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Los pantalones de Luisa Capetillo (por Rubis Camacho)

Carta escrita a Santiago Iglesias Pantín durante la espera en la Corte Correccional del Segundo

Distrito de la Habana. Cuba, 24 de julio de 1915

Luisa Capetillo

 

…El guardia que me arrestó tiene la cara rectangular como una hoja de libreta. Se apellida Rodríguez y pertenece a la Tercera Estación de Policía de la Habana. Yo me desplazaba por la calle Neptuno como si él no existiera, aunque sentía su mirada de odio sobre mi sombrero. Juan Federico, un obrero de la caña a quien el movimiento le encargó mi protección, me pedía que nos fuéramos. Le dije en voz muy baja, pero enérgica, que la cobardía no tiene cabida en el anarquismo. Al pobre se le hace difícil entender que, por lo menos una vez, hay que justificarse en la existencia.

Rodríguez merodeó despacio, jadeante como bestia. Alargó la lengua carrasposa y dijo que mi vestimenta era escandalosa. ¿Te imaginas, Santiaguito, lo que hubiera dicho si hubiese visto a Sand deambular con sus botas de tacos herrados por las calles de París?  Me esposó frente a la botica. Necesitó ayuda de otros guardias para controlar a Juan Federico y a otra gente del pueblo.

No creo que te envíe esta carta. Escribo para ordenar los pensamientos. Debo responder con lucidez al juez, un tal García Solá. Los guardias me golpearon y me siento muy alterada. Trato de no guardarles rencor, pero me han humillado con la más cruel ignorancia.

Afuera, una multitud amenaza con romper los portones de la corte. Quieren entrar. Les resulta tan extraño que una mujer lleve pantalón, camisa, corbata, gabán, y sombrero de ala corta. Las mujeres me miran con desagrado. No saben que es más higiénico usar esta prenda que una falda. Además, ¿por qué han de decidir otros la ropa que debo llevar? ¿Acaso no me asiste el libérrimo derecho a pensar y a decidir de acuerdo a mi conciencia?

Creo, Santiaguito, que engendré la idea una tarde de junio de 1890, frente a la pila bautismal de la iglesia San Felipe Apóstol de Arecibo. Unas horas antes, mi madre, Luisa Margarita Perón, me obligó a lavarme el cuerpo con agua de jazmines, peinó mi cabello ondulado, y aprisionó mi cuerpo dentro de un traje de puro algodón de falda muy ancha. Tenía once años. Caminamos ligerito hacia el templo. Mi madre, con cara de enfado por la tardanza de mi padre, murmuraba palabrotas en francés y volteaba constantemente la cabeza buscándolo entre los trabajadores del muelle. Cuando vio en el atrio a don Bernardo Blaudino, representante de mi padrino Don Policarpo Echevarría, alcalde de la ciudad, frunció los ojos y suavizó el rostro con una sonrisa que me pareció confusa. Sus deditos  regordetes se perdieron dentro de la mano lacia del hombre. No fue hasta que el olor a sargazo de mi padre dobló por la esquina, que mi madre recogió su mano con cierto recato.

Me impresionaron las imágenes de los santos. Estaban tan altas. Para colmo había que hablarles de rodillas. El cura Lucas Lladó ofició el sacramento con el mismo acento español de mi padre. La saliva se le enredaba en los dientes creando un espumero repugnante. Yo me preguntaba el por qué de su falda. Roció mi cabeza con saliva y con más agua de la esperada, supongo que por mi condición de hija natural o por el desdén que adivinó en mis ojos. Hoy, más que ese día, resiento la hipocresía de sus sermones y la oscuridad de su sotana, la que debió ser verde como la cordillera. Cuando el chorrito frío bajaba por mi cuello a mojar el bordado rosado de mi jubón, ya mi decisión estaba hecha. El Padre usa falda, yo usaré pantalones, dije a mi madre durante el camino de regreso. Lanzó una carcajada turbia, que por casualidad tintineó en los oídos de Don Bernardo Blaudino, quien nos contemplaba desde la ventana del cafetín Misisipí remojándose el labio inferior con la lengua.

Al llegar a la casa corrí a la habitación de mis padres. Un pantalón viejo con peste a pescado y rastros de algas secas colgaba de un clavo. Me lo puse sin mucha dificultad, mi cuerpo delgaducho cabía cómodamente en una de sus patas. Troté por la casa imitando la voz de mi padre. Luego, dormité dentro de esa casa blanda hasta el amanecer. Durante muchos días tuve la sensación de la sal sobre el cuerpo.

Pasados algunos años, mi madre trabajó como lavandera en la casa de Don Gregorio Ledesma, marqués de Arecibo. La ropa de esta familia, especialmente la de la marquesa, guardaba un olorcito dulzón a canela y a cedro. Sus vestidos de fiesta eran vistosos y abultados, pero de telas insolentes que provocaban picor. Los pantalones del marqués, de telas suaves, una mezcla de algodón y seda blanca, eran mis preferidos. Esperaba que mi madre se durmiera para ponérmelos. Me sentaba en la oscuridad de la sala y cruzaba la pierna fingiendo fumar un cigarro exquisito. Daba órdenes, firmaba acuerdos, disentía, tomaba una copa, soltaba el cigarro…La magia duraba el tiempo que tuviera puesto un pantalón del marqués.

Después me aficioné a los pantalones de su hijo, Manuel. Los olfateaba con delirio de perra en celo. ¡Cuántas minas estallan en una entrepierna! Lamía cada costurón de sudor. Luego me los untaba por todo el cuerpo hasta sentir que las piernas fuertes de Manuel reventaban dentro de ellos para apresarme las caderas y socavarme entre el bulto de miedos. Mi madre los entregaba tan planchados que parecían andar solos. Manuel comenzó a dejar versos de Bécquer en los bolsillos. Yo le respondía con fragmentos de Turgenev o Tolstoi, también con pensamientos míos. Unimos nuestros cuerpos por primera vez la noche del 25 de diciembre de 1897. Nos acariciábamos ocultos por las rocas de la playa. Paco Susoni, el mejor amigo de Manuel, vigilaba. El deseo se presentó implacable, y yo, única dueña de mi cuerpo, no quise resistirme. Después le pedí a Manuel que se pusiera mis duras pantaletas de blanquín almidonado, pero se quedó tendido, moribundo de placer. Yo me puse su pantalón fino lleno de arena. Manoteando el aire y con el torso desnudo caminé frente al rabioso tapiz de tinieblas que era el mar de Arecibo. Susoni, como cualquier espíritu estrecho, me hizo señales desesperadas para que regresara a las rocas, pero lo ignoré. Me abrigué los pezones con las mechas y dejé que la brisa marina acuciara los pantalones de Manuel. Te juro que escuché cantos de sirena. Susoni me contó, tiempo después, que los pasos de mi sombra sobre la arena eran elásticos, pero firmes, y que mi voluptuoso exceso me había salvado de su olvido.

A los pocos meses anuncié el embarazo de mi primogénita, Manuela. Un negro que servía en casa de los marqueses, nombrado Martinico, fue a casa de mi madre al día siguiente a buscar la ropa de sus patrones, y a informarle que la marquesa no quería que volviese a trabajar a su casa. La francesa, como le llamaban en Arecibo a mi madre, dobló con parsimonia cada cortina de brocado hasta llenar los baúles aromosos. Luego envolvió en las sábanas de seda de la cama de la marquesa las cartas de amor que el marqués mandó a mi madre por muchos años. Cuando Martinico partió, mi madre volvió a su sonrisa confusa.

Aunque Manuel vino a vivir conmigo, no volví a ponerme sus pantalones. Lavé con gran cuidado los que dejaba tirados en mi habitación en la casa de mi madre. También los planché con esmero, de eso no se tenga duda, pero se volvieron lejanos. Me asusta aceptar que una vez los vi transparentes. Además, la llegada de mi segundo hijo, Gregorio, terminó por ocupar mi mente y alejar toda divagación.

La noche en que Manuel se marchó, discutimos agriamente. Tiró mis libros por la ventana de la cocina y vociferó mi origen bochornoso. Te voy a enseñar a respetar a los hombres, me gritó desde la puerta. Buscó la calle, pero se detuvo con cara de iluminado para mostrarme los vigorosos tirantes que sostenían su pantalón. Quedé en silencio ante su verdad patética. A la luz de la farola lo vi bordear el limonero, pero el resplandor de su pantalón de lino ya serpenteaba en la esquina.

Me inicié en la industria de la aguja para  mantenerme. No quise el dinero de la familia de Manuel. Luego trabajé como lectora en las fábricas de tabaco en Arecibo. Nunca tuve público más reverente y educado. Les leía los periódicos del país, las novelas de Flaubert, los cuentos de Balzac. Una mañana, Hermenegildo, un jíbaro de Isabela, golpeó treinta y seis veces la mesa con el tenedor de despalillar el tabaco. Cada golpe indicaba que debía repetir la lectura. Ese día no quise la colecta de los obreros, aunque ellos insistían que aceptara para que me comprara más pantalones. Le quedan bien, señora. No haga caso, me decían. Con el libro bajo el brazo lloré detrás de un almacén. Después abracé a Hermenegildo, quien me explicó que se aprendía los textos de memoria porque no sabía leer. En esta ocasión memorizó quince páginas de Los miserables.  No puedo apartarme de los obreros. Hay tanto trabajo por hacer. Viajo a caballo. Organizo las reuniones en los pueblos. Me toman mucho tiempo estas tareas y a veces el cuerpo no me responde. No ha sido fácil, tú lo sabes. En Arecibo me gritan loca, y mis hijos lo sufren. Gregorio no quiere acompañarme ni a la plaza, especialmente si llevo puestos los pantalones.

Debo detener la escritura, el guardia Rodríguez se acerca. Ahora habla con un empleado de la corte. Me miran y sonríen. El guardia parece un perro con pistola. El otro tiene ojos de fiebre. Quiero esconder la humedad de las pestañas. Me tiemblan las piernas, Santiaguito. Recuerda que por peor que me hayan tratado en Puerto Rico, aquella es mi patria, y siempre se cuela un poco de cariño. El empleado de la corte dice mi nombre casi en un grito. Me asusta. Un golpe de luz me levanta de la banca. Algo o alguien me empuja a caminar erecta hacia la sala. Será el viento, porque no veo a nadie, Santiaguito. Me quito el sombrero por cortesía y lo aprieto contra el pecho. El sombrero escucha unos latidos limpios y me aconseja que no aparte el oído de mi corazón. Pasaré por el lado del filibustero. Se burla. No se percata de que sus pantalones se le enredan como un bejuco en el cuello para asfixiarlo. Siento que no quepo en la ropa. Mis piernas se vuelven tan anchas que ya no caben en este pantalón. Los ovarios se dilatan. Ráfagas de poder me vibran en los puños. De golpe  me he vuelto más alta, más diáfana, más Luisa. El guardia tose con desesperación. Tiene el rostro rojo y azulino. Los ojos saltarán hasta el suelo como dos bolas inútiles. Intenta arrancar lo que aprieta su cuello. Nadie lo ayuda. Nadie se da cuenta.

Izo el sombrero de ala corta, levanto mi cabeza, afirmo el rostro, y paso junto al cuerpo agónico del guardia que me arrestó con su cara rectangular como hoja de libreta.

 

Cuentos Traidores, 2010. Mariana Editores

Adquirir el libro – (rubis.camacho@gmail.com)

 

 

 

 

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Pan del cielo /Fragmento/ Cuentos traidores de Rubis Camacho

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Una noche, después de leer ¿Qué me quieres, amor?, me aventuré a dejarle una nota. Escribí diesiocho mensajes confusos. Me decidí por el número doce, unos versos de Sabines: “Digo que no puede decirse el amor. El amor se come como un pan, se muerde como un labio”. Colgué la nota anónima en la rama que da sombra a la banca y volví al apartamento con el espíritu salado de la zozobra. Esperar es como agonizar. Me comí las uñas, tomé siete tazas de café (negro porque la leche me provoca náuseas), conté los autos desde la ventana, me descubrí lunares, le saqué los hilos sueltos al abrigo, tosí, intenté canturrear, repasé ¿Qué me quieres, amor?

Al día siguiente otra nota colgaba de la rama: “Boca mía, no digas más que la paz”. La leí cientos de veces…¿Solo eso? Seguramente me escribió en clave. Por supuesto, era un juego. Detesté la parquedad. Colgué de la rama un segundo mensaje. Fui más audaz: “Te quiero desde el poste de la esquina, desde la alfombra de ese cuarto a solas“.

Pasadas unas horas revisé todo el árbol, rama por rama, hasta el nido de gorriones con los huevos podridos, pero no hubo respuesta. Me alcanzó la madrugada con los ojos fijos en la farola herrumbrosa de la calle…

( Fragmento/ Pan del cielo / Cuentos Traidores/ de Rubis Camacho)

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Continuación y nuevo final al relato El beso más largo (de Rubis Camacho), desde la perspectiva de Anselmo

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por Ivelisse Álvarez

Hace algunos meses asistí como escritora invitada a la primera “Noche de Tertulia” de la Pontificia Universidad Católica  de Ponce. Un nutrido grupo de estudiantes me esperaba para discutir el relato El beso más largo (contenido en mi libro Cuentos Traidores).  Fueron sagaces, directos, asertivos, maravillosos… Les invité a dar un final distinto al cuento. Una de las estudiantes, Ivelisse Álvarez, me envió su tarea. Con gran satisfacción la publico en este espacio. “!Qué vivan los estudiantes, jardín de las alegrías!” (Rubis Camacho)

“Pero yo sí tenía abiertos los ojos. Yo, tan falto de labios, del entenebrecido beso que era tuyo, que era el mío. Sí, porque fue tu boca el abismo, ahí donde se me cayó el placer y la miseria, el cielo de mi concupiscencia, la lujuriosa burla de mi más sucia carencia, la tuya, la nuestra.

Porque de tus labios sabía yo, de aquellos que no eran tuyos, de aquellos que me costaron el cambio en la cantina. Sí, esos labios que fueron de todos, menos tuyos. Esos labios que hice callar, que hice babear, que no quise secar; esos que ardían hastiados de mí, de mi paga, de mi hombría, de esos yo sabía. Pero de tus labios no sabía nada, de aquellos que son tuyos, nunca míos y ahora siempre.

Porque con mis ojos abiertos me pudiste, me supiste, me quemaste, me mataste. Porque no hubiese yo amado, no te hubiese yo dejado aquí el infierno en la boca y mis cinco mil en tu mano; pues tus labios eran de a pesetas, pero tus besos de a diez mil, de a mi vida entera contigo en amor, en el número quince de la inscripción.

 Por eso que goces, que mueras conmigo en el cincuenta y nueve, en el mayo del bruto de Anselmo, sí… yo aquí muerto.”

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LA NOTICIA / por Erleen Marshall Luigi

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Por: Erleen Marshall Luigi

 

La escena que recuerdo, pasados varios días,

puede que otros la hayan grabado diferente.

Suelto una de esas vistas largas de cuando buscas la musa para escribir y los ojos se enfocan, sin querer, en la profesora. ¿Qué lee? Ha de ser interesante porque está muy concentrada en la pantalla del celular. Para no interrumpirnos durante la tarea, se ha ubicado en un extremo del salón, sentada erguida y cómoda; postura que pocas mujeres dominan. Comienzo a escribir un microcuento: A través del vitral le resultaba difícil distinguir las figuras… Nuevamente sin inspiración. Se ve ahora más relajada. Debe ser noticia de un familiar porque luce contenta. Es privado; no miro más. Escribo: …reconoció la voz que dijo… Me cuestiono qué hablan los personajes; pierdo la idea. Ahora ella parece no querer darle paso a una emoción, como quien la saborea en la punta de la lengua sin tragarla. Palpa el cuero cabelludo estirando el pelo abundante y ondulado, tal vez para sentir lo tangible. Se incorpora, da tres pasos, se toca los labios. Sonríe como un capullo que va a brotar, pero permanece sellado al tornarse seria y enunciar en voz baja: No sé cómo decir esto. Punto. Vuelve a sentarse. Me confunde. Presumo que los demás no la escuchan porque continúan escribiendo. Alza y retorna los ojos sobre el móvil que sostiene en la mano izquierda. Atiendo a mi escrito, solo brevemente porque percibo que se pone de pie. Con la sonrisa florecida dobla el talle hacia el frente, cubre la boca con la mano, adelanta unos pasos al grupo con intermitentes y suaves risas conquistadoras y dice: Lo voy a compartir con ustedes. Acerca el celular a la faz, lo aparta. Vuelve a entrelazar el pelo avellanado. Inclina el cuerpo a modo de saludo. Erecta, aspira colmando el pecho. Asoma y recoge los párpados, cual hojas movidas en aplauso. !Me han otorgado un premio! Quería compartirlo con ustedes. Es un reconocimiento que me han hecho por Cuentos Traidores…  Dice algo más sobre el importante certamen literario pero yo, contagiada por la boyante emoción, casi no la escucho. Cada pétalo despliega el interior blanco del saber; la anchura rosa del rubor y el amarillo circunferente del logro. Brillo natural de la flor sin rastro de vanidad. Todos los estudiantes aplaudimos. Le digo: ¡Bravo!

***En el año 2012, el Instituto de Literatura Puertorriqueña  premió el libro de relatos de Rubis M. Camacho, Cuentos Traidores, publicado por Mariana Editores.

…..

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Sobre Cuentos Traidores dice Mario Cancel

Mario R. Cancel
Escritor puertorriqueño

 

Un libro bien escrito. Bastaría con una frase simple para invitar a la lectura. Pero, por lo regular, eso nunca es suficiente. Durante los últimos 15 años a lo sumo, buena parte de la narrativa ha sido sometida a un proceso de descompresión y relajamiento. Las tensiones y la complejidad visibles en la discursividad narrativa de los  autores del 1960 y el 1970 ya no parecen atractivas. Ese proceso de revisión ha redundado en una consciente recuperación de la narración, unas veces en el tono convencional y lineal heredado, y otras en el tono de una cotidianidad que tiende al minimalismo.

El éxito del esfuerzo ha sido relativo: ha dependido de la agresividad del mercado del libro y, sobre todo, del talento y la capacidad de los escritores para observar el mundo social y sugerir la extrañeza de todo lo que le rodea. Pero lo cierto es que este proceso ha conducido a la producción de una literatura que se apropia con el mismo descuido con el que se manejaba un bestseller o un paperback: una sola lectura agota las posibilidades del texto.

Rubis M. Camacho navega contra la corriente. Cuentos traidores es un libro bien escrito, repito, que proyecta un cúmulo de presiones y tensiones inusitadas que lo conectan con una literatura que ya se ha convertido en una tradición. Quizá en ello radica la legitimidad del título. La autora traiciona la impostura de su tiempo. Aclaro que un libro bien escrito no tiene que ajustarse al mainstream. Aceptar eso significaría simplificar la interpretación literaria y equivaldría a ceder un espacio precioso de la libertad que tiene el escritor para inventar como se le antoje.

Cuentos traidores no es una lectura fácil, pero el libro no conduce al lector a un laberinto inextricable. La complejidad no se instituye en un muro que evita el disfrute de la lectura. Las pistas que ofrece la autora para desenvolver cada entuerto son numerosas Algunas pueden resultar extrañas para los más jóvenes lectores: el Che guerrillero heroico ha sido reducido a un mero icono en la era global que, incluso, puede adquirirse a buen precio en el Mercado Virtual. Lo mismo podría decirse, con algunas reservas, de la imagen de Pedro Albizu Campos. En el presente esas figuras están emborronadas por el mercado todopoderoso que convierte toda identidad posible en un acto de engaño, en una máscara o una pose.

Cuentos como “El dawa del Che Guevara” (13)  o “Los tres días de don Pedro” (11), pueden leerse como un reclamo contra ese proceso de iconización que simplifica lo que fue un signo de rebelión. En ambos casos la autora se posiciona al lado de la humanidad más visible y atroz. La apelación a lo humano, a la carnalidad, no le impide conectar a estas figuras venerables con el mundo del mito: Pedro es Jonás en el vientre de otra ballena. En el caso del Che, Rubis se aproxima a través de un lado muy oscuro en donde el incesto y la magia de un chaman congolés se intersecan para sugerirnos el dolor del guerrillero ante la muerte de su madre. El arrebato amatorio del Che por su Celia, solo es comparable al de Pedro por Laura. Pero en ambos casos se trata de detalles poco conocidos que importan más al poeta que al historiador.

Igual pasa con el manejo de algunos espacios alternos de la historia. El cuento “Los pantalones de Luisa Capetillo” (19) es el mejor modelo. La selección del personaje es excelente. Se trata de una historia de trasgresión. Luisa representa varias aporías: gimnasta a lo sueco, travestida, bisexual, sindicalista, espiritista y librepensadora, este andrógino es la síntesis de una revolución de lo femenino que ya no se discute. Cuando juntas al Che, a Pedro y Luisa en esas condiciones, tienes una clave de la trasgresión a la mesa. Lo curioso es lo cerca que coloca la autora la trasgresión política y la sexual. En síntesis, me parece que  estos cuentos requieren un tipo específico de lector y de cultura que muchos, lamentablemente, han dejado atrás.

El sabor que me dejan los textos de Rubis es fácil de captar. La autora produce mitoficciones sugerentes, fábulas ricas que invitan a la reflexión, como es el caso del microcuento que abre el libro: “La mirada” (1).  El breve texto establece una pauta dominante cuando ubica al ministro enajenado apelando a dios, ante la víctima de una violación que aspira a un tipo de piedad más humana. “El milagro” (3) consigue un balance humanizador del Jesús que, a veces, imagino sordo y ciego ante la desgracia humana. El encono de este discurso con la religiosidad convencional me parece evidente y enriquecedor. “La travesura” (85) culmina este conjunto con la petulancia del ministro que quiere ser dios. “Como de plumas malditas” (35), premiado en 2009 por Barca de la Cultura, es fuera de toda duda la ficción más conseguida. La sexualización del castigo a Prometeo es brillante.

Las notas distintivas de estos cuentos son varias. Primero, el papel dominante de las mujeres. Dedicado a mujeres, estos seres dominan. Incluso en “El milagro” (3) Madai ensombrece la imagen de Jesús. Ya comenté la sombra grande que producen las mujeres en los cuentos del Che y Albizu Campos, entre otros, o la forma en que se destaca la lucidez de Luisa Capetillo. Segundo, la imbricación del tema de la sexualidad y el asunto de la trasgresión, incluso cuando de lo que se trata es de la trasgresión social y política. Cierta lujuria atroz se impone en ciertos casos como en todo cuento pagano pensado desde la estrechez de un cristianismo que se parodia. El deseo de Apolo por Diana y los celos del primero ante el mortal Ecteón confirman lo dicho: lúbricos e irracionales, estos seres insultan una parte del Occidente Utópico. Y, tercero, la íntima conexión entre el asunto del sexo y el deseo con la agresión y el dolor infligido o sentido, que deriva de todo lo antes dicho.

Los textos se acomodan en ciclos temáticos visibles. Primero, uno de la prisión con los relatos de Albizu Campos, Luisa Capetillo y María Antonieta (27). Segundo, uno de las heridas encabezado con el relato de Prometeo, “¿Qué se mueve en tus pestañas?” (41) que juega con la cinegética, Apolo y Diana, y  “Arde tú, beso de selva” (49). Tercero y disperso, uno de la muerte, asunto universal que penetra la mayor parte de las narraciones. La muerte domina en “Réquiem para una muerte urbana” (57), “Dolores” (63), entre otros. Y por último, un cuarto ciclo de los engaños, de las ficciones, de las mascaradas de la vida social, de las imposturas de los medios masivos de comunicación y el mercado. “La mujer Maravilla” (67)  y “El beso más largo” (75) apuntan en esa dirección.

Rubis M. Camacho deja al lector un libro bien escrito que, narrando e hilvanando mitos atemporales, invita a la reflexión y se abre para la poesía. Se trata de una narrativa que requiere más de una lectura. Estos cuentos no se limitan a narrar por lo que no terminan con el último acontecimiento sino que siempre se desenvuelven como una promesa.

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El dawa del Che Guevara

“Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,

tengo las manos tan deshechas de apretar,

que ni te puedo sujetar,  vete de mí.”

Bolero Vete de mí

 Homero y Virgilio Expósito

 

Es noche en el Congo. El solitario comandante Che Guevara se acurruca en el centro de la selva. Con los ojos ametralla la luz de los astros.

Antes de este momento hubiese escuchado el deslizar de las iguanas sobre las cortezas de los troncos caídos, o el lejano crujir de las hojas bajo la pisada del puma. Ahora no puede.

Hace apenas un rato, Rafael Zerquera Palacios, al que llaman Kumi, le confirmó la muerte de doña Celia. Luego, como al descuido, dejó cerca del diario de su comandante la revista cubana Bohemia con los detalles de la muerte de su madre.

Los guerrilleros congoleños que vigilan en las afueras del campamento están preocupados. Lo observan. Nunca les ha caído bien el argentino. No entienden su idioma, el sabor del mate, la manía de cargar con tantos libros por los barrancos, pero sobre todo, cómo procura combatir si el aire no le llega al pecho.

Mitudidi intentó quedarse a su lado, pero se devolvió al campamento con los ojos muy abiertos. Dijo que el Che se había convertido en un aumla, ese misterioso insecto tutsi que habita en los pantanos selváticos, y que una vez al año vomita un raro veneno cuando lo embosca la luna. Después es inofensivo durante tres meses.

Ahora el comandante usa sus trocitos de aire para canturrear un tango. Le asecha la nostalgia. Unas lágrimas calientes se le meten en la boca. Mitudidi las adivina en la distancia y siente compasión, aunque no sabe por qué llora el comandante.

El brujo de la tribu, el mubanda, piensa que el comandante tiene miedo al próximo enfrentamiento con el ejército gubernamental, y que esto echará a perder los beneficios del dawa que le fueron conferidos en la ceremonia de esa tarde.

-¿Qué es eso? -Preguntó en la mañana el Che Guevara, después que el teniente coronel Lambert, quien representaba al general mayor Moulana, de la Segunda Brigada, aseguró que con la defensa del dawa podrían superar el ataque aéreo de los aviones sin usar cañones.

-Un medicamento natural preparado con el jugo de ciertas hierbas. Los combatientes deben untárselo en la piel. Los hace invisibles e inmunes a las balas. Eso sí, el ungüento debe estar bien preparado -fue la respuesta de Lambert.

El comandante Guevara pensó que se trataba de una broma, pero guardó silencio al ver la cara seria de Lambert , aunque no pudo  evitar que la risa se le escapara hacia el hoyuelo de la mejilla izquierda.

**************************

 Esa tarde, frente a la tropa, el mubanda manoseó la cabeza del comandante con unos polvos mágicos de tonos rojizos. Después de recitar algunas oraciones, le pasó el ungüento por los brazos, el pecho y el cuello. Al final, tuvo para él un gesto de deferencia. Le escupió en la cara pedacitos de las hierbas con las que se preparó el dawa. Alegó el mubanda que el líder debía estar doblemente protegido. Los guerrilleros aplaudieron entusiasmados.

El comandante, molesto, salió en dirección a los  ranchos a quitarse los polvos que le aumentaban los síntomas del asma. Lo detuvo el grito cavernoso del mubanda.

-Dejarás de estar protegido si te vence el miedo, si te embriagas antes del combate o si te echas con mujer. 

************************

 Debería amanecer. Todavía el comandante rastrea la luna, pero entre el ramaje sólo ve un pedazo muy parecido a uno de los pechos de su madre reventando los botones de la blusa. Recuerda el olor de sus muslos sudados bajo la falda. Deja caer la cabeza entre las hojas por si encuentra allí el mismo hueco tibio.

Tose. Rescata algo de aire. Los ojos húmedos se le agrandan. Sibilante y desesperado busca el inhalador. La madre le pedía que no tuviera miedo, que se mirara las uñas y que le avisara si se le ponían grises. Siente su mano vigorosa sobándole el pecho, como cuando era niño. Se le confunde el recuerdo de esa primera mano protectora con la sensación que le dejó la mano del mubanda.

Cree que puede volver a tararear el tango, pero la letra de la pieza se le borra.  Apenas recuerda  pronombres desafinados; tú, yo…

Se detiene. La ve ahogándose entre las corrientes del Paraná, allá en Caraguatay. Bendice una vez más a los hacheros guaraníes que la salvaron. Dispara el inhalador y detiene la respiración por diez segundos hasta que la sustancia brumosa se apodera de los pulmones.

El cielo, capturado, al fin, por la luz del día, no evita que el comandante vea una lámina de oscuridad dura sobre la selva. Contraído como gusano, el doliente repite en francés algunos versos de Baudelaire, doblando la lengua como le enseñó doña Celia. La llama, pero la mujer no viene a contarle historias. Entonces, se atosiga el puño entre los dientes. Mira en derredor con recelo. No quiere que lo vean tan herido. Basta con el cuerpo flacucho, los huesos de vidrio y la cabeza hedionda. Levanta el pecho para que el aire entre. Que no piense alguno que es una bestia acorralada en el follaje…

(Fragmento del relato El dawa del Che Guevara /Cuentos Traidores de Rubis Camacho/Mariana Editores/2010

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Amistad recuperada

Ensayo del Prof. Ricardo A. Vega sobre Rubis Camacho y sus Cuentos Traidores.

Sigue el enlace a continuación para leer el artículo original en su blog:

http://ricardovegarivera.blogspot.com/2013/01/amistad-recuperada.html

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Cuentos Traidores en el Sagrado Corazón/ 2010

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de | enero 11, 2013 · 10:04 am

Segunda presentación Cuentos Traidores/ 2010

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Con la escritora Luz Nereida Pérez.

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en Cuentos traidores

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de | enero 11, 2013 · 8:54 am

Presentación de Cuentos Traidores/ Borders 2010/ Carolina

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