embetunados zapatos escolares. En todas las caras se repetía el pasmo. Ella sollozaba y apretaba las piernas sanguinolentas.

Un calor espeso se interpuso entre Lucinda y nosotros. El mísero aire circulaba redondo.

La sangre manaba más prolija que las lágrimas, menstruosa, bella, sangre para la vida y para el asombro. ¿Será que las grandes cosas siempre comportan algo vergonzoso en la semilla?

Lucinda estaba rígida. Volví a mirar la pierna casi infantil, ausente de estrías, ronchas y celulitis.

Me interrumpió Ezequiel, el bizco de séptimo uno, el fiel enamorado de Lucinda, el rechazado, el burlado. Se dobló despacio, como quien se vuelca para recoger un lirio. Sacó de su bolsillo el pañuelo blanco y limpió las piernas de Lucinda.

La voz de la Sra. Marrero interrumpió la liturgia. Atravesó  el cerco de la muchachada y abrazó a la penitente. Metió a la iniciada bajo el brazo y   caminó con ella en dirección al baño. La congregación siguió en procesión silenciosa tras ellas. Apenas respiraban.

Lejos quedó el banquito junto al jobillo. Secas quedaron las lágrimas de Lucinda sobre la tierra. Los ojos estrábicos de Ezequiel se posaron sobre el pañuelo que en su mano tomó forma de paloma herida.

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De cómo se creó el mundo/ por Rubis Camacho

     Primera creación

“Creer que el cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño, 

esto es amor, quien lo probó, lo sabe.”

(Lope de Vega)

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Conjugó átomos y distribuyó moléculas. En la mente infinita las ideas subían en espirales sorprendentes. Por eso, sobre la bola del mundo tiñó tapices con verdes, azules y rojos.

Jugueteando con la masa terrestre (compuesta de corteza perfumada, alas de mariposa y huevos de serpiente) formó a un hombre. Aún no sabía lo que era. La  figura se le enrollaba en la diestra como un viento de tormenta. Trató de afirmarlo sobre la superficie global. La figura se tambaleó al impacto de la brisa marina. “Ser un Dios perfecto y crear un ser tan frágil”. Se recriminó.

Lo tomó por la cabeza y lo aplastó contra las raíces de los árboles que brotaban de la tierra reluciente. Así se le formaron los pies, parte terminal de las extremidades destinada a recorrer caminos y acortar distancias. Una piedra menuda se interpuso entre la figura y la tierra. Por eso los pies le quedaron cóncavos.

Una cantera de insectos se posó en la cabeza del hombre. Dios los acarició para aprender el zumbido. Los puntos voladores se transformaron en pelo bruñido, ensortijado. Otros insectos, asustados, sembraron las ponzoñas en la molleja blanda hasta que la sangre corrió del cerebro a la piel lánguida y mortecina. Así le nació el instinto a la figura.

La criatura, de espalda encorvada, babeaba el barro. Dios lo enderezó con el pulgar, después le hizo unas tetillas modestas. Para mirarlo de frente debió levantarlo del suelo con la diestra jugosa, donde aún quedaban residuos del agua salada recién dividida y pedazos de algas manchadas de verdes y topacios. El torso gelatinoso del hombrecito resbaló con la prisa de un lagarto entre los dedos de la deidad. Dios suspiró profundo y lo pegó a su boca. Con los dientes le modeló las costillas hasta crear un armazón vigoroso. Lo acostó sobre el mundo apenas estrenado y el hombre durmió por primera vez.

 Segunda creación

El hombre desnudo despertó por causa de un dolor profundo en el costado. Encontró a su lado un cuerpo oloroso a nuevo, lleno de protuberancias. En algunos rincones de aquel cuerpo vio la huella de un diente mayúsculo, y en el cabello de la nueva figura sintió la ardiente agitación de la luz. Un ligero movimiento puso en evidencia dos montoncitos rosados que se le sublevaban en el pecho. Dios sintió el deseo de dormir buenamente entre ambos. Al rastreo de la tarde, un animal marino depositó la concha entre las piernas del nuevo ser.

Abrió los ojos la mujer primera y pestañeó. Cuatro veces pestañeó. Dios descubrió que había creado las estaciones. Respiró la mujer. Dios se replegó. Cuando la mujer alzó el cuello, aparecieron las cordilleras y los labradores con azadas en las manos. Movió la lengua y se iniciaron los temblores en la tierra. Emitió el primer sonido y todos los seres vivos se iniciaron en el diálogo.

Dios se acercó para oler debajo de sus brazos. De inmediato explotaron los aromas en las selvas y en los terrenos cálidos. Agitó la mujer el cabello y comenzaron las lluvias. Se desbordaron los ríos hasta llevar el agua al pico de las águilas en las peñas, y poner el trago acuoso en los hocicos de las lobas, cuyas tetas amamantaban cervatillos. Dios se lloviznó los labios y descubrió que había creado la pasión.

Cuando la mujer se puso de pie, un monstruo marino hendió las aguas oceánicas, las patas de los elefantes estremecieron la tierra, las monarcas amarillearon los troncos y las piedras, los caballos corrieron desenfrenados a los desiertos, los peces se congregaron en las bahías, los pájaros regresaron hechizados, y de las charcas solitarias, donde los claros dejan las nubes prendidas en las corrientes, salieron perros alborotados.

Caminó la mujer algunos pasos y la ventisca se atrevió a otear la humedad entre sus piernas. Los polos del planeta recién creado se rompieron, se derritieron.

En el campo, cercano al vientre de las bestias, el paso de la mujer abrió un camino nuevo, insospechado.

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Balada de oficina

-Tómalo, que se pone como lengua de muerto – te dice Norita con el mapo en la mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y pura como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego, pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha, los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Levantas los pies para acomodar en el cubículo algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Reacomodas la foto con Francisco, y el lapicero (que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba) detrás de la computadora. En su lugar, colocas la caja de calendarios que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con su sonrisa Pepsodent.

Escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera… las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida,  Puedes tener paz en la tormenta…  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto, los cuatro avisos del microondas.

Intentas girar la silla para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado  Sólo será por unos días, Elvirita.

Un florerito plástico con tres claveles de papel empolvado descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma su careta blanca. Intentas alcanzarla. Viras el café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Desde el techo te responden las llagas inescrupulosas.

A tu espalda, una ventana de cristal cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la llovizna y la ventana tirita  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira, o cierra los ojos, se sacude y se desentiende.

Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegas o si nunca te has ido.

 

 

 

 

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Venir de la oscuridad (1965)

por Rubis Camacho

“Los años de la infancia pasaron, pasaron,

la reja está dormida de tanto silencio,

y en aquel pedacito de cielo…”

Tenía seis años, cuando el hocico del auto destartalado devoró la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mis abuelos maternos. Amenazaba la madrugada.

Veníamos del cañaveral, apiñados entre líos de ropa, agobiados por la tristeza de mi madre.

Durante la travesía, mis tres hermanos mayores sucumbieron al sueño. Yo no pude. Me tocó, en suerte, ir montada sobre el bulto colocado justo debajo del gran hueco en la capota, y confieso, siempre me ha desvelado el llanto de mi madre.

Por el hoyo aéreo asomé la cabeza, desatendiendo las amorosas instrucciones del reverendo José Vázquez, el hombre bueno que fue a rescatarnos del agobio en el que nos abandonó mi padre. Al instante, las luces fueron chispazos desafiantes, destellos acelerados en un cielo violeta. Mi universo se movió de prisa. El retazo de noche entró en mí su cúpula de miedos.

Atrás quedó la casucha de piso remendado,  las hojas filosas del cañaveral, mi muñequita barata, a la que siempre se le caía la cabeza, y el mundo de juegos que logré construir más allá de la miseria.

El Picacho era una pintura realizada por manos inexpertas, sobre todo, visto desde la altura, a esa velocidad y confrontando la penumbra violácea: manchas negruzcas veteadas de verdes, un pájaro brumoso, un tajo de luz sobre el mangó del viejo Colo, los techos de zinc corroído, una tala de yautías reventando en la ladera, las palmas dobladas sobre el senderito del pozo, la voz acuciante de los gallos, el aroma a café colado en fogón, las toronjas amarilleando las paredes de la letrina, la leña cortada sobre el piso de la cocina, el hacha recostada en la puerta de entrada, el semblante de mi abuelo Dole, su boca sin dientes y aquellos ojitos grises que redondearon mi asombro. Me extendió los brazos como si pudiese atajar la orfandad. Luego, sonrió para ahuecar la infancia y dar sentido a la nada…

Unas horas más tarde, mi nuevo mundo era un terrón de claridad. Apestaba a comida de cerdos en el traspatio, pero adentro perfumaban las panas recién mondadas, el bacalao hirviendo, la leche de cabras, los gandules, el dulce de lechosa, la mortadela. Escuché las coplas de mi abuela mientras tiraba maíz a las gallinas. Las vacas de don Félix Díaz  contoneaban las ubres espumosas en el camino de la quebrada. Las pomarrosas emergían rosadas, perfectas y circulares. Las fresas silvestres se exhibían presuntuosas. El bejuco de las batatas trepaba por el montículo de tierra prieta. Las chinas abrumaban sobre el cordel repleto de ropa húmeda.

Corrí a la cima del Picacho. Me despeinó un viento neblinoso, mezcla de gotas frías y calientes. Busqué en la distancia el mundo que había perdido. Abrí los ojos hasta vaciarlos de sus cuencas. Fue inútil. Al voltear la cabeza me topé con mi nuevo barrio, Sonadora, recién salido del rocío. Abajo, el auto destartalado regresaba en dirección a la tienda de Luis Viñas.

Las lágrimas inundaron mi vestidito deshilado. Tenía seis años. Ese día supe que escribiría.

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