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MI HIJA ERA UNA ESTATUA DE DICHA* (por Rubis Camacho)

 

 

 

 

 

Julio del 2011

Era desesperante el calor en Madrid. El sol de las doce rajaba el techo del Santiago de Bernabeu, cuando descendimos del taxi. No pude menos que sonreír al observarla de pie; diecinueve años, melenita negra y comba sobre la espalda, pantalones cortos, y sobre el muslo derecho el controversial tatuaje que me ocultó por meses (una sirena cínica de ojos brillantes, algo lúdica, que sostiene un girasol). Llevaba los Nike rosados de Cristiano Ronaldo; sobre el torso una camiseta sin mangas de rayas amarillas. Cargaba en el bolso una camiseta blanca con rayas azules en el cuello y los hombros:

–El uniforme del Real Madrid cuando están en casa –me explicó. No entendí ni pregunté. Pensaba en los muchos euros que tenía que pagar para que le mostraran el estadio vacío.

–Podrías fotografiarlo desde afuera –me atreví a sugerir.

El tamaño de sus ojos me dio la respuesta. Por si no me quedó claro, añadió a punto de llorar:

–Hemos ido tres días al Prado, dos al Reina Sofía, ¿y quieres que fotografíe el estadio desde afuera?

Puse en su mano los euros requeridos y me dispuse a esperarla en una cafetería cercana. Pasados treinta minutos, regresó con cara feliz a indicarme que ya podíamos pasar a la tienda del estadio a comprar algunos recordatorios. Descubrí que en la maravillosa tienda de dos pisos no había un objeto que quisiera traer a Puerto Rico.

-¿Quieres una foto con Cristiano Ronaldo? – le preguntó un empleado.

-¿Está aquí? –dijo menguada, con vocecita frágil y palidez súbita.

–No, pero en la foto parecerá que sí –contestó el hombre.

De inmediato, traté de calcular cuánto me costaría en dólares una foto de mi hija con el Cristiano. Sin darme tiempo a responder, el empleado la colocó frente a una computadora. Le indicó que extendiera la mano como si estuviera abrazando al fulano.

-Solo piensa que está a tu lado –le repetía.

El brazo morenito se extendió a la nada. Miró aquel fragmento de aire con un rubor desconocido. Una sonrisa nerviosa le revoloteó en la boca. Me asusté. Los ojos se le hicieron farolas acuosas y un color a enamorada le subió a las mejillas. Emanaba esencia de flores y en la boca salivaba algodón dulce. Volví mis ojos al hueco de aire. Regresé a su cara de ensueño. Mi hija era una estatua de dicha.

El hombre oprimió una tecla. Al instante, una impresora vomitó la foto en la que mi hija abrazaba en mágico embeleso a un dios desconocido. Aturdida, pagué la foto sin reparar en el costo.

Mientras ella acariciaba la foto, caminamos silenciosas hasta abordar el taxi. Ya muy cerca del hotel, traté de romper el hechizo. Intenté colocar  la mano en su muslo derecho, para recordarle que debía empacar esa noche, pues al día siguiente, muy temprano, tomaríamos el tren a París. No pude; tropecé con los dientes de la sirena, que ampulosa y burlona se reía.

 

*Este relato aparece publicado en la antología “Meter un goooooool”de Letra Negra Editores, Guatemala.

 

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Sobre las máscaras en Sirena Selena y otros personajes

La máscara en Sirena Selena y otros personajes

por Rubis Camacho/ 2014

 

“Compró la seda más cara y se acostó sobre ella

Para mascar a deleite las hierbas de la pradera.

Mas, cara de turbación puso la doncella

Cuando en la  máscara umbría  se anidaron las estrellas.” (R.C.)

Sirena Selena

  1. Y  ponte, ponte, ponte bien la máscara, la máscara…

y todo será felicidad…”

“(canción-autor desconocido)

 

Cuatro personajes literarios me rondan hace varios días: Sirena Selena[1], Asdrúbal[2], Sakuntala[3] y Satoko[4]. Con ellos he compartido más de una pena, perdón, debo decir, más de una máscara. Me gusta observarlos a cierta distancia, porque toda lejanía agrega nuevas máscaras, aunque priva de la experiencia inenarrable de hurgar en unos ojos.

Analizaré el motivo de sus máscaras y estableceré los elementos que entran en juego. Casi sucumbo a la tentación de cumplir con esta consigna mediante la recreación de un juicio en el que Sirena y Asdrúbal estuviesen acusados de presentar documentos de identidad falsos (entre otros delitos), y por supuesto, atrapados en el aeropuerto, situación que me hubiera obligado a defenderlos en el foro federal. Confeccioné el interrogatorio (el directo en argot jurídico) al perito psicólogo y al perito sociólogo. Repasé las preguntas del contrainterrogatorio, y me vi en la alocución final, conmovida y conmoviendo. La siempre viva abuela Nesta diría, “Vilgen santa, hacía llorar a los puercos”. Cuando el jurado los declaró culpables, escuché (no juro, porque la tradición no me lo permite, y no resulta apropiado transgredir en semana santa) un canto de sublime redención. Era la Sirena Selena cantando desde el banquillo, hechizando, enamorando, deslumbrando. Cuando todos estuvimos adormecidos, “ebrios de trementina y largos besos”, diría Neruda,  agarró a Asdrúbal y escaparon a través de los mares. Lo sé, porque hoy, domingo de resurrección, me acerqué al Morro y vi el rastro de su voz azul en el agua.

Pero no, no sucumbí a la idea de escribir esta historia.

Advierto, las mujeres últimas, Sakuntala y Satoko, viborearán en el escrito porque son compañeras solidarias, dueñas de múltiples verdades. También porque me ayudan a pensar, a desentrañar las máscaras de los dos primeros; y no voy a negar, porque las amo. Quien pelea con el amor (cándida pretensión) pierde siempre. Imposible “mascarear” sin ellas.

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Al reflexionar sobre el proceso de enmascaramiento (encubrir, disfrazar)[5] de Sirena Selena, entro, muy turbada, al rito de desenmascaramiento (quitar la máscara)[6]. No sé cuál es más intenso, desgarrador, mágico, creativo o humano. Pierdo los linderos. ¿Cuál viene primero? Se me ocurre que desenmascararse es enmascararse y viceversa, que se imbrican o se conjugan en un solo proceso porque siempre nos dirigen a un punto de partida, de despegue, de nuevo nacimiento, como intentó Jesús explicarle a Nicodemo.[7] De golpe la idea me apasiona. Satoko, el personaje femenino de la obra Nieve en primavera[8] del escritor oriental Yukio Mishima, viene en mi auxilio. Ésta es la historia.  Satoko y el joven Kioyaki se aman desesperadamente, pero Satoko está comprometida con un príncipe imperial. Cuando la familia de Satoko descubre que la joven está embarazada de Kioyaki, determinan un aborto. La madre la conduce a un monasterio en los alrededores de Nara, con el fin de justificar la estadía en una clínica cercana. Allí la muchacha se rasura la deslumbrante cabellera (proceso de enmascararse y desenmascararse). Las hermosas trenzas se arrastran por el suelo… y adquieren casi inmediatamente el repugnante aspecto de las cosas muertas.[9] La familia no se desanima por tan poca cosa y se da a la tarea de averiguar cuándo y quién hará las pelucas japonesas y europeas que usará la joven en los festejos de su boda.

Satoko se rasura la cabeza para burlar  la máscara que los padres le imponen. Se desenmascara, punto de partida con el que intenta subvertir su realidad, y a la vez adquiere la máscara de su dolor, de su pena total, su nuevo disfraz.

En el fragmento seleccionado para este escrito, Sirena Selena entra al baño con Martha Divine, la maestra de ilusiones, con el fin de enmascararse; pero antes tuvo que desenmascararse de su realidad biológica… Sirena pasó horas en el baño… Se afeitó las piernas, se afeitó el pecho, los brazos y el mentón… Las cejas no se las tocó, siempre las llevaba depiladas…[10] (enmascaramiento y desenmascaramiento previo). Entonces, asume la máscara que le construye Martha Divine. Sirena Selena acepta la máscara como  el disfraz que le ganará  el éxito en el mundo (punto de despegue), no obstante, rechaza el proceso y detesta mirarse porque parece o se sabe payaso. Del texto se desprende que Sirena tiene conciencia de la negación de su propio ser “una mentira ridícula que la negaba doblemente”. Esto revela un nivel de abstracción profundo en un personaje de quince años y de muy poca escolaridad. El proceso de enmascaramiento de Selena, como el de Satoko, implica quitar para luego añadir.

Asdrúbal, personaje protagónico del cuento Retrato del dominicano que pasó por puertorriqueño y pudo emigrar a mejor vida a Estados Unidos, de la escritora puertorriqueña Magali García Ramis, acude al disfraz al igual que Sirena, como puente a la buena fortuna. Nos recuerda a Gregorio, protagonista del drama Indocumentados: El otro merengue.[11] En los tres textos el desplazamiento implica cambio de identidad, por lo tanto, ruptura, abismo y quebrantamiento de lo que se es, del pasado y presente inmediato. Asdrúbal se disfraza de lo que para muchos sectores en la isla y fuera de la isla es un puertorriqueño (sueltos los hombros al caminar, mirada fija, recorte con el que la cabeza parece una goma de lápiz, medalla de la Virgen del Carmen, anuncios comerciales en las camisetas, tennis blancas de llamativos gabetes) y al hacerlo, porta un disfraz representativo de una máscara adicional, la máscara del colonizado, del intervenido en su país. La cerveza Budweiser y la bolsa Converse hablan de otros enmascaramientos, del social y el comercial, los que establecen la estrata, ubican en ideología pueblerina y manifiestan un cansancio de todo lo profundo y trascendente, pero optan por la yola a Nueva York, jardín paradisíaco.  La repetición de la frase “Soy pueltorriqueño, soy de Puelto Jrico” es el mantra que Gregorio tiene que repetir, hasta cantarlo como los puertorriqueños, para lograr que le crean. En el proceso de enmascaramiento de Gregorio se añaden elementos que posibilitan el desplazamiento nuevo, pero tales elementos son estrictamente provisionales. Les llamo máscaras de camino. De igual modo Sakuntala, la amada de los pájaros, protagonista del bello drama El anillo de Sakuntala[12] del antiguo poeta Kalidasa, asume su nueva máscara, ésa con la que  debe aparecer ante el príncipe con el que se ha desposado en la espesura del bosque.

Cuando el día de la promesa llegó, las doncellas del bosque engalanaron a Sakuntala y ungieron sus cabellos… y entonces se obró un perfumado milagro, un árbol produjo un vestido de lino, otros destilaron su jugo de laca, de gomas y resina para perfumarla, otros tejieron brazaletes de fibra y coronas de hojas y flores… Así se fue Sakuntala del bosque, llevando su perfume como una rama de sándalo cortada y transplantada a otro país.[13]

Nuevamente el proceso de enmascaramiento implica la integración de elementos nuevos y provisionales  que aseguran el camino y habilitan al enmascarado para cruzar el puente, el umbral de lo que se entiende como la verdadera vida.

En Sirena y Asdrúbal hay mucho de Sakuntala y Satoko. Los cuatro buscan, otean.  Se desprenden de vellos, de barbas, de trenzas, de formas erectas de caminar y maneras de mirar, de costumbres frugales en los bosques, desenmascaramientos inevitables para recibir la nueva máscara. Lamentablemente,  en los cuatro personajes también  la tragedia interior, mueca agria de quien sufre a destiempo, media como vehículo hacia la máscara.

 

[1]Santos Febres, Mayra. Sirena Selena vestida de pena. Barcelona: Grijalbo Mondadori, S. A., 2000.

 

[2]García Ramis, Magali. Las noches del Riel de oro. San Juan: Editorial Cultural, 1989. 107.

 

[3] Rodríguez Casona, Alejandro. Flor de Leyendas. San Juan: Publicaciones Puertorriqueñas, 1996. 1.

 

[4] Yourcenar, Marguerite. Mishima o la visión del vacio. Barcelona: Seix Barral, 1981. 61.

 

[5] Diccionario general ilustrado de la Lengua española. Barcelona: Biblograf, 1985. 640.

 

[6] Ibid. 547.

[7] Sociedad Biblica Unida. La Biblia Dios habla hoy. Corea: SBU, 2003. 1033.

 

[8] Yourcenar, Marguerite. Mishima o la visión del vacio. Barcelona: Seix Barral, 1981. 61.

 

[9] Ibid. 61.

[10] Santos Febres, Mayra. Sirena Selena vestida de pena. Barcelona: Grijalbo Mondadori, S. A., 2000. 45.

 

[11] Ramos Escobar, José Luis. Indocumentados el otro merengue. San Juan: Editorial Cultural, 2007.

 

[12] Rodríguez Casona, Alejandro. Flor de Leyendas. San Juan: Publicaciones Puertorriqueñas, 1996.

 

[13] Ibid. 4 – 5.

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