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Sobre “Ojales”de Irma Rivera Colón * ( por Rubis Camacho)

ojales

“Llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

Después de leer Ojales de Irma Rivera Colón, el verso de Miguel Hernández asumió nuevas claridades y referentes. El amor, la  muerte y  la vida ( temas fundamentales de las grandes literaturas) vibran en las letras de esta autora puertorriqueña. No es necesario leer las notas de la escritora sobre el texto, para descubrir cómo se desnuda, cómo arroja el manto y se coloca al centro del escenario. Basta leer su poema Ojal triste para encontrar una nostalgia ,casi lamento, que nos habla de su transitar: “!Oh pálida azucena sin estambre! ¡Oh triste ojal donde habitó mi rosa.” O su poema Ojal en hilachas donde apunta: “Una flor se ha apostado en el camino, seca de ese sol con que te canto, una flor que ya muerta se levanta con la brisa pálida que se eleva de tu mano, y tu voz tan vacía me provoca un cansancio; es un mandato atroz que me obliga a esconderte en los colores de mi canto.”

La hipótesis se confirma cuando la autora dice en sus notas: “Con este libro abro el corazón, los brazos y los ojos para ofrecer lo que poseo. Aspiro a la mirada crítica.” Esta escritora  no busca diluirse en eso que llamamos la voz poética o la voz lírica, y cuya abstracción es tal; que a veces nos hace pensar que una es la mano que escribe, otra es la mano que siente; esa especie de dicotomía a la que se alude en tantas ocasiones para disfrutar de la libertad de la que goza la voz poética para decir lo que desea, en antagonismo con los miedos de la mano que escribe. Esta autora parece decirnos, soy yo, presa en el proceso de pensar, del ir y volver por el camino del recuerdo. Por eso este libro es un conjunto de miradas maravillosamente articuladas. No tengo duda de que estamos ante una gran escritora.

El hecho de encontrarme con un texto tan iluminado, convirtió estas palabras de presentación en un reto. Este libro requiere un tiempo generoso para bebernos las imágenes, para gozarnos las historias, las microficciones, para discutir la simbología de los textos, para identificar la riqueza de los recursos literarios, para saborear el exquisito dominio del lenguaje. Observen como ejemplo este relato:

“Desde el flamboyán al pie de una casa, un ruiseñor vaciaba todos los colores del arcoíris en un canto delicioso. A excepción del pequeño cantor, el resto del mundo dormía. Hasta los perros de la vecindad participaban de una reticencia o un miedo que trancaba sus mandíbulas. Entonces la asustadiza ave bajó hasta el balcón de la casa y picoteó el pantalón ensangrentado de un hombre que yacía en el suelo. Una cáscara de sangre seca se le atoró en la garganta, voló hacia el árbol, trató de cantar de nuevo, pero no pudo.”         

Esto se llama precisión, unidad, brevedad, intensidad y efecto, tal como lo establecieron los grandes maestros del cuento: Chéjov, Tolstoi, Gogol, Poe, Maupassant, Quiroga. Esos son los elementos fundamentales de un cuento, y esta autora lo consigue en un relato de cinco líneas. Entonces, ¿cómo hablar de este libro en 15 minutos?  Recurro al viejo adagio: La organización es la clave del éxito.

Comienzo, pues, por definir la palabra ojales. Dice el Diccionario de la Lengua Española, que ojales es “Una hendidura reforzada en los bordes para abrochar un botón.” La autora nos aclara en sus notas que tiene obsesión con los ojos, con las miradas, y con todo lo que se escurre “y se va por los botones”. De modo, que Irma Rivera crea un microcosmos íntimo en esa hendidura pequeña en la que insertamos el botón. El botón cierra o priva un espacio, o abre y descubre el espacio.

El libro se divide en tres segmentos o unidades. El primero: Ojales (di)versificados. Este segmento alberga 31 ojales, es decir, 31 poemas en los que la poeta abre la puerta al recuerdo del dolor. Imágenes cadenciosas hilan momentos de vacío, de desconcierto, de añoranza, de cansancio, de no entender, de esconderse y abrirse para volver al  escondite. Esto es así, porque el poema le sirve a la autora de baúl para guardar preguntas cuyas respuestas den sentido a la existencia. Dentro del poema, Rivera Colón busca entre los resquicios más íntimos eso que llama “espada de luz que me obliga a volar por la ventana”. “¿Qué pasará cuando ya no viaje mi mirada, cuando mis ojos se desborden de regreso y este espacio vencido ya no me mire? ¿Qué pasará cuando los pájaros no se enreden en la brisa/ ¿Qué miraré cuando ya no tenga esa pantalla de silencio, esa inmensidad que se vacía de luna, de noches, de mañanas, y de lluvia?” “¿Llorar? ¿Con qué ojos, si el horizonte se comió mis pupilas?” “¿Cuándo en la cláusula del amor se convocaron las estrellas? ¿Por qué el perdón requiere del día y el dolor de la noche? ¿Dónde dejaré caer la lluvia de mis manos cuando ya no estés conmigo?” Todo este dolor se concretiza en las imágenes recurrentes de la luna, el mar, la rosa, la noche.

Piezas cumbres de esta unidad: Ojal triste, Ojal en hilachas,  Ojal del sueño, Ojal en cuatro cantos, Ojal en secreto, Ojal de humo, Ojal iluminado. Termina la sección con un poema dedicado a Julia de Burgos, en el que recrea la muerte de la   poeta como un imperativo al que acudió con un ramo de palabras y una nube de dolor.

La segunda unidad se titula Ojales (di)minutos. Comprende cuatro microrelatos y once haikus. El cuento Violencia pertenece a este segmento y guarda unidad temática con los otros relatos, si observamos que en cada uno persiste la mirada de lo absurdo: un ruiseñor que no puede cantar porque tiene una cáscara de sangre humana en la garganta, una ventana que desaparece (metáfora ingeniosa para quien encuentras al fin algo preciado, y luego no tiene la ventana para volar a tierras lejanas con el tesoro), un hombre vestido para ir a su oficina queda espantado por el reflejo que le devuelve el espejo (este cuento dialoga con el relato de Giovanny Papinni, El hombre prisionero de sí mismo).

El tercer segmento se titula Ojales en cuatro tiempos: pasado, presente, futuro y fantasía. Consta de quince cuentos. Rivera Colón nos entrega historias más largas, pero igualmente ingeniosas.

Especial atención merece la pieza El viaje de Atina. De forma extraordinaria, la autora entera al lector del contexto (tiempo-espacio) de los conflictos de cada personaje, y de cómo esos conflictos convergen para crear esta diégesis, la caracterización de los personajes, las descripciones precisas y hermosas del entorno, la irrupción de la naturaleza casi como un juez aleccionador y compasivo, el logro del tono y la atmósfera, la capacidad de mostrar en lugar de decir, hacen de este un cuento antológico.

Otra pieza estupenda en esta sección es El perdón de la reina; cuento de una página  de extensión que desarrolla y recrea instantes en la vida de María Antonieta y su carcelero.

En Soldados nos topamos con un cuento duro por humano, y porque nos enfrenta a la amarga realidad de la guerra. El último día de Vicky es un cuento de altas simbologías, que discurre alrededor del cuerpo femenino, ese espacio carnal como universo. Pretendo discutirlo con algunas adolescentes que viven inconformes con sus cuerpos, y con mujeres adultas que no se reconocen más allá de un absurdo discurso de belleza.

En fin, Ojales es un libro escrito desde el corazón para el corazón, de alta factura literaria, de auténtico compromiso con el oficio de escribir, y de una honradez a toda prueba. No es un libro para una lectura liviana. Ojales no se agota. Resistirá el tiempo y múltiples lecturas, porque sus tesoros y misterios quedan ahí, esperando a ser descubiertos.

 

irma-rivera-colon     * Irma Rivera Colón posee un doctorado en Literatura  de Puerto Rico y del Caribe del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe. Posee una maestría en Creación Literaria y otra en Ciencia . Es química licenciada, poeta , ensayista y narradora.  Es autora del poemario Sonetos y otros vuelos, el libro de cuentos Canasta de ojos  y del ensayo La huella de Palés: Su presencia en las voces de Luis Rafael Sánchez, Yván Silén, Mayra Santos Febres y Ana Lydia Vega.

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