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Volver al nido

Tenía once años, cuando el reverendo Moisés Rosa Ramos invitó a la congregación (Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo de Sonadora) a la presentación de la novela Sonadora Alta o hacia sus aguas, escrita por Pablo Maysonet Marrero, uno de los primeros pastores de nuestra comunidad de fe. Acudimos a la cita, intrigados por el título de la novela (por primera vez se mencionaba a nuestro barrio en un texto literario), y deseando saber qué cosa era eso de presentar una novela. Llegamos con el Himnario de vida cristiana y Biblia en mano, por si acaso.
Nos reunió en el balcón de la casa de sus suegros ( tití Julia y tío Elías), un espacio amplio y abierto, desde donde se apreciaba la cara del gigante dormido; esas impresionantes montañas entre Bayamón y Aguas Buenas. Propuso sentarnos en círculo. Después, sacó de una caja unos libritos de tamaño mediano, la novela. La portada era una foto en blanco y negro de uno de los chorros de la quebrada La Sonadora. Bastó una mirada rápida al interior del texto, para descubrir las fotos de Dole y Nesta; mis abuelos. El reverendo Moisés Rosa Ramos habló de la novela desde su alto y habitual ingenio. Quedamos ebrios de esperanza. !Le habían escrito una novela a ese terrón de jaldas llamado Sonadora!
Ese año, leí varias veces la novela, pero confieso no haber entendido mucho, sobre todo, el segmento en el que Unamuno se filtraba hasta quedarse lisonjero con el discurso. Guardé el libro con fervorosa gratitud; mis abuelos estaban allí, y en gran medida, la historia de mi barrio. En las múltiples mudanzas, se extravió la novela. !Cómo me gustaría volver a frotar su lomo contra mi frente!
                                                                                                                                                                            ********************
En los pasados años, he presentado libros y revistas en diversos escenarios: universidades, librerías, carpas, escuelas, salones; ferias de libros… El sábado, 11 de marzo, por encomienda de Calíope Editoras, presenté el poemario Del barro a la luz, de la puertorriqueña Candelaria Oriente. La presentación ocurrió en la terraza de la casa de su hijo Luis Saúl Jiménez, en Toa Baja. La residencia es hermosa, salpicada de detalles que hablan de sus moradores. En la entrada nos recibió el piano, y en la pared de enfrente un sol, que como el rayo de Miguel Hernández, no cesaba. Todo estaba inmaculado, reluciente. Niurka, la esposa de Luis, se movía de prisa para resolver asuntos de última hora, una mesa aquí, otra silla allá. La terraza se llenó de familiares y amigos. Entraban con flores y abrazos para Candelaria.
Recordé aquellos tiempos, cuando todos los ritos de transición de nuestra cultura se celebraban en los hogares puertorriqueños: los bautizos, los cumpleaños (el famoso quinceañero), la fiesta de compromiso, las bodas, el baby shower, los velorios, el novenario, la dedicación del hogar … Eran los tiempos de los bailes en las ágiles marquesinas, momentos para decorar con flores de papel sanitario la cortina blanca con la que se cubría la pared de madera vieja del comedor, época de arrinconar los muebles en una habitación para colocar el ataúd del abuelo en la sala, y crecer recordando la luz amarillenta de los velones que iluminaban la cabeza de nuestro viejo, horas para asociar la muerte con el olor del alcoholado; instancias para asombrarnos ante una piña cubierta de quesos y casquitos de guayaba ensartados en un palillo de dientes cerca de la mesa del bizcocho de bodas.
Sí, con sus ventajas y desventajas todo ocurría bajo el techo de nuestros hogares.
Por eso, la presentación del sábado olía a cariño, a casa, a nido. Desde un rincón de la terraza, volé hacia mi Sonadora Alta o hacia sus aguas.
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MI HIJA ERA UNA ESTATUA DE DICHA* (por Rubis Camacho)

 

 

 

 

 

Julio del 2011

Era desesperante el calor en Madrid. El sol de las doce rajaba el techo del Santiago de Bernabeu, cuando descendimos del taxi. No pude menos que sonreír al observarla de pie; diecinueve años, melenita negra y comba sobre la espalda, pantalones cortos, y sobre el muslo derecho el controversial tatuaje que me ocultó por meses (una sirena cínica de ojos brillantes, algo lúdica, que sostiene un girasol). Llevaba los Nike rosados de Cristiano Ronaldo; sobre el torso una camiseta sin mangas de rayas amarillas. Cargaba en el bolso una camiseta blanca con rayas azules en el cuello y los hombros:

–El uniforme del Real Madrid cuando están en casa –me explicó. No entendí ni pregunté. Pensaba en los muchos euros que tenía que pagar para que le mostraran el estadio vacío.

–Podrías fotografiarlo desde afuera –me atreví a sugerir.

El tamaño de sus ojos me dio la respuesta. Por si no me quedó claro, añadió a punto de llorar:

–Hemos ido tres días al Prado, dos al Reina Sofía, ¿y quieres que fotografíe el estadio desde afuera?

Puse en su mano los euros requeridos y me dispuse a esperarla en una cafetería cercana. Pasados treinta minutos, regresó con cara feliz a indicarme que ya podíamos pasar a la tienda del estadio a comprar algunos recordatorios. Descubrí que en la maravillosa tienda de dos pisos no había un objeto que quisiera traer a Puerto Rico.

-¿Quieres una foto con Cristiano Ronaldo? – le preguntó un empleado.

-¿Está aquí? –dijo menguada, con vocecita frágil y palidez súbita.

–No, pero en la foto parecerá que sí –contestó el hombre.

De inmediato, traté de calcular cuánto me costaría en dólares una foto de mi hija con el Cristiano. Sin darme tiempo a responder, el empleado la colocó frente a una computadora. Le indicó que extendiera la mano como si estuviera abrazando al fulano.

-Solo piensa que está a tu lado –le repetía.

El brazo morenito se extendió a la nada. Miró aquel fragmento de aire con un rubor desconocido. Una sonrisa nerviosa le revoloteó en la boca. Me asusté. Los ojos se le hicieron farolas acuosas y un color a enamorada le subió a las mejillas. Emanaba esencia de flores y en la boca salivaba algodón dulce. Volví mis ojos al hueco de aire. Regresé a su cara de ensueño. Mi hija era una estatua de dicha.

El hombre oprimió una tecla. Al instante, una impresora vomitó la foto en la que mi hija abrazaba en mágico embeleso a un dios desconocido. Aturdida, pagué la foto sin reparar en el costo.

Mientras ella acariciaba la foto, caminamos silenciosas hasta abordar el taxi. Ya muy cerca del hotel, traté de romper el hechizo. Intenté colocar  la mano en su muslo derecho, para recordarle que debía empacar esa noche, pues al día siguiente, muy temprano, tomaríamos el tren a París. No pude; tropecé con los dientes de la sirena, que ampulosa y burlona se reía.

 

*Este relato aparece publicado en la antología “Meter un goooooool”de Letra Negra Editores, Guatemala.

 

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Sobre “Ojales”de Irma Rivera Colón * ( por Rubis Camacho)

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“Llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

Después de leer Ojales de Irma Rivera Colón, el verso de Miguel Hernández asumió nuevas claridades y referentes. El amor, la  muerte y  la vida ( temas fundamentales de las grandes literaturas) vibran en las letras de esta autora puertorriqueña. No es necesario leer las notas de la escritora sobre el texto, para descubrir cómo se desnuda, cómo arroja el manto y se coloca al centro del escenario. Basta leer su poema Ojal triste para encontrar una nostalgia ,casi lamento, que nos habla de su transitar: “!Oh pálida azucena sin estambre! ¡Oh triste ojal donde habitó mi rosa.” O su poema Ojal en hilachas donde apunta: “Una flor se ha apostado en el camino, seca de ese sol con que te canto, una flor que ya muerta se levanta con la brisa pálida que se eleva de tu mano, y tu voz tan vacía me provoca un cansancio; es un mandato atroz que me obliga a esconderte en los colores de mi canto.”

La hipótesis se confirma cuando la autora dice en sus notas: “Con este libro abro el corazón, los brazos y los ojos para ofrecer lo que poseo. Aspiro a la mirada crítica.” Esta escritora  no busca diluirse en eso que llamamos la voz poética o la voz lírica, y cuya abstracción es tal; que a veces nos hace pensar que una es la mano que escribe, otra es la mano que siente; esa especie de dicotomía a la que se alude en tantas ocasiones para disfrutar de la libertad de la que goza la voz poética para decir lo que desea, en antagonismo con los miedos de la mano que escribe. Esta autora parece decirnos, soy yo, presa en el proceso de pensar, del ir y volver por el camino del recuerdo. Por eso este libro es un conjunto de miradas maravillosamente articuladas. No tengo duda de que estamos ante una gran escritora.

El hecho de encontrarme con un texto tan iluminado, convirtió estas palabras de presentación en un reto. Este libro requiere un tiempo generoso para bebernos las imágenes, para gozarnos las historias, las microficciones, para discutir la simbología de los textos, para identificar la riqueza de los recursos literarios, para saborear el exquisito dominio del lenguaje. Observen como ejemplo este relato:

“Desde el flamboyán al pie de una casa, un ruiseñor vaciaba todos los colores del arcoíris en un canto delicioso. A excepción del pequeño cantor, el resto del mundo dormía. Hasta los perros de la vecindad participaban de una reticencia o un miedo que trancaba sus mandíbulas. Entonces la asustadiza ave bajó hasta el balcón de la casa y picoteó el pantalón ensangrentado de un hombre que yacía en el suelo. Una cáscara de sangre seca se le atoró en la garganta, voló hacia el árbol, trató de cantar de nuevo, pero no pudo.”         

Esto se llama precisión, unidad, brevedad, intensidad y efecto, tal como lo establecieron los grandes maestros del cuento: Chéjov, Tolstoi, Gogol, Poe, Maupassant, Quiroga. Esos son los elementos fundamentales de un cuento, y esta autora lo consigue en un relato de cinco líneas. Entonces, ¿cómo hablar de este libro en 15 minutos?  Recurro al viejo adagio: La organización es la clave del éxito.

Comienzo, pues, por definir la palabra ojales. Dice el Diccionario de la Lengua Española, que ojales es “Una hendidura reforzada en los bordes para abrochar un botón.” La autora nos aclara en sus notas que tiene obsesión con los ojos, con las miradas, y con todo lo que se escurre “y se va por los botones”. De modo, que Irma Rivera crea un microcosmos íntimo en esa hendidura pequeña en la que insertamos el botón. El botón cierra o priva un espacio, o abre y descubre el espacio.

El libro se divide en tres segmentos o unidades. El primero: Ojales (di)versificados. Este segmento alberga 31 ojales, es decir, 31 poemas en los que la poeta abre la puerta al recuerdo del dolor. Imágenes cadenciosas hilan momentos de vacío, de desconcierto, de añoranza, de cansancio, de no entender, de esconderse y abrirse para volver al  escondite. Esto es así, porque el poema le sirve a la autora de baúl para guardar preguntas cuyas respuestas den sentido a la existencia. Dentro del poema, Rivera Colón busca entre los resquicios más íntimos eso que llama “espada de luz que me obliga a volar por la ventana”. “¿Qué pasará cuando ya no viaje mi mirada, cuando mis ojos se desborden de regreso y este espacio vencido ya no me mire? ¿Qué pasará cuando los pájaros no se enreden en la brisa/ ¿Qué miraré cuando ya no tenga esa pantalla de silencio, esa inmensidad que se vacía de luna, de noches, de mañanas, y de lluvia?” “¿Llorar? ¿Con qué ojos, si el horizonte se comió mis pupilas?” “¿Cuándo en la cláusula del amor se convocaron las estrellas? ¿Por qué el perdón requiere del día y el dolor de la noche? ¿Dónde dejaré caer la lluvia de mis manos cuando ya no estés conmigo?” Todo este dolor se concretiza en las imágenes recurrentes de la luna, el mar, la rosa, la noche.

Piezas cumbres de esta unidad: Ojal triste, Ojal en hilachas,  Ojal del sueño, Ojal en cuatro cantos, Ojal en secreto, Ojal de humo, Ojal iluminado. Termina la sección con un poema dedicado a Julia de Burgos, en el que recrea la muerte de la   poeta como un imperativo al que acudió con un ramo de palabras y una nube de dolor.

La segunda unidad se titula Ojales (di)minutos. Comprende cuatro microrelatos y once haikus. El cuento Violencia pertenece a este segmento y guarda unidad temática con los otros relatos, si observamos que en cada uno persiste la mirada de lo absurdo: un ruiseñor que no puede cantar porque tiene una cáscara de sangre humana en la garganta, una ventana que desaparece (metáfora ingeniosa para quien encuentras al fin algo preciado, y luego no tiene la ventana para volar a tierras lejanas con el tesoro), un hombre vestido para ir a su oficina queda espantado por el reflejo que le devuelve el espejo (este cuento dialoga con el relato de Giovanny Papinni, El hombre prisionero de sí mismo).

El tercer segmento se titula Ojales en cuatro tiempos: pasado, presente, futuro y fantasía. Consta de quince cuentos. Rivera Colón nos entrega historias más largas, pero igualmente ingeniosas.

Especial atención merece la pieza El viaje de Atina. De forma extraordinaria, la autora entera al lector del contexto (tiempo-espacio) de los conflictos de cada personaje, y de cómo esos conflictos convergen para crear esta diégesis, la caracterización de los personajes, las descripciones precisas y hermosas del entorno, la irrupción de la naturaleza casi como un juez aleccionador y compasivo, el logro del tono y la atmósfera, la capacidad de mostrar en lugar de decir, hacen de este un cuento antológico.

Otra pieza estupenda en esta sección es El perdón de la reina; cuento de una página  de extensión que desarrolla y recrea instantes en la vida de María Antonieta y su carcelero.

En Soldados nos topamos con un cuento duro por humano, y porque nos enfrenta a la amarga realidad de la guerra. El último día de Vicky es un cuento de altas simbologías, que discurre alrededor del cuerpo femenino, ese espacio carnal como universo. Pretendo discutirlo con algunas adolescentes que viven inconformes con sus cuerpos, y con mujeres adultas que no se reconocen más allá de un absurdo discurso de belleza.

En fin, Ojales es un libro escrito desde el corazón para el corazón, de alta factura literaria, de auténtico compromiso con el oficio de escribir, y de una honradez a toda prueba. No es un libro para una lectura liviana. Ojales no se agota. Resistirá el tiempo y múltiples lecturas, porque sus tesoros y misterios quedan ahí, esperando a ser descubiertos.

 

irma-rivera-colon     * Irma Rivera Colón posee un doctorado en Literatura  de Puerto Rico y del Caribe del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Posee una maestría en Creación Literaria y otra en Ciencia . Es química licenciada, poeta , ensayista y narradora.  Es autora del poemario Sonetos y otros vuelos, el libro de cuentos Canasta de ojos  y del ensayo La huella de Palés: Su presencia en las voces de Luis Rafael Sánchez, Yván Silén, Mayra Santos Febres y Ana Lydia Vega.

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BALADA DE OFICINA por Rubis Camacho

 

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-Tómalo de prisa, que se pone como lengua de muerto- siempre te dice Norita, mapo en mano, detenida en el pasillo que divide los dieciséis cubículos de la oficina. Ocupas el tercero del ala izquierda. Norita es así, regañona y necesaria como el agua de lluvia. Llega a la oficina a las 6:00 a.m. y prende la cafetera. Luego pone un pocillo de brea en tu escritorio y te deja su periódico garabateado.

Miras el vaso. Parece un soldado vigilando la montaña de papeles. A tu derecha los nueve informes trimestrales que no has terminado, la solicitud de rembolso para la Cruz Azul por el MRI de la semana pasada, la última edición de When minutes count, y la gaveta de memorandos por tu problema de absentismo. A la izquierda, la foto descolorida que te tomaste con Francisco. Tenían veinte años y sonreías despreocupada mostrando la hilera de dientes amarillos. Detrás de la foto, apiñados, los documentos de compras, las requisiciones, las copias de las copias. Junto a tus pies las cajas con los documentos que no caben en los archivos, ni siquiera en los archivos de la pared que la supervisora logró comprar después de siete meses esperando la aprobación del departamento de compras en la sección de finanzas. Cuando entraron los muchachos de transportación terrestre con las cajas de archivos sobre los carritos de metal, la supervisora dio instrucciones para que las copias de los documentos de los pasados cinco meses fuesen guardados debajo de los escritorios.

Te retiras para acomodar algunas cajas de planillas y solicitudes de adiestramiento en una esquina del cubículo. Ahora no puedes girar la silla hacia la derecha. Acomodas la foto descolorida, y colocas el lapicero detrás de la computadora; ese lapicero que tanto disgusta a tus compañeras porque dice, Hecho en Cuba. En su lugar, colocas la caja de calendarios que les regaló la empresa, y que tus compañeros rechazaron porque en la portada aparece el director con cara sonrosada y sonrisa Pepsodent.

Ya escuchas el ruido de un mazo de papeles, la voz de un radio con las noticias del día, el tecleo de las seis secretarias, la canción de Juan Luis Guerra, “Quisiera ser un pez para mojar mi nariz en tu pecera…” las risotadas de las compañeras en la cocinita del fondo, el cántico religioso de Adelaida, “Puedes tener paz en la tormenta“, la discusión telefónica de  Loreta con la maestra de su hijo,  el olor  de las tostadas de pan integral de Cheíto… Intentas girar la silla hacia la izquierda para abrir la gaveta en la que guardas los análisis estadísticos trimestrales sobre la cantidad de clientes servidos. No puedes. Te lo impide el pequeño archivo de latón gris. Lo habrán colocado allí con la anuencia de la supervisora, y su acostumbrado -sólo será por unos días, Elvirita.

Un empolvado florerito plástico,  con tres claveles de papel,  descansa sobre el archivo. Buscas la carpeta. Metida entre el archivo y las cajas asoma la cara blanca. Intentas alcanzarla. Viras el vaso de café. Los papeles del escritorio se llenan de mapas oscuros, casi el dibujo de una complicada flor morena. Parte del líquido cae en tu falda y sientes un caldo tibio que corre por los muslos. Miras las llagas inescrupulosas del techo y reprimes el grito.

A tu espalda, una ventana de cristal, por supuesto, cerrada. Más allá, una llovizna ligera. Entre la garúa y la ventana gime  una paloma triste y húmeda, acaso friolenta, te mira o se mira,  cierra los ojos, se sacude y se desentiende. Vuelves los ojos al calendario uncido a la pared por la tachuela. Buscas el reloj, regalo de Francisco, y no sabes si llegaste  o si nunca te has ido. En algún lugar  Serrat canta, “Se equivocó la paloma, se equivocaba…”

 

 

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Esperando por mis hombres de añil

 

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-Ya sabe, no puede pasar el teléfono celular. -Indica el guardia penal.

-Sí, lo sé.  -Asiento con la cabeza, como si mis palabras no bastaran.

-Espere en la salita.

********

Cada jueves espero más de treinta minutos después de la hora acordada. La sala es rectangular. En el centro hay una mesa plástica sobre la que descansa un florero con flores plásticas. Las ocho sillas de la mesa también son plásticas. Extraño lo cálido de la madera entre tanto cemento , hierro y plástico. En el tablón de edicto, un gran afiche azul, verde y blanco afirma: “EL EMPLEADO, NUESTRO MAYOR RECURSO.  A su lado, el espacio para la foto del empleado del mes está vacío. Todo luce viejo, excesivamente sobrio y amargo. Busco otra pared. Una antorcha enorme  aparece en el centro de otro gran círculo rojo, blanco y azul. De la punta de la antorcha brota un fuego tímido. En la esquina de la pared, sobre una tablilla de  hierro descansan siete trofeos enmohecidos. Representan siete victorias del equipo de pelota de los guardias penales; recuerdos de camaradería y esperanzas.

¿Por qué la palabra esperanza se me ha vuelto tan urgente  ?

Sobre el dintel de la gran reja que me dará paso al salón de los hombres de añil, cuelga la foto del gobernador de Puerto Rico. Sonríe plácidamente. Detrás, las banderas como dos guardias penales en los que sobresalen absurdamente las estrellas.

Vuelvo a la pared de inicio. El espacio del empleado del mes sigue vacío.

A través de la reja veo cómo dirigen a un grupo de mis muchachos. Esta manía de acercarlos con la palabra. Sí,  muchachos es la palabra que usaría mi abuela, la negra Nesta. A todos los ministros de la iglesia los llamaba muchachos; y cuando me hablaba de cómo ahorcaron a Arocho y Clemente, me hablaba de los muchachos negros.

El gobernador,  recostado en su mesa con tope de mármol, me mira . !Qué duras pueden ser las cosas bellas!

El guardia abre la reja y me indica el paso.  Por la ventana asoma la hermosa sonrisa de Jay, un joven de 21 años que deberá cumplir dos cadenas perpetuas,  y quien me contó la semana anterior, que sueña con volver a Naranjito, al barrio donde se crió, para sembrar recao y plátanos con su abuelo.

Sí, lo confirmo. !Qué duras pueden ser las cosas bellas!.

 

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De eso que llaman la pureza /por Rubis Camacho

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a  L. A. L

12: 30 P. M.

Suena el timbre. Hay un incendio en sus ojos. Me mira fijo, como nunca. De su boca entreabierta escapa un aire tibio, mínimo, delicioso. La boca se le convierte en una jugosa semilla de cundeamor. Pesa poco su brazo en mi hombro. Me adhiere a su costado. Tiene la camisa húmeda; una sensual mezcla de perfume y sudor que termina en algo de sándalo. Acaba de  jugar el partido de baloncesto contra el octavo grado. El noveno grado salió victorioso.

El timbre insiste; sus ojos voraces también. De pronto, descubro que sabe a cigarrillo y a menta, a  adolescente con ganas de ser hombre. Algo muy primitivo me despierta ese sabor, un nuevo sofoco debajo del chaleco vino. Su boca es un espacio suave donde mueren los miedos y las dudas.

Cesa el timbre. De prisa, subo al salón de español.  Tiemblo yo  o tiemblan los pupitres. ¿ Cómo evitar que descubran en mis labios el rojo rastro de la semilla ? Una mano extraña escribe en la pizarra  “primera vez, primera vez, primera vez…”

Me cubro la cara con “El niño que enloqueció de amor”.

 

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Safo: Ritual de la Tristeza / de Rubis Camacho / Indeleble editores

“Volveremos a la caverna del miedo”

representación teatral de Safo en Guatemala      representación teatral de Safo en Guatemala 3            EIEH

 

Será el tiempo del caos
el que pare a la noche
y al Erebo
el espacio terrible
el tenebroso
inerte
y confuso…
Cuando en la oscurana
ya no vibres
-!Amor!
!Temblor!
!Delirio!-
¿Dónde andará Gea
la del amplio pecho?
Al menos
la cueva tiene tu piel
y las tiras
de nuestros vestidos.
Sobre el suelo húmedo
yace
todavía
el tapiz de tu espalda
donde bordé
por consejo de Aracne
la historia del fluir
de tu sangre en la mía.
Donde llené de colores
la otra historia
la que hubiésemos vivido
en la isla de Creta
mil años antes
bajo el manto

 

de la Gran Diosa
antes de Asterión.
Nos hubiésemos atado
los cabellos
con su vincha…
y hubiésemos amado
con la fuerza de sus toros
y bajo su poder
hubiésemos ordenado
el curso de las estaciones…
!Amor!
Hay tanta muerte
en nacer
en el sitio equivocado…

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PRESENTACIÓN DE “SAFO: RITUAL DE LA TRISTEZA” EN EL COLEGIO UNIVERSITARIO DE SAN JUAN

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PRESENTACIÓN DE “SAFO: RITUAL DE LA TRISTEZA”EN EL CANDIL, PONCE

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Presentación de Safo: Ritual de la tristeza / Guatemala

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