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De eso que llaman la pureza /por Rubis Camacho

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a  L. A. L

12: 30 P. M.

Suena el timbre. Hay un incendio en sus ojos. Me mira fijo, como nunca. De su boca entreabierta escapa un aire tibio, mínimo, delicioso. La boca se le convierte en una jugosa semilla de cundeamor. Pesa poco su brazo en mi hombro. Me adhiere a su costado. Tiene la camisa húmeda; una sensual mezcla de perfume y sudor que termina en algo de sándalo. Acaba de  jugar el partido de baloncesto contra el octavo grado. El noveno grado salió victorioso.

El timbre insiste; sus ojos voraces también. De pronto, descubro que sabe a cigarrillo y a menta, a  adolescente con ganas de ser hombre. Algo muy primitivo me despierta ese sabor, un nuevo sofoco debajo del chaleco vino. Su boca es un espacio suave donde mueren los miedos y las dudas.

Cesa el timbre. De prisa, subo al salón de español.  Tiemblo yo  o tiemblan los pupitres. ¿ Cómo evitar que descubran en mis labios el rojo rastro de la semilla ? Una mano extraña escribe en la pizarra  “primera vez, primera vez, primera vez…”

Me cubro la cara con “El niño que enloqueció de amor”.

 

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Aquellos libros del corazón /por Rubis Camacho

 

 

 

 

 

p8

Tenía nueve años, cuando la enorme guagua pintada de amarillo repechó la cuesta del Picacho. Aún no se habían tintado de brea los caminos de mi barrio Sonadora. La senda desde la tienda de Luis Viña hasta la escuela, era un ancho pasillo de majaguas y tulipanes africanos. Con gran esfuerzo, el conductor logró estacionarla debajo del palo de mangó que protegía la tienda de Fico. La polvareda se levantó sobre los flamboyanes y  guayabales. Las gallinas de Gilo cacarearon asustadas y un ramo de palomas turcas se protegió en el jobillo.

La maestra nos puso en fila, como si fuéramos a pararnos frente a la puerta del salón comedor, donde una amargada doña Eriberta, con delantal y redecilla, batía la leche con maní. Con una alegría especial, indicó que entraríamos de tres en tres a la Biblioteca Rodante. Me pareció un nombre tan largo, impronunciable y misterioso.

El conductor abrió las puertas traseras del vehículo, para dejar a mi deleite un inmenso recinto de libros. Una mujer, de falda negra y blusa blanca, se movía con cierta naturalidad dentro del espacio acuciado por los volúmenes. El aire perfumado de los ilán- ilán entraba juguetón, pero me costaba respirar. Libros de todos los tamaños y colores parecían gritar en los estantes.

-Les prestaremos uno cada lunes. Escojan el de hoy. Tienen poco tiempo. Los otros niños también quieren entrar –dijo, autoritaria, la mujer .

Joseíto se limpió los mocos con el dorso de la mano, y pidió un libro grande y flaco que sobresalía en el anaquel superior. A Magdalena no le interesó, y preguntó si se podía bajar de la guagua.

-Nena, y tú, ¿cuál quieres? –Me preguntó la mujer.

Tardé en contestar. Luego emití  un tímido e inexplicable balbuceo.

-¡Habla alto y avanza, que ya traen a los otros grupos!

-Todos, todos – dije bajito mirando al suelo.

-!Avanza! -insistió.

Miré el lomo que me quedaba de frente en el segundo anaquel, justo a la altura de mi nariz.

-El verde chiquito –dije, señalando con dedo tembloroso.

Flor de leyendas! ! Uju! Espero que lo entiendas.

A las doce del mediodía no fui al comedor. Con un júbilo extraño subí la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mi abuela Nesta.. Mientras apretaba el librito verde contra el pecho, me repetía: Flor de leyendas… ¿Se habrán equivocado? Debe ser Flor de majagua, como las flores amarillas junto al corral de los puercos de abuelo Dole, o Flor de amapola, como las rojas y blancas que adornan el caminito a la iglesia, o Flor de gardenias, como las que corta Cristina cuando baja al pozo de Juana María.

Detrás de la cocina de mi abuela, donde aún estaban calientes las brazas del fogón, me senté a leer. “Hay en la India, al pie del monte Himavat, un bosque sagrado donde viven los ascetas consagrados a la meditación y a la sabiduría. Sus lagos son de agua azul, siempre inmóvil; el arroz silvestre crece junto al césped de los sacrificios, y los animales del bosque son sagrados para el cazador… En este bosque habita la doncella Sakuntala, hija adoptiva del asceta Kanva. Ella, hermosa y delicada como un jazmín recién abierto…”

No sé cuántas veces leí la primera página de El anillo de Sakuntala. Cuando escuché la voz asustada de mi madre, ya el sol rompía en fuga, dejando atrás un delicado cafetal rosado. Algo distinto me vio , porque no dijo una palabra de regaño. Agradecí que caminara detrás de mí. Quise ocultarle lo excesivo de mis ojos, el rubor del pecho y el silbido nuevo que me surcaba los labios; también el lago inmóvil que llevaba mi voz, como los lagos al pie del monte Himavat.

*********

 

Tenía once años, cuando el reverendo Mario Rodríguez dejó olvidado el ejemplar sobre la silla vieja del balcón. El ministro conversaba con mi madre sobre esos asuntos de adultos que, generalmente, terminan en lágrimas. Mi madre tenía afición por el llanto, también por la poesía, aunque lo ocultaba.  Desde la incomodidad de mi clandestinaje, un pequeño agujero en la pared de madera, los escuchaba hablar de las bondades de la fe. –Dios nunca nos abandona –aseguraba el hombre.

Mientras el ministro oraba para sellar la consejería pastoral, mis ojos recorrían la superficie roja del abultado volumen, donde sobresalían unas letras doradas: Ana Karenina.  Al finalizar la oración, dijo tres veces amén, como era su costumbre. Le dio la mano a mi madre y se marchó.

Esperé a que mis hermanos se distrajeran, y oculté el libro bajo la falda. Un poco después, a la luz de una mezquina lamparilla que mi madre había rescatado de la basura de titi Loló, me enfrenté a una de las novelas más importantes de la literatura. Tolstoi pintaba el retrato de la  sociedad rusa, la banalidad de sus fiestas, la rigurosidad de sus hipócritas códigos morales, la construcción de la indolencia, en fin, el mundo que dio vida y muerte a la desolada Ana Karenina. Por días, leí a escondidas cientos de páginas deslumbrantes. Me dolía Ana Karenina, me destrozaba aquello que aún no lograba definir como su máscara. Su adusto marido estaba allí, presente y ausente como mi padre, fundamental e innecesario como mi padre. El domingo siguiente, devolví el libro al ministro. Nunca entenderé por qué no lo usó como texto de referencia  en sus sermones.

A los doce años entré por primera vez a la biblioteca de la Escuela Intermedia Mariano Abril. La madera de sus estantes olía a pintura fresca…

(continuará)

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Ese día supe que sería escritora (por Rubis Camacho)

Venir de la oscuridad

(1965)

 

 

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Los años de la infancia pasaron, pasaron,

la reja está dormida de tanto silencio,

y en aquel pedacito de cielo…”

 

Tenía seis años, cuando el hocico del auto destartalado devoró la cuesta del Picacho en dirección a la casa de mis abuelos maternos. Amenazaba la madrugada.

Veníamos del cañaveral, apiñados entre líos de ropa, agobiados por la tristeza de mi madre.

Durante la travesía, mis tres hermanos mayores sucumbieron al sueño. Yo no pude. Me tocó, en suerte, ir montada sobre el bulto colocado justo debajo del gran hueco en la capota, y confieso, siempre me ha desvelado el llanto de mi madre.

Asomé la cabeza por el hueco, desatendiendo las amorosas instrucciones del reverendo José Vázquez, el hombre bueno que fue a rescatarnos del agobio en el que nos abandonó mi padre. Al instante, las luces fueron chispazos desafiantes, destellos acelerados en un cielo violeta. Mi universo se movió de prisa. El retazo de noche entró en mí su cúpula de miedos.

Atrás quedó la casucha de piso remendado,  las hojas filosas del cañaveral, mi muñequita barata (a la que siempre se le caía la cabeza), y el mundo de juegos que logré construir más allá de la miseria.

El Picacho era una pintura realizada por manos inexpertas, sobre todo, visto desde la altura, a esa velocidad y confrontando la penumbra violácea: manchas negruzcas veteadas de verdes, un pájaro brumoso, un tajo de luz sobre el mangó del viejo Colo, los techos de zinc corroído, una tala de yautías reventando en la ladera, las palmas dobladas sobre el senderito del pozo, la voz acuciante de los gallos, el aroma a café colado en fogón, las toronjas amarilleando las paredes de la letrina, la leña cortada sobre el piso de la cocina, el hacha recostada en la puerta de entrada, el semblante de mi abuelo Dole, su boca sin dientes y aquellos ojitos grises que redondearon mi asombro. Me extendió los brazos como si pudiese atajar la orfandad. Luego, sonrió para ahuecar la infancia y dar sentido a la nada…

Unas horas más tarde, mi nuevo mundo era un terrón de claridad. Apestaba a comida de cerdos en el traspatio, pero adentro perfumaban las panas recién mondadas, el bacalao hirviendo, la leche de cabras, los gandules, el dulce de lechosa, la mortadela. Escuché las coplas de mi abuela mientras tiraba maíz a las gallinas. Las vacas de don Félix Díaz  contoneaban las ubres espumosas en el camino de la quebrada. Las pomarrosas emergían rosadas, perfectas y circulares. Las fresas silvestres se exhibían presuntuosas. El bejuco de las batatas trepaba por el montículo de tierra prieta. Las chinas abrumaban sobre el cordel repleto de ropa húmeda.

Corrí a la cima del Picacho. Me despeinó un viento neblinoso, mezcla de gotas frías y calientes. Busqué en la distancia el mundo que había perdido. Abrí los ojos hasta vaciarlos de sus cuencas. Fue inútil. Al voltear la cabeza me topé con mi nuevo barrio, Sonadora, recién salido del rocío. Abajo, el auto destartalado regresaba en dirección a la tienda de Luis Viñas.

Las lágrimas inundaron mi vestidito deshilado. Tenía seis años. Ese día supe que escribiría.

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El golpe de Dios/ memoria de navidad

“Hay golpes en la vida tan fuertes , yo no sé…”

Vallejo

1992/

2:00 p.m.

La profesora Urrutia explica el derecho notarial. De vez en cuando se acomoda los espejuelos. Nos mira con desprecio. Considera que ninguna será buena abogada. Bostezo con cierta elegancia.

Pienso en la escritura de arrendamiento  y en el protocolo. Me quedan tres días para terminarlos. Urrutia no dará tregua.  Son las últimas horas de noviembre, aquellas en las que mi abuela, la negra Nesta, mataba los puercos para  los chicharrones de Reyes.

Recuerdo mi primera navidad en la loma de Sonadora. Tenía cuatro años. Mis padres sugirieron que me quedara unos días con abuela. Asentí, deslumbrada por el fuego que se contoneaba en los rabos de los gallos. La casona era muy vieja. Una enorme piedra chata hacía de escalón. La mesa desvencijada se perdía en un espacio largo y oscuro. En la pared principal colgaba un cuadro con la cara del primoroso John F. Kennedy. Era el único objeto al que mi abuela no permitía que se le pegara el tizne. Lo limpiaba por la mañana y antes de acostarse. Le acariciaba el rostro con inmensa devoción. –Tiene manos de mujer – suspiraba. Entonces, abuelo Dole se miraba las suyas y escupía sobre la tierra colorada.

Faltaba poco para amanecer. Los chillidos del puerco me despertaron. Abuela hirvió agua en el fogón. Tío Juanito amoló un cuchillo enorme. Abuelo y padrino Tutingo tendieron el puerco sobre la mesa del sacrificio. Tío Juanito enterró la pequeña daga en el cuello del animal y hurgó con fuerza.  La sangre caía dentro de una dita estratégicamente colocada en la tierra. Abuelo pidió una mascaúra de tabaco. La alternó con sorbos de café prieto y puya. Abuela entonó coplas con voz ceremoniosa “Aroma de flores, aroma de flores traigo en mi aguinaldo, como ofrenda al niño, hoy vengo cantando”. Padrino Tutingo afeitó los vellos rubios del cadáver. Dejó al descubierto una piel nívea, dolorosamente blanca. Quise  recostar la cabeza sobre aquel vientre suave. Después, abrió del cuello hacia abajo con un corte fino. La piel se quebró en dos bandas rosadas. Dentro de la caja de costillas reposaban unas tripas azules, tibias y viscosas. Abuela las echó en un baño de lavar ropa.

En la tarde, las tiras de carne colgaban embarradas en manteca rojiza sobre el fogón de la cocina. Me molestó que el humo ocultara el verde de la montaña.

Los camellos de los Reyes se comieron  la yerbita que le puse en una caja de zapatos, porque en su lugar encontré una muñequita de trapo con la boquita colorada y dos botones oscuros en los ojos.

Mis padres llegaron  después;  cuando el pozo de Juana María, el palo de mangó de Conce y la cresta de Matruco, el gallo de mi abuelo, eran imágenes selladas en el cuerpo. Al despedirme, noté que le faltaban dos botones a la camisa de mi abuelo, y un pedazo al delantal nuevo de la negra Nesta.

Urrutia me mira. Escribo las primeras líneas de un sonsonete que nace de los recuerdos. Pasados los días, someto la canción a la consideración del Concilio Evangélico de Puerto Rico para su cancionero navideño.

Enero 2008/

6:00 p.m.

Mi hija tiene veinte años. Estoy en un absurdo tapón frente a la escuelita del barrio de mis abuelos. Vengo de saludar a la familia. Cosas de rigor, se sabe.

Cientos de bombillas de colores  cruzan el cielo de la loma. Niños vestidos de pastores,  ángeles, ovejas, reyes y camellos  bajan de los autos. Una  virgen María (de algunos seis años) cubre las nalgas plásticas del niñito Jesús. Padres y madres cruzan despacio la calle. La muchachada se desplaza sin prisa. Las maestras gritan los nombres de los estudiantes y señalan la puerta del salón de ensayos. Las madres interrumpen para  llevar empanadillas y refrescos a los niños. Ríen, chistean, dan instrucciones. El tráfico no avanza. Me quejo. Pasan los minutos. Me impaciento. Me pregunto en qué momento se me ocurrió llegar al barrio en día de Reyes.

Los autos se mueven muy lentamente. Unos niños vestidos a la usanza jíbara bailan sobre la tarima de paneles viejos. Necesito llegar a mi casa. Me esperan los expedientes. La torpeza me desespera.

 Mi hija baja el cristal de la ventana. El aire de la montaña viene frío. Del corazón de un megáfono mohoso retumba la canción que bailan los niños.

– ¡Mami! ¡Oye!

En plena algarabía salen limpias las frases cursis que escribí años atrás en la clase de Urrutia… “¡Ríe, canta, sueña, ven! ¡Qué llegó la navidad! ¡Qué se alegre el corazón!…”

Mi hija tararea, “! Qué se alegre el corazón!”  Tiene dos botones oscuros en los ojos.

Se me olvidan las palabras.  Siento el puño en el pecho y la lágrima en la mejilla.

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LA NOTICIA / por Erleen Marshall Luigi

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Por: Erleen Marshall Luigi

 

La escena que recuerdo, pasados varios días,

puede que otros la hayan grabado diferente.

Suelto una de esas vistas largas de cuando buscas la musa para escribir y los ojos se enfocan, sin querer, en la profesora. ¿Qué lee? Ha de ser interesante porque está muy concentrada en la pantalla del celular. Para no interrumpirnos durante la tarea, se ha ubicado en un extremo del salón, sentada erguida y cómoda; postura que pocas mujeres dominan. Comienzo a escribir un microcuento: A través del vitral le resultaba difícil distinguir las figuras… Nuevamente sin inspiración. Se ve ahora más relajada. Debe ser noticia de un familiar porque luce contenta. Es privado; no miro más. Escribo: …reconoció la voz que dijo… Me cuestiono qué hablan los personajes; pierdo la idea. Ahora ella parece no querer darle paso a una emoción, como quien la saborea en la punta de la lengua sin tragarla. Palpa el cuero cabelludo estirando el pelo abundante y ondulado, tal vez para sentir lo tangible. Se incorpora, da tres pasos, se toca los labios. Sonríe como un capullo que va a brotar, pero permanece sellado al tornarse seria y enunciar en voz baja: No sé cómo decir esto. Punto. Vuelve a sentarse. Me confunde. Presumo que los demás no la escuchan porque continúan escribiendo. Alza y retorna los ojos sobre el móvil que sostiene en la mano izquierda. Atiendo a mi escrito, solo brevemente porque percibo que se pone de pie. Con la sonrisa florecida dobla el talle hacia el frente, cubre la boca con la mano, adelanta unos pasos al grupo con intermitentes y suaves risas conquistadoras y dice: Lo voy a compartir con ustedes. Acerca el celular a la faz, lo aparta. Vuelve a entrelazar el pelo avellanado. Inclina el cuerpo a modo de saludo. Erecta, aspira colmando el pecho. Asoma y recoge los párpados, cual hojas movidas en aplauso. !Me han otorgado un premio! Quería compartirlo con ustedes. Es un reconocimiento que me han hecho por Cuentos Traidores…  Dice algo más sobre el importante certamen literario pero yo, contagiada por la boyante emoción, casi no la escucho. Cada pétalo despliega el interior blanco del saber; la anchura rosa del rubor y el amarillo circunferente del logro. Brillo natural de la flor sin rastro de vanidad. Todos los estudiantes aplaudimos. Le digo: ¡Bravo!

***En el año 2012, el Instituto de Literatura Puertorriqueña  premió el libro de relatos de Rubis M. Camacho, Cuentos Traidores, publicado por Mariana Editores.

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En la calle Luna, Línea Desnuda

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“ ¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago

 y muriendo en él mientras cubre con su toca la montaña? ”

Unamuno

1998

A las 8:00 de la noche entramos a la Galería Arte Luna, un espacio cálido ubicado en una de las callecitas del viejo San Juan. Marta Matos nos recibió con un abrazo amistoso. Presentaba sus últimos trabajos, una serie de pinturas agrupadas bajo un nombre: Línea Desnuda.

El salón estaba repleto de invitados que conversaban y sonreían. Al fondo, una joven mujer con blusa de seda inmaculada tocaba un violín rojo. Un hombre viejo enfundado en una etiqueta negra la acompañaba con la viola. Con energía extraordinaria interpretaban a Vivaldi. La música se untaba en las paredes y rebotaba en el piso de baldosas viejas.

Los ojos juveniles de mi hija Gabriela se regodearon en los cuerpos desnudos y trenzados. Decidí observar los gestos nerviosos de Marta. Caminaba de una esquina del salón a la puerta de la Galería, asomaba la mitad del cuerpo al pavimento estrecho, se oprimía las manos y regresaba al centro de la exhibición dándole vuelta al mismo riso. Parecía claudicar ante la posibilidad de que sus pinturas no gustaran. Murmuré en su espalda:

–Tranquila, tus pinturas son maravillosas.

Pasada una hora, la sala se infestó de una pestilencia insoportable. La intranquilidad creció con rapidez en la audiencia acicalada. Con discreción, busqué el origen de la inmundicia. Frente a los músicos emperifollados, una mujer salida del callejón, casi desnuda, llagosa, se mecía sonreída. El cabello largo era un desconcierto de musgo pastoso, y al agitarlo levemente esparcía hedores a orín viejo. Detrás de las severas lagañas respingaban dos pupilas turbias. Todo en ella era opacidad, como si al triste cuerpo se le fuera borrando la vida en líneas sombrías.

Intenté desviar la mirada, pero me detuvo el objeto que sostenía con dificultad. Era un destartalado piano portátil. Inclinó el torso y lo ofrendó a los músicos con extrañísima solemnidad. Al notar sus caras confusas, sonrió. Luego, se arrodilló y tocó el instrumento.

Gabriela miró absorta el poder que emanó de aquellos dedos. Notas blancas y negras subieron y bajaron en columpio rítmico. Las uñas, carcomidas de hongo, brincaron de unas teclas a las otras con ingenio deslumbrante. En los dedos reventaban puntos oscuros que se repetían en las manos y en las venas del cuello. Gabriela me apretó el brazo, mientras la música subía como pájaro a picotear los pezones de las mujeres en los óleos.

Los senos amoratados de la pianista rozaban la boca de las teclas. Un pase de escala, bemol de jeringuilla. Por instantes se iba en fuga, pero regresaba rutilante como un sol sostenido sobre la calleja.

De pronto, alzó la cabeza. Los ojos del tumbe se cerraron en pálida sinfonía. Un arrebato de sí. Bajó la cabeza. Se restregó contra el piano, lo llevó por todos los mi de su cuerpo, como si pudiera con ello combatir el acíbar de la existencia.

A Gabriela se le cortó la respiración. La mujer se la llevó en el viaje, la metió en la brega de un tiempo. Juntas garrapatearon el espacio.

Ahora, mi niña leía pentagramas nuevos. Lo supe, al notar que marcaba el tiempo de la pieza con la cabeza perfumada.

La mujer periqueó con-fusa, compás de un dos por cuatro. Trató de pararse, pero no pudo. El péndulo de la espalda capeaba pianísimo.

Busqué a Marta. Dibujaba con un carboncillo sobre las obras en exhibición, descalza, transportada, feliz, libre… carcajeaba.

Los otros lucían aterrados.

Contemplé a Gabriela. Danzaba.

Cerré los ojos y me dejé llevar hasta sentir el cantazo de la sonata en las venas.

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La sangre de Lucinda

La sangre de Lucinda

 

1971

Tenía once años cuando vi la sangre de Lucinda. Fue en el patio de la escuela intermedia Mariano Abril, en el barrio Río de Guaynabo. El sol de mediodía  derretía las cabezas y lanzaba la resolana al interior del salón de inglés de séptimo grado.

Casi oculta por las costras grises de los líquenes en la corteza del jobillo, Lucinda se alisaba la pollina. La acompañaba Pipo, el noviecito rubio y bello. El muchacho sostenía con dificultad una grasienta empanadilla de complexión monga y un icee de Coca Cola.

Atravesé el predio en dirección al comedor escolar. El ruido de las bandejas apuñaleaba el aire. Las empleadas fregaban con las bocas abiertas. Las redecillas les caían sobre los ojos como prietas mantillas cuadriculadas. Comí de prisa, con una extraña sensación de vértigo.

De regreso al patio, observé cómo Lucinda se oprimía el abdomen. Lloraba. Parecía hundida en un pantano. Duplicaba  en su cara el verde desvaído del jobillo.

Me acerqué con una mezcla  de curiosidad y azoramiento. Pipo, señalando la pierna de Lucinda, repetía a gritos – ¡Yo no fui, yo no le hice na, yo no le hice naaaaa!

Fue entonces, cuando vi el chorrito de sangre parda que bajaba lenta por el muslo de Lucinda.

Mariíta, la gorda de séptimo tres, corrió a decir a todos que Lucinda se estaba muriendo, que se le salía la sangre, que la sangre era coloraíta, que lo peor era que se le iban a manchar las medias; que si las medias eran nuevas lo mejor era que se las quitara, y que, seguramente, las medias eran nuevas porque no estaban estirás…

En un instante, la muchachería rodeaba a Lucinda.  Las miradas exaltadas tropezaban con los pechos pequeños de mi amiga,  descendían por las caderas hasta los embetunados zapatos escolares. En todas las caras se repetía el pasmo. Ella sollozaba y apretaba las piernas sanguinolentas.

Un calor espeso se interpuso entre Lucinda y nosotros. El mísero aire circulaba redondo.

La sangre manaba más prolija que las lágrimas, menstruosa, bella, sangre para la vida y para el asombro. ¿Será que las grandes cosas siempre comportan algo vergonzoso en la semilla?

Lucinda estaba rígida. Volví a mirar la pierna casi infantil, ausente de estrías, ronchas y celulitis.

Me interrumpió Ezequiel, el bizco de séptimo uno, el fiel enamorado de Lucinda, el rechazado, el burlado. Se dobló despacio, como quien se vuelca para recoger un lirio. Sacó de su bolsillo el pañuelo blanco y limpió las piernas de Lucinda.

La voz de la Sra. Marrero interrumpió la liturgia. Atravesó  el cerco de la muchachada y abrazó a la penitente. Metió a la iniciada bajo el brazo y   caminó con ella en dirección al baño. La congregación siguió en procesión silenciosa tras ellas. Apenas respiraban.

Lejos quedó el banquito junto al jobillo. Secas quedaron las lágrimas de Lucinda sobre la tierra. Los ojos estrábicos de Ezequiel se posaron sobre el pañuelo que en su mano tomó forma de paloma herida.

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