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Consideraciones sobre la antología “Tengo que decirte algo” (Autores- Cómplices en la Palabra) / por Rubis Camacho

 

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“Es una arquitectura concisa, hecha con fragmentos de lo separado, revisado y escogido. Es un ejercicio de diferentes afinidades reunidas en divergencias. Es la ineludible foto literaria de un grupo que tiene la responsabilidad de ofrecernos su mejor vendimia.” Así define, en un principio, lo que es una antología, el guatemalteco Javier Payeras en un artículo publicado en el 2013 en  Cuadrivium, revista del Departamento de Español de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.

Más adelante, Payeras presenta la creación de  un cuerpo humano como la perfecta metáfora de una antología. Tal referente no solo es ingenioso, también es atinado y sustentable por su precisión. De igual forma, la creación de una antología implica la reunión de textos diversos hasta formar un cuerpo robusto y articulado, incluir y excluir, páginas que se borran, páginas que se agregan, hojas que sustituyen a las otras, repetitivo ejercicio del hacer, maqueta que parece interminable, continuo análisis de los criterios de selección, nostalgia literaria por aquellos escritos que no caben dentro de este nuevo canon, grata maravilla al ver que la criatura cobra vida y se extiende más allá de los horizontes imaginados. Sí, creo que cabe perfectamente la metáfora de Javier Payeras.

Este año, el colectivo literario Cómplices en la Palabra, retoma  el proceso antológico. Después de escribir los relatos, montar el andamiaje, editar, estructurar los relatos y comprobar la rigurosidad necesaria en algunos textos; viven un sentimiento profundo de hermandad en la tarea que los salva de aquello que llamó Richard Bach, en Juan Salvador Gaviota, la vulgaridad de la costumbre. En esta ocasión, han creado un corpus de gran belleza literaria. Descubrirá el lector que cada escritor afirma un estilo, una obsesión o atención temática, así como un goce particular en el acto de escribir o contar.

Máximo A. Campos del Rosario abre la antología con seis relatos en los que prima cierto deleite por el elemento sorpresa. Son historias cuyas diégesis no se dilatan un instante. Por el contrario, mediante oraciones cortas logra establecer el ritmo adecuado para mantener cautivo a su lector. Busca en el monólogo interior o desvarío, el espacio humano donde desarrollar y revelar el conflicto, como ocurre en Tengo que decirte algo. En este cuento, el lector entra en la mente del personaje, y desde ese abismo se reconoce. El mundo íntimo de las familias, especialmente el de las parejas, es un tema constante en estas historias, sobre todo, la violencia que desalienta y destruye las relaciones humanas: “No espera la respuesta. La abofetea: una vez, dos veces, tres veces…” (Semáforo), “Me golpeaste. Mira la cicatriz…” (Mascota),  “Con cada golpe venía un insulto. Ya no podía cubrirme…” (Te dije que era la última vez). El mundo es insoportablemente violento, grita la literatura de este escritor.

Samar de Ruis nos ofrece cinco relatos que gozan de gran musicalidad por el nivel poético de su lenguaje. La materia narrativa se desarrolla siempre en búsqueda y reconocimiento de la otredad. Sus personajes no existen sin la presencia del otro, sin esa mirada urgente y necesaria hacia el desvalido y menesteroso; una dimensión de conciencia y solidaridad que puede balancear el mundo en que vivimos. Esta escritora procura entenderse dentro de su universo, y desgrana sus cavilaciones en historias que avivan la esperanza. No niega el ojo de la tormenta en el que nos sacudimos diariamente, pero sugiere a sus lectores caminos fértiles para el  encuentro: “Por estar arraigado al mundo de silencios aturdidos, los confundes con el viraje del huracán.” (El cuarto oscuro de ventanas luminosas). En el relato Me resistí a tus manos, la escritora dialoga con la antigua metáfora bíblica  del barro y el alfarero. Así, sugiere la visión de la vida como un proceso en el que los golpes y las caídas, tanto como los logros y triunfos, desamores y querencias, nos conducen a la plenitud de la luz: “Se descompuso. Intuía que le habían roto todas sus partes, dejándola sin forma…Elohim confeccionó nuevas curvas. La estaba haciendo conforme a su plan, con el diseño que había determinado para ella cuando la concibió desde el barro.” También es importante señalar  el manejo que hace la escritora del tema erótico en La pulpa de la fresa; narración breve que rebosa de imágenes sensoriales, acercándonos al lenguaje y microcosmos del Cantar de los Cantares. Lo erótico y lo espiritual son afluentes del mismo río en la literatura de Samar de Ruis. Eso podría explicar el que sus relatos se deslicen con tanta suavidad por la piel de sus lectores.

Gladys María Pérez Huertas nos dirige a tres de las dimensiones en las que se mueven las grandes literaturas: el dolor, el misterio y la pasión. Con relatos como Olor a gardenias, Incertidumbre y Mensajes, nos ubica en el terreno de lo incógnito, de lo inexplicable, y por lo mismo, de lo maravilloso. Sus personajes accionan en esa arena movediza, y no esconden su asombro o pavor ante las situaciones que enfrentan: “Con la garganta seca y un temblor que me sacudió el cuerpo, aparté la imagen. Era la anciana del cementerio.” (Incertidumbre)  Este hecho se sostiene por la adecuada creación de la atmósfera, gran logro de la escritora. De forma interesante, algunos conflictos en los relatos solo se plantean, no se resuelven, como en la vida misma. Un constante olor a gardenias que acompaña los encuentros de unos amantes, una anciana extraña que en el cementerio informa sobre un asesinato, un personaje a quien las nubes le sirven de mapa u oráculo, son hechos que permanecen en la mente del lector para su propia indagación o interpretación. La autora provoca estas reflexiones por medio de finales abiertos. Un rasgo distintivo de Gladys María Pérez Huertas es el lenguaje limpio, fresco, natural, que permite que la historia se desplace con agilidad dentro de mundos esotéricos y misteriosos.

Los cuentos de María del Carmen Pérez Huertas están amarrados a la tierra, a la época de la cosecha, a la finca donde no hay alumbrados, en fin, al mundo rural, casi un réquiem por el mundo en fuga del campesinado. A través de sus historias conecta la felicidad con la vida familiar, como lo muestra en El forastero; relato de alegre final.  No obstante, otros de sus personajes manifiestan una ingenuidad y buena fe que los convierte en víctimas. Este es el caso de Amor execrable, desgarradora historia de una niña campesina a quien el padre encierra en un sótano para abusar de ella: “Desde entonces dio comienzo a jugueteos conmigo y a acercarse más. Continuó haciéndome lo que él llamaba cosquillas.” En Silbido de viento,  la escritora nos muestra a dos niñas, que mientras cruzan entre dos fincas, tienen un encuentro cercano con un OVNI. Este relato, en particular, destaca por su estructura, calidad descriptiva, y final deslumbrante. En las historias de María del Carmen Pérez Huertas encontramos reminiscencias de los cuentos que nos hacían los abuelos, y que nos provocaban aquella mezcla de miedo y estupor. Son contados con tal verosimilitud, que parecen historias reales. Acaso lo son, y la escritora es la cronista de una época.

Arlene Irizarry se inserta en esta antología con tres relatos: El último suspiro, Rompecabezas y El correo electrónico. En dos de estas historias, contadas en primera persona desde la voz fragmentada de la mujer, predomina el tema de la infelicidad conyugal; pero en los tres relatos los personajes femeninos sobreviven al infortunio, y buscan nuevas rutas para la vida. Esto, porque hay una historia que no está en la historia, y que solo se puede rescatar aguzando el oído,  escuchando las palabras, y descifrando los actos de las mujeres. Muy acertado el  rompecabezas que se corona como símbolo en la escritura de Irizarry,  en una relación de hechos donde el personaje femenino narra eventos de la  disciplina familiar que recibió, y en el que las preguntas hicieron las veces de piezas de un rompecabezas: “Su abuelo Agustín me azotó diez veces con la correa… ¿Por qué me aborrece tanto? Y mamá, ¿por qué no me defiende?”(Rompecabezas).  La realidad, para Irizarry, carece de sentido, y esto no lo dice, lo muestra como buena cuentista.

Isabel Pérez Otero presenta gran variedad de temas y recursos estilísticos en sus seis relatos. Con el cuento 180 grados hurga en el referente bíblico, específicamente en la Parábola del hijo pródigo. En El reflejo de Atabey funde su relato con la leyenda. En Encubrimiento echa mano al humor, y para ello da nombres emblemáticos a los animales: Caifás y Lázaro. En Soy nada y Plenilunio, cuentos narrados en primera persona, despliega su dominio del lenguaje, creando líneas de sin igual belleza: “Paso bajo un árbol donde hay una niña desnuda secándose al sol, recitando versos y trenzando flores silvestres en su pelo…Sigo una ruta inexorable hacia la disolución final” (Soy nada), “El suave resplandor del plenilunio inundó la recámara. Y me envolvió delicadamente en un sudario.” (Plenilunio). En La heredera pone de relieve la vieja disputa por la herencia familiar logrando un final que sorprende al lector. Cada relato tiene ritmo, cadencias deliciosas, diversos niveles de intertextualidad, y conflictos muy cercanos al corazón de todos los lectores. Pérez Otero crea mundos en conjunto, por eso su literatura es ancha y no se agota con una lectura.

Ángel Marcial Agosto narra desde una escritura madura, bien hilada, sin distracciones, enriqueciendo el cuento al concentrarse en el discurso narrativo funcional, liberando así el relato de divagaciones ensayísticas. Su cuento No fue un accidente, trae  a la literatura puertorriqueña el viacrucis de Vieques mediante un lenguaje sofisticado, científico en ocasiones, logrando dar con lo que llamamos fondo y forma, sin sacrificar lo emotivo y reflexivo del hecho histórico.  En los relatos Suceso y Linda, historias contadas por la voz de un niño, alcanza  gran coherencia y unidad narrativa. En el primero, la tensión crece con la lectura hasta develarnos el gran suceso. La voz del niño es una cámara que nos retrata con candor el país de mediados del siglo veinte, la espiritualidad del puertorriqueño, los postulados que movían las vidas de muchas familias, y la posibilidad de que lo incierto o lo increíble deje de serlo. En el segundo, la ternura se desborda en el papel mediante el recuerdo de un niño con olor a tierra húmeda. Linda es más que un animal, es el vínculo con sus pastizales, es decir, con su infancia preñada de paisajes campesinos. Esta historia dialoga en alguna medida con el cuento El  josco de Abelardo Díaz Alfaro, y con el poema Mi árbol y yo del argentino Alberto Cortés. La participación de Agosto termina con el cuento Retrato, breve, preciso, genialmente ambientado. Estamos ante un gran narrador.

Francisco José González Arana nos ofrece la visión espectacular del que mira la tierra desde arriba. Esta capacidad se la da su oficio de piloto. Sus descripciones son deslumbrantes memorias de lo vivido entre las nubes, fulgurantes vitrales de azules, verdes y marrones, paisajes muy quietos desde arriba, pero dinámicos en la intencionalidad de sus relatos: “Hubo noches cuando, igual que algún antiguo  marinero bajo ese mismo cielo, alcé la vista y fijé mi rumbo por las estrellas de la Cruz del Sur… quedamos como suspendidos en tiempo y espacio, solos en el infinito: el universo, mi nave y yo.” (El Illimani, los zapatos del piloto y la Cruz del Sur). En la bella historia Mi despedida, el sepulturero y el canto de las piedras, trabaja el tema de la nostalgia, del que vuelve buscando, del que discierne nuevamente la muerte. Un tono romántico se divisa en este relato: la muerte de una amada, la tumba, la estatua de una bella mujer, los recuerdos, son todos elementos o rasgos que se asocian al romanticismo. En Sangre aguada revive la angustia y tragedia del puertorriqueño que pide trabajo al americano Míster Good. Los elementos de identidad y poder del extranjero se muestran en este cuento con maestría, dada la brevedad del mismo. La gota de sangre aguada queda en la memoria de Olga, es decir en la memoria colectiva del puertorriqueño. Míster Good es el símbolo de una industrialización que deshumaniza, que aborta y envilece. En el cuento El empate, todo un mundo de tragedia y remordimientos queda intacto en el personaje. La muerte del amigo es el golpe vencedor. Ingenioso cuento, denso. El autor maneja hábilmente el elemento de la precisión y la brevedad.

Luis Ángel Alicea se une a este trabajo colectivo con el relato Buque a la deriva. Mediante un diálogo intenso entre el capitán de la nave y un marinero, nos enteramos del peligro que asecha. Alicea recrea con destreza el mundo de agua, la tormenta, la cercanía de la muerte, el riesgo, pero también el deber y el honor de los que se avienen a estos oficios. Al final, el efecto del cuento es la gran sorpresa. Todo esto logrado en un cuento de apenas una página. Diríamos que este cuento es una oda a la imaginación, no solo del autor, también de uno de sus personajes. Descubra el lector el elemento inesperado.

Esta antología, ensamblaje perfecto, reúne a escritores que insisten en el proyecto literario de recoger las circunstancias vitales de hombres y mujeres, pero aportan un nuevo acento. La diferencia está en la actitud de estos narradores. Escriben sin miedo, no temen a las solemnidades impuestas, buscan sus propios caminos para decir, proclamar y fundamentar, exploran texturas y posibilidades, y logran asimilar su herencia literaria. ¿Cuál es el resultado? Una literatura viva.

 

 

 

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