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Reseñas y artículos sobre la novela Sara: La historia cierta

Leo de Soulas (escritor guatemalteco) dice sobre la novela “Sara” de Rubis Camacho

La matriarca Sara desde una perspectiva más humana

por Leo De Soulas

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Desde siempre he admirado la habilidad de un autor para recrear detalladamente ambientes rescatados de entre las brumas perdidas en épocas pasadas, trabajo que va más allá del tratamiento lúdico y estético del lenguaje al configurar la creación literaria, y que implica, necesariamente, otras cualidades, como el tesón y la minuciosidad con la que un arqueólogo realiza su labor. Pero más admiración me causa que toda esta recreación no sea más que una excusa, un envoltorio monumental por cierto, para actualizar temas que hasta el día de hoy, con nuestra avanzada civilización tecnológica, continúan vigentes no solo en nuestra minúscula sociedad o en el conjunto de sociedades que conforman Latinoamérica. La historia no es más que un pretexto que lleva al narrador a explorar problemas que rebasan el ámbito local, problemas cuyos efectos se extienden más allá de las fronteras que delimitan las sociedades occidentales y que, de manera inevitable, lo obligan a cuestionar los cimientos de la misma cultura judeo-cristiana.

Recientemente terminé de leer, por fin, la novela Sara, la historia cierta, de la autora puertorriqueña, Rubis Camacho [1], a quien tuve la oportunidad y el honor de conocer en mi estadía en la ciudad de San Juan a principios de este año. Aclaro, digo “por fin” no porque su lectura haya representado un sacrificio, sino más bien porque mis múltiples actividades siempre me obligaban a interrumpirla muy en contra de mi voluntad. Finalmente, uno de esos domingos plácidos y tranquilos de nuestro noviembre crepuscular retomé la lectura, ¡qué decir!, la inicié de nuevo —lo que para mí no significó ninguna pérdida de tiempo, pues confieso que no solo volví a deleitarme de esta exquisita prosa, sino fui descubriendo otros valores que en una primera lectura había dejado pasar por alto— hasta terminarla “de un tirón”, como solemos decir.

El libro de Camacho inmediatamente me trajo a la mente dos referentes: relacionado con la creación del ámbito, por un lado, pero también en lo que concierne al desarrollo elegante, mesurado, sensual y contenido, es imposible dejarlo de asociar con las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; en lo que respecta a la presentación del contenido, una versión apócrifa y por lo tanto prohibida de la historia contada en el Génesis, este relato remite al Evangelio según Jesucristo, de José Saramago.

Este último aspecto llama en especial la atención, pues además del coraje que requiere emprender la reconstrucción de una época remota dada la escasa documentación que se pueda encontrar, se suma el punto de vista personal respecto a estos sucesos, interesante además por ser el de una escritora, y hasta el día de hoy muy pocas son las que se han atrevido a incursionar en este género. Es a través del personaje de Sara y, en menor medida, de Agar que la autora presenta el punto de vista femenino del sistema patriarcal en los albores de la civilización, base de nuestras actuales sociedades. Pero al mismo tiempo, es una crítica personal de la autora a ese sistema, cuyos principios e instituciones, pasados veinte, treinta o cuarenta siglos —nadie podría saberlo con certeza— aún se mantienen en vigencia. En este aspecto, la actitud de la autora al escarbar en las mismas raíces que explican el origen del patriarcado es crítica, rebelde y, por tanto, meritoria.

SaraEl personaje de Sara —y también el de Agar, que es su contraparte— queda así desdoblado en dos facetas o planos. Por un lado, en el plano de lo íntimo y de la subjetividad femenina que no difiere mucho de la manera como siente la mujer de hoy: sus motivaciones, sus temores, su suavidad, pero al mismo tiempo su fuerza interna, sus ilusiones, sus esperanzas, su vocación de madre, su capacidad emprendedora, sus ardides, sus celos, sus intrigas, sus rivalidades, su angustia existencial e, incluso, los aspectos físicos más desagradables de su ser: sus olores fétidos, la manera como experimenta los procesos naturales que forman parte de “ser mujer”, así como su experiencia ante el deterioro del cuerpo por los estragos que provocan los años y la enfermedad. En resumen, las cualidades y los defectos quedan expuestos en una equilibrada balanza. Esto nos aproxima a una Sara más humana y, por tanto, alejada del aura santificada que ofrece la matriarca en los relatos bíblicos.

Por otra parte, se nos presenta también una Sara en el ámbito de la vida pública como ícono de la mujer oprimida, de la mujer abusada y ultrajada. Un objeto que puede ser vendido e intercambiado gracias a los servicios que ofrece al hombre, entre ellos el del placer, que no es el menos importante de todos; pero también el de la maternidad, que le permite al macho mantener su simiente. Tal como pareciera que sucede en los matrimonios actuales, la mujer-esclava pasa a ser la propiedad más preciada del varón, el signo más distintivo que lo llevará a convertirse en patriarca, en jefe de familia.

Pero además, Rubis sabe plantear con mucho acierto el punto de vista de su partener: el varón. Los capítulos que se presentan desde la perspectiva del patriarca Abraham y de Faraón son una especie de zambullida profunda por los vericuetos del espíritu masculino, mostrándonos de manera brillante el contraste entre sus fortalezas y sus debilidades. Al mismo tiempo, sabe equilibrar muy bien el ideal que representa Faraón —que es una especie de paraíso perdido— y la realidad agreste y prosaica que representa su marido Abraham, quien en algunos pasajes está más cerca de ser el anciano senil que el iluminado patriarca; e, incluso, llega a ser ridiculizado por la manera grotesca como pretende dejar encinta a Sara. Como sucedería con cualquier mortal, Abraham queda desacralizado: es un hombre prepotente, pero al mismo tiempo servil; habilidoso negociante, vulgar pastor y abyecto con las mujeres. Lo corrompido de su ser corresponde a la podredumbre de su boca, el mal aliento al que hace alusión su señora de manera constante. Presentarlo doblemente cornudo es otra forma de ridiculizarlo: Isaac, concebido por Sara no es hijo suyo, sino de Faraón; e Ismael, concebido por la esclava Agar, en realidad es hijo de Eliezar el damasceno.

En realidad, la historia está construida a partir de odios y apetitos primarios. Agar odia a Sara porque, además de servirla, sufrió en carne propia su venganza al ser expulsada al desierto. Sara odia y expulsa al desierto a Agar por celos del hijo que ella no le puede dar a su hermano y esposo. Pero también odia a Abraham por obsequiarla ante Faraón, a cambio de los alimentos que este le ofrece. Pero sobre todo, odia a ese Dios hebreo que ordena a Abraham el sacrificio de amor y lealtad: su propio hijo. No logra comprender cómo habiendo sido estéril como el desierto, en su edad madura concibe un hijo hermoso solo para ser expuesto a la pira. Odia a Abraham por estar dispuesto a obedecer a ese dios macho, a quien no pareciera importarle sus sentimientos maternos. Al final, el trato es entre dos machos, su marido y Dios.

Desde este punto de vista, la divinidad comparte similares apetitos a los humanos. El del cristianismo es un dios tiránico que necesita la sangre del sacrificio para calmar su sed. Pero, además, se burla, juega y manipula a su siervo: ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac con la intención de alimentar su vanidad. Es hasta el último momento que manda a su ángel para que impida la consumación del sacrificio y, como se sabe del mismo mito bíblico, su sangre es reemplazada por la de un cabro. En sus manos, en las manos de este siniestro Dios, Abraham es un títere y necesita probarlo para mantenerlo sujeto a él. Pero es precisamente Isaac quien se rebela ante este sistema, pues el mismo Dios que ordenó el sacrificio del hijo, años después ordena el sacrificio del padre. Isaac quizá sea esa esperanza tan anhelada de que algún día la creación se rebele contra su creador, de que las personas se rebelen contra la caducidad del sistema de cosas establecido. En realidad, lo que Rubis Camacho hace en su relato es mostrar un rostro más humano al drama que para la humanidad significó la aparición del patriarcado.

[1] Escritora puertorriqueña con un bachillerato en Artes y con un grado de licenciatura en Derecho de la Universidad de Puerto Rico. Tiene una Maestría en Creación Literaria de la Universidad Sagrado Corazón.

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Dicen en Guatemala sobre la novela Sara: La historia cierta / de Rubis Camacho

 

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Sara: una historia desde la visión de otra mujer

Por Yutmin Colmenares

(escritor guatemalteco)

 

 

La escritora puertorriqueña Rubis Marilia Camacho nos invita a penetrar en la mente, los deseos y el cuerpo de los personajes, quienes dentro de las dicotomías Dios-Hombre y Hombre-Mujer, se debaten entre las esferas espirituales, filosóficas, sociales, morales, genéricas e incluso sexuales. El uso y abuso de la divinidad como respaldo a todo hecho que ejecute el patriarca, coloca a Sara y a su descendencia en un sitio diferente al de los demás mortales. Este privilegio que la autora da a sus personajes refleja la común fe actual, basada en la revelación y designios que la divinidad le confiere y comunica al ungido o ungida. Todo gira en torno a la idea espíritu-religiosa de la vida, sin embargo estas páginas nos hacen contemplar algunos aspectos que pasamos por alto en esa sociedad que da todo por sentado: “…Así son los designios del Altísimo…”.

Lo poético de los Salmos y de algunas citas bíblicas es utilizado como un burdo maquillaje sobre un rostro humano y cierto, tan cierto como la hediondez en la boca del hombre que Sara se ve forzada a besar.

La concepción de la mujer como esclava de su señor –su marido- se maneja dentro de un contexto de autoridad divina que no se debe violentar. Los sueños y los deseos de la mujer están sujetos a la voluntad de su señor, hasta llegar al punto de perder su vida; no simplemente la vida física, sino aquella vida interna, aquella libertad que mantiene viva a una mujer esclava. Por ello, escuchar a una matriarca que vive una doble vida, rompe violenta, pero, sensual y eróticamente los paradigmas de sujeción y sumisión por parte de las mujeres al hombre. Al mismo tiempo propone una visión distinta, digamos un poco más fresca y cercana a la mente y cuerpo de la mujer, de Sara, de las mujeres.

Partir de un momento muy importante en la vida de la humanidad para narrar la historia paralela a la que se cree y enseña, requiere de cierto arrojo, de valor, creatividad y entereza. La autora se sube al tren de la historia estándar, pero señala para el otro lado de los vagones, en dirección al alma y al deseo más sublime de la humanidad (humanidad, sí, en femenino). Hablar de Ismael y de Isaac, es hablar de guerras y muertes; de engaños y traiciones; al mismo tiempo de hechos heroicos y altruistas. Pero sobre todo, es hablar de la historia que no ha muerto, de una historia lineal y continua hasta nuestros días. Lo anterior le da una relevancia a la presente novela. Cada vez que se hable de Abraham, Sara, Isaac, Agar e Ismael, involuntariamente la mente de quien lea esta obra girará su atención hacia el otro lado de los vagones, y verá (o sentirá) sin lugar a dudas, las otras facetas de la historia.

La voluptuosidad versus la maternidad, lo santo versus lo deseado, el placer versus el dogma; en esta perpetua agonía el ser humano se ha preguntado ¿Y si no sucedió así? Es ahí, precisamente, donde el Creador le permite al humano esbozar sus teorías y sus hipótesis acerca de cómo deberían ser o preferiría que fueran los hechos históricos. ¿Qué es lo más cercano a la realidad divina?  Bueno, Camacho sugiere que  “…cada cual crea sus verdades…”. Pero antes de crear, hay que cuestionarse. La Fe, diría Unamuno, se alimenta de la duda.

Lo fascinante de esta lectura es que Rubis no nos invita a dudar por dudar, sino parte del deseo de “ser” y “sentirse” vivo o viva. Un reto a preguntarnos si el placer que vivimos en este preciso instantes, está siendo interpretado por otra persona como un dolor, o viceversa. Incluso podemos interpretar la presente obra bajo la premisa de “-Disculpe, mi señor, los designios de Dios son misteriosos…” sabiendo que no nos equivocaremos en nuestra hermenéutica.

Ante esas verdades, se coloca el fin de las cosas, el momento en el cual cada “autor” se verá frente a frente con el Autor primigenio. Mientras ese momento llega, vale la pena seguir cuestionándonos y dudar; aceptar que hay lecciones que se aprenden en carne propia, y enseñanzas que podemos, y debemos, tomar de quienes vivieron antes que nosotros, como lo sucedido con Isaac frente a quien es “principio y final de todas las cosas”.

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Breves notas sobre las visiones psicológicas en la novela “Sara: la historia cierta” de Rubis Camacho

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Dr. Víctor Acevedo Negrón

¿Qué pensaría usted, si una mañana su vecino le dice que en un rato saldrá en dirección al Yunque a degollar a su único hijo, porque Dios le ha pedido la vida del muchacho como ofrenda? ¿Qué pensaría usted de un hombre que se casa con su hermana cuando ella es apenas una niña, y luego, por temor a que lo maten, la da por mujer al dueño del punto y a un millonario traficante? ¿Qué pensaría usted de una mujer que a los 127 años, moribunda, decide enfrentar su historia y recordar los únicos dos momentos de placer sexual que tuvo en su vida, y que no fueron precisamente con su marido? ¿Qué pensaría usted si esa mujer aceptara haber torturado a otra mujer porque esta última no respondió a sus amores? ¿Con cuánta salud mental habrá crecido un hombre a quien su padre amarró sobre unos troncos de leña para ofrecerlo en holocausto al Dios vivo? ¿Qué siente una mujer secuestrada y violada en un desierto por un viejo repugnante? ¿Se convierte siempre una víctima en victimaria? ¿Es posible desobedecer a Dios y que tal desobediencia quede impune?

Todas estas preguntas quedan planteadas en la novela de Rubis Camacho: Sara: la historia cierta, novela de fascinante estructura que, de acuerdo al criterio del escritor e historiador Mario Cancel, permite una amplia gama de interpretaciones.

De acuerdo a esta novela, 16 papiros fueron encontrados la mañana del 26 de noviembre de 1988 en las excavaciones cercanas a una necrópolis del Alto Egipto. Estos papiros contienen la voz de estos personajes que saltan de la antigüedad para contarnos la verdadera historia. Al respecto, también ha comentado el escritor y profesor Emilio del Carril: “Novela en la que los personajes hablan desde el mundo oscuro de sus pasiones. Pero, en mayor medida, desde el deseo y la ausencia. El erotismo y la sexualidad son intensos. Las escenas sexuales se construyen bajo el manto atropellado de la insatisfacción. El amor no correspondido se atrinchera en las escenas sexuales confiriendo a las mismas un aire violento y perturbador.” Los rasgos psicológicos de los personajes que dan vida a la trama, son interesantes y turbulentos, pero no más que el perfil psicológico de mucha gente que usted y yo conocemos, de gente con la que convivimos, y posiblemente, de muchos de los que están sentados a su lado en este momento. Por eso me interesa esta novela, la riqueza de su mundo psicológico es avasallante. Mire a su alrededor. Mire a la persona que está a su lado. Posiblemente concurra conmigo en que podría ser un personaje de una novela como ésta.

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Comencemos con Sara, el personaje que retumba en el título y en la portada. En una acertada retrospección, la novela inicia con la narración de Sara, anciana, moribunda, quien decide, en el umbral de la muerte, aceptar su humanidad roída. Sufre los avatares del ardiente desierto cuyo calor hace crepitar las telas de su tienda. Sara dice “Hoy, a los ciento veintisiete años, moribunda, en tierra de Quiriat-arba…Vuelvo sobre estos hechos, porque es posible que en unos instantes mi memoria frágil y para muchos fútil, ya no sea más.” Desde el portal de la muerte, el personaje recrea su juventud y vuelve al lecho amatorio del faraón de Egipto, escena de gran sensualidad y sofisticado erotismo. Demuestra Rubis Camacho su capacidad para insertar en todo el texto elementos que recogen el aspecto de la reminiscencia; proceso que desde la perspectiva psicológica representa un modelo de intervención terapéutico. Mediante este proceso logramos reconciliarnos con la vida a través de la introspección y el recuerdo intencional para evocar experiencias pasadas, a veces traumáticas. La finalidad de la reminiscencia, dentro y fuera de la novela, es sanar y darle sentido a la vida cuando estamos viejos y próximos al evento de la muerte. Veremos que en la novela, Sara se lanza en un acto de relativa valentía “Estas cosas las declaro ahora, cuando ya no importa que me otorguen carta de divorcio o amenacen con expulsarme al desierto de Beerseba a morir de sed”. Sara es una mujer víctima del sistema patriarcal fundamentado en la creencia de un Dios Todopoderoso que ubica a la mujer en el mismo renglón que a las bestias o a las cosas. A través de la novela Sara manifiesta dosis de sumisión, dosis de amargura producto de esa sumisión, venganzas, egoísmos, pero sobre todo, una necesidad imperiosa de ser amada y validada como un ser digno. Recordemos que de acuerdo a la historia del Pentateuco, Sara fue hermana y esposa de Abraham, luego fue entregada por Abraham al Faraón de Egipto. Esto implica no solo violencia sexual hacia Sara, sino también un desgarramiento social por tener que convivir como esclava en una sociedad tan diferente a la suya. En la novela, Sara se enamora de la esclava Agar, pero nunca es correspondida. Sara vive y muere sin el goce y disfrute de la compañía de la pareja amada… Escuchemos a Sara: “Una noche le ordené lavar mi cuerpo. Sus ojos se posaron en mis senos con asco, con la misma repulsión con la que hubiese mirado a dos alimañas podridas. Fui poseída por los celos y la rabia. La abofeteé duramente. De una patada lancé la tinaja de agua a la tierra. Gritando la maldije. Mi señor Abraham vino al encuentro. ¡Vive Dios, que si mañana, al romper el alba, no has echado a esta esclava y a su hijo al desierto, me tiraré a morir sobre una estepa! Le aseguré. Al día siguiente la vi partir llorosa, reducida. Durante diez años no pronuncié palabra. Durante diez años no salí de mi tienda. Durante diez años lloré y fui lagarta de tierra”. Es decir que, con la expulsión de Agar y su hijo, Sara quedó sumida en una depresión profunda; producto del remordimiento, de la culpa y la soledad. La autora señala que el estado anímico de Sara duró diez años para, con ese tiempo que nos podría parecer inconcebible, mostrar la magnitud de esa crisis emocional. Aunque hay seres que transitan por la vida en una luctuosa procesión.

Agar

Es víctima y victimaria. De acuerdo a la novela, llega a la tribu donde Abraham es el patriarca por un golpe de suerte. Es hija de nobles del Alto Egipto. En una travesía por el desierto su caravana es asaltada. Casi moribunda es hallada por el clan de Abraham. Pero Agar oculta su identidad de noble, por lo tanto, Agar, en esta novela, es una mujer que vive continuamente la duplicidad y el secreto. Aprende a mentir para sobrevivir. Por eso le ocultará a Abraham que el hijo que lleva en el vientre es de Eliezer el damasceno. Le hará creer al anciano Abraham que el hijo es de él para asegurar un puesto de respeto en la tribu. “No podía el damasceno privarme de la única oportunidad de ser tratada con mayor dignidad y decoro. Ya no sería una esclava más. En Agar, la egipcia, mi señor había iniciado su descendencia.”-señala el personaje. Podríamos pensar que Agar es una manipuladora, una trepadora o simplemente una mentirosa patológica. Sin embargo, juzgar este personaje con severidad sería desconocer las estrategias de sobrevivencia que las personas utilizan en situaciones adversas.

 Isaac

Isaac es uno de los personajes más conmovedores de esta historia. Es el hombre que mira con profunda tristeza la historia de su niñez. Comienza diciendo “Superé el espanto, ahora puedo hablar”…MI padre tenía gestos escabrosos, fue un hombre avasallante que ultrajó los sentimientos más puros de mi madre, vencida de antemano.” Se destaca en el texto un Isaac confundido e inseguro ante una figura paterna ausente afectiva y emocionalmente. Podríamos pensar en un conflicto edípico no resuelto, pero este análisis requerirá dedicar mucho más tiempo a este personaje.

Finalmente, la autora nos presenta a un hombre que siendo víctima de sus circunstancias, se niega a ser victimario y desobedece al Dios Todopoderoso. Dios Sobre este personaje dice Emilio Del Carril “Los últimos capítulos se adelgazan en extensión, esto hace que la lectura adquiera una velocidad vertiginosa en el último cuarto de la novela. Este recurso, además de agilizar el proceso de lectura, crea un efecto visual ante el último capítulo. En esta parte observamos una secuela de sorpresas y giros de tuerca que desembocan en el capítulo XVI donde un personaje, que no había intervenido hasta el momento, aparece impasible para juzgar los hechos que se han presentado.”

Después de varias lecturas del texto, creo que el protagonista de la novela es Dios, este Dios que juega al titiritero porque en sus manos sostiene y manipula los hilos que guían los destinos de los seres vivos. Este ser subyace en todos los capítulos. Sara afirma en el primer capítulo, en una espantosa dosis de ingenuidad e ignorancia “Con el paso de los años entendí que mi señor Abraham ejercía sobre mí la violencia por mandato de nuestro Dios”- En otro capítulo añade “Valgo menos que una tienda o una túnica. Así son los designios del Altísimo.” En el tercer capítulo Abraham señala: “¿Cómo contarle a un siervo que el Dios Todopoderoso se me había revelado? “ Y es la obediencia al designio o mandato de Dios lo que destaca a la figura de Abraham en la literatura bíblica como el padre de la fe, y da origen a esta historia extraordinaria.

Tal parece que la autora, como muchos teólogos modernos, muestra a Dios como el creador y señor de la historia. “Hablo último. ¿No soy el principio y final de todas las cosas? Sonreí la mañana en que mi siervo Abraham, obedeciendo a mi perfecta voluntad, levantó la daga para sacrificar a Isaac. La mañana en la que Isaac me enfrentó, negándose a sacrificar a su padre Abraham… aplaudí. De gozo aún aplaudo.”

Invito a leer la novela, a reflexionar sobre las debilidades psicológicas y desigualdades sociales (la invisibilidad opresiva de la mujer, su explotación, el abuso y sumisión del débil, etc.). Todos estos temas se muestran hábilmente en esta novela.

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Lectura / Fragmento de la novela “Sara: la historia cierta” en Los Efectos Secundarios del Amor (De Palabras en la Tertulia)

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Egipto…Egipto…Egipto…

¿Por qué me llega el olor de los inciensos quemados junto al lecho del Faraón? ¿Por qué precisamente en esta hora?

¿Cuántas mujeres habrá amado entre aquellas sábanas ese hombre de piel oscura y nariz punzante?

Egipto…Egipto…

¿Por qué recuerdo hoy el nombre con el que me llamó hace tantos años? Lo pronunció despacio… “Zahra”, es decir, Flor. Lo dijo con voz débil, como si al decirlo se delatara.

La tarde que entré a la cámara del Faraón fui escoltada por un hombre de cabeza calva y ojos excesivos, gran estatura, aunque caminaba encorvado. Me impresionaron sus dedos larguísimos sin marcas ni callos, como si nunca hubiese agarrado con firmeza la soga de un  camello. Del meñique de la mano derecha le germinaba un sexto dedo de enclenque apariencia, como gemelo de hechura defectuosa, al final una uña larga y comba. Debió ejercer un puesto importante en la corte, porque los sirvientes negrísimos que me llevaron ante él se postraron con gran reverencia al verle. Trató de amedrentarme con una mirada fría, pero sé que tuvo que encubrir un algo de ternura que le provocó mi presencia. Lo noté en las aletas palpitantes de su nariz. Por orden de este hombre mantuve la vista en el suelo.

-Faraón es Dios. No debes mirarle a menos que él te lo ordene.

Procuré sosegarme. Aún la figura del Faraón era una sombra cubierta por bellas telas que descendían del techo.

La noche antes, mi señor Abraham me ordenó sentar en aguas aromatizadas con flores. -Es para quitarte la peste a asnos monteses- me dijo; pero la verdad es que sólo pensaba en las ovejas y esclavos que recibiría a cambio de mi entrega.

Cuando el Faraón apareció entre las sedas que temblaban azules, sentí que mi cabeza daba vueltas. ¿Cómo podía un humano desplegar tan profundo olor a maderas y algas del Nilo? Diez o doce gatos de exquisito pelambre se arrullaban entre sus pies mortificándole el paso. Los llamó por sus nombres para espantarlos con voz suave. Me desarmó su templanza.

Levantaron los hocicos húmedos y los ojos ariscos para obedecer a su amo. Con el mismo tono con el que espantó a sus gatos, me ordenó desprender el manto que envolvía mi cabeza y levantar el rostro hasta su barbilla. Lo hice despacio, temerosa. Miré sus pies grandes y fuertes, de dedos cuadrados y planta blanquecina, la túnica reluciente, de tersura tal que cualquier mujer del desierto desearía dormir sobre ella, el cuello ancho en el que sobresalían unas venas moradas… su boca.

¡Qué estremecedor es recordar a esta edad y en estas condiciones una boca de fresca saliva y  labios firmes, repleta de dientes y abarrotada de lengua¡ No pude evitar la repulsión que me produjo recordar la boca de mi señor Abraham. ¡Qué triste es lamer una encía reseca!

Se acercó. Rozó mi cara. Me turbé. Quise huir a los collados, enterrarme en el vellón de las ovejas esquiladas que a esas horas debían descansar sobre cualquier barranco.

Sí, recuerdo aquella turbación.

Busqué con los ojos un punto frío fuera de aquel cuerpo divino. Miré las paredes del aposento. Sólo recuerdo figuras de colores que daban vueltas como mi cabeza. Sabía que su mirada redondeaba mi faz e ignoraba mi espanto.

Fingiendo indignación por la situación que atravesaba, lancé con soberbia una frase que le escuché a mi señor Abraham la tarde que llegamos a Egipto, “Construyen casas que sólo pueden habitar sus dioses”. No entendí el significado, pero quise dar al Faraón muestras de inteligencia.

Me tomó de la mano, pero luego la soltó para agarrar la banda que apretaba mi  cintura. Haló sin violencia, pero con seguridad. Vi su vestido real caer al piso dejando a mi deleite la visión de un cuerpo duro, de músculos presumidos, orondo de aceites y mejunjes. Sobre la túnica cayeron los collares faraónicos de oro con figuras de gatos. Pensé en robarlos en cuanto pudiera. Me imaginé deslumbrando desnuda sobre las dunas del desierto con los hocicos de los gatos sobre los pezones.

De repente, una minina a quien minutos antes confundí con una estatua de ojos bravos, brincó sobre él y dio una lenguarada  a su cuello. Quedó en el aire el olor a cizaña de su baba. Supe que era hembra celosa por su aspecto de demonio. Luego se volteó y me miró con insolencia. Jadeaba con fuerza y presionaba con las uñas sobre la carne del dios hombre. Fue  cuando, en un desconocido y dulce dialecto, el Faraón le dijo “Hallann, ara burda Kasminy”. La felina, con rostro de penitente, y como si de su cuerpo hubieran desaparecido los huesos, músculos y tendones, se deslizó con liviandad de seda  sobre el cuerpo del hombre hasta llegar plana al suelo. Luego, en un contoneo lento y desafiante, con el que no podría competir, desapareció entre el topacio de las telas.

El desnudo gobernante desprendió mi túnica áspera cortando la tela de los hombros con un cuchillo delgado de gran filo. Algo de hedor a cabras reventó en la tela. Sentí vergüenza. El faraón sonrió. Levantó un brazo y colocó su axila sobre mi cara. Me asusté. Traté de huir. Pensé que me ahogaría. Con el otro brazo me apretó más contra su axila. Recuerdo como todo se volvió a refrescar con su olor a algas. Entonces me soltó. Sonreía.

Me tendió sobre el lecho. Los  ojos sucios del animal no se apartaban de mi pensamiento. Cerré los míos. Imploré. !Altísimo, vuelve a ser mi habitación!

Traté de esconderme debajo de las mantas, pero el Faraón, ladino, deshacía mis esfuerzos lanzando todo al piso.

Sus labios me asediaron. Buscaban los míos, pero no podía abandonarme al beso. Hurgó con la lengua caliente dentro de mi boca. Lo escuché disfrutar mi saliva. Luego lamió los pechos que yo, sin éxito, trataba de encubrir con las manos. La lengua giraba en círculo sobre unas corolas que pasaban del asombro a la agonía de la maravilla. El gusto raro que había sentido al hundir los senos en las plantas que flotaban sobre los manantiales de los oasis del Neguev volvió de repente, pero aumentado hasta el delirio.

¡Nunca vi en mi señor Abraham tanto deseo!

Fue entonces, cuando me dio un nombre nuevo, “Zahra”. Por alguna razón, que tendría que ver con el estremecimiento que me provocó aquel rugido tierno tan cerca del oído, y el desfallecimiento húmedo de aquel ser poderoso sobre mi cuerpo, sentí que los pelos entumecidos del pubis se alargaban, que danzaban morenos y alborotados entre mis rodillas, que se  estiraban hasta alcanzar nuestros pies para cubrirlos como una tela nocturna o para amarrarlos en un nudo indisoluble. Escuché el crepitar de mi vagina mientras se hinchaba hasta lograr la forma de una uva palpitante, que abierta en el centro mostraba la semilla promisoria.

Tuve conciencia, al fin, de cuál era el verdadero centro de mi cuerpo. Supe que entre mis piernas estaba el oasis al que acudía a beber, por primera vez, mi corazón.

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A los pocos minutos tuve miedo de estar tan cerca de la felicidad, de conocer algo tan cercano a lo perfecto. Antes de levantarnos del lecho para bañarnos en el estanque, le pregunté el significado de las extrañas palabras que había pronunciado. Se incorporó y miró en dirección a los ojos de brillo triangular que nos hincaban desde las telas marinas.

-Aléjate. Deja que  ponga a temblar el mar de su deseo.

 

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“Sara” en Libros AC/ 9 de febrero 2013

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“A mis amigos les adeudo la ternura, y las palabras de aliento y el abrazo”… (Alberto Cortéz)

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Gracias a Libros AC por promover la presentación de Sara: La historia cierta.

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La tergiversación en “Sara: la historia cierta”

Publicado en  Boreales  de Yolanda Arroyo Pizarro
Por Blanca Miranda Merced
 
El mundo de la realidad se nutre de la fantasía, no importa la actividad que se realice. La fantasía es, en muchas ocasiones, el recurso que facilita las metas que nos imponemos en la vida diaria; enciende la imaginación permitiendo visualizar, como puertas que se deslizan,  diferentes caminos, soluciones y posibilidades. Esto se observa con especial frecuencia en la pintura y en la literatura, ya que el artista conoce este detalle y lo convierte en su materia prima. El escritor, en ocasiones, reescribe la historia a su manera, añadiendo o cambiando algunos datos a su antojo hasta convertir esa realidad manipulada, en la verdadera ante los ojos del lector. A esa técnica de la creación literaria, se le llama tergiversación, de la cual el escritor puertorriqueño, Luis López Nieves, ha dado cátedra desde su cuento “Seva”, publicado por el periódico Claridad en el 1983.
 
La escritora Rubis M. Camacho se adueñó de este recurso en su reciente obra “Sara: la historia cierta” para señalar no solo debilidades sociales, como la desigualdad creada por el machismo, el abuso hacia el débil y la sumisión creada por ambos males, sino también las realidades en las psiquis de las víctimas y los victimarios. Camacho se remonta al pasado, dos siglos antes de Cristo, para hacernos conocer la “verdadera historia” de Sara, esposa del profeta Abraham.
 
Contrario a lo que podrían esperar algunos lectores, el enfoque de la narración no es ni religioso ni contra la religión, a pesar de que juega con la desmitificación de figuras bíblicas. El enfoque utilizado es objetivo, similar a una entrevista a cada uno de los personajes que intervienen de una manera u otra con Sara, para convertirla en un personaje más importante que Abraham mismo. La novela desnuda al profeta, del manto de justicia que la religión ha insistido en ponerle, presentándolo como un (más que común) vil hombre, que temeroso por su vida y guiado por la ambición, no duda en ofrecer a su esposa-hermana a figuras de poder. Por su parte la hermosa Sara, no es resaltada tanto por su belleza como por su definición de mujer de carne y hueso, sometida por un marido-amo que la usa como a cualquier objeto y como agravante, por “designios divinos”. En la página 21 la protagonista reflexiona: “Valgo menos que una tienda o una túnica. Así son los designios del Altísimo.” Detalle que también denuncia la supuesta intervención cotidiana de un dios al que, cómodamente, se culpará de las desventuras y decisiones de la gente.
 
A través de la novela, Sara es humanizada en el siglo XX, gracias al descubrimiento de diesiséis papiros que cuentan varias historias en primera persona. Los papiros se convierten en fragmentos de la “realidad”, desde el punto de vista de cada personaje, que permiten al lector formarse un cuadro más exacto de lo que sucedió en sus vidas. Mediante el manejo de la tergiversación, Camacho nos muestra a una Sara mujer, capaz de observar la belleza en el sexo opuesto; una mujer que no había conocido el disfrute de la sexualidad hasta encontrarse en las manos de hombres que no son su marido, en un tiempo marcadamente machista. Estos hombres que se asean, que huelen bien, que, a pesar de estar también en posición de poder, se esfuerzan por hacerla sentir y disfrutar de los momentos compartidos, y que reafirman la precaria situación en la que se encuentra en su vida cotidiana.
 
Por su parte, Abraham confirma la fragilidad de su imagen como “hombre justo”, cuando en la página 41 acepta: “nunca he dado más importancia a los sentimientos de una mujer que a las necesidades de mi ganado”. Al igual que su dios frío, toma sus decisiones sin tener en consideración las emociones y necesidades de los demás. Pero el destino le juega tremenda trastada al patriarca Abraham, quién, también por “designios divinos” se suponía que tendría una vasta descendencia, al ponerse en duda al fin y al cabo la autenticidad de la misma, por todos lados.
 
“Sara, la historia cierta” es una narración sumamente interesante, que entusiasma al lector a leerla, como decimos, “de una sentada”.  La evocación del clásico de la literatura: “Las mil y unas noches” es inevitable. El ambiente, el uso del erotismo, el recurso de la caja china, el deseo que inyecta al lector de continuar con la próxima historia, nos recuerda a ese tesoro de la literatura.
 
A pesar de tener unos detalles poéticos, en ocasiones en la misma boca de Abraham, su lenguaje es sencillo, sin rebuscamientos, lo que la acerca a un amplio grupo de lectores, que no llegan a sentirse almibarados. No se necesita conocer los datos bíblicos para seguir la historia, pero si el lector se siente tentado a corroborarlos se encontrará con que a pesar de que no aparecen según narrados, las lagunas brindan margen a la duda… o a la maravillosa creatividad de la autora.
 
 
 
 

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Sobre una novela/ por Mario Cancel

La novela Sara de Rubis M. Camacho plantea, desde mi punto de vista, la posibilidad  de una amplia gama de interpretaciones. En ello radica parte de su belleza. Lo cierto es que Sarai, Sara, Zahra, “princesa”, “señora” o “flor”, es un signo universal que apela a la humillación del género ante fuerzas a las que no cabía resistirse. Esa mirada moderna se impone porque yo, a pesar de todo, soy nieto de la Modernidad. Se trata de una narración que invita a la reflexión y esa es una de las marcas de la obra de Rubis. Como lo que aspiro hacer es una invitación a la lectura, no pretendo ser exhaustivo en cuanto a las vías hermenéuticas probables. Las limitaré sólo a dos.

La primera de ellas me invita a posicionarme en el territorio de la Historia Cultural. La misma me conduce a pensar en el peso que todavía hoy le dan ciertos sectores, poderosos por cierto,  a una serie de convenciones propias de pastores y personas del desierto en el Medio Oriente. Lo  más patético es lo poco que ese conjunto de creyentes  saben de lo que fue Caldea, Egipto o Palestina en aquella época remota. La fe más profunda se sostiene sobre la ignorancia más atroz.

La segunda puede elaborarse desde el Discurso de la Sexualidad, uno de los universales más humanos que todo lo invaden como un dios riente. El relato se apropiaría a través del crisol de la discusión que plantea este texto en torno al papel que cumplió un oscuro patriarca en la vida de dos  mujeres y en su descendencia. El hecho biológico y el simbólico se solapan a la perfección en este marco. El centro de la cuestión estaría en ese juego de los apetitos sexuales, saciados o insatisfechos,  según se van enquistando en el molde del discurso monoteísta y exclusivista dominante. También habría que mirar sus choques con las convenciones sociales de una época que apenas se conoce. La trama gira en torno a la vida privada de un hombre sucio, viejo, feo e impotente, con tendencias a la pederastia y a las relaciones incestuosas, y su conflicto con una mujer bisexual y adúltera que goza de su cuerpo.

Tanto desde la perspectiva de la Historia Cultural como de la del Discurso de la Sexualidad, lo que sorprende en la forma en que, todavía hoy, esos síntomas  impactan la vida colectiva de los occidentales. Aclaro que una mirada no excluye a la otra: en cierto modo las mismas se imbrican y se enriquecen o empobrecen una a la otra.

Un prólogo, más que la explicación de la obra que lo sucede, es la exposición de una lectura particular, la del prologuista. Leer una novela es dialogar con la(el) novelista y retornar de ese proceso con una reflexión libre y fresca. Un prólogo tampoco compromete a contar la historia prologada: se supone que el mito de estos personajes, tan preciados por el judaísmo, el islam y el cristianismo, es de dominio público.  Un prólogo es una excusa para pensar.

Lo que me trae a la memoria Sara, sin que Rubis se lo proponga, es el gesto irónico de Voltaire cuando redactaba sus capítulos en torno a los judíos para su  Diccionario filosófico,  publicado en 1764. Aquel volumen era algo así como un abecedario de la razón, que aspiraba a ser útil y accesible para personas hambrientas de romper con la cultura cristiana, todopoderosa y autoritaria. Claro que tanto Rubis como yo, estamos muy lejos de aquella racionalidad instrumental dieciochesca. Lo que llama la atención son ciertos matices y convergencias que a la larga son  atemporales.

Las entradas de Voltaire en torno a los judíos y Abraham /Ibrahim, rezuman una ironía que, a veces, llega al sarcasmo. Supongo que las notas del pensador francés debieron  perturbar a los tradicionalistas como Dom Augustin Calmet de haber estado vivo, cuyos argumentos desmontó Voltaire en numerosas ocasiones. Calmet, además de autoridad en el tema de los judíos, era también un tipo de Van Helsing del barroco tardío por su dominio del tema de los fantasmas y los vampiros. Los argumentos de Voltaire no eran sólo escandalosos, a él le gustaba escandalizar a los timoratos, sino que bien pudieron ser confundidas con un antisemitismo larvado que, por lo demás, era común en la Europa de su tiempo. Lo cierto es que a Voltaire, la conexión simbólica de occidente con los judíos le resultaba incómoda desde la perspectiva de la Razón. Para Voltaire la Razón había dejado de ser la traducción de Dios que llegó a ser en la escolástica de Tomás de Aquino.

En la entrada sobre Abraham, luego de un cuestionamiento a la interpretación de la letra de la Biblia por las autoridades teologales, Voltaire concluye que “para creer que sean verosímiles esas historias se necesita estar dotados de una inteligencia enteramente opuesta a la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abraham como un milagro, o creer que toda ella no es más que una alegoría; de todos modos, cualquier partido de estos que adoptemos, nos será dificilísimo comprenderla”. Del mismo modo, en el artículo “Historia de los reyes judíos y Paralipómenos”, luego de registrar más de una veintena de asesinatos en la historia sagrada, afirma que “es preciso reconocer que, si el Espíritu Santo ha escrito esta historia, no he escogido un tema edificante”. Voltaire desencaja ante la tradición: Rubis también.

Por otro lado, la estructura de Sara, una excelente decisión de la autora, recuerda los procedimientos de Lawrence Durrell en su colección  El cuarteto de Alejandría, tetralogía publicada entre los años 1957 y 1960. En aquel conjunto la alternancia de las versiones y el juego de las perspectivas, se centran en las voces de Justine, Balthazar y Clea. La otra voz es la de la ciudad, Alejandría, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Durrell aplaudía con su obra el fin de las versiones autoritarias, universales y racionalistas,  a la vez que celebraba el relativismo. Para ello, caminó la ruta de un discurso agresivo sobre la sensualidad por medio del libre fluir de la conciencia. En el caso de la escritura  de Rubis, las voces que se entrecruzan son las que se esperan: Sara, Abraham, Agar, El Faraón, dominan el panorama del cuadrángulo amatorio-sexual. Abimelec, Isaac y el Siervo completan el panorama. Como una burla volteriana clásica, el mismo Dios cierra con un breve discurso cínico.

No me sorprende la evasión de Rubis hacia un pasado remoto. La antigüedad y sus pseudovalores heredados se encuentra muy cerca de la humanidad en la Postmodernidad. A eso denominaron Historicidad los intelectuales del siglo 19. Lo que celebro de la obra es su reflexión, atrevida y cáustica, en torno a los frágiles fundamentos de la civilización cristiana y occidental a través del crisol de este relato judío tradicional. La actualidad de esta novela resalta precisamente debido a esa aparente paradoja. El Abraham de Rubis es una propuesta sobre el fracaso de una masculinidad apoyada en una impugnable sacralidad. Consciente o inconscientemente, la autora lo puntea con todo los signos de la derrota: un miembro viril enjuto y seco, mal aliento y gingivitis crónica, una sumisión total a un Dios que más que un signo de bondad, recuerda la concepción Gnóstica de Yahvé como el Demiurgo. Y lo corona con el proverbial desprecio a la mujer y sus flujos menstruales. El juego con el asco y la náusea hacia el Otro sexual, asoma por todos estos pasajes. Al cabo, el mito se derrumba: un hombre impotente y estéril como Abraham, no podía ser el padre ni de Isaac ni de Ismael. Ni un milagro del Demiurgo convertido en cordero, hubiese sido capaz de ello.

Lo cierto es que la Cultura Judía  y la Occidental, miran insistentemente a su vulva y a su pene con cierto exquisito y contradictorio arrobo. La preocupación por las excrecencias  y la suciedad de sus emisiones representa un problema: la noción de una humanidad fiel se cimenta con toda su fuerza en la negación de lo que hace a cualquiera de los géneros realmente humanos. Adán y Eva se humanizan cuando transgreden y desean: antes de eso son un simple avatar en el tablero de juego de Dios. Todavía desconocen la libertad de la insubordinación. La sacralidad de Eros y la vergüenza de ello, chocan. Sobre esa base se han levantado edificios morales que justifican una jerarquía que ni siquiera la revolución intelectual Postmoderna ha podido demoler de un todo.  Esta novela es un momento preciado para reflexionar sobre ello.

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Lo cierto de una historia incierta

Por Emilio del Carril

La historia cierta de la Sara bíblica siempre ha provocado dos emociones principales: la compasión y la sorpresa. La escritora Rubis  Camacho nos hace entrega de su primera novela corta (aunque sabemos que nos falta por ver su trabajo de tesis de maestría Medrash o el oficio de la guerra). En este remedo, el fascinante mundo bíblico adquiere nuevas dimensiones. Rubis, quien ya nos había mostrado un interesante plato de las posibilidades de su trabajo en sus Cuentos traidores, evoca su exuberante y prolífero estilo para traernos una historia escrita desde el punto de vista de la primera persona narrativa. Camacho explora las tres posibilidades de este punto de vista: protagonista, secundaria y observadora. Los capítulos son narrados por seis personajes que intercalan turnos para mostrarnos facetas y perspectivas de la historia. El entramado, aunque se concentra en la historia principal, acumula otras tramas. Esa constante bifurcación de enfoques  y caracterizaciones ofrece uno de los mejores atributos de la novela, y, al mismo tiempo, le confieren el mote (merecido por demás) de novela corta.

Contar la historia en primera persona narrativa desde los flancos de diversos personajes, no es tarea fácil, el escritor se encuentra ante la encomienda de conferirles distintivos narrativos que los diferencien. Rubis logra que sus personajes puedan ser reconocidos por atributos, tonos narrativos y propósitos. Como ejemplo notamos que Sara tiene un aura de patetismo mientras que Agar ostenta una aureola de ironía.

Los personajes hablan desde el mundo oscuro de sus pasiones. Pero, en mayor medida, desde el deseo y la ausencia. El erotismo y la sexualidad son intensos. Las escenas sexuales se construyen bajo el manto atropellado de la insatisfacción. El amor no correspondido se atrinchera en las escenas sexuales confiriendo a las mismas un aire violento y perturbador.

La adjetivación se mantiene cónsona con el momento histórico de la novela (balance entre fondo y forma). Hay un constante vaivén entre lo grotesco y lo sublime de una prosa con tendencias poéticas marcadas que se ha convertido en la tarjeta de presentación de la autora.

Sara, la historia cierta deconstruye la mitología judeo-cristiana. El título establece la premisa de que esta es la historia cierta, así deja por sentado que el episodio narrado en la Biblia no lo es.

Los últimos capítulos se adelgazan en extensión, esto hace que la lectura adquiera una velocidad vertiginosa en el último cuarto de la novela. Este recurso, además de agilizar el proceso de lectura, crea un efecto visual ante el último capítulo. En esta parte observamos una secuela de sorpresas y giros de tuerca que desembocan en  el capítulo XVI donde un personaje, que no había intervenido hasta el momento, aparece impasible para juzgar los hechos que se han presentado.

La novela conecta con el cuento “Dios con nosotros”, de la escritora Ángela López Borrero, en el que también se trabaja a la Sara bíblica. Camacho nos enseña que siempre hay una nueva y efectiva forma de contar la misma fábula. El lector no necesita tener el referente de las Sagradas Escrituras para disfrutar la novela, pero gozará más de los malabarismos truculentos de la autora si lee los pasajes en los que se reseña la historia original, cierta o incierta, que sirvió de caldo de cultivo para esta novela impactante.

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