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Los pantalones de Luisa Capetillo (por Rubis Camacho)

Carta escrita a Santiago Iglesias Pantín durante la espera en la Corte Correccional del Segundo

Distrito de la Habana. Cuba, 24 de julio de 1915

Luisa Capetillo

 

…El guardia que me arrestó tiene la cara rectangular como una hoja de libreta. Se apellida Rodríguez y pertenece a la Tercera Estación de Policía de la Habana. Yo me desplazaba por la calle Neptuno como si él no existiera, aunque sentía su mirada de odio sobre mi sombrero. Juan Federico, un obrero de la caña a quien el movimiento le encargó mi protección, me pedía que nos fuéramos. Le dije en voz muy baja, pero enérgica, que la cobardía no tiene cabida en el anarquismo. Al pobre se le hace difícil entender que, por lo menos una vez, hay que justificarse en la existencia.

Rodríguez merodeó despacio, jadeante como bestia. Alargó la lengua carrasposa y dijo que mi vestimenta era escandalosa. ¿Te imaginas, Santiaguito, lo que hubiera dicho si hubiese visto a Sand deambular con sus botas de tacos herrados por las calles de París?  Me esposó frente a la botica. Necesitó ayuda de otros guardias para controlar a Juan Federico y a otra gente del pueblo.

No creo que te envíe esta carta. Escribo para ordenar los pensamientos. Debo responder con lucidez al juez, un tal García Solá. Los guardias me golpearon y me siento muy alterada. Trato de no guardarles rencor, pero me han humillado con la más cruel ignorancia.

Afuera, una multitud amenaza con romper los portones de la corte. Quieren entrar. Les resulta tan extraño que una mujer lleve pantalón, camisa, corbata, gabán, y sombrero de ala corta. Las mujeres me miran con desagrado. No saben que es más higiénico usar esta prenda que una falda. Además, ¿por qué han de decidir otros la ropa que debo llevar? ¿Acaso no me asiste el libérrimo derecho a pensar y a decidir de acuerdo a mi conciencia?

Creo, Santiaguito, que engendré la idea una tarde de junio de 1890, frente a la pila bautismal de la iglesia San Felipe Apóstol de Arecibo. Unas horas antes, mi madre, Luisa Margarita Perón, me obligó a lavarme el cuerpo con agua de jazmines, peinó mi cabello ondulado, y aprisionó mi cuerpo dentro de un traje de puro algodón de falda muy ancha. Tenía once años. Caminamos ligerito hacia el templo. Mi madre, con cara de enfado por la tardanza de mi padre, murmuraba palabrotas en francés y volteaba constantemente la cabeza buscándolo entre los trabajadores del muelle. Cuando vio en el atrio a don Bernardo Blaudino, representante de mi padrino Don Policarpo Echevarría, alcalde de la ciudad, frunció los ojos y suavizó el rostro con una sonrisa que me pareció confusa. Sus deditos  regordetes se perdieron dentro de la mano lacia del hombre. No fue hasta que el olor a sargazo de mi padre dobló por la esquina, que mi madre recogió su mano con cierto recato.

Me impresionaron las imágenes de los santos. Estaban tan altas. Para colmo había que hablarles de rodillas. El cura Lucas Lladó ofició el sacramento con el mismo acento español de mi padre. La saliva se le enredaba en los dientes creando un espumero repugnante. Yo me preguntaba el por qué de su falda. Roció mi cabeza con saliva y con más agua de la esperada, supongo que por mi condición de hija natural o por el desdén que adivinó en mis ojos. Hoy, más que ese día, resiento la hipocresía de sus sermones y la oscuridad de su sotana, la que debió ser verde como la cordillera. Cuando el chorrito frío bajaba por mi cuello a mojar el bordado rosado de mi jubón, ya mi decisión estaba hecha. El Padre usa falda, yo usaré pantalones, dije a mi madre durante el camino de regreso. Lanzó una carcajada turbia, que por casualidad tintineó en los oídos de Don Bernardo Blaudino, quien nos contemplaba desde la ventana del cafetín Misisipí remojándose el labio inferior con la lengua.

Al llegar a la casa corrí a la habitación de mis padres. Un pantalón viejo con peste a pescado y rastros de algas secas colgaba de un clavo. Me lo puse sin mucha dificultad, mi cuerpo delgaducho cabía cómodamente en una de sus patas. Troté por la casa imitando la voz de mi padre. Luego, dormité dentro de esa casa blanda hasta el amanecer. Durante muchos días tuve la sensación de la sal sobre el cuerpo.

Pasados algunos años, mi madre trabajó como lavandera en la casa de Don Gregorio Ledesma, marqués de Arecibo. La ropa de esta familia, especialmente la de la marquesa, guardaba un olorcito dulzón a canela y a cedro. Sus vestidos de fiesta eran vistosos y abultados, pero de telas insolentes que provocaban picor. Los pantalones del marqués, de telas suaves, una mezcla de algodón y seda blanca, eran mis preferidos. Esperaba que mi madre se durmiera para ponérmelos. Me sentaba en la oscuridad de la sala y cruzaba la pierna fingiendo fumar un cigarro exquisito. Daba órdenes, firmaba acuerdos, disentía, tomaba una copa, soltaba el cigarro…La magia duraba el tiempo que tuviera puesto un pantalón del marqués.

Después me aficioné a los pantalones de su hijo, Manuel. Los olfateaba con delirio de perra en celo. ¡Cuántas minas estallan en una entrepierna! Lamía cada costurón de sudor. Luego me los untaba por todo el cuerpo hasta sentir que las piernas fuertes de Manuel reventaban dentro de ellos para apresarme las caderas y socavarme entre el bulto de miedos. Mi madre los entregaba tan planchados que parecían andar solos. Manuel comenzó a dejar versos de Bécquer en los bolsillos. Yo le respondía con fragmentos de Turgenev o Tolstoi, también con pensamientos míos. Unimos nuestros cuerpos por primera vez la noche del 25 de diciembre de 1897. Nos acariciábamos ocultos por las rocas de la playa. Paco Susoni, el mejor amigo de Manuel, vigilaba. El deseo se presentó implacable, y yo, única dueña de mi cuerpo, no quise resistirme. Después le pedí a Manuel que se pusiera mis duras pantaletas de blanquín almidonado, pero se quedó tendido, moribundo de placer. Yo me puse su pantalón fino lleno de arena. Manoteando el aire y con el torso desnudo caminé frente al rabioso tapiz de tinieblas que era el mar de Arecibo. Susoni, como cualquier espíritu estrecho, me hizo señales desesperadas para que regresara a las rocas, pero lo ignoré. Me abrigué los pezones con las mechas y dejé que la brisa marina acuciara los pantalones de Manuel. Te juro que escuché cantos de sirena. Susoni me contó, tiempo después, que los pasos de mi sombra sobre la arena eran elásticos, pero firmes, y que mi voluptuoso exceso me había salvado de su olvido.

A los pocos meses anuncié el embarazo de mi primogénita, Manuela. Un negro que servía en casa de los marqueses, nombrado Martinico, fue a casa de mi madre al día siguiente a buscar la ropa de sus patrones, y a informarle que la marquesa no quería que volviese a trabajar a su casa. La francesa, como le llamaban en Arecibo a mi madre, dobló con parsimonia cada cortina de brocado hasta llenar los baúles aromosos. Luego envolvió en las sábanas de seda de la cama de la marquesa las cartas de amor que el marqués mandó a mi madre por muchos años. Cuando Martinico partió, mi madre volvió a su sonrisa confusa.

Aunque Manuel vino a vivir conmigo, no volví a ponerme sus pantalones. Lavé con gran cuidado los que dejaba tirados en mi habitación en la casa de mi madre. También los planché con esmero, de eso no se tenga duda, pero se volvieron lejanos. Me asusta aceptar que una vez los vi transparentes. Además, la llegada de mi segundo hijo, Gregorio, terminó por ocupar mi mente y alejar toda divagación.

La noche en que Manuel se marchó, discutimos agriamente. Tiró mis libros por la ventana de la cocina y vociferó mi origen bochornoso. Te voy a enseñar a respetar a los hombres, me gritó desde la puerta. Buscó la calle, pero se detuvo con cara de iluminado para mostrarme los vigorosos tirantes que sostenían su pantalón. Quedé en silencio ante su verdad patética. A la luz de la farola lo vi bordear el limonero, pero el resplandor de su pantalón de lino ya serpenteaba en la esquina.

Me inicié en la industria de la aguja para  mantenerme. No quise el dinero de la familia de Manuel. Luego trabajé como lectora en las fábricas de tabaco en Arecibo. Nunca tuve público más reverente y educado. Les leía los periódicos del país, las novelas de Flaubert, los cuentos de Balzac. Una mañana, Hermenegildo, un jíbaro de Isabela, golpeó treinta y seis veces la mesa con el tenedor de despalillar el tabaco. Cada golpe indicaba que debía repetir la lectura. Ese día no quise la colecta de los obreros, aunque ellos insistían que aceptara para que me comprara más pantalones. Le quedan bien, señora. No haga caso, me decían. Con el libro bajo el brazo lloré detrás de un almacén. Después abracé a Hermenegildo, quien me explicó que se aprendía los textos de memoria porque no sabía leer. En esta ocasión memorizó quince páginas de Los miserables.  No puedo apartarme de los obreros. Hay tanto trabajo por hacer. Viajo a caballo. Organizo las reuniones en los pueblos. Me toman mucho tiempo estas tareas y a veces el cuerpo no me responde. No ha sido fácil, tú lo sabes. En Arecibo me gritan loca, y mis hijos lo sufren. Gregorio no quiere acompañarme ni a la plaza, especialmente si llevo puestos los pantalones.

Debo detener la escritura, el guardia Rodríguez se acerca. Ahora habla con un empleado de la corte. Me miran y sonríen. El guardia parece un perro con pistola. El otro tiene ojos de fiebre. Quiero esconder la humedad de las pestañas. Me tiemblan las piernas, Santiaguito. Recuerda que por peor que me hayan tratado en Puerto Rico, aquella es mi patria, y siempre se cuela un poco de cariño. El empleado de la corte dice mi nombre casi en un grito. Me asusta. Un golpe de luz me levanta de la banca. Algo o alguien me empuja a caminar erecta hacia la sala. Será el viento, porque no veo a nadie, Santiaguito. Me quito el sombrero por cortesía y lo aprieto contra el pecho. El sombrero escucha unos latidos limpios y me aconseja que no aparte el oído de mi corazón. Pasaré por el lado del filibustero. Se burla. No se percata de que sus pantalones se le enredan como un bejuco en el cuello para asfixiarlo. Siento que no quepo en la ropa. Mis piernas se vuelven tan anchas que ya no caben en este pantalón. Los ovarios se dilatan. Ráfagas de poder me vibran en los puños. De golpe  me he vuelto más alta, más diáfana, más Luisa. El guardia tose con desesperación. Tiene el rostro rojo y azulino. Los ojos saltarán hasta el suelo como dos bolas inútiles. Intenta arrancar lo que aprieta su cuello. Nadie lo ayuda. Nadie se da cuenta.

Izo el sombrero de ala corta, levanto mi cabeza, afirmo el rostro, y paso junto al cuerpo agónico del guardia que me arrestó con su cara rectangular como hoja de libreta.

 

Cuentos Traidores, 2010. Mariana Editores

Adquirir el libro – (rubis.camacho@gmail.com)

 

 

 

 

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UN CUERPO PARA EL FRAILE (Cuento) /Rubis Camacho

Invierno despiadado … Llovía.

Escuchamos ruidos afuera.  El hermano Bernabé     photo.JPG

me acompañó al portal. Más que el candil, nos guiaba una esencia rara, algo de lirios o fragancia de azucenas.  Encontramos el cadáver de una mujer desnuda envuelto en una manta. No había gente en los alrededores, aunque a la distancia se oía el trotar de unos caballos. Al hermano Bernabé se le aflojaron las piernas y se le hinchó la lengua. Gran pavor se apoderó de nuestras almas.

Con su ayuda, puse el cadáver sobre la mesa de la cocina. Mientras el hermano Bernabé aseguraba los cerrojos, encendí otras velas para escudriñar el cuerpo. Era de una transparencia azulina, impávido y yerto. ¿De qué otra manera? Le iluminé el rostro. Era la ramera que ofrendaba canastas de pan y pescado en nuestra puerta. Todos sabíamos de quien venía la dádiva, pero, por orden de nuestro prior, pasábamos por su lado ciegos o indiferentes.

En agradecimiento tardío, quise lavarle el cuerpo para la sepultura.  Fue extraño. El sucio cuerpo olía a cirio perfumado, también a los lirios suaves que crecen doblados en las laderas. Tuve que aproximar más la lumbre para no dudar de lo que veían mis ojos. Había letras y números que comenzaban en el nacimiento de sus pechos. Se extendían a lo largo y a lo ancho, gráciles, como mariposas pequeñas.

Bastó voltearla un poco para descubrir el primer mensaje. En la nuca, debajo del musgo apestoso que le caía sobre los hombros leí, Te haré entender y te enseñaré el camino por el que debes andar. Salmo 32:8. El número ocho tomaba la curva de los senos magullados. En un pezón rumiaba una tira de leche. Debajo del seno izquierdo ordenaba, Quédate aquí hasta que apunte el día y huyan las sombras. Cantares 4:5-6. El número seis apuntaba al enorme vientre fecundado, Tu ombligo como una taza a la que no le falta la bebida. Cantares 7:2. La palabra Cantares se deslizaba ondulante por una de las piernas, Como columnas de mármol fundadas sobre bases de oro fino. Cantares 5:16. El número 16 subía hacia el pubis, Venga mi amado a su huerto y coma de su dulce fruta…pozo de aguas vivas que corren del Líbano. Cantares 4:15-16.

El hermano Bernabé rezaba con voz cavernosa.

Leí las palabras escritas en los pies, Me levantaré ahora y rodearé la ciudad por las calles y por las plazas…Me hallaron los guardias de la ciudad, me golpearon y me hirieron. Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros. Cantares…   

Una sensación de vergüenza y pantano me asedió el pecho. Miré las paredes buscando olvido. Tropecé con un mendrugo dentro de una canasta. La cesta colgaba de la figura de madera del Cristo crucificado que no logra cerrar los ojos.  cocinamedieval2

Ante la mirada incrédula del hermano Bernabé, acaricié la dura santidad de aquellas nalgas en las que se leía el último mensaje, Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron…

 

Libro ” El fraile confabulado”  (Rubis Camacho)

Letra Negra Editores (Guatemala)

2012 

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Leo de Soulas (escritor guatemalteco) dice sobre la novela “Sara” de Rubis Camacho

La matriarca Sara desde una perspectiva más humana

por Leo De Soulas

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Desde siempre he admirado la habilidad de un autor para recrear detalladamente ambientes rescatados de entre las brumas perdidas en épocas pasadas, trabajo que va más allá del tratamiento lúdico y estético del lenguaje al configurar la creación literaria, y que implica, necesariamente, otras cualidades, como el tesón y la minuciosidad con la que un arqueólogo realiza su labor. Pero más admiración me causa que toda esta recreación no sea más que una excusa, un envoltorio monumental por cierto, para actualizar temas que hasta el día de hoy, con nuestra avanzada civilización tecnológica, continúan vigentes no solo en nuestra minúscula sociedad o en el conjunto de sociedades que conforman Latinoamérica. La historia no es más que un pretexto que lleva al narrador a explorar problemas que rebasan el ámbito local, problemas cuyos efectos se extienden más allá de las fronteras que delimitan las sociedades occidentales y que, de manera inevitable, lo obligan a cuestionar los cimientos de la misma cultura judeo-cristiana.

Recientemente terminé de leer, por fin, la novela Sara, la historia cierta, de la autora puertorriqueña, Rubis Camacho [1], a quien tuve la oportunidad y el honor de conocer en mi estadía en la ciudad de San Juan a principios de este año. Aclaro, digo “por fin” no porque su lectura haya representado un sacrificio, sino más bien porque mis múltiples actividades siempre me obligaban a interrumpirla muy en contra de mi voluntad. Finalmente, uno de esos domingos plácidos y tranquilos de nuestro noviembre crepuscular retomé la lectura, ¡qué decir!, la inicié de nuevo —lo que para mí no significó ninguna pérdida de tiempo, pues confieso que no solo volví a deleitarme de esta exquisita prosa, sino fui descubriendo otros valores que en una primera lectura había dejado pasar por alto— hasta terminarla “de un tirón”, como solemos decir.

El libro de Camacho inmediatamente me trajo a la mente dos referentes: relacionado con la creación del ámbito, por un lado, pero también en lo que concierne al desarrollo elegante, mesurado, sensual y contenido, es imposible dejarlo de asociar con las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; en lo que respecta a la presentación del contenido, una versión apócrifa y por lo tanto prohibida de la historia contada en el Génesis, este relato remite al Evangelio según Jesucristo, de José Saramago.

Este último aspecto llama en especial la atención, pues además del coraje que requiere emprender la reconstrucción de una época remota dada la escasa documentación que se pueda encontrar, se suma el punto de vista personal respecto a estos sucesos, interesante además por ser el de una escritora, y hasta el día de hoy muy pocas son las que se han atrevido a incursionar en este género. Es a través del personaje de Sara y, en menor medida, de Agar que la autora presenta el punto de vista femenino del sistema patriarcal en los albores de la civilización, base de nuestras actuales sociedades. Pero al mismo tiempo, es una crítica personal de la autora a ese sistema, cuyos principios e instituciones, pasados veinte, treinta o cuarenta siglos —nadie podría saberlo con certeza— aún se mantienen en vigencia. En este aspecto, la actitud de la autora al escarbar en las mismas raíces que explican el origen del patriarcado es crítica, rebelde y, por tanto, meritoria.

SaraEl personaje de Sara —y también el de Agar, que es su contraparte— queda así desdoblado en dos facetas o planos. Por un lado, en el plano de lo íntimo y de la subjetividad femenina que no difiere mucho de la manera como siente la mujer de hoy: sus motivaciones, sus temores, su suavidad, pero al mismo tiempo su fuerza interna, sus ilusiones, sus esperanzas, su vocación de madre, su capacidad emprendedora, sus ardides, sus celos, sus intrigas, sus rivalidades, su angustia existencial e, incluso, los aspectos físicos más desagradables de su ser: sus olores fétidos, la manera como experimenta los procesos naturales que forman parte de “ser mujer”, así como su experiencia ante el deterioro del cuerpo por los estragos que provocan los años y la enfermedad. En resumen, las cualidades y los defectos quedan expuestos en una equilibrada balanza. Esto nos aproxima a una Sara más humana y, por tanto, alejada del aura santificada que ofrece la matriarca en los relatos bíblicos.

Por otra parte, se nos presenta también una Sara en el ámbito de la vida pública como ícono de la mujer oprimida, de la mujer abusada y ultrajada. Un objeto que puede ser vendido e intercambiado gracias a los servicios que ofrece al hombre, entre ellos el del placer, que no es el menos importante de todos; pero también el de la maternidad, que le permite al macho mantener su simiente. Tal como pareciera que sucede en los matrimonios actuales, la mujer-esclava pasa a ser la propiedad más preciada del varón, el signo más distintivo que lo llevará a convertirse en patriarca, en jefe de familia.

Pero además, Rubis sabe plantear con mucho acierto el punto de vista de su partener: el varón. Los capítulos que se presentan desde la perspectiva del patriarca Abraham y de Faraón son una especie de zambullida profunda por los vericuetos del espíritu masculino, mostrándonos de manera brillante el contraste entre sus fortalezas y sus debilidades. Al mismo tiempo, sabe equilibrar muy bien el ideal que representa Faraón —que es una especie de paraíso perdido— y la realidad agreste y prosaica que representa su marido Abraham, quien en algunos pasajes está más cerca de ser el anciano senil que el iluminado patriarca; e, incluso, llega a ser ridiculizado por la manera grotesca como pretende dejar encinta a Sara. Como sucedería con cualquier mortal, Abraham queda desacralizado: es un hombre prepotente, pero al mismo tiempo servil; habilidoso negociante, vulgar pastor y abyecto con las mujeres. Lo corrompido de su ser corresponde a la podredumbre de su boca, el mal aliento al que hace alusión su señora de manera constante. Presentarlo doblemente cornudo es otra forma de ridiculizarlo: Isaac, concebido por Sara no es hijo suyo, sino de Faraón; e Ismael, concebido por la esclava Agar, en realidad es hijo de Eliezar el damasceno.

En realidad, la historia está construida a partir de odios y apetitos primarios. Agar odia a Sara porque, además de servirla, sufrió en carne propia su venganza al ser expulsada al desierto. Sara odia y expulsa al desierto a Agar por celos del hijo que ella no le puede dar a su hermano y esposo. Pero también odia a Abraham por obsequiarla ante Faraón, a cambio de los alimentos que este le ofrece. Pero sobre todo, odia a ese Dios hebreo que ordena a Abraham el sacrificio de amor y lealtad: su propio hijo. No logra comprender cómo habiendo sido estéril como el desierto, en su edad madura concibe un hijo hermoso solo para ser expuesto a la pira. Odia a Abraham por estar dispuesto a obedecer a ese dios macho, a quien no pareciera importarle sus sentimientos maternos. Al final, el trato es entre dos machos, su marido y Dios.

Desde este punto de vista, la divinidad comparte similares apetitos a los humanos. El del cristianismo es un dios tiránico que necesita la sangre del sacrificio para calmar su sed. Pero, además, se burla, juega y manipula a su siervo: ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac con la intención de alimentar su vanidad. Es hasta el último momento que manda a su ángel para que impida la consumación del sacrificio y, como se sabe del mismo mito bíblico, su sangre es reemplazada por la de un cabro. En sus manos, en las manos de este siniestro Dios, Abraham es un títere y necesita probarlo para mantenerlo sujeto a él. Pero es precisamente Isaac quien se rebela ante este sistema, pues el mismo Dios que ordenó el sacrificio del hijo, años después ordena el sacrificio del padre. Isaac quizá sea esa esperanza tan anhelada de que algún día la creación se rebele contra su creador, de que las personas se rebelen contra la caducidad del sistema de cosas establecido. En realidad, lo que Rubis Camacho hace en su relato es mostrar un rostro más humano al drama que para la humanidad significó la aparición del patriarcado.

[1] Escritora puertorriqueña con un bachillerato en Artes y con un grado de licenciatura en Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Tiene una Maestría en Creación Literaria de la Universidad Sagrado Corazón.

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Pan del cielo /Fragmento/ Cuentos traidores de Rubis Camacho

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Una noche, después de leer ¿Qué me quieres, amor?, me aventuré a dejarle una nota. Escribí diesiocho mensajes confusos. Me decidí por el número doce, unos versos de Sabines: “Digo que no puede decirse el amor. El amor se come como un pan, se muerde como un labio”. Colgué la nota anónima en la rama que da sombra a la banca y volví al apartamento con el espíritu salado de la zozobra. Esperar es como agonizar. Me comí las uñas, tomé siete tazas de café (negro porque la leche me provoca náuseas), conté los autos desde la ventana, me descubrí lunares, le saqué los hilos sueltos al abrigo, tosí, intenté canturrear, repasé ¿Qué me quieres, amor?

Al día siguiente otra nota colgaba de la rama: “Boca mía, no digas más que la paz”. La leí cientos de veces…¿Solo eso? Seguramente me escribió en clave. Por supuesto, era un juego. Detesté la parquedad. Colgué de la rama un segundo mensaje. Fui más audaz: “Te quiero desde el poste de la esquina, desde la alfombra de ese cuarto a solas“.

Pasadas unas horas revisé todo el árbol, rama por rama, hasta el nido de gorriones con los huevos podridos, pero no hubo respuesta. Me alcanzó la madrugada con los ojos fijos en la farola herrumbrosa de la calle…

( Fragmento/ Pan del cielo / Cuentos Traidores/ de Rubis Camacho)

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Dicen en Guatemala sobre la novela Sara: La historia cierta / de Rubis Camacho

 

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Sara: una historia desde la visión de otra mujer

Por Yutmin Colmenares

(escritor guatemalteco)

 

 

La escritora puertorriqueña Rubis Marilia Camacho nos invita a penetrar en la mente, los deseos y el cuerpo de los personajes, quienes dentro de las dicotomías Dios-Hombre y Hombre-Mujer, se debaten entre las esferas espirituales, filosóficas, sociales, morales, genéricas e incluso sexuales. El uso y abuso de la divinidad como respaldo a todo hecho que ejecute el patriarca, coloca a Sara y a su descendencia en un sitio diferente al de los demás mortales. Este privilegio que la autora da a sus personajes refleja la común fe actual, basada en la revelación y designios que la divinidad le confiere y comunica al ungido o ungida. Todo gira en torno a la idea espíritu-religiosa de la vida, sin embargo estas páginas nos hacen contemplar algunos aspectos que pasamos por alto en esa sociedad que da todo por sentado: “…Así son los designios del Altísimo…”.

Lo poético de los Salmos y de algunas citas bíblicas es utilizado como un burdo maquillaje sobre un rostro humano y cierto, tan cierto como la hediondez en la boca del hombre que Sara se ve forzada a besar.

La concepción de la mujer como esclava de su señor –su marido- se maneja dentro de un contexto de autoridad divina que no se debe violentar. Los sueños y los deseos de la mujer están sujetos a la voluntad de su señor, hasta llegar al punto de perder su vida; no simplemente la vida física, sino aquella vida interna, aquella libertad que mantiene viva a una mujer esclava. Por ello, escuchar a una matriarca que vive una doble vida, rompe violenta, pero, sensual y eróticamente los paradigmas de sujeción y sumisión por parte de las mujeres al hombre. Al mismo tiempo propone una visión distinta, digamos un poco más fresca y cercana a la mente y cuerpo de la mujer, de Sara, de las mujeres.

Partir de un momento muy importante en la vida de la humanidad para narrar la historia paralela a la que se cree y enseña, requiere de cierto arrojo, de valor, creatividad y entereza. La autora se sube al tren de la historia estándar, pero señala para el otro lado de los vagones, en dirección al alma y al deseo más sublime de la humanidad (humanidad, sí, en femenino). Hablar de Ismael y de Isaac, es hablar de guerras y muertes; de engaños y traiciones; al mismo tiempo de hechos heroicos y altruistas. Pero sobre todo, es hablar de la historia que no ha muerto, de una historia lineal y continua hasta nuestros días. Lo anterior le da una relevancia a la presente novela. Cada vez que se hable de Abraham, Sara, Isaac, Agar e Ismael, involuntariamente la mente de quien lea esta obra girará su atención hacia el otro lado de los vagones, y verá (o sentirá) sin lugar a dudas, las otras facetas de la historia.

La voluptuosidad versus la maternidad, lo santo versus lo deseado, el placer versus el dogma; en esta perpetua agonía el ser humano se ha preguntado ¿Y si no sucedió así? Es ahí, precisamente, donde el Creador le permite al humano esbozar sus teorías y sus hipótesis acerca de cómo deberían ser o preferiría que fueran los hechos históricos. ¿Qué es lo más cercano a la realidad divina?  Bueno, Camacho sugiere que  “…cada cual crea sus verdades…”. Pero antes de crear, hay que cuestionarse. La Fe, diría Unamuno, se alimenta de la duda.

Lo fascinante de esta lectura es que Rubis no nos invita a dudar por dudar, sino parte del deseo de “ser” y “sentirse” vivo o viva. Un reto a preguntarnos si el placer que vivimos en este preciso instantes, está siendo interpretado por otra persona como un dolor, o viceversa. Incluso podemos interpretar la presente obra bajo la premisa de “-Disculpe, mi señor, los designios de Dios son misteriosos…” sabiendo que no nos equivocaremos en nuestra hermenéutica.

Ante esas verdades, se coloca el fin de las cosas, el momento en el cual cada “autor” se verá frente a frente con el Autor primigenio. Mientras ese momento llega, vale la pena seguir cuestionándonos y dudar; aceptar que hay lecciones que se aprenden en carne propia, y enseñanzas que podemos, y debemos, tomar de quienes vivieron antes que nosotros, como lo sucedido con Isaac frente a quien es “principio y final de todas las cosas”.

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El banquete del fraile / de Rubis Camacho

 

          Con nerviosidad apenas disimulable, escuchaba el fraile la confesión de Juana, heredera de las coronas de Castilla y Aragón.

          -Una mañana, entre el satinado ropaje de mi esposo, el hermoso Felipe, descubrí la misiva dirigida a la cortesana infame: “Nada es comparable al arrebol de vuestras mejillas, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño…”

Al leer lo que el puño traidor escribió en el pedazo de vitela, comí de mis carnes. Así de tremebundos son los celos.

Horas después, cuando Felipe apretó con dulzura mi diestra en la catedral de Toledo, renació en mí la dicha. Al mirarle con amor ardiente, vi cómo sus ojos besaban las arreboladas mejillas de la Virgen, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño. En silencio reverente me mordí la garganta, me despedacé los pulmones, me trituré las vísceras y tragué de mi sangre…

 Miró el fraile, a través de las rejillas del confesionario, las mejillas de la soberana; arreboladas, encendidas como granadas de terciopelo, suaves como seda del oriente, tersas como piel de armiño. Bajó la cabeza avergonzado de su lujuria, y mientras se devoraba el corazón rezó pidiendo clemencia para él y para Felipe.

(El fraile confabulado / Rubis Camacho)

 

 

 

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La sombra de Pedro/ en víspera de resurrección (El fraile confabulado /Rubis Camacho)

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Hoy:  para Vidal Guzmán  y  Mario Cancel …por darme la ternura de sus sombras.

 

…para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra

 cayese sobre alguno de ellos.

Hechos 5:15

Sobre la falda de nuestro fraile pone el prior un viejo libro. Esto confortará tu alma y aliviará la tristeza causada por la pérdida de tus dedos, le dice.

Lee el fraile con fruición.

“Mientras Pedro camina por las calles de Jerusalén, inmerso en la tarea de entender la misión que le ha dejado el Maestro, su Sombra trabaja sanando los enfermos que dormitan en las orillas como yerbajos secos.

Pasado el mediodía, la Sombra, agotada, increpa a Pedro.

– Los enfermos hieden. Me agobian sus llagas y sus tormentos.

– No es tu obra, es la obra del Maestro, el que murió en el Calvario.

-¡Imposible! No conozco su sombra. –Riposta alocada.

…Y sin esperar respuesta, se dirige  al Monte de la Calavera. Serpentea por callejuelas. Aletea en los recodos. Busca afanosamente, pero no encuentra al Maestro.

Desciende sedienta del monte. Su cuerpo es una estría que se alarga de ira. Patea las piedras del camino. Masculla:

-Sólo tres cruces apestosas a sangre, solo tres cruces…

De repente, una Sombra Con Frescor de Lluvia cae sobre la cabeza de la Sombra. Se voltea frenética.

-¿Quién eres? ¿No ves mi aturdimiento? No encuentro la sombra del Maestro muerto en ese monte.  –Dice malhumorada, señalando al Gólgota con el índice neblinoso.

-Infructuosa búsqueda.

-¡Mancha ignorante! ¿No sabes que todos andamos con una sombra? -Y como es su costumbre, desencajada, prosigue el camino.

A medida que avanza, la Sombra Con Frescor de Lluvia la cubre con vientos de olores a lirios purísimos,  impregna los montes y las llanuras, desciende por las laderas y anida en las flores, se sumerge en los ríos impetuosos y rebota en la resolana de los desiertos…Así, hasta cubrir la inmensidad de la tierra.

La Sombra  desfallece  de gozo, de humedad, de fulgores.

Cuando de la impetuosidad de la Sombra apenas quedan flecos, y una rutilancia de salud y vida se multiplica en sus adentros, se voltea para agradecer a la Sombra Con Frescor de Lluvia.

Cabalgando sobre el universo, la Sombra Con Frescor de Lluvia tiene forma de cruz. Tintinea, brinca, retoza, mientras  repite: No hay sombra en Él, No hay sombra en ÉL… No hay sombra en ÉL…”

 

Cierra los párpados el fraile para imaginar el recorrido de la Sombra Con Frescor de Lluvia por todas las comarcas. Le caen gotas suaves en los labios y en el cuello. Abre las palmas para recibir la gracia. Se sacude de una carga. Un peso enorme cae de sus hombros, como bestia quisquillosa  a la que liberan de un infierno.

Dentro de él, poco a poco, se abre paso la luz en la oscurana.

 

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Breves notas sobre las visiones psicológicas en la novela “Sara: la historia cierta” de Rubis Camacho

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Dr. Víctor Acevedo Negrón

¿Qué pensaría usted, si una mañana su vecino le dice que en un rato saldrá en dirección al Yunque a degollar a su único hijo, porque Dios le ha pedido la vida del muchacho como ofrenda? ¿Qué pensaría usted de un hombre que se casa con su hermana cuando ella es apenas una niña, y luego, por temor a que lo maten, la da por mujer al dueño del punto y a un millonario traficante? ¿Qué pensaría usted de una mujer que a los 127 años, moribunda, decide enfrentar su historia y recordar los únicos dos momentos de placer sexual que tuvo en su vida, y que no fueron precisamente con su marido? ¿Qué pensaría usted si esa mujer aceptara haber torturado a otra mujer porque esta última no respondió a sus amores? ¿Con cuánta salud mental habrá crecido un hombre a quien su padre amarró sobre unos troncos de leña para ofrecerlo en holocausto al Dios vivo? ¿Qué siente una mujer secuestrada y violada en un desierto por un viejo repugnante? ¿Se convierte siempre una víctima en victimaria? ¿Es posible desobedecer a Dios y que tal desobediencia quede impune?

Todas estas preguntas quedan planteadas en la novela de Rubis Camacho: Sara: la historia cierta, novela de fascinante estructura que, de acuerdo al criterio del escritor e historiador Mario Cancel, permite una amplia gama de interpretaciones.

De acuerdo a esta novela, 16 papiros fueron encontrados la mañana del 26 de noviembre de 1988 en las excavaciones cercanas a una necrópolis del Alto Egipto. Estos papiros contienen la voz de estos personajes que saltan de la antigüedad para contarnos la verdadera historia. Al respecto, también ha comentado el escritor y profesor Emilio del Carril: “Novela en la que los personajes hablan desde el mundo oscuro de sus pasiones. Pero, en mayor medida, desde el deseo y la ausencia. El erotismo y la sexualidad son intensos. Las escenas sexuales se construyen bajo el manto atropellado de la insatisfacción. El amor no correspondido se atrinchera en las escenas sexuales confiriendo a las mismas un aire violento y perturbador.” Los rasgos psicológicos de los personajes que dan vida a la trama, son interesantes y turbulentos, pero no más que el perfil psicológico de mucha gente que usted y yo conocemos, de gente con la que convivimos, y posiblemente, de muchos de los que están sentados a su lado en este momento. Por eso me interesa esta novela, la riqueza de su mundo psicológico es avasallante. Mire a su alrededor. Mire a la persona que está a su lado. Posiblemente concurra conmigo en que podría ser un personaje de una novela como ésta.

Sara

Comencemos con Sara, el personaje que retumba en el título y en la portada. En una acertada retrospección, la novela inicia con la narración de Sara, anciana, moribunda, quien decide, en el umbral de la muerte, aceptar su humanidad roída. Sufre los avatares del ardiente desierto cuyo calor hace crepitar las telas de su tienda. Sara dice “Hoy, a los ciento veintisiete años, moribunda, en tierra de Quiriat-arba…Vuelvo sobre estos hechos, porque es posible que en unos instantes mi memoria frágil y para muchos fútil, ya no sea más.” Desde el portal de la muerte, el personaje recrea su juventud y vuelve al lecho amatorio del faraón de Egipto, escena de gran sensualidad y sofisticado erotismo. Demuestra Rubis Camacho su capacidad para insertar en todo el texto elementos que recogen el aspecto de la reminiscencia; proceso que desde la perspectiva psicológica representa un modelo de intervención terapéutico. Mediante este proceso logramos reconciliarnos con la vida a través de la introspección y el recuerdo intencional para evocar experiencias pasadas, a veces traumáticas. La finalidad de la reminiscencia, dentro y fuera de la novela, es sanar y darle sentido a la vida cuando estamos viejos y próximos al evento de la muerte. Veremos que en la novela, Sara se lanza en un acto de relativa valentía “Estas cosas las declaro ahora, cuando ya no importa que me otorguen carta de divorcio o amenacen con expulsarme al desierto de Beerseba a morir de sed”. Sara es una mujer víctima del sistema patriarcal fundamentado en la creencia de un Dios Todopoderoso que ubica a la mujer en el mismo renglón que a las bestias o a las cosas. A través de la novela Sara manifiesta dosis de sumisión, dosis de amargura producto de esa sumisión, venganzas, egoísmos, pero sobre todo, una necesidad imperiosa de ser amada y validada como un ser digno. Recordemos que de acuerdo a la historia del Pentateuco, Sara fue hermana y esposa de Abraham, luego fue entregada por Abraham al Faraón de Egipto. Esto implica no solo violencia sexual hacia Sara, sino también un desgarramiento social por tener que convivir como esclava en una sociedad tan diferente a la suya. En la novela, Sara se enamora de la esclava Agar, pero nunca es correspondida. Sara vive y muere sin el goce y disfrute de la compañía de la pareja amada… Escuchemos a Sara: “Una noche le ordené lavar mi cuerpo. Sus ojos se posaron en mis senos con asco, con la misma repulsión con la que hubiese mirado a dos alimañas podridas. Fui poseída por los celos y la rabia. La abofeteé duramente. De una patada lancé la tinaja de agua a la tierra. Gritando la maldije. Mi señor Abraham vino al encuentro. ¡Vive Dios, que si mañana, al romper el alba, no has echado a esta esclava y a su hijo al desierto, me tiraré a morir sobre una estepa! Le aseguré. Al día siguiente la vi partir llorosa, reducida. Durante diez años no pronuncié palabra. Durante diez años no salí de mi tienda. Durante diez años lloré y fui lagarta de tierra”. Es decir que, con la expulsión de Agar y su hijo, Sara quedó sumida en una depresión profunda; producto del remordimiento, de la culpa y la soledad. La autora señala que el estado anímico de Sara duró diez años para, con ese tiempo que nos podría parecer inconcebible, mostrar la magnitud de esa crisis emocional. Aunque hay seres que transitan por la vida en una luctuosa procesión.

Agar

Es víctima y victimaria. De acuerdo a la novela, llega a la tribu donde Abraham es el patriarca por un golpe de suerte. Es hija de nobles del Alto Egipto. En una travesía por el desierto su caravana es asaltada. Casi moribunda es hallada por el clan de Abraham. Pero Agar oculta su identidad de noble, por lo tanto, Agar, en esta novela, es una mujer que vive continuamente la duplicidad y el secreto. Aprende a mentir para sobrevivir. Por eso le ocultará a Abraham que el hijo que lleva en el vientre es de Eliezer el damasceno. Le hará creer al anciano Abraham que el hijo es de él para asegurar un puesto de respeto en la tribu. “No podía el damasceno privarme de la única oportunidad de ser tratada con mayor dignidad y decoro. Ya no sería una esclava más. En Agar, la egipcia, mi señor había iniciado su descendencia.”-señala el personaje. Podríamos pensar que Agar es una manipuladora, una trepadora o simplemente una mentirosa patológica. Sin embargo, juzgar este personaje con severidad sería desconocer las estrategias de sobrevivencia que las personas utilizan en situaciones adversas.

 Isaac

Isaac es uno de los personajes más conmovedores de esta historia. Es el hombre que mira con profunda tristeza la historia de su niñez. Comienza diciendo “Superé el espanto, ahora puedo hablar”…MI padre tenía gestos escabrosos, fue un hombre avasallante que ultrajó los sentimientos más puros de mi madre, vencida de antemano.” Se destaca en el texto un Isaac confundido e inseguro ante una figura paterna ausente afectiva y emocionalmente. Podríamos pensar en un conflicto edípico no resuelto, pero este análisis requerirá dedicar mucho más tiempo a este personaje.

Finalmente, la autora nos presenta a un hombre que siendo víctima de sus circunstancias, se niega a ser victimario y desobedece al Dios Todopoderoso. Dios Sobre este personaje dice Emilio Del Carril “Los últimos capítulos se adelgazan en extensión, esto hace que la lectura adquiera una velocidad vertiginosa en el último cuarto de la novela. Este recurso, además de agilizar el proceso de lectura, crea un efecto visual ante el último capítulo. En esta parte observamos una secuela de sorpresas y giros de tuerca que desembocan en el capítulo XVI donde un personaje, que no había intervenido hasta el momento, aparece impasible para juzgar los hechos que se han presentado.”

Después de varias lecturas del texto, creo que el protagonista de la novela es Dios, este Dios que juega al titiritero porque en sus manos sostiene y manipula los hilos que guían los destinos de los seres vivos. Este ser subyace en todos los capítulos. Sara afirma en el primer capítulo, en una espantosa dosis de ingenuidad e ignorancia “Con el paso de los años entendí que mi señor Abraham ejercía sobre mí la violencia por mandato de nuestro Dios”- En otro capítulo añade “Valgo menos que una tienda o una túnica. Así son los designios del Altísimo.” En el tercer capítulo Abraham señala: “¿Cómo contarle a un siervo que el Dios Todopoderoso se me había revelado? “ Y es la obediencia al designio o mandato de Dios lo que destaca a la figura de Abraham en la literatura bíblica como el padre de la fe, y da origen a esta historia extraordinaria.

Tal parece que la autora, como muchos teólogos modernos, muestra a Dios como el creador y señor de la historia. “Hablo último. ¿No soy el principio y final de todas las cosas? Sonreí la mañana en que mi siervo Abraham, obedeciendo a mi perfecta voluntad, levantó la daga para sacrificar a Isaac. La mañana en la que Isaac me enfrentó, negándose a sacrificar a su padre Abraham… aplaudí. De gozo aún aplaudo.”

Invito a leer la novela, a reflexionar sobre las debilidades psicológicas y desigualdades sociales (la invisibilidad opresiva de la mujer, su explotación, el abuso y sumisión del débil, etc.). Todos estos temas se muestran hábilmente en esta novela.

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El telescopio del fraile

“Los cielos cuentan la gloria de  Dios…” (Salmo 19:1)

…Y ante el hecho de que el hermano Bernabé, a causa de su tos constante y saliva sanguinolenta, no podía vigilar tan demoníaco instrumento, decidió el prior que hiciese mía tal misión hasta que terminase el juicio contra el hereje Galileo. El hermano Felipe, manso y obediente, lo depositó en la buhardilla construida sobre el oratorio.

Durante siete noches vigilé el artefacto. Recé y rogué por el alma del impío Galileo. Ya me dolían las articulaciones cercanas a las uñas de tanto andar y desandar las cuentas del rosario. La octava noche me visitó la sombra, no lo oculto. Fui tentado por el maligno, ese león rugiente que busca a quien devorar. Caí en sus fauces, como Eva en las de la serpiente.

Sí, amado confesor, empuñé el instrumento para ver los cuerpos celestes.

!Oh, maravilla! Con la primera impresión enmudecí. Temblé  ante las pléyades. Me sorprendió la madrugada emboscado por esas masas luminosas que transitan parpadeantes el universo. También busqué a los ángeles, no al Soberano que reina y gobierna, porque bien hemos sabido que nadie puede ver a Dios y quedar vivo.

Meses enteros fui abrumado por la vastedad del universo, hasta una tarde en la que se me ocurrió…

(Fragmento del relato El telescopio del fraile / Libro El fraile confabulado de Rubis Camacho / Letra Negra Editores / Guatemala)

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Un cuerpo para el fraile

 

Un cuerpo para el fraile

          Invierno despiadado… Llovía.

Escuchamos ruidos afuera. El hermano Bernabé me acompañó al portal. Más que el candil, nos guiaba una esencia rara, algo de lirios o fragancia de azucenas. Encontramos el cadáver de una mujer desnuda envuelto en una manta. No había gente en los alrededores. Muy distante se oía el trotar de unos caballos. Al hermano Bernabé se le aflojaron las piernas y se le hinchó la lengua. Gran pavor se apoderó de nuestras almas.

 Con su ayuda puse el cadáver sobre la mesa de la cocina. Mientras el hermano Bernabé aseguraba los cerrojos, encendí otras velas para escudriñar el cuerpo. Era de una transparencia azulina, impávido y yerto. ¿De qué otra manera?

Le iluminé el rostro. Era la ramera que ofrendaba canastas de pan y pescado en nuestra puerta. Todos sabíamos de quien venía la dádiva, aun así, por orden de nuestro prior pasábamos por su lado ciegos o indiferentes.

          En agradecimiento tardío quise lavarle el cuerpo para la sepultura, aunque de forma extraña el  cuerpo sucio olía a cirio perfumado, también a los lirios suaves que crecen doblados en las laderas.

Tuve que aproximar más la lumbre para no dudar de lo que veían mis ojos. Una multitud de letras y números comenzaban en el nacimiento de sus pechos. Se extendían a lo largo y a lo ancho, gráciles, como mariposas pequeñas.

Bastó voltearla un poco para descubrir el primer mensaje. En la nuca, debajo del musgo apestoso que le caía sobre los hombros leí, Te haré entender y te enseñaré el camino por el que debes andar. Salmo 32:8. El número ocho tomaba la curva de los senos magullados. En un pezón rumiaba una tira de leche. Debajo del seno izquierdo ordenaba, Quédate aquí hasta que apunte el día y huyan las sombras. Cantares 4:5-6. El número seis apuntaba al enorme vientre fecundado, Tu ombligo como una taza a la que no le falta la bebida. Cantares 7:2. La palabra Cantares se deslizaba ondulante por una de las piernas, Como columnas de mármol fundadas sobre bases de oro fino. Cantares 5:16. El número 16 subía hacia el pubis, Venga mi amado a su huerto y coma de su dulce fruta…pozo de aguas vivas que corren del Líbano. Cantares 4:15-16.

El hermano Bernabé, con voz cavernosa, leyó las palabras escritas en los pies, Me levantaré ahora y rodearé la ciudad por las calles y por las plazas…Me hallaron los guardias de la ciudad, me golpearon y me hirieron. Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros. Cantares…   

          Una sensación de vergüenza y pantano me asedió el pecho. Miré las paredes buscando olvido. Tropecé con un mendrugo dentro de una canasta. La cesta colgaba de la figura de madera del Cristo crucificado que no logra cerrar los ojos.

Ante la mirada incrédula del hermano Bernabé …

Fragmento del relato Un cuerpo para el fraile        (El fraile confabulado /de Rubis Camacho/ Letra Negra Editores)

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